
Un poeta suburbano – Por Agustín Solís
7 junio, 2026Por Conrado Yasenza*
(para La Tecl@ Eñe)
Me preguntan si voy a escribir sobre el Indio.
Y no. No porque me excede la potencia de ese artista que logró la atención emocional y física de una multitud.
No. Porque podría escribir cosas que remiten a los primeros casetes que escuchamos en Burzaco, allá por el año 88, gracias a un personaje alucinado del barrio que ya había sido cooptado por esa lírica extraña para nuestras edades, pero que contenía señas, códigos, guiños para todo lo que comenzábamos a experimentar como potros que querían cabalgar. El mercado de la paranoia y lo que en ella había de amor que, como podíamos, nos lo quedábamos; una cita a ciegas con el bombazo televisivo que la era le daba al planeta; un mensaje en clave para ese tiempo donde se prefiguraba este presente: «No estás solo. Estamos todos en naufragar.”; radar anticipatorio para la desazón colectiva que abrazarían los jóvenes de los siniestros años 90.
No, porque hasta el baión fue una compañía permanente, y luego esa voz indescifrable se me fue alejando, quizás por efectos del prejuicio a la masividad, de un mambo que tenía con la «chabonización» del rock; quizás porque por un sentimiento miserable, muy personal y de gueto plebeyo y aristócrata al mismo tiempo, que se resistió a esa explosión ricotera, sentí que esa voz se hacía estéticamente más limpia, ya no con el frío cortante de aquellos años 80.
No. Porque ya estoy escribiendo algo que sé que no debería escribir. No porque me alejé en ese momento en el cual los ovejeros, que hoy descansan en mantos negros, lo coparon todo para acentuar la farsa general.
No. Porque me quedé en esos tres magníficos discos donde está casi todo, y luego escuché tangencialmente como una mosca merodeando la sopa.
No. Porque los bufones que ahora discuten cómo velar al Indio, tiran porque les toca a ellos, en este tiempo de plumaje negro. Un mudo como ellos y un ciego como yo.
No. Porque el Indio es la parte más bella y peligrosa de mi primera juventud. Y allí lo tengo guardado, siempre junto a mí, que no es guardarlo como una pretensión individual.
No. Porque todo esto que escribo no habla de multitudes dolientes, de angustias colectivas, de caravanas de alegría que no son las mías. No, porque violencia es mentir, y porque allí el Indio fue la canalización. con sus bandas de combate, de la intemperie ante un Estado policial que aún no cesa en su vocación por la caza al pichón.
No, porque no me gustan las franquicias y porque lo velaré íntimamente con los hermanos de mi niñez/juventud.
No. No voy a escribir porque ya escribí algo que no debería haber escrito.
Porque respeto a esa tribu a la cual no pertenezco, la de los noventa, como tampoco pertenezco a ese ritual de misas y de kermeses. No, porque ese simulacro orientado desde el bien me es ajeno, y me es más propio el flaco en su casa de Turdera en la cual nos prendemos uno y charlamos mientras el Indio nos guiña un ojo y levanta su vaso de whisky.
No. Porque pasa por la esquina de mi casa la cola para llegar al Gatica, que se hace interminable.
No. Porque los pueblos se equivocan y aciertan. Y cuando aciertan suelen no equivocarse. Allí, algo luminoso se impone a tanta oscuridad.
No. Porque escribir sobre el Indio cuando su muerte lo abarca todo abre una gran pregunta y un dilema.
No, porque el Indio es desde hace tiempo un mito popular que le da sentido y potencia a la vida de miles de personas que conectan con él y sus letras y su música de formas enigmáticas. Algo que parece ser una verdad es que la poesía es un arma de transformación muy vigorosa cuando está acompañada de música.
No, porque la vida es riesgo, y ese riesgo es al que el Indio siempre nos ha invitado, incluso al riesgo de no pertenecer.
Domingo, 7 de junio de 2026.

*Periodista y docente en la Universidad Nacional de Avellaneda.

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