

A cincuenta años del golpe militar de 1976, la cuestión de qué hacer con la memoria, más precisamente de cómo preservarla, es más difícil de responder que nunca.
Por Sebastián Lalaurette*
(para La Tecl@ Eñe)
La memoria colectiva no existe, al menos no de la misma forma que la memoria individual. En un individuo la formación de recuerdos es un proceso mental automático, de características diríamos fisiológicas; la memoria personal (supuestamente fiel, a pesar de las infinitas pruebas de su precariedad) es intransferible, imposible de compartir. En cambio, la memoria colectiva sólo existe como construcción, como producto de ciertos acuerdos. Y la mera mención de este hecho plantea un problema, porque quien dice que son necesarios los acuerdos dice que hay desacuerdos. Entonces la memoria colectiva siempre está en disputa.
Vivimos en una época asentada en el desacuerdo. Y a cincuenta años del golpe militar de 1976, la cuestión de qué hacer con la memoria, más precisamente de cómo preservarla, es más difícil de responder que nunca. Porque esa preservación está destinada al fracaso en el largo plazo, pero aquí, ahora, nos mueve el ansia de salvar lo que se pueda.
Pero la propia distancia entre recuerdo y acuerdo es insalvable. Y quizás lo que estmaos viviendo en este preciso momento, a cinco décadas de aquella rasgadura en la historia, es la consecuencia natural de un hecho demográfico: son cada vez más los argentinos que simplemente no tienen recuerdo de los años de plomo porque no existían. No hay memoria personal, sólo la propuesta de una memoria colectiva consolidada a duras penas cuando ellos no estaban o no podían opinar. No tienen recuerdo, y el acuerdo que se les propone les resulta sospechoso. No es raro que aquella construcción se tambalee. Y sin embargo.
Cincuenta años son muchos años pero, aun así, quién iba a pensar que llegaríamos a estas fechas en medio de una tormenta perfecta de desintegración y olvido. En este mismo espacio decía yo hace ya rato que con el paso del tiempo íbamos a olvidar los setenta “del mismo modo que olvidamos a las víctimas de la Mazorca o a las infinitas aldeas arrasadas por Gengis Khan”, pero en aquellos momentos no preveía que antes íbamos a pasar por un período de virulento rechazo hacia todo lo sagrado que surgió de aquel infierno.
No soy el único que no la vio venir. Hace algo más de una década Carlos Gamerro apuntaba: “Hoy no existen negadores del genocidio argentino, ni siquiera en la más extrema derecha”. Años después, cuando incluyó el texto en un libro de ensayos, lamentó haber caído en lo que consideró una “ingenuidad imperdonable”.
El ataque a la memoria emprendido por la ultraderecha como parte de su “batalla cultural” es a la vez insolente, endeble, antiintelectual, arrogante y perezoso: es todo lo que está mal. Pero apunta a convertirse meramente en todo lo que está. Y hay vientos poderosos soplando en esa dirección.
Para tener una dimensión de la dificultad del problema basta considerar el caso de Alemania, donde el máximo horror que podamos evocar en lo contemporáneo tuvo lugar hace poco más de ochenta años. La historia de las políticas de memoria en Alemania es ilustrativa porque muestra hasta qué punto el relato sobre el pasado surge de enfrentamientos (un episodio importante en este camino se llamó “la Guerra de los Historiadores”, nada menos) y también cómo, a lo largo de las décadas, van apareciendo sus límites.
Hoy, nada menos que en Alemania (un país donde la memoria es una política fuerte, donde en la escuela se enseña a los chicos que todos tienen un poco de culpa por lo que ocurrió en los años treinta y cuarenta), existe una fuerte corriente negacionista de los crímenes del nazismo, y un partido con gran adhesión popular que propone una interpretación “alternativa” de aquellos horrores. Nuestro propio pasado es aquí sometido a zamarreos similares desde una constelación política que registra varios puntos en común con AfD. A las Abuelas de Plaza de Mayo se las denigra con una pasión inusitada. Todo se va al tacho aun en vida de quienes experimentaron en carne propia el horror.
Sin duda la propia condición de la época contribuye a esta disolución. No se trata sólo de la memoria del horror, se trata de todos los relatos, de todas las instituciones. Es una tormenta mundial que no se circunscribe a lo sagrado sino también a lo profano y lo trivial. Crisis de lo instituido, crisis del saber, crisis de la verdad y todo lo que ya sabemos porque se ha repetido hasta el hartazgo. Entonces ¿cómo lograr que la memoria colectiva sobreviva?
Lamento decir que no tengo respuestas para ofrecer. Apenas un relevamiento de daños. Apenas la sugerencia de que los recursos que nos parecieron obviamente correctos y que, por lo tanto, adquirieron el carácter de inamovibles, deberían revisarse un poco. Que haya, en el impulso de un relato del pasado, más invitación y menos dogma. Un punto concreto: abandonar la fijación en el número de desaparecidos como consigna y bandera (es decir: dogma), que hoy parece hacer más mal que bien, que es pasto para las fieras.
También quiero registrar, a último momento y quizás sin justificación, otra cosa que alimenta estas líneas: la fe en que no todo está perdido.
*Periodista y escritor.

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