

¿Qué hacemos después de todos estos años para que las mediaciones políticas y de memoria que seamos capaces de construir no nos separe de la gente de a pie, de los más jóvenes; y de la esperanza de una nueva forma o proyecto de emancipación?
Por Julián Axat*
(para La Tecl@ Eñe)
Hay una cita de Andreas Huyssen que dice así: “El porvenir no habrá de juzgarnos por olvidar, sino por recordar y aun así no actuar en consecuencia”.[1] Han pasado 50 años del último golpe militar en la Argentina, ¿hemos actuado en consecuencia? Creo que en parte si, pero en parte no.
Cuando pienso que si, pienso en los juicios de lesa humanidad, en la lucha de las Madres y de las Abuelas. Pero cuando digo que no, miro la realidad Argentina actual y la política que la gobierna; entonces entiendo que ese no es producto de que hemos fabricado un tipo de memoria que no nos ha permitido impedir este desastre al que llegamos.
En resumidas cuentas, siguiendo a Huyssen, creo que no hemos actuado en consecuencia, y nuestra memoria a 50 años deja bastante que desear.
¿Qué ha pasado en términos de memoria para llegar a esto?
Este artículo gira en torno a esa pregunta, y lo hace exponiendo dos tensiones. La primera: los límites de la capacidad de ejercer la memoria en un contexto ultra-neoliberal, que conlleva a la banalización y encapsulamiento memorialista, sin permitir su efecto repolitizador hacia las nuevas generaciones despertando niveles mayores de consciencia sobre lo ocurrido.
La segunda, está concatenada a la cuestión anterior, y tiene que ver con que los límites históricos que afrontamos. Acaso una estructura que nos hace seguir hablando en círculos y repeticiones, en un lenguaje anquilosado, cargado de clishés; atado a un tipo de representación política que no seduce a las nuevas generaciones, ni les despierta real interés en lo ocurrido hace 50 años, especialmente sobre quienes fueron los desaparecidos y por qué lucharon; de manera que esa narrativa les sirva para reconectar, poder tomar la posta y asumir su propio destino. Generar sus luchas y su búsquedas.
La palabra concentracionaria que nos habla
“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, repetía Theodor Adorno luego de la guerra. La frase que generó escándalo la escribió para llamar la atención sobre las formas de transmitir memoria a las nuevas generaciones.
Encontrar una pedagogía o lengua suficiente que pueda dar un salto y no quedar bloqueada con lo anterior. Porque para el filósofo alemán, todo tipo de representación (incluso la política), estaba contaminada con lo sucedido en las cámaras de gas. La enseñanza sobre lo ocurrido requería un nuevo lenguaje, que no sea el anterior que permitió el ascenso del nazismo. Porque esa narrativa, esa representación, es la que permitió Auschwitz. Y Auschwitz no debe repetirse.
Si aplicamos la regla adornaniana a nuestro país, la poesía salió gravemente herida de la ESMA, no solo porque en ese lugar desaparecieron miles de personas sino también porque desde sus sótanos se prescribió un sistema de lenguas y cuerpos. Siguiendo la misma tesis, un ejercicio de la buena memoria supone que la ESMA no debe repetirse, sobre todo a 50 años del golpe. Pero nada asegura que eso no pueda volver a ocurrir; de hecho muchas veces muchos aspectos de la narrativa que llevó a la ESMA está presente entre nosotros sin que nos demos cuenta.
Ya Juan Gelman al recibir el premio Rulfo en el año 2000 expresó que: “Ninguna catástrofe, natural o provocada por el hombre, ha podido jamás cortar el hilo de la poesía, esa sombra sin cuerpo que nace de las huellas del límite para borrarlo de la faz de la sangre. A pesar de los genocidas, la lengua permanece, sortea sus agujeros, el horror que no puede nombrar”.[2]
Si seguimos la esperanza Gelmaniana, sería entonces posible explorar una poética-política que asuma el lenguaje de la catástrofe concentracionaria, enfrentándolo a complicidades y agujeros del habla cotidiana; es decir, aquello del pasado que se filtra en el presente.
¿Es posible una depuración ética. Algo así como una palabra justa. Un tipo de mediación que tenga la capacidad de transmitir el mensaje de los desaparecidos y las víctimas a las nuevas generaciones, pero que a la vez posibilite una acción política nueva?
El lenguaje que dejó como saldo la dictadura, a nivel de la representación política sobre todo, ha sido obturador en democracia. Quedó cargado de mediaciones concentracionarias: la lengua del amigo-enemigo en el lenguaje político, los discursos que dan justificación de la violencia institucional; pero también el lenguaje banal burocrático de las instituciones estatales, aquel que con indolencia de formulismos abandona todos los días a miles de personas al hambre, a la desnutrición, el abandono, al margen, etc. Estos son solo algunos ejemplos de las herencias de un neoliberalismo receptáculo de mecanismos concentracionarios y de estados de excepción. Hay otros.
Creo que la más grave consecuencia de este mecanismo obturador que ha obrado desde la ESMA y que no hemos podido depurar de nuestra lengua, es aquel que nos pueda permitir entender y transmitir las razones poderosas que estaban detrás del golpe, y que implicaron una masacre de 30.000 personas.
Hay aquí dos imposibilidades que advierto sustanciales. Los límites de la justicia a 50 años del golpe. Y los límites de la transmisión generacional de la memoria, y -especialmente- de la memoria política luego de esos mismos 50 años.
La imposibilidad poética como límite de la justicia
En el lado de las practicas judiciales es también fundamental dar con un tipo de lenguaje que pueda dimensionar y valorar el pasado (poéticamente hablando); logrando un tipo de procedimiento que abra la posibilidad de comprensión; asimile, lo represente de tal forma que, al ser juzgado, tenga un nuevo valor social. Para que la ESMA no se repita hacia el futuro.
El lenguaje de la justicia comprometida funciona como un lenguaje poético que limpia y asimila el Mal y sus consecuencias. Pues al nominar de determinada forma lo ocurrido, no solo lo vuelve a comprender, sino que produce un cambio sobre el teatro de la realidad de lo juzgable.
Es aquello que dice el jurista Raphael Lemkin, al construir la definición de “Genocidio” para las grandes masacres del siglo XX, cuya semántica legal logra una operación lingüística de largo alcance que repara.[3] Sin una correcta nominación, los hechos pierden excepcionalidad y gravedad que los lleva a ser imprescriptibles y de una entidad que ofende los cimientos de la humanidad, a la ahora de llevar a cabo una acusación y condena.
En la Argentina el sistema de justicia y sus practicas ha recorrido un largo camino, para nominar correctamente lo sucedido. Pero lo ha terminado haciendo como ejemplo en el mundo. Así ha logrado juzgar en el Juicio a las Juntas de 1985 a los jerarcas militares. Y luego de una etapa de impunidad que duró 20 años, recién en 2005 removió las trabas para los juicios de lesa humanidad, generando procesamientos y condenas a cientos de represores y cómplices civiles.[4]
Ese nuevo lenguaje de la justicia, y de sus operadores, en el que se habla de plan criminal, de dominio mediato-inmediato de los hechos y de violación sistemática de los derechos humanos, es una nominación ética que rechaza la lengua de la barbarie. Es decir, que no está cimentado en la ESMA, sino que va contra su posibilidad y su repetición.
Se trata de un lenguaje jurídico limpio de lo concentracionario, que se ajusta a los términos de lo que debe ser valorado como daño y catástrofe, incluso en el lenguaje cotidiano que viene a suturar. Ya sea el lenguaje de la víctima como el del verdugo, y de la sociedad civil.
Sin embargo, por distintas razones, avizoramos que este lenguaje ha encontrado un límite que no ha podido franquear en estos 50 años; o si lo ha hecho en algunos casos puntuales, no ha podido juzgar determinados tipos de estructuras de poder que siguen teniendo un peso específico en la Argentina actual.
Me refiero a que la justicia y sus practicas no han podido avanzar de manera generalizada sobre aspectos de complicidad económica, empresarial,[5] financiera,[6] de justicia,[7] y del sistema de inteligencia,[8] montados detrás del golpe de 1976.
Es decir, la memoria en términos de practica de justicia no ha logrado los consensos políticos necesarios para avanzar en este sentido, por lo que ha sido fútil frente a este tipo de poder y complicidad. Al punto que este tipo de engranajes siguen -en parte- funcionando con las mismas lógicas que hace 50 años, y han actualizado sus maneras con los gobiernos de derecha.
En el fondo este tipo de poder impune ha sido obturador de una memoria más profunda, que desenmascare y pueda sanar formas de lenguaje y narrativas de representación política que permitan transformaciones estructurales, en términos económicos y sociales. Que permita entender a las nuevas generaciones
La imposibilidad poética como limite de la política (el frustrado pase generacional)
En línea con la tesis de Adorno, así como en términos de poética de justicia, la capacidad de juzgamiento de ciertas estructuras de poder es (y ha sido) un límite de su lenguaje; también lo ha sido la imposibilidad de lograr un pase generacional entre aquellos que pertenecen a un mundo que ya pasó y el que está por venir. Entre los que nacieron en una época y los que nacieron en otra.
Cuando decíamos más arriba que el lenguaje de la representación política está cargado de mediaciones concentracionarias (la lengua del amigo-enemigo, el exterminio del otro, la negación de los desaparecidos, la justificación de la violencia institucional, el lenguaje burocrático banal, la intolerancia, la indolencia. etc), eso también impacta y contamina las formas de transmisión de experiencias de lo ocurrido hacia las nuevas generaciones. Me refiero a la conexión (invisible) entre las luchas del pasado y las luchas del presente.[9]
Cando decimos “pase” generacional posible, nos referimos a la transmisión de la experiencia de la memoria política, como forma de aprendizaje para acceder al poder o para ejercer el buen gobierno. Y para esto también es necesario un nuevo lenguaje (no se puede usar siempre la lengua de los padres, hay que fabricar una propia).
A Juan Domingo Perón le gustaba hablar en términos generacionales. Perón era un gran lector de Ortega. “En torno a Galileo” (1933),[10] es un ensayo en el que Ortega y Gasset sostiene que el desarrollo de la Historia puede explicarse a partir de la sucesión de generaciones (Galileo no nace de un repollo es la conjunción de factores que confluyen en la estructura generacional que le da vida como acontecimiento intelectual).
En el sentido que le da Ortega, una generación es el conjunto de personas que han nacido en la misma época y que tienen incidencia sobre este marco epocal; pero no basta el hecho biológico compartido, es necesario que una generación se defina por su capacidad de acción, es decir, que se autoperciba capaz de producir o crear una cosa nueva a partir de una sensación compartida, generada.
Los dos significados de generación (el sustantivo y el verbo) no pueden separarse. El método generacional para medir la historia es algo caprichoso, en tanto periodiza en función de los recortes de quien la cuenta, colocando en su interior un ethos común que puede variar entre las personas que se ha elegido para representarla. Este posible abuso taxonómico de quien fabrica una generación para dar cuenta de ella o favorecerse (tan común en la periodización y en el mundillo del arte) en las generaciones políticas queda desbordado por la capacidad real de organizar y sostener la irrupción de un conjunto de personas nacidas por cercanía, y que –por transcurso de un tiempo y pertenencia– han madurado lo suficiente para ejecutar un cambio.
Es decir, no basta la idea de proximidad generacional para pensar “generación política”. Es necesario medir su potencia transformadora de la Historia. Y ello se da o no se da. Si no logra esa potencia, entonces muere, es generación de tránsito, generación de papel, o expresión de deseo de quien la alienta.
Tomar la posta generacional no es tomar “el bastón de mariscal”, sino asumirse hacedor de los tiempos venideros, una responsabilidad que coagula, como en el momento que Néstor Kirchner irrumpe en la política Argentina a partir de 2003, asumiéndose hacedor, mensajero de su generación, hijo de las Madres y de las Abuelas.
Hay dos citas muy interesantes que contienen el concepto de generación y que al cruzarse permiten pensar la idea de transferencia generacional (¿pues acaso de eso estamos hablando de legar un mundo a las generaciones venideras a partir de generaciones cuya potencia de cambio les deje a las anteriores un mundo vivible y digno?). La primera de las citas es de Juan D. Perón en una carta dirigida a la generación del año 2000, escrita en 1947, que dice: “La juventud argentina del año 2.000 querrá volver sus ojos hacia el pasado y exigir a la historia una rendición de cuentas…”. La frase tiene un espectacular parecido con la cita de Walter Benjamin: “A nosotros como a cada generación del pasado nos fue concedida una débil fuerza mesiánica, sobre la que el pasado hace valer un requerimiento” (Tesis IV).
¿A qué generación le habla Perón?, los hijos del 2000 se parecen demasiado a los hijos del 2001, a aquellos que luego del estallido de diciembre y del “que se vayan todos” volvieron a creer en la política. Siguiendo esta línea creo que la generación diezmada refiere a los destinos a los que llama el spot de Abuelas, y que siguen buscando en la penumbra su identidad: “Si naciste entre 1975 y 1983 y dudás de tu identidad, o sabés de alguien que puede ser hija o hijo, comunícate con Abuelas”.
¿Acaso en ese llamado del spot de Abuelas no está definido el recorte generacional? ¿Quiénes tienen la posta? ¿Los que dudan de su identidad y deben afirmarla?
A diferencia de los que pertenecen a la generación anterior que le tocó ir a Malvinas, nacieron en los 60 y adolecieron en dictadura, surgieron como generación “de tránsito o intermedia”, suelen tener otra perspectiva frente al neoliberalismo. Los hijos e hijas (también HIJOS) de la generación que nacieron entre 1975/1983 construyeron en los 90 una consigna de identidad frente al proceso de impunidad: “nacimos en su lucha, viven en la nuestra”, es decir llevan a la dictadura atravesada en sus cuerpos porque fue parte de su infancia.
¿Acaso lo “diezmado” no es la huella de la herida que debe cicatrizar a través de la política, del salto y la transferencia del legado? Volviendo a Walter Benjamin, si a cada generación el pasado le concede una débil fuerza, (¿ese requerimiento es el de los muertos, desaparecidos, de qué espectro surge?).
¿Qué generación habla sin la ESMA?
Y aquí asumo una critica de mi propia generación. La que quedó dudando cual Hamlet ¿qué hacer frente al requerimiento de los espectros?
Me refiero a la posibilidad/imposibilidad de asumir -como generación- una identidad colectiva fuerte, con voluntad de poderío emancipador que la conecte con las historias de la luchas anteriores de sus progenitores, a su manera, sin repetir sus métodos y lenguas.[11] Que -a la vez- tenga la capacidad de incidir y disputar el sentido de su propia historia, frente a los líderes actuales de la derecha.
Esta falta de un puente que una a dos generaciones, está sin duda atada a la imposibilidad de memoria abierta, a una incapacidad poética del “nosotros” como proyección diluida de sujeto histórico. Seguramente, también a un lenguaje truncado que nos hace balbucear, sin aura, cayendo en mil rencillas, fragmentándose, reproductor de un letargo que abreva más en la cultura de la derrota de los 90´, y no en aquello que sucedió a partir de diciembre de 2001, o a fines de 2003.[12]
La imposibilidad de construir un pase generacional quizás provenga de una falta de análisis, de acto de des-enmascaramiento donde la memoria ocupe un lugar central, que ponga en cuestión el lenguaje de la política heredada, y -sobre todo- descontamine elementos concentracionarios.
Qué hayan existido referentes del propio campo popular con tendencias derechistas y reaccionarias que reproducen el lenguaje concentracionario, da cuenta de un camino sinuoso en términos de representación de quienes conforman el llamado “campo nacional y popular” a 50 años del golpe.
Obturan el pase generacional aquellos que hacen de la representación política una osamenta vacía y sin legitimidad real en el pueblo o sus bases. Aquellos que se atornillan a sus cargos y se heredan a sí mismos entre sus esbirros, dándole de comer a la derecha que luego denuncia a “la casta”.
La elección vertical y “a dedo” de referentes dentro del movimiento nacional y popular, ha sido una mala herencia. Ha coadyuvado a bloquear el pase generacional democrático, obturando la memoria de los muertos, reproduciendo -en muchos casos- la lengua del amigo-enemigo, la justificación de la violencia institucional actual, el lenguaje burocrático banal de la intolerancia, la marginación, el abandono, la desidia, etc. En resumidas cuentas: el esquema y tipo de valores que ha llevado a la derecha al poder.
Recordar y no actuar en consecuencia
Vuelvo a la cita de Andreas Huyssen que utilicé en un inicio. Allí encuentro a un nosotros que será sentado el el banquillo del porvenir, no por haber olvidado (como siempre se cree: “no olvidar”), sino por el contrario: por recordar demasiado, pero sin actuar.
Recordar sin acción es lo mismo que lo que hace “Funes el memorioso” de Borges,[13] que lo recuerda todo pero no puede razonar ni hacer nada con ella, es una memoria –a la larga- inútil. Se parece mucho al ritual que hemos hecho -tantas veces-, el acto de colocar placas de desaparecidos en paredes cada 24 de marzo; pero después resulta que nos olvidamos que siguen ahí; aun cuando en cada nombre olvidamos que estaba viva una lucha. Siendo que las luchas de esas vidas amputadas podrían estar atadas en algún punto a las luchas del presente. En cabeza de las nuevas generaciones que pasan a su lado, sin darse cuenta de que están ahí todos los días fijadas.[14]
En todo el momento se advierte una tensión entre memoria quieta y memoria en movimiento. La segunda ha logrado avanzar en los juicios y en la política expansiva de archivos, en el apoyo al trabajo de las Madres en la resistencia y las Abuelas en sus búsquedas. En la recuperación de los espacios y sitios. Pero también ha quedado limitada, encorsetada y encapsulada al punto de que los gobiernos posteriores (y de derecha) les fue fácil ir desestabilizándola (cierre de archivos, de espacios, despido de abogados de querellas, etc). Es claro que para la derecha ha sido más fácil atacar y borrar la memoria estática, que la memoria en movimiento.
Muchos de los avances y retrocesos tienen que ver con las políticas negacionistas y el avance de las teorías de los dos demonios recargados; pero aun así, hay un aspecto más profundo, que tiene que ver con la propia dinámica que se ha construido desde los organismos de derechos humanos y referentes. Así, por ejemplo, la lógica de gueto de la memoria (los entendidos del tema) ha sido perjudicial y limitante, cuando era necesario abrir el juego hacia nuevas personas o referentes.
La memoria desconectada y estática no ha implicado una carnadura real y se ha tornado quimera de la memoria. Y esas formas han sido funcionales al ascenso de las extremas derechas del presente, pues la negación no solo nace del rechazo, también es producto de la burocracia, de la ignorancia, la desinformación y las manera banales de dar tratamiento al pasado.
Recuerdo que en el año 2005 se publicó un libro magnífico que se tituló Memoria en construcción. El debate sobre la ESMA.[15] Los interrogantes sobre qué hacer con la ESMA eran muchos, recién se había recuperado. El texto de Horacio González me estremece cada vez que o leo, porque habla de la imposibilidad de la representación del horror, en la construcción (simbólica-arquitectónica) de un sitio de memoria (museo) por el que han pasado miles de desaparecidos. Al final de su texto dice:
“(…) No cabe duda que en este debate vuelven a atarse las lianas del arte y la política, que en épocas pasadas buscaron su posible cofradía o el nexo soñado que les permitiera ser las alas de un mismo acto de sentido. Según cómo las atemos, se responderá al enigma de la Esma, en cuanto representación de la frontera dolorosa de lo humano y en cuanto búsqueda de la mecánica atemporal que la produjo. Una historicidad que arrastre su antípoda, su vacío pendiente y visible [Esma es, al fin y al cabo, el nombre de un edificio, de piedras, cables de luz y fachadas]. Y también que muestre una intercalación de lo visible y lo invisible y una reinvención pedagógica que, a pesar de que no osamos imaginar sus alcances, sean quizá las líneas principales de nuestro debate… Ojalá podamos resolver este núcleo dramático de nuestra experiencia social apelando a nuestras fuerzas artísticas reveladas y a la pasión intelectual que siempre debió hacerse presente en los momentos en que era necesario rehacer el vivir común, la flecha misma de la existencia colectiva.”[16]
La ESMA no es el edificio. El el (estado) de representación. La ESMA es el lenguaje y su imposibilidad de nombrar lo que contuvo y transmitirlo hacia afuera.
En ese sentido, en estos 50 años, deberíamos interpelar nuestras practicas sobre cómo recordar y hacer. Por eso me interesa en estos 50 años del golpe, analizar con suma honestidad en qué hemos fallado aquellos que estuvimos, o nos tocó el horror de cerca.
Salir del papel de víctima permanente, y asumir un tipo de responsabilidad sobre los modos de acercar el pasado a los nuevos imaginarios de quienes no lo vivieron. Y ello implica reflexionar profundamente sobre cómo la lengua del exterminio ha persistido en la historia a pesar de todo. Cómo ha sido limitante y nos ha hablado sin que nos demos cuenta. Y cómo ha sido -en algún punto- funcional al ascenso de las derechas y su negacionismo.
¿Qué tomamos de nuestros padres, qué amuleto, qué resto que nos permita lograr un pase generacional tan anhelado para asumirnos más cerca de ellos o de nuestra identidad? ¿Qué hacemos después de todos estos años para que las mediaciones políticas y de memoria que seamos capaces de construir no nos separe de la gente de a pie, de los más jóvenes; y de la esperanza de una nueva forma o proyecto de emancipación?
Referencias:
[1] Huyssen, Andreas, (2002) En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización, México, FCE
[2] Discurso Premio Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe 2000. Premio Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe 2000, México (26 de noviembre del 2000). Véase: https://www.juangelman.net/premios/premio-juan-rulfo-de-literatura-latinoamericana-y-del-caribe-2000/
[3] Lemkin: “Genocidio” y otros poemas recobrados. Publicada por riobelbo en 28 de agosto de 2023. Véase: https://riobelbo.com/2023/08/28/8909/
[4] Véase toda la información cargada en la Página de la Proculesa: https://www.fiscales.gob.ar/lesa-humanidad/?tipo-entrada=informes
[5] El «Nunca Más» empresarial refiere a la investigación y denuncia de la complicidad de diversas empresas y empresarios argentinos en los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar (1976-1983). Sectores corporativos facilitaron listas de trabajadores, logística o secuestros, siendo casos emblemáticos Acindar, Mercedes Benz, Ledesma y Molinos Río de la Plata (véase: https://www.cels.org.ar/especiales/empresas-y-dictadura/)
[6] Véase: Deuda externa, legalidad y memoria. La repetición cíclica de una historia de impunidad, en El Cohete a la Luna, Marzo 2022: https://www.elcohetealaluna.com/deuda-externa-legalidad-y-memoria/
[7] ¿Usted también, doctor? Complicidad de jueces, fiscales y abogados durante la dictadura. Juan Pablo Bohoslavski (comp). Siglo XXI, 2015.
[8] Side y dictadura, Véase CELS: https://www.cels.org.ar/sideydictadura/
[9] Tomo aquí una idea de Daniel Feierstein, de una entrevista reciente que dice: “se sigue viendo a los derechos humanos como una rama del kirchnerismo. Hay algunos destellos que son interesantes: que en 2025 haya sido, luego de 19 años, otra vez la marcha única es un dato interesante. Me parece que todavía falta mucho en la recuperación de esa potencia plural. Después hay una lógica de narración de la propia lucha —que es uno de los ejes de mi próximo libro— que no ha logrado recuperar las condiciones que nos llevaron a derrotar la impunidad. Todo ese proceso de lucha fue escamoteado en la memoria popular. Esa potencia no puede conectar con las nuevas generaciones porque no les fue transmitida por las generaciones que vivieron esos hechos. El proceso quedó subsumido a que el kirchnerismo se lee a sí mismo como heredero de las luchas de los ’70 —“somos los hijos de las Madres”— y como resultado de la crisis de 2001. Esto es: no se lee como un proceso de lucha, sino que la crisis de 2001 se ve como una explosión espontánea que salió de la nada. Si la derrota de la impunidad es resultado solamente de una decisión presidencial, entonces ese proceso de lucha desaparece. O sea, lo único que hay que hacer es votar bien para que otro presidente haga las cosas que queremos….” Pagina/12, Luciana Bertoia, 7/2/2026.
[10] “En torno a Galileo”, Ortega y Gasset. Edit. Porrúa, 2001.
[11] Véase: “Los hijos de la generación diezmada. Para Cristina Fernández de Kirchner, ahora tienen la posta los hijos de la generación diezmada. ¿Pero qué significa ese concepto? ¿Quiénes entran en esa definición?”. La Tecla Eñe. 19/5/2023: https://lateclaenerevista.com/los-hijos-de-la-generacion-diezmada-por-julian-axat/
[12] Véase Axat, Julián; Tavernini, Emiliano. Entrevista «La poesía como máquina del tiempo. Entrevista. En Aletheia, 8 (16). En Memoria Académica. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.8713/pr.8713.pdf
[13] Funes el memorioso (Artificios, 1944; Ficciones, 1944).
[14] Me resulta curiosos que un aula del Colegio Nacional de La Plata, lleve el nombre de mi padre desaparecido. Se trata del aula de música, siendo profesor de ese colegio pregunté a muchos alumnos (sin decir que se trataba de mi padre) si sabían quien era el de la placa. Ninguno sabía nada sobre él, pero habían visto la placa ahí y sabían que se trataba del aula Axat.
[15] Memoria en construcción: el debate sobre la ESMA, Marcelo Brodsky. La Marca editora, 2005.
[16] Memoria en construcción, idem, Horacio Gonzáles, Pág. 75.
*Poeta y abogado.

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