

El segundo mandato de Donald Trump está marcado, hasta ahora, por un aumento significativo del uso de la fuerza militar en el exterior, con más de 600 ataques aéreos solo en 2025, superando el total de los cuatro años de la presidencia de Biden ¿Es Donald Trump un candidato al Nobel de la paz, o para que haya paz hay que darle un Nobel de una buena vez?
Por Rafael Bielsa*
(para La Tecl@ Eñe)
Raro, como encendido, gorjeó eligiendo, ronco y fatal: el presidente de Argentina, a través de su cuenta de X (8/10/25), felicitó a Donald Trump por el “acuerdo histórico de paz entre Israel y Hamás”, y anticipó que lo propondrá como candidato al Premio Nobel de la Paz. El propio nominado —enarbolando su moral numérica—, expresó que bien se lo merece por haber “resuelto siete guerras”. Cuando un periodista le preguntó si existía algún límite para las acciones de Estados Unidos en el extranjero (8/01/26), respondió: “Sí, hay una cosa. Mi moral. Mi mente. Es lo único que puede detenerme.” Hasta donde se sabe, no hay Nobel al egocentrismo.
En su testamento (27/11/1895), Alfred Nobel especificó que una parte de sus bienes realizables se destinaría anualmente en forma de premios a la persona que más o mejor hubiera trabajado en favor de la fraternidad entre las naciones, de la abolición o reducción de los ejércitos permanentes, y de la celebración y promoción de congresos de paz. Ese párrafo es la base legal y moral que guía al Comité Nobel Noruego en la selección de los galardonados.
Trump (01/26) firmó un memorando presidencial para retirar a EE. UU. de 66 organizaciones internacionales que actuaban —según su criterio— de manera contraria a la seguridad norteamericana, su prosperidad económica o su soberanía. También anunció que propondría al Congreso un aumento masivo del gasto en defensa (01/26). Para la reunión anual de la Asociación Nacional de Gobernadores en Washington (NGA, cuya misión es representar a los 55 gobernadores), comunicó que únicamente serían invitados los republicanos. Los especialistas en sucesiones sostienen que, en los tres grandes criterios de Nobel, no se habla de “fraternidad entre ‘algunas’ naciones”, o de “reducción de los ejércitos permanentes ‘menos el propio’”, o de promoción de “congresos con ‘invitados VIP’”.
María Corina Machado llegó a Oslo (11/12/25) horas después de que su hija, Ana Corina Sosa Machado, recibiera en su nombre el Premio Nobel de la Paz. Su salida de Venezuela fue secreta, porque estaba oculta desde agosto de 2024, e inhabilitada políticamente. Para evitar ser detectada, abordó una lancha encubierta hacia a Curazao, donde tomó un avión rumbo a Noruega. Antes, había sostenido que escribía en “la clandestinidad, temiendo por mi vida, por mi libertad”. Hizo su primera aparición pública en un balcón del Grand Hotel Oslo, que tradicionalmente aloja a los laureados del Nobel, saludando a grupos de venezolanos que la esperaban, y entonando el himno nacional. El presidente argentino viajó, no vio a la galardonada, y se volvió, reformateando en los hechos la frase de Julio César luego de la batalla de Zela: “¡Veni, nihil vidi, redii!” (¡Vine, no vi nada, y me volví!).
El puntilloso testamento de Alfred Nobel estableció que un comité elegido por el Parlamento Noruego (Storting) otorgaría los premios. Posteriormente, el Parlamento y los estatutos de la Fundación Nobel determinaron que el comité tendría cinco miembros y que sus mandatos durarían seis años, con posibilidad de reelección. La composición debe reflejar, en lo posible, la correlación de fuerzas de los partidos políticos en el Parlamento y en la práctica todos los miembros son ciudadanos noruegos, aunque no es un requisito formal. En las últimas décadas, la mayoría ha sido de políticos retirados, pero también se incluyen académicos y figuras públicas; el comité elige a su propio presidente y vicepresidente, y funciona como un cuerpo independiente, por mucho que sus miembros provengan del Parlamento.
Atiborrada de información para su neolítica intuición, María Corina Machado fue a la Casa Blanca (15/01/26), almorzó en privado con Donald Trump, y le entregó la medalla de su Premio Nobel de la Paz (2024). Cuando dejó la mesaza atrás, declaró que el Marqués de Lafayette, héroe de la independencia estadounidense, obsequió a Simón Bolívar (1824), un medallón conmemorativo que le había sido enviado por la familia de George Washington, como símbolo de la continuidad de los ideales de libertad entre Estados Unidos y América Latina. El pueblo de Bolívar, dijo, está devolviendo al heredero de Washington “una medalla como reconocimiento a su compromiso único con nuestra libertad”. No faltó la frase “creo que hoy es un día histórico para nosotros, los venezolanos»; al parecer, un día que no sea histórico debe descontarse de las efemérides.
Este gesto generó secuelas. El Comité noruego recordó que la decisión “es definitiva y perdura para siempre”: una vez anunciada, no puede revocarse, compartirse ni transferirse a otros. El periodismo lo describió como un “acto de cortejo” y “de pleitesía política”, subrayando que se trató de un movimiento simbólico para agradecer a Trump el “liderazgo en la promoción de la paz mediante la fuerza”. Algunos analistas advirtieron que podía polarizar aún más la percepción de Machado dentro y fuera de Venezuela, al asociar su liderazgo a un solo actor externo. Trump, fue inequívoco: afirmó que Machado no contaba “con el apoyo ni el respeto dentro de su país”, y que le sería muy difícil estar al frente. Había dicho que se había ganado el Nobel de la Paz, “aunque quizá encuentren una excusa para no dármelo”. Una rabieta; seguro que alguien le informó un dato neurálgico: no se aceptan las auto nominaciones. ¡Oh no, otra vez el Comité Nobel Noruego!
Al presidente casero —fascinado por el logro “histórico” Israel-Hamas, pese a que tal acuerdo nunca llegó a existir en términos formales— lo sedujo el llamado plan de 20 puntos de Trump para poner fin a la guerra en Gaza. Ese documento, carente de un nombre oficial, ha recibido críticas por su carácter improvisado (según el European Council on Foreign Relations, no establece un calendario y privilegia gestos mediáticos sobre una estrategia coherente), escurridizo (evita abordar las causas estructurales del conflicto), y oportunista (especialmente en lo relativo a los mecanismos de retirada israelí). También se le reprocha falta de compromiso —para el think tank Chatham House, al fijar procesos que, más que resolver, administran indefinidamente el statu quo—, favoritismo respecto de Israel, y una intromisión que inquieta a los actores árabes, reacios a legitimar un arreglo que no garantice la soberanía palestina plena. La retórica pomposa es la habitual: expresiones como “fin del conflicto” buscan instalar una victoria narrativa. Y reaparece el desequilibrio en las exigencias hacia la parte palestina, a semejanza con “Paz para la prosperidad”, el plan de la primera presidencia de Trump, que no se resigna. En paralelo, los líderes del movimiento de colonos y figuras de la derecha radical israelí —previsiblemente opuestos a cualquier iniciativa que implicara concesiones territoriales— presionaron a Netanyahu para desechar la propuesta estadounidense y avanzar, en cambio, con la anexión de sectores de Cisjordania.
El segundo mandato de Trump estuvo marcado por un aumento significativo del uso de la fuerza militar en el exterior, con más de 600 ataques aéreos solo en 2025, superando el total de los cuatro años de la presidencia de Biden. Cordial por las malas, su versión de la amabilidad incluye artillería. La operación “Martillo de Medianoche” (22/06/25) atacó instalaciones nucleares de Irán; la “Ojo de Halcón” (01/26), degradó células yihadistas en Siria; la “Resolución Absoluta” (03/01/26), incursionó con fuerzas especiales en Venezuela. A ello hay que añadir Somalia (01/02/25); Irak (13/03/25); Yemen (15/03/25); Caribe y Pacífico (08/25); más presiones militares en la península arábiga, acciones en el Cuerno de África y otras operaciones en Oriente Próximo. Si los criterios de paz son la cooperación, la desescalada y la reducción de medidas coercitivas unilaterales, hay que añadir el endurecimiento de sanciones económicas contra Cuba, la presión sobre Venezuela, el retiro de apoyo a ciertos foros multilaterales, la retórica confrontativa hacia gobiernos adversarios, y el uso principal de instrumentos como las tarifas. Trump, ¿es un candidato al Nobel de la paz, o para que haya paz hay que darle un Nobel de una vez? Si fuera así, parece que no llega al mínimo de octanaje. El Comité, ¡siempre el Comité!
A todo esto, nuestro campeón acecha otro Nobel; ¿por qué no habría de tener derecho a uno propio? Está, dale que te pego reescribiendo buena parte de la teoría económica, con énfasis en principios hayekianos que enfatizan la libertad individual y la eficiencia de los mercados, concentrado en la optimalidad de Pareto —estática e inter temporal—, con funciones de producción no convexas. ¿Vivirá un no buscado (faltaría más) do ut des con su colega norteamericano (te doy para que me des)? Los resentidos de siempre, ante la excelencia, extraen palabras insidiosas del tango: “Qué grande ha sido nuestro andén / Y sin embargo ¡ay! / Mirá: me la pegué”.
Sábado, 14 de febrero de 2026.
*Abogado y escritor.

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