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Recuerdos del presente – Por Esteban Rodríguez Alzueta

Tendemos a experimentar el presente como una réplica del pasado vivido, un déjà vu que transforma la historia en mito; recuerdos del presente que borran la historia y el derrotero de cada biografía. Un presente que se niega a dejar detrás al pasado idealizado que supimos o no supimos elegir.

Por Esteban Rodríguez Alzueta*

(para La [email protected] Eñe)

En este país nos bañamos dos veces en el mismo río. Una de las frases que más se escuchan por estos días, que acompañan la desazón, es déjà vu. Esto ya lo vi o, mejor aún, ya lo viví. No sólo yo, sino mi familia, los amigos… Es decir, es un sentimiento que se transmite de generación en generación. Peor aún, ya lo vivimos, en plural. Son pasiones tristes que surcan el imaginario colectivo y nos llenan de bronca, indignación.

En las últimas semanas estamos siendo asaltados por escenas que creíamos haber dejado atrás y nos sorprendemos rumiando recuerdos que nos persiguen como una fatalidad. Es el corsi e recorsi de una Argentina que necesita revisitar escenas y las sensaciones que guardamos en esas escenas. Son recuerdos presentes que olvidan los matices y borran las escalas, como si la historia fuese siempre la misma historia.  

En el preciso momento que rebotamos con los obstáculos insalvables -las famosas “limitaciones estructurales” que alguna vez Aldo Ferrer había pronosticado para el país a principio de los 60 en su clásico libro La economía argentina-, es cuando nos sentimos empujados hacia el pasado que experimentamos como una duración intacta que guardamos en un frasquito de formol. Una memoria selectiva que será repasada en cada cena familiar, cuando los padres se ponen a relatar el derrotero de la parentela, a justificar lo que no terminan de comprender, cuando llega la hora de autovictimizarse y todos se sienten meros espectadores de una película que supieron aplaudir con entusiasmo. En ese momento, tenemos la sensación de estar -como reza el tango-, patinando en el mismo lodo. Eterno retorno de lo semejante: la historia no está hecha solo de discontinuidades, rupturas o desarrollos -según se prefiera-, también hay discontinuidades, son las invariantes históricas. Es el pasado en el presente, un tiempo fuera de quicio, una duración espectral, que impone otra vez la confusión con todas sus brumas. Todo se repite eternamente, pero con algunas variantes. Son acontecimientos idénticos, pero extraños a sí mismo.

Si me pusiera pesimista propondría parafrasear y corregir una de las máximas duhaldistas: la Argentina es un país condenado al fracaso. Prueba de ello son las postales que nos llegan de 1975, 1982, 1989, 2001 y 2018. Detrás de esta serie hay una duración descarriada, un tiempo que se repite como tragedia, siempre como tragedia, nunca como parodia, salvo que uno se ponga cínico o mire la Argentina desde otro continente. Porque las crisis de las que estamos hablando siempre golpean a los mismos sectores, una y otra vez y a unos más que a otros. Crisis desiguales, puesto que su impacto siempre suele ser desigual. ¿Acaso hay que recordar que no todos contamos con la misma red de contención a la hora de enfrentar estas crisis, los mismos recursos, los mismos ahorros, el mismo patrimonio? No todos tienen la misma capacidad moral para blindarse, y tomarse las cosas con otro humor, con modo zen, o reponiendo los tiempos largos de la historia, para que no les gane el bajón, el estrés, la úlcera, el infarto; no les cueste la salud.

Pero cada una de esas cifras está descontextualizada, sirve para sacarnos de la historia y aplanarla otra vez. Las crisis económicas y las recetas para sacarnos de las crisis son egoístas, puesto que tienden a hacer de la realidad una tabula rasa. No es para menos, la impericia política y las disputas interminables de las que no somos meros testigos, fueron metiendo al país en un callejón sin salida. Y encima luego hay que aguantar la presión que meten los gurúes, que se pasean por televisión, cada uno con su fórmula enlatada, dispuestos a practicar un exorcismo que nos salve no sin antes hacer unos cuantos sacrificios que ya sabemos quiénes los van a pagar. 

En Argentina, está visto, cada tanto rebotamos contra la pared y retrocedemos unos cuantos casilleros. Y cuando creemos que nos habíamos repuesto del mazazo y pusimos otra vez en marcha, nos gana el olvido, el orgullo, el espíritu de revancha, nos sentimos imbatibles y empezamos a escupir para arriba sin darnos cuenta que, tarde o temprano, mientras sigamos agarrados a nuestra pancarta favorita, la pared nos espera para seguir estrellándonos como siempre. Estamos como Sísifo, remontando una pendiente con una piedra encima nuestro sin advertir que, al llegar a la cima, rodaremos otra vez cuesta abajo con una bola cuyo tamaño será proporcional al recorrido hecho, es decir, a la mala fe, a nuestra capacidad de autoengaño, al punto de vista insincero que solemos usar para poner las cosas en un lugar donde no se encuentran. Nuestras presentes frustraciones compiten con las pasadas idealizaciones, son proporcionales a la mascota que alguna vez compramos con alegría, alimentamos y ayudamos a evolucionar. Pero cuando el globo se pincha y la realidad recobra su gravedad y nos venimos a pique nos subimos al cuadrilátero y empezamos a repartir culpas.

Es acá, cuando tenemos la sensación de estar frente a otro déjà vu: el presente es una réplica del pasado o, mejor dicho, tendemos a experimentar al presente como una réplica del pasado vivido. Porque si no quedó claro, lo que importa acá no son las condiciones objetivas sino las condiciones subjetivas, los modos de tramitar las crisis, las maneras de sentir y contar aquellas circunstancias, como si fuésemos meros espectadores que no tienen vela en el entierro.

No estamos leyendo el país con el diario del lunes o, en todo caso, ese lunes es un día de la semana que tuvo lugar en otro almanaque, por ejemplo, en 1988 o en el 2002. En este país los diarios no envejecen y los periodistas se sorprenden escribiendo la misma noticia, haciendo cut and paste. Cada uno de nosotros tiene la impresión de ser un actor de reparto que reinterpreta un papel que ya ha sido representado en un pasado no tan lejano. Los periodistas aplanan la realidad cuando hacen pasar una cosa por otra, pero nosotros, los ciudadanos, aceptamos el ritual matutino para no asumir la cuota de responsabilidad que nos cabe.

La Argentina sigue siendo una gran paradoja. Al argentino le parece conocer lo que sabe que ignora o ignora lo que conoce de memoria, porque no le conviene saber para seguir dando rienda suelta al resentimiento que le permita volver a sentir lo que no se anima a enfrentar. Argentina, como sucedía en la Alejandría de Egipto, es un país donde las cosas se construyen y aniquilan, donde se erigen y demuelen monumentos, donde se infla y devalúa la moneda. Nadie mantiene la palabra empeñada, todos contribuimos a espiralizar los conflictos hasta dárnosla en la pera. Lo curioso es que estos movimientos contradictorios tienen lugar en la misma época. Encima, cada estadista o funcionario se piensa para siempre en el gobierno sin darse cuenta que, en una democracia, no hay mandato para toda la vida, que las democracias imponen la alternancia, es decir, la paciencia, los cambios paulatinos, los acuerdos, las agonías para los conflictos.

Fatalidad de un tiempo histórico que regresa con impotencia y amargura, arrojando mantos de pesimismo pasajero pero hostil, que sabrá dejar otra huella en la memoria familiar, inscribiendo otra cicatriz encima de las cicatrices anteriores. Porque acá la herida sana, pero, tarde o temprano, volverá a sangrar otra vez. El presente convoca al pasado para transformar los sueños en pesadillas, para que nadie pueda dormir tranquilo y se proyecte hacia delante.

El pasado adquiere su carácter fantasmagórico cuando se sale de quicio, cuando la dirigencia política improvisa una pantomima que nos devuelve vivencias de un tiempo pretérito, que creíamos haber dejado atrás. El pasado irrumpe y se coloca justo delante de nosotros, asumiendo la forma de un futuro cercano que se precipita por proximidad. El déjà vu transforma la historia en mito. El tiempo se interrumpe y nos coloca frente a un espejo empañado que le abre la puerta a las profecías autocumplidas. Un pasado travestido de presente, recuerdos del presente que borran la historia y el derrotero de cada biografía. Un presente que se niega a dejar detrás al pasado idealizado que supimos o no supimos elegir.

La Argentina se parece cada vez más a un disco rayado que interrumpe su melodía maravillosa para volver a pasar una y otra vez por el mismo surco que se va haciendo cada vez más profundo a medida que la púa perfora el círculo donde está encallado. Frito y refrito de una temporalidad circular.  

La Plata, 27 de julio de 2022.

*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.

2 Comments

  1. apico dice:

    No se cual será la edad del autor de esta excelente nota, pero a medida que uno se vuelve mas viejo, las pesadillas y el deja vu, se vuelven cada día mas presentes. De pequeño, conviví con Perón y Evita, y luego la interminable serie de dictaduras y gobiernos ilegítimos y gorilas. Volví a la vida con el «tío», y empecé a llorar con un líder viejo que nos ninguneaba e insultaba mientras agradecía a los «dirigentes, sabios y prudentes» y nos dejaba tras su muerte a El Brujo e Isabelita. De las dictaduras siguientes, mejor acordarse por su terror y criminalidad. Luego «la democracia» y un poco ,muy poco de aire. Luego traiciones indignantes, luego ,lo inesperado :Néstor y volver a respirar profundo. Solo doce años, hasta que volvió una noche que continua sin solución de continuidad, y la triste certeza, de que no amanecerá, que todo continuara negro, donde ricos y político traidores, seguirán con su baile macabro hasta otro amanecer, que ya tal ves, no llegue a ver.

  2. Sara Berlfein dice:

    Tengo 76 años y la oligarquía le está haciendo a este gobierno lo mismo que le hicieron a Alfonsin un pequeño grupo de sátrapas cipayos que desprecia al pueblo YA LO VIVI