
Inversiones, desarrollo y modelo de país – Por Eduardo Dvorkin
10 octubre, 2026
Galperin: el empresario que creció con el Estado y luego descubrió la libertad de mercado – Por Matías Jauregui
12 octubre, 2026Un muy reducido porcentaje de la sociedad argentina -y del Occidente cristiano- controla los destinos de las grandes mayorías de clase trabajadora. Y lo hace de un modo cada vez más ruinoso para la posibilidad de continuar habitando este planeta.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
Una de las operaciones ideológicas más eficaces del discurso contemporáneo consiste en presentar la libertad y la igualdad como valores en tensión. Milei lo hizo (sin que se le haya aplicado la máxima «el que la hace las paga»). En su discurso de apertura del nuevo período parlamentario ante la Asamblea Legislativa del Congreso, pronunciado en las tinieblas del 1º de marzo de 2026, le dedicó un pasaje a la cuestión de la igualdad, para negarla: «Mientras que ustedes [dirigiéndose a la oposición] prometen igualdad, nosotros generamos prosperidad». La pregunta esencial a hacernos permanentemente es: ¿para qué clase?
Ese discurso nos dice que toda igualación implica pérdida de libertad, que redistribuir la riqueza es coartar a la clase de la gran propiedad, que limitar la propiedad significa limitar la autonomía individual. La oposición libertad/igualdad es el resultado de una historia precisa: aquella que vinculó la libertad a la propiedad privada, a su sacralización, y que convirtió la desigualdad en su condición de posibilidad. La igualdad no es lo opuesto de la libertad, sino su condición y su expresión. Cuando las jerarquías sociales se aplanan y la riqueza se distribuye es posible hablar de una libertad que no es el privilegio de unos pocos ejercida contra lxs más.
*
En el orden capitalista todos los aspectos de la interacción humana -comer, beber, trabajar, jugar, socializar- están marcados por un estricto orden jerárquico: el de la desigualdad social. Desigualdad es la continua hostilidad social, la falta de ayuda mutua -solidaridad-, la sumisión más o menos ciega a la autoridad (la anulación de la libertad de desobedecer), el respeto mayor a los ricos que a lxs pobres. El capitalismo es el régimen de la diferencia jerárquica en todos los ordenes de la vida. Lo verificamos genéricamente con la jerarquía del hombre por sobre la mujer (al que le sigue el arco de la diversidad y las infancias); clasistamente con la acumulación de riqueza de la clase explotadora a expensas de la clase trabajadora; «racialmente» con la relevancia de la condición nativista por sobre el amplio espectro migrante (si bien la raza no existe, sí existe el racismo). Y así. Si la desigualdad es una institución, su reproducción requiere un mecanismo: la equivalencia entre recursos y poder. En el orden capitalista existe una equivalencia entre recursos y poder. Esta se verifica en mayor o menos medida en todas las sociedades del Occidente cristiano: capitalista, colonial, racista, patriarcal, imperialista, opresor. En las sociedades occidentales el acceso a recursos materiales se transforma automáticamente en poder. La riqueza se transforma en poder sobre lxs demás: lxs más que tienen menos. El poder sobre posesiones (propiedad) se traduce directamente en poder sobre otrxs seres humanxs; que, en resumidas cuentas, se expresa en cómo obligarlxs a hacer cosas que no querrían hacer. Una distribución desigual de recursos (o bienes materiales) se convierte en la capacidad de decidir sobre los demás y de decirles a lxs demás qué hacer. Emplearlxs como sirvientes, trabajadores, policías, pero no sentirse interpeladxs cuando se lxs ve arrojadxs a una vida en situación de calle. Esta concepción del poder habilita que muchxs sean obligadxs a trabajar para unos pocos o que estos pocos obliguen a muchxs a hacer cosas que no desearían hacer. Ese poder habilita la violencia, que esencialmente quiere decir obligar a otrxs a actuar contra su voluntad.
La violencia es una relación de poder antropológicamente significativa. Implica que un sujeto (individual o colectivo) ubicado en una relación social imponga su voluntad pese a la resistencia (organizada) del otrx. Sin embargo, no toda violencia se puede considerar de la misma manera. Hay dos tipos: la que se organiza para la defensa del orden y que para mantenerlo apela a las medidas más despiadadas e implacables. Y la violencia que pretende modificar lo existente, que es la revolucionaria. Aquí se expresa la moral de los adversarios de la violencia política: la rechazan cuando se trata de modificar lo existente, pero la utilizan sin problemas morales para la defensa del orden y no se detienen ni siquiera ante las medidas más severas, duras o crueles (como golpear niñas de 8 años o gasear a jubiladxs de 80 en la Plaza Congreso).
*
La igualdad es una virtud o un valor. Creo que es posible coincidir sobre este punto, ¿pero de qué se trata? Se suele hablar banalmente de igualdad de oportunidades, de igualdad de condiciones, de igualdad (formal) ante la ley, muchas veces de equidad, en tanto concepto “superador” respecto del de igualdad y se lo hace apelando -parece un chiste, pero no lo es- a ese meme tan lineal como rectilíneo de tres cajones desiguales para tres personas de desigual altura ubicadas detrás de un muro, como apoyo para ver más allá de ese límite visual-material que se les impone. A veces, igualdad remite a la idea de que los integrantes de una sociedad deberían ser iguales en algunos aspectos consideraros esenciales: la ingesta de calorías, el poder político, los ingresos, la salud, la vestimenta, el acceso a un hogar, la posición laboral, la condición genérica, el trabajo, las opiniones, el trato ante la ley, el acceso a recursos, tener voz y voto ante los asuntos sociales comunes… Ninguno de estos aspectos se cumple en la sociedad argentina. Sin embargo, cuando decimos igualdad hablamos de la demanda política de reciprocidad y de la afirmación de la diferencia no jerárquica.
Igualdad nos recuerda tal vez la consigna quizás más unánime de la revolución francesa: “libertad, igualdad y fraternidad”. Esta compleja oración de orden (la consigna) evidencia que la libertad -como solía recordar Horacio González- no camina sola, sino que debe ir acompañada por otras dos virtudes, que la contemplan, la complementan y la contienen: igualdad y fraternidad. La igualdad es una extensión directa de la libertad. En efecto podemos entenderla como su expresión. La igualdad es síntoma de la libertad. Esta, en sí, aisladamente no existe. Hablar así, vivarla como si fuera un resorte implica quedar capturadxs por las «fuerzas del cielo» en una abstracción vacía.
Discriminando complejamente encontramos por lo menos tres libertades: la libertad de movimiento, la libertad de desobedecer (hacer propia la disidencia) y la libertad para crear o transformar las relaciones sociales (hacerlas significativas). La que proponen ellos es la libertad individual, que históricamente está vinculada de modo ineludible con la idea de propiedad privada; codificada por el derecho romano. Con la delimitación de las propiedades y la formación de Estados (con gobiernos configurados por cortes supremas, policías y ejércitos) para protegerlas. Es la libertad de ellos, la que entra en la concepción europea, o más bien, dentro de la concepción del Occidente cristiano (o sea, capitalista, colonial, racista, patriarcal, imperialista, opresor). Esa libertad es ejercida a costa de los demás pues la propiedad privada es una sustracción de una porción de bien colectivo. La propiedad privada es la privación de la propiedad: significa privar de propiedad a las grandes mayorías, impedir que las masas laboriosas accedan a los bienes comunes. Esto que digo se figura cabalmente si pensamos en Lewis y en Lago Escondido. Entonces la libertad que proponen ellos es la libertad ante Mi Ley, es decir, libertad de ser subyugadxs, por ende ubicadxs en un lugar de desigualdad.
Lxs trabajadores, en cambio, podemos ser libres en tanto igualmente libres, de obedecer o no obedecernos a nosotrxs mismxs en tanto lo creamos adecuado. «Nosotrxs mismxs» son las fuerzas de la emancipación. Impulsar la igualdad como un valor explícito, antagonista a esta ideología de la libertad. Pues bien, la palabra igualdad es menos francesa, o en todo caso europea, que americana. De hecho, se manifestó por primera vez en los debates acerca de las implicaciones morales y legales de los descubrimientos europeos en el «nuevo mundo».
La utilización de lenguaje inclusivo es decisión del autor.
12 de octubre de 2026.

*Filósofo y analista político. CONICET.

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000, $10.000 ó $15.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


