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Los desafíos del día después – Por Ricardo Rouvier

El futuro próximo abre una etapa de fuertes desafíos en el plano económico, político y social. El acuerdo, la negociación y una alianza política amplia son fundamentales para encarar el tiempo por venir. El candidato elegido como presidente es lo más adecuado a lo que la oportunidad y la necesidad han determinado. Cristina Fernández de Kirchner en su elección hizo una gran jugada estratégica, pero ahora Alberto Fernández está en manos del destino y la historia.

Por Ricardo Rouvier*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Cuando el oficialismo lograba mantener consenso por encima de los resultados económicos, y mucho antes de la unidad del peronismo, decíamos que el principal opositor a Macri era la economía. En aquellos momentos, la alternativa de reelección estaba presente; habían ganado las legislativas de octubre 2017 y Massa y varios gobernadores se mantenían renuentes ante el kirchnerismo liderado por CFK. Prometía ser árbitro electoral la avenida del medio, con dirigentes de origen peronista como Schiaretti, Massa, Pichetto, Urtubey, Lavagna y otros gobernadores. Finalmente, al combinarse unidad del peronismo con recesión e inflación, el cóctel se convirtió en una alternativa invencible. El peronismo se unificó cerca de las PASO, debilitando fuertemente el camino del medio en donde Roberto Lavagna quedó solo,  más cerca de ser un asesor que un presidente.

La economía continuará obcecadamente siendo el principal peligro para el gobierno electo y eso se mantendrá por mucho tiempo. Mientras tanto, la política continuará existiendo como espacio de disputa de esperanzas y negatividades; pero, no hay que olvidar que se debe sostener la percepción del ciudadano/a de que el gobierno posee la capacidad de poner al país nuevamente en marcha. Y para eso hay que cuidar la confianza entre Ejecutivo y la sociedad civil. El vínculo está hipersensibilizado por los cuatro años de promesas incumplidas.

Alrededor del Presidente electo reaparecen figuras que habían quedado en la penumbra de los tiempos, que habían sido eyectados o que habían decidido alejarse voluntariamente como Gustavo Béliz, Vilma Ibarra o el mismo Randazzo. Este acercamiento es toda una definición de parte de Alberto Fernández que no tiene una mirada sectaria sobre la profesionalidad de los hombres de Estado. No es necesario que reciten el credo peronista o kirchnerista para hacer su aporte en las actuales circunstancias. Además, si hablamos de credo, habría que definir con más precisión cuál es el credo actual del peronismo en los tiempos que corren.

En él permanecen yuxtapuestos desde el primer peronismo, con rasgos nacionalistas, al de la confluencia con el marxismo y el guevarismo, y hasta aquel con cierto  anarquismo expresado por los más jóvenes y la doctrina social de la Iglesia. Dogmas por un lado, espontaneísmo populista por el otro, formulaciones de izquierda o la Teología del Pueblo, todo convive cada uno en su convento y sosteniéndose siempre en las figuras rectoras de Perón y Evita. El peronismo es un magma que dispara múltiples significaciones imaginarias que comprenden desde Pichetto hasta CFK; y  allí también está  Alberto Fernández, pero intentando un salto cualitativo sobre cualquier pasado.

Los resultados de la elección fueron dos: uno, el más importante, evitó la reelección de Mauricio Macri terminando un ciclo de gobierno que quiso fundar un paraíso periférico del capitalismo financiero olvidando la industria y el mercado interno; que estuvo más cerca de la especulación y la bicicleta o rulo, qué del trabajo, el esfuerzo y el riesgo empresario. Desde la meritocracia dominante en el mundo es llamativa la ineficacia de la gestión que paralizó la producción y la investigación nacional. Como final a toda orquesta, termina el ciclo con la conversión ideológica del gobierno aplicando políticas “kirchneristas”, como las definió graciosamente Dante Sica, y la filosofía económica que caracteriza a los CEOS, y al entorno cultural del Cardenal Newman. En los sectores más castigados se percibió la deshumanización de una administración que fue cayendo en picada desde la ley previsional de diciembre del 2017 y continuó con la mención del hambre, como nunca antes. En realidad entre el fracaso económico y la carencia de políticas, la frustración de Cambiemos tendrá consecuencias sobre su futuro como organización política plural y sobre sus dirigentes. El segundo resultado del 27 fue que la proporción obtenida por el actual oficialismo (39/40%) mantiene la vigencia de Mauricio Macri como líder de una oposición numerosa y orgánica, que parecía pocas horas antes condenada a la fragmentación. Dentro de la UCR había desde las PASO, ruidos de amotinamiento que se suavizaron una vez que verificaron que la diferencia con el ganador fue alrededor de ocho/nueve puntos y no 15 o 20 como se preveía. El radicalismo va por el realineamiento de Juntos por el Cambio, donde la UCR reclamará más poder relativo en relación al PRO. La Coalición Cívica de menor peso específico, seguramente se dispersará luego de la partida teatralizada de Carrió. 

Entonces tenemos el retorno del peronismo al gobierno y una próxima oposición de centro derecha que evita su naufragio. El próximo oficialismo será una renovada versión del peronismo de centro izquierda que tiene una nueva dirección con Alberto Fernández. Será parecido al kirchnerismo y tendrá algún matiz cercano al FrePaSo y al pensamiento de Antonio Cafiero, sobre todo en la afirmación de valores relativos a la organicidad política. Será diferente en cuanto a que no recurrirá a gestos jacobinos o a posturas al borde del maximalismo que abreva en la dicotomía amigo-enemigo sin resolución estratégica. Tampoco abusará de la comunicación asertiva y radial, pero no podrá evitar la tendencia a la centralidad para el propio Alberto Fernández, como indica la Constitución y la tradición partidaria.

El principal anclaje gubernativo estará en el poder territorial de los gobernadores e intendentes y esto establece una base real de la política. Algunos de esos líderes territoriales son, conscientes o no, más conservadores y fueron diseñados en el primer peronismo, pero son sensibles a la conformación de una figura central que los conduce. Está en la memoria del espacio la relación entre el poder central y los territorios con el estilo que le daba Néstor Kirchner, que combinaba autoridad con negociación pero sin interrumpir la comunicación.

Se abre ahora la oportunidad de acercarse con más inteligencia que voluntarismo a encontrar para nuestro país, un lugar en el mundo, en un mundo complejo, paradojal, con dominios geopolíticos en desplazamiento y con contradicciones secundarias y fracciones de poderes en disputa. Estos cambios no evitan que las hegemonías mundiales que concentran capitalismo, democracia liberal e individualismo, sigan siendo los ejes centrales del poder planetario. En el corto plazo la contradicción está liderada por el proteccionismo versus la globalización, y el asombro de que la República Popular China sea abanderada del libre comercio. Al camino clásico que imagina una conversación entre el presidente electo y Trump, se le agregan otras alternativas de mayor aliento y audacia apuntando hacia el Asia Oriental y/o Rusia.

La ofensiva de la derecha, desde Italia a Brasil, obliga a replantearnos nuestra estrategia internacional que deberá reforzar más el pragmatismo sin disolver los principios ideológicos de nuestra pertenencia al Sur. El retroceso del progresismo en la región exige revisar las modalidades de las alianzas, considerando lo sabido, que los EEUU no quiere sociedades entre los subordinados fuera de la influencia del Departamento de Estado ni en el Medio Oriente ni en el patio de atrás. La apertura del Presidente electo hacia México, a lo que se agrega la coincidencia con el Uruguay sobre la cuestión venezolana, genera una leve, por ahora, recuperación progresista en la región.

Quedó, en el imaginario colectivo que la disputa electoral estuvo dividida en dos partes; pero no hay que enfervorizar la grieta, porque no hay una posibilidad estratégica que justifique lo agonal. Es un tiempo histórico de aprovechamiento de la democracia y la República para alcanzar la justicia social. Se abre la posibilidad de construir una democracia real, activa, que posibilite incrementar la participación y la revinculación entre el ciudadano/a y la política.  Una etapa que requiere más neuronas que músculo.

Alberto Fernández tiene las condiciones para crear puentes con el fin de ganar o neutralizar lo que se pone enfrente: el conservadorismo de la centro-derecha que, históricamente, ha rechazado lo nacional y lo popular, y que hoy fuerzan el capricho de “un empate el 27”.  Los valores democráticos y republicanos dominantes en el mundo deben ser integrados al fin progresista de la equidad social y no lucir solamente en la retórica del macrismo o de un radicalismo que olvida a Hipólito Yrigoyen. No obstante, es factible  que haya puntos de contacto entre el programa de gobierno de Alberto Fernández y de los admiradores de Raúl Alfonsín, ya que el propio Presidente electo lo es. Del mismo modo, no se puede ser negacionista de la globalización o el desarrollo tecnológico, pero sobre la condición irrenunciable a la defensa de los intereses nacionales. 

La sensación de paridad de fuerzas es lo que quiere impulsar Juntos por el Cambio, y se extiende sobre el Congreso. Según la distribución de bancas del escrutinio provisorio, habría un bloque del Frente con 120/121 diputados con sus aliados y para alcanzar el quorum propio debería tener 129. En el Senado alcanzaría esa mayoría propia con 39 escaños sobre 72. También la coalición saliente quiere imaginar que en el seno del gobierno la disputa por el poder entre CFK  y  Alberto Fernández será el principal obstáculo de la administración.  Esta es la pregunta que se hacen los analistas y los grandes medios, por ahora dicha especulación se sostiene más en deseos que en pruebas efectivas.

Se espera, por otra parte, que el próximo gobierno logre administrar la demora frente a la demanda multisectorial. Pero hay urgencias impostergables. Mientras se organiza la emergencia para los sectores más vulnerables, las recetas para negociar con el FMI, la presión impositiva, las medidas de reactivación, la posición frente al campo, la política de comunicación, el mejoramiento de la educación y la salud, son la agenda en la discusión entre la coalición gobernante y la oposición; pero también dentro de las superestructuras del Frente. Son muchos años en que las organizaciones políticas del espacio nacional y popular no han realizado los debates necesarios para la actualización de sus propuestas y se han alimentado solo de consignas.  Es imprescindible mantener abierto un canal de participación y discusión, en donde los procesos de actualización sean constantes.

Ahora se habla del resurgimiento del bipartidismo, cuando en realidad son dos coaliciones las que se repartieron el tablero, con una heterogeneidad interna que habla más de la pluralidad, de interpelaciones internas, que de una convergencia que aliente un pacto como el de la Moncloa.

En cada sector del oficialismo próximo y de la futura oposición hay fracciones más finas y complejas, sobre todo en el espacio reformista y reivindicador del peronismo que involucra a sectores que provienen de la tradición de izquierda y otros que provienen de un tronco más tradicional del justicialismo y que tiene distancias respecto a posturas maximalistas sobre la cultura o al papel del Estado en la economía. Debe haber una articulación entre valores primigenios del movimiento popular y la adecuación a los cambios producidos por la evolución en el universalismo. 

Estamos seguros que hay grupos sociales – sobre todo de clase media – que ayer apostaron a Macri y que hoy estarían dispuestos a creer en el nuevo Presidente, como estamos seguros de que muchos votantes propios pueden revisar los caminos con un enfoque más realista. La base social del 50% del padrón electoral se puede ampliar y se puede organizar; aunque es lo más difícil.

Es una etapa de fuertes desafíos en el plano económico, político y social. Por eso, volvemos a creer en el acuerdo, en la negociación y en una alianza política amplia. El candidato elegido como presidente es lo más adecuado a lo que la oportunidad y la necesidad han determinado. Cristina Fernández de Kirchner en su elección hizo una gran jugada estratégica, pero ahora Alberto Fernández está en manos del destino. La historia camina y hay que caminar con ella.

 

Buenos Aires, 4 de noviembre de 2019

*Lic. en Sociología. Dr. en Psicología Social. Profesor Universitario. Titular de R.Rouvier & Asociados.

1 Comment

  1. Luis Ohman dice:

    Excelentes notas de Horacio González, Zaffaroni y Rouvier
    Enorme aporte al pensamiento y la discusión de los nuevos desafíos en la Argentina y en América Latina

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