«Lazos de familia» en épocas de atomización neoliberal – Por Magalí Besson

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«Lazos de familia» en épocas de atomización neoliberal – Por Magalí Besson

A propósito del film «Sorry; we missed you», de Ken Loach.

Magalí Besson comparte en esta nota algunas reflexiones, a partir del film de Ken Loach, Sorry, we missed you (Lazos de familia), sobre los efectos subjetivos, con consecuencias prácticas en la vida, de quienes se referencian en las capas medias e intentan salir acompañados de la atomización que produce la uberización de la economía en la sociedad neoliberal.

Por Magali Besson*

(para La [email protected] Eñe)

Para comenzar aclaro que en las líneas que siguen no ejercitaré el noble oficio de la crítica cinéfila que pudiera incluir la correspondiente ficha técnica de la película y la retrospectiva de la obra del autor. No porque entienda banal tal ocupación sino porque el tiempo de lectura del que usted dispone posiblemente sea escaso y personalmente prefiero compartir algunos efectos inquietantes de la última y sensacional película de Ken Loach. Efectos subjetivos con consecuencias prácticas (traducidas en reflexiones y decisiones) en la vida de no pocas personas que nos venimos cuestionando, histórica o recientemente, por los claroscuros de nuestra identidad de clase media. Sobre todo cuando dicha identidad toma la deriva trágica que consiste en que la autopreservación de lo que somos y queremos ser quede en oposición a la autoconservación de la vida biológica (Bleichmar, 2009). Un ejemplo de esta oposición  podría asociarse con la degradación del enunciado «trabajar para vivir» en el de «vivir para trabajar» al que podríamos agregar el,  por desgracia,  no siempre metafórico «matarse laburando».

La propuesta del cineasta británico es sensacional sobre todo porque logra hacernos ingresar en la subjetividad de los personajes de manera tal que de pronto nos encontramos vibrando alternadamente de acuerdo al modo de cada uno de ellos y con ellos. Ojalá lo que sigue permita compartir al menos parcialmente la onda expansiva de aquellas vibraciones.

La familia amenazada.

Del repertorio de los personajes centrales del film, los padres de la familia presentada son quienes padecen más intensamente la pauperización material derivada de pérdidas cuantiosas e injustas (de casa, de trabajo, de seguridades) padecidas por familias (en Gran Bretaña y el mundo entero) que, aunque víctimas de un fenómeno social, afrontan la situación de forma solitaria y sufriente.

Así, la soledad y el sufrimiento parecen solaparse tras el afán de estos adultos por «volver a dar» para recuperar lo perdido. De diversos modos, condicionados fundamentalmente por la economía pero también por mandatos de género y vicisitudes de la historia personal de cada uno, ambos padres trabajan sin descanso y se hacen presentes para sus hijos recién cuando se cierra el día y con él la posibilidad del encuentro familiar. En aquellos momentos compuestos de imágenes tenuemente iluminadas, encontramos a la madre sosteniendo más de  lo que puede desde su disposición de cuidar a todos (incluidos todos y cada uno de sus clientes discapacitados) de forma amorosa y dedicada. Es alguien para quien quedar afectada por la angustia es más frecuente que la vivencia del enojo ante las injusticias, a diferencia de su marido que sí se enoja, aunque lo hace con el hijo con más facilidad que con quienes abusan de él (su jefe).

Los sobreesfuerzos de la pareja por sostener sus trabajos sin perder de vista el cotidiano de la familia no tardan en volverse cada vez más insuficientes. Los monitoreos de la crianza a distancia no alcanzan y prácticamente todo es zozobra y desconsuelo para estos padres esclavos de la nueva era laboral überizada. Como sujetos frustrados, y al mismo tiempo ilusionados, comienzan a ver desdibujado el mundo por el que dejan la vida; el que organizaron alrededor del objetivo de ofrecer bienestar a sus hijos. En aquel escenario crítico la mujer le pregunta a su compañero: ¿qué nos estamos haciendo? La inclusión se torna encierro y la exclusión termina por ser la de aquello más querido.

La subjetividad en tensión: entre la explotación cuestionable y los estallidos necesarios.

Lo más querido, los hijos, son los personajes que ofrecen por su parte el aire fresco que nos permite recuperar el aliento para seguir viendo la película, y para que el sometimiento que sentimos desde la in-cómoda butaca de la identificación se encuentre con las «salidas de emergencia» simbolizadas en las palabras, los grafitis, los  dibujos y los actos transgresivos que estos chicos elaboran. Loach nos muestra a una niña de 11 años y a un adolescente de 16 como los principales referentes de la capacidad de transformar el propio sufrimiento en una rebeldía que rechaza lo que sus padres ofrecen a la vez que invitaría a estos a despertar. Estos hijos fueron destinatarios de amor en tanto hijos queridos y ahora actúan dispuestos a devolver ese amor aunque dicha devolución sea con ira y repudios. Y es esta la clave del asunto: el modo en cómo Loach logra que la tragedia que implica someterse para salvarse (ser esclavos para luego ser libres, si es que no morimos en el camino) altere su naturaleza y se convierta en drama recuperando el conflicto, y con este la tensión vital de los estallidos necesarios.

La encerrona trágica (la ausencia de tercero de apelación -Ulloa- relacionada con la crueldad de estar encerrados y sin testigos con quien nos maltrata) puede tambalearse y este señor cineasta, con sus 85 años, apuesta a ese tambaleo aunque algunas críticas  sobre esta película solo adviertan el refrito de una denuncia estéril en su apuesta.

La película nos deja ver con claridad no sólo las relaciones de alienación en el mundo laboral sino los encierros cotidianos que bien pueden consolidarse cuando se considera que no hay opción: o tomás lo que te da el patrón o no sos nadie. O te esforzás solo y sin perder el tiempo en cooperar con tu semejante o sos un perdedor: «nunca tendrás tu casa propia» en el argumento de la película. Tendida la trampa el conflicto desaparece, no hay más salida que la del encierro; en el caso del padre de familia de la película, trabajar 14 hs. para poder pagar la propia herramienta de trabajo: una camioneta para hacer repartos a contrareloj y así tener en 3 años la casa.

Pero la trampa no es ahistórica. Años de neoliberalismo cimentaron la naturalización del cautiverio para la obtención de un disfrute de bienes de consumo o de grandes cosas (a futuro) y el cineasta de las necesarias denuncias nos ofrece, una vez más, pistas para desarmar lo cristalizado. No son las reglas para la gran revolución pero sí valen como señales para que el anticapitalismo comience por nosotros mismos, y me atrevo a decir que esto no es poco.

La denuncia y la apuesta.

Sabemos por propia experiencia o por la de terceros cercanos, de la erosión que genera el multiempleo y la precarización laboral en las familias pauperizadas que de lo contrario ven complicado llegar a fin de mes. Sabemos también que el abanico de realidades respecto de las subjetividades emergentes de esta experiencia es amplio en este grupo mayoritario en nuestra sociedad. Pero también podemos atender a otro fenómeno que es el de la ilusión meritocrática que lleva de las narices a los «pauperizados afectivos», es decir, a aquellos para los que la pauperización se da en los lazos de afecto como consecuencia de jerarquizar sus ideales de forma tal que el éxito económico individual sea lo más preciado, incluso por sobre la salud mental de los hijos. Me refiero al éxito asociado a la adquisición de bienes materiales (incluidos méritos profesionales en búsqueda de prestigio) para mostrar, para la foto, para despertar envidia, ¿para ser lo que no son? ¿Los ricos que no son porque apenas son una clase media aspiracional? Quien más quien menos, los que componemos la clase media profesional o comerciante estamos atravesados por algo de ese canto de sirenas. La cuestión es quizás ver si nos dejamos o no ensordecer al momento de establecer las prioridades y los costos de algunos anhelos.

Los adultos pertenecientes a una clase media que podríamos definir como aspiracional o jaurecheanamente llamada «medio pelo» (no la familia de la película exactamente), en muchos casos están poco con sus hijos y buena parte del tiempo que pasan juntos es para cumplir con demandas y tareas de organización de la vida cotidiana, siendo el jugar sin reloj un lujo que muchas veces permanece en el horizonte anhelado aunque se sepa que el tiempo para ese jugar o simplemente estar encontrados sea hoy. Algunos adultos no lo sufren, otros sí. Los niños casi siempre sí. Quizás estas palabras, y la recomendación de ver la película, sean más para los segundos aunque están todos bienvenidos a repensar los sentidos de su existencia y su responsabilidad frente a los niños que deciden criar.

La familia, dice Silvia Bleichmar, es un agrupamiento de personas en el cual la particularidad es que hay dos generaciones de las cuales una es responsable de velar por el cuidado de la otra.

El argumento de tener que pagar muchos consumos cuando lo que en realidad se juega es mantener determinado estándar o supuesta calidad de vida presa del consumismo, termina yendo en desmedro de la calidad de los lazos de familia, aunque cuidar a esta última sea la cortada por la que se realizan los esfuerzos. Allí es donde los niños si pudieran dirían: no necesito unas zapatillas caras, quiero que estés más conmigo. Algunos lo dicen, como en la película, en la que los hijos no aceptan que la bienintencionada «salvación de la familia» por el padre implique que ésta implosione. De allí los saludables estallidos de los chicos que buscan salvar de otro modo los lazos de familia.

La agresión y la transgresión en los niños, niñas y adolescentes lejos de ser necesariamente patológicas son muchas veces la indicación de la salida al encierro. No escucharlos podría significar la verdadera ruptura, la caída de toda confianza y de toda apuesta de familia: una cara no poco despiadada de la exclusión.

El psicoanalista, también británico, Donald Winnicott, nos advirtió respecto de poder pensar el costado saludable de la agresión cuando ésta es la respuesta del sujeto deprivado, violentado que apela a ella como acto subjetivante, como un modo de no quedar borrado o aplastado.

Hacer el duelo por la armonía de la inclusión soñada no es tarea fácil porque, como todo duelo, lleva tiempo y energía. Salir de la atomización y hacerlo acompañados pueda, tal vez, ser parte de los rituales necesarios para sepultar ese orgullo tan típico de la clase media, y para recuperar la autoestima que nos autorice a organizar unos modos de trabajo y de familia más dignos de ser vividos.

Textos consultados:

Bleichmar Silvia. (2009) La subjetividad en riesgo. Ed Topia. (2011) La construcción del sujeto ético. Ed. Paidós

Ulloa Fernando (1995) La novela clínica psicoanalítica. Ed Paidós.

Winnicott D. (2014) Deprivación y delincuencia. Ed. Paidós.

Horstein, Luis. (2000) Narcisismo. Autoestima,  Identidad, alteridad. Ed Paidós.

Rosario, 16 de octubre de 2021.

*Psicoanalista y  docente de la Facultad de Psicología de la UNR.

@BessonMagalii

2 Comments

  1. Gloria Fontal dice:

    Muy valioso análisis sobre los estragos en la familia del neoliberalismo, y cuan difícil es sostener lazos verdaderos cuando la exigencia que nos impone la época nos va limando valores.

  2. magali dice:

    Ya creo que es difícil sostener lazos verdaderos Gloria! Nos llevan un tiempo precioso donde vernos y ver al otro diferente con quien deseamos componer es un gran trabajo. Te recomiendo el cap 5 o 6 (no recuerdo con exactitud) de la serie Encerrados de Benjamin Ávila(En Contar) para seguir avanzando en el analisis. Es la de la pareja que trabaja en horarios cruzados. Son unitarios y maravillosos. La próxima nota quizas verse sobre algo de esa propuesta que nos hace este otro gran director argentino. Cariños y gracias por leer el artículo y comentarlo.