La imbecilidad y el racismo de La Nación – Por Esteban Rodríguez Alzueta

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La imbecilidad y el racismo de La Nación – Por Esteban Rodríguez Alzueta

La imbecilidad es una marca registrada de los editorialistas del diario La Nación, en el sentido de la imposibilidad de pensar fuera de sus cánones y de ponerse en el lugar del otro, sostiene Esteban Rodríguez Alzueta; prueba de ello es la nota escrita por Pablo Sirvén del domingo 17 de enero de 2021, donde el autor dice: “Una vez más, este año la madre de todas las batallas será la provincia de Buenos Aires, ese territorio inviable en cuyo africanizado conurbano se deciden electoralmente los destinos de la patria.”

Por Esteban Rodríguez Alzueta*

(para La [email protected] Eñe)

 

Dios los cría y La Nación los recluta. La imbecilidad es una marca registrada de los editorialistas del diario La Nación. No es nuestra intención ofenderlos, solo queremos describir uno de los gestos tilingos que saben disimular apelando a los buenos modales. Los conservadores tienen su propio canon para ejercer el correccionismo. Imaginamos que estamos hablando de “gente como uno”, buenos padres de familia y además personas muy inteligentes. Pero tienen un problemita: no saben pensar, es decir, no pueden ponerse en el lugar del otro. Acostumbrados a mirar el mundo desde su burbuja se dedican a practicar tiro al blanco o, mejor dicho, tiro al negro. Todos aquellos que se corren de sus expectativas, que no comulgan sus ideas, sus valores, merece ser degradado, apuntado, gaseado, gatillado, linchado, ajusticiado. La Nación es un diario que celebra la violencia vecinal y policial. Un diario que se dedica a echar leña al fuego, a enloquecer a sus lectores. No sólo pone las cosas en lugares donde no se encuentra, sino que sus pánicas editoriales, buscan interpelar la idiotez de su hinchada. La Nación escribe editoriales que estén a la altura de los fantasmas que asedian a los lectores. Los programa y sincroniza. Por supuesto que La Nación no está sola en esta empresa. Pero La Nación se arroga la batuta. La Nación es la reserva moral del fascismo disimulado con palabras que usan sin comprender. Por ejemplo, la república.

Prueba de ello es la nota escrita por Pablo Sirvén del domingo 17 de enero de 2021. Dice Sirvén: “Una vez más, este año la madre de todas las batallas será la provincia de Buenos Aires, ese territorio inviable en cuyo africanizado conurbano se deciden electoralmente los destinos de la patria.”

Una párrafo repleto de clises. Los clises son la lengua franca de los idiotas morales. No lo digo yo sino Hannah Arendt: Palabras aladas pero sin vuelo, escritas sin vocación para comprender nada. Palabras fuera de contexto, sin historia pero llenas de lugares comunes donde suele ir a pastar el resto de los idiotas que interpela. Sirvén se autopostula como defensor de la patria. Una patria que imagina en estado de guerra, una patria que postula en la vereda de enfrente del conurbano, de la negrada. Un conurbano animalizado, racializado, que merece ser batallado o eliminado del mapa. La inviabilidad del conurbano no sólo nos habla de la falta de imaginación política y la pereza teórica sino del racismo que comulgan más o menos secretamente. La Nación es un diario no solamente clasista sino racista. Sus trabajadores deberían empezar a tomar nota que están arriba de un tanque de guerra que dispara frases que tienen la misma capacidad de herir que una bala. Con el odio que destilan llegan los linchamientos, la justicia por mano propia, los casos de gatillo fácil. El odio alimenta el resentimiento de la vecinocracia, esos sectores de la sociedad que hicieron de la afinidad una forma de vida, de hacer política o, mejor dicho, de continuar la política por otros medios. Todo lo que no sea blanco, no tenga clase, merece ser desconfiado y descalificado. La Nación empuja todos los días al país hacia la guerra civil. Son militantes de la violencia, una violencia avivada hasta que escala hacia los extremos. Saben que los muertos siempre los ponen los negros, saben que ellos viven fortificados, rodeados de seguridad privada, de prejuicios que los blindan y mantienen a varios metros de la realidad, de la violencia que saben agitar. Pablo Sirvén es otro “asesino de escritorio”, escribe sin darse cuenta porque la imbecilidad se ha naturalizado en su entorno. Una imbecilidad festejada en patota. Sirvén pega duro porque sabe que sus palabras serán acompañadas con otros golpes bajos propalados por Leuco, Lanata, Feinmann, Echecopar, Canosa, Majul y tantos otres. Gente que habla con espuma en la boca, que escupe cuando habla y se ríen también, porque saben o desean que la historia les dará otros cuatro años para ejercer la revancha. Una revancha que imaginan, esta vez, tendrá que ser otra vez más implacable, certera.

Conviene no subestimar estas frases hechas. La idiotez o estupidez envenena de a poco, infecta la política, implosiona los debates. Son gente que no tienen vocación de debatir entre todos y todas cómo queremos vivir juntos. Hace rato que le bajaron la persiana a la democracia. Para ellos es una idea perimida y militan todos los días hasta encontrar otro títere que le baje el pulgar. Una persona estúpida es una persona que renegó de la política. La pérdida de la capacidad para dialogar coincide con la pérdida de la capacidad de acción política. Donde no hay política hay violencia, es decir, donde no se puede dialogar, cuando se cierran los diálogos se abre la puerta a la violencia. La política descansa en los diálogos interminables, diálogos o debates que son desautorizados o ninguneados por los estúpidos o seres banales.

No tenemos dudas que Sirvén es una persona inteligente pero irreflexiva, muy superficial, que tiene este gran problemita: no sabe pensar y tampoco es juiciosa. Las personas que no pueden ponerse en el lugar del otro no sólo se vuelven indolentes (no pueden sentir al otro). No entienden que hay otros actores que tienen otros puntos de vista, con otras percepciones, otros problemas. Son incapaces de ver las cosas desde un punto de vista distinto al propio y por eso se refugian en el sentimentalismo y la indignación. Pero además, si no hay pensamiento tampoco hay juicio, son personas prejuiciosas, entrenadas para odiar, que invierten mucho tiempo en el odio. Están rodeadas de prejuicios y confunden la ideología con la realidad.

Termino y lo hago con Kant. Arendt, haciéndose eco de Kant, quién llamó a la ausencia de juicio, estupidez, se vale de este concepto para comprender la banalidad del mal: “La estupidez en el sentido kantiano se ha convertido en la enfermedad de todas las personas (…). La estupidez se ha convertido en algo tan habitual como antes lo era el sentido común, y eso significa no que sea un síntoma de la sociedad de masas o que las personas ‘inteligentes’ estén a salvo de ella. La única diferencia es que la estupidez sigue siendo felizmente ignorada por los intelectuales y es, en cambio, intolerablemente ofensiva entre personas ‘inteligentes’. Dentro de la intelligensia, puede incluso decirse que, cuanto más inteligente resulta ser un individuo, más irritante es la estupidez que tienen en común con todos.”

 

La Plata, 17 de enero de 2021.

*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.

2 Comments

  1. Adriana dice:

    Excelente.

  2. Jose Alberto dice:

    Me sumo a Adriana, EXCELENTE, que bueno es leer una critica fundada. Gracias Esteban

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