Filosofía y coronavirus: argumentación y miseria – Por Manuel Quaranta

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Filosofía y coronavirus: argumentación y miseria – Por Manuel Quaranta

Manuel Quaranta interviene en el debate filosófico sobre el coronavirus entre Giorgio Agamben , Jean-Luc Nancy y Jorge Alemán.

Por Manuel Quaranta*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Siempre tuve la noble aspiración de intervenir en una polémica entre filósofos. Una polémica filosófica, claro, y no una discusión prosaica por dinero o amantes. Siempre quise y nunca me animé, embargado por la certeza de que mis deplorables antecedentes en ese campo generarían en los posibles lectores una mezcla insoportable de desprecio y desdén. Sin embargo, después de leer atentamente el intercambio entre Giorgio Agamben y Jean-Luc Nancy sobre la ¿epidemia? de coronavirus algo cambió (no fue mi currículum filosófico), y sentí que había llegado el momento. Mi momento. Sí, además notarán que apunto alto, si discuto, discuto con celebridades, y no con ignotos profesores de alguna perdida Universidad de Iowa.

Reconstruyo los argumentos.

Agamben, básicamente, ofrece al lector una serie de estadísticas según las cuales la cantidad de contagiados en Italia resulta insuficiente para reclamar el título catástrofe de epidemia, a la par, confirma gracias a los informes recabados que la acción del coronavirus, en la gran mayoría de los casos, “provoca síntomas leves/moderados” (salvo en pacientes con problemas  respiratorios y personas de la tercera edad). Ante la contundencia de los datos (los datos nunca hablan por sí solos) el filósofo italiano se pregunta:

“¿Por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un verdadero estado de excepción, con graves limitaciones de los movimientos y una suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y de trabajo en regiones enteras?”.

En busca de una respuesta, Agamben brinda dos: por un lado, la marcada tendencia a utilizar el estado de excepción como “paradigma normal de gobierno”, un estado que le abre las puertas al atropello de libertades individuales y al recorte de derechos básicos. Es lo que intenta demostrar el filósofo cuando cita las vagas fórmulas que aparecen en el decreto que ha permitido implantar en varias localidades italianas una completa militarización del espacio público (las imágenes del norte son elocuentes, aunque lejos están de valer más que mil palabras). Un estado de excepción repleto de efectos restrictivos. Agamben reproduce ocho, probablemente el de mayor gravedad sea la suspensión de toda forma de reunión pública.

La segunda respuesta refiere a un crecimiento exponencial del temor ciudadano en las últimas dos décadas  (nota: el número de homicidios ha descendido en el continente europeo y la percepción social es que viene en aumento). Así, la “epidemia” se convierte en un pretexto ideal para amplificar los estados de pánico que a su vez provocan que los gobiernos limiten nuestros derechos (bajo la excusa del pánico); sin el inflamado temor, sin la inseguridad reinante (delincuentes, inmigrantes, virus), difícilmente festejaríamos las restricciones y los controles. De alguna manera, señala Agamben, el agotamiento del “terrorismo tradicional” como causa de medidas excepcionales impuso a los gobiernos la necesidad de innovar.

Ni lerdo ni perezoso, Nancy escribió una réplica en menos de 24 horas. En ella subraya el hecho de que al no tratarse de una gripe normal no existe una vacuna eficaz. Correcto. Luego, aporta números (tan válidos como los de Agamben) que indican una tasa de mortalidad ostensiblemente superior a la de una gripe normal (1:30). Y antes del párrafo final, el argumento mejor elaborado: Agamben “no se da cuenta de que la excepción se convierte, en realidad, en la regla en un mundo en el que las interconexiones técnicas de todas las especies (movimientos, traslados de todo tipo, exposición o difusión de sustancias, etc.) alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que crece con la población”. Perfecto. Lo que Agamben atribuye a los gobiernos autoritarios (de apariencia democrática), Nancy se lo asigna al devenir propio del capitalismo.

Ahora bien, en el último tramo Nancy desbarranca: el filósofo francés vuelve a introducir en un texto su condición de trasplantado. Hace 20 o 30 años que lo viene haciendo con entusiasmo y parece que le sigue dando réditos (Agamben procede de modo similar: el estado de excepción se ha convertido en un concepto comodín). Lo siniestro del caso, o lo penoso, es que trae a colación aquel dramático período de su vida para confesarle al mundo que cuando los médicos consideraron necesario el trasplante “Giorgio fue una de las pocas personas que me aconsejó no escucharlos”. De eso se desprendería, según él, que “si hubiera seguido su consejo, probablemente habría muerto tarde o temprano” (Nancy, igual que nosotros, morirá tarde o temprano).

Nancy apela en la discusión a una estrategia de lo más ramplona, la falacia ad-hominem, falacia mediante la cual pretende desacreditar las opiniones que Agamben ha vertido. Nancy insinúa que por haberse equivocado una vez, “Giorgio” se equivocará siempre. Ese es un argumento teñido de un cartesianismo mezquino. Si leemos el artículo nos daremos cuenta de que Agamben en ningún caso buscó dar un diagnóstico médico sobre el virus, y mucho menos sugirió una conducta indiferente con respecto a él; su texto, en cambio, apunta a determinar causas y consecuencias de los comportamientos paranoicos (beneficiarios y perjudicados). Porque el peligro puede ser imaginario, pero el miedo es real, y por esa circunstancia cierran los museos, las facultades y suspenden cualquier evento público: debemos permanecer en casa, mirar televisión, mantener al otro a una prudente distancia (un metro), comprar alimentos, alcohol en gel y abundantes barbijos. En términos de Néstor García Canclini, los medios estarían logrando su principal objetivo: “el vaciamiento de la esfera pública”.

Conclusión

Agamben se equivocó al ejercer ilegalmente la medicina 30 años atrás. Que lo juzgue entonces un tribunal internacional de ética médica en un juicio sumario.

Nancy se equivocó al utilizar los mismos procedimientos que utilizan los actores del espectáculo mediático cuando intentan demoler diariamente la lógica argumentativa. Que no lo juzgue nadie. Nancy se juzga solo: “es más una maniobra de distracción que una reflexión política”.

Adenda: acaba de publicarse en La Tecl@ Eñe un artículo de Jorge Alemán titulado “Agamben, el coronavirus y el capricho teórico”. Allí, Alemán realiza dos críticas muy agudas al filósofo italiano que complementarían las carencias de mi texto; lo que no termino de entender, sin embargo, es la coincidencia de Alemán con Nancy: “da la impresión de que el virus no existiera” (recordemos, el texto de Agamben se titula “La invención de una epidemia”, y no la invención de un virus). Quizás el equivocado sea yo. Seguramente.

 

Rosario, 4 de marzo de 2020

*Mg. Manuel Quaranta – Profesor Adjunto de Problemática Filosófica – Universidad Nacional de Rosario

1 Comment

  1. tamargento dice:

    Estimado Manuel, a esta altura de los acontecimientos creo que ya ni vale la pena recordar que el virus es real, que es altamente contagioso y mortífero, y que por serlo no solo provocó una epidemia, sino que su difusión llegó a convertirse en pandemia, y esto más allá de las definiciones burocráticas de los organismos multilaterales.
    Los que leimos -como seguramente lo has hecho- a Foucault al estudiar los mecanismos del poder sobre la peste sabemos las implicancias que tienen estas cuestiones, pero si bien ellas son reales y deben ser consideradas aún -y más aún- en este estado de excepción, no es menos cierto que lo que prima -como en el escenario problematizado por Foucault- es cierta disciplina, básicamente la de medida sanitaria que evite la propagación y salve la vida de las personas.
    Si los mismos pensadores libertarios como Marcuse y Foucault han referido, cada uno en su caso, que sin una mínima represión y disciplina no es posible construir ni la humanidad ni la sociedad, caso contrario entraríamos en un estado de animalidad pura en donde solo las pulsiones sin freno ni orientación serían las que regirían las acciones de las personas, no encuentro una razón valedera para reconstituir ese mínimo orden que nos hace humanos al tiempo que, como lo sugieren esos pensadores, pongamos nuestros reparos sobre el exceso de represión y de disciplina que ya no sirve para garantizar el bien común, sino que atiende a los intereses de una minoría.
    Creo que es tan simple enunciarlo como eso, aunque llevarlo a cabo sea lo difícil.
    Saludos cordiales

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