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Efectos Colaterales – Por Monika Arredondo

La pandemia del COVID19 produjo como mecanismo para evitar mayores contagios, las restricciones en el contacto social, pero también millones de personas no pudieron despedir a sus seres queridos. No hubo rituales para procesar la pérdida y el duelo.

Por Monika Arredondo*

(para La [email protected] Eñe)

In Memoriam de todos y de cada uno de los que no están.

…“La muerte abre una herida en la conciencia, la hace vulnerable y en esta herida la certeza de la conciencia se quebranta”

Abril 2022…Hasta la fecha hubo más de cuatrocientos millones de casos de Codiv en todo el mundo y aproximadamente cinco millones de muertos, según datos recopilados por la Universidad Johns Hopkins, las restricciones en el contacto social impidieron un mayor contagio pero también millones de personas no pudieron despedir a sus seres queridos. No hubo rituales para procesar la pérdida y el duelo. Alrededor de seis millones de niños entre los diez y los dieciséis años perdieron a uno de sus progenitores…

Alessandro Baricco afirma… Si la pandemia fue un grito, algo que estaba sucediendo hace mucho, queremos saberlo verdaderamente o preferimos posponer la cita con nosotros mismos y concentrarnos en curar enfermos. Ese fue nuestro imperativo cotidiano durante el despliegue del corona virus. Las cifras no son solo números, son mucho más que un dibujo o una curva. Son gritos, sombras y fantasmas que todavía deambulan entre nosotros; buscando un lugar para finalmente poder despedirse.

Este virus aún presente, nos obligó a vivir en cámara lenta revelándonos fragmentos nunca antes vistos de la película de nuestra vida, rostros de asesinos y de ángeles.

Y la muerte, la muda muerte. A su alrededor proliferaron muchas metáforas y metonimias. La naturaleza se nos presenta sesgada por la presencia de la muerte, la convoca y la historiza. Su elocuencia resplandece sobre la mudez, la acalla, habrá que dejar que la muerte hable, concederle la palabra hasta que se funda con la naturaleza, indiferente, un lugar inescrutable habitual y desnudo como el silencio.

Frente a la inmediatez del horror, el saber tambalea, se fragiliza y duda. El duelo entonces sería el lenguaje de la herida. La sociedad que pretende prescindir o huir de los estragos de la muerte se convierte en una sociedad uniforme, una cinta sinfín que se repite a sí misma. La represión de la ausencia se convierte en una producción masiva de “lo muerto” sin mediación cultural y con la absoluta imposibilidad del encuentro con el otro.

Cada individuo que enfermó y murió en soledad  poseía un nombre propio y una historia singular. La posibilidad de que una sociedad proponga el olvido es uno de los síntomas que la pandemia nos ha legado. La economía del provecho y de la inmediatez destruye la historia y el nombre dejando al sujeto en el camino de la omisión y de la desmemoria.

Tomar en serio el final de una vida significa darse cuenta, hacer lugar a lo insustituible y a su singularidad. Un hombre que muere tiene un rostro determinado, deseos, historias no vividas, memorias, proyectos inconclusos. Todo esto queda en el territorio de lo ausente si no hay memoria.

El capitalismo convoca  al olvido y a la desmememoria, en la rapidez de lo cotidiano se pierde la necesareidad del “duelo” y el tiempo imprecindible para llevar adelante esta ceremonia. Duelar perjudica la economía y no es compatible con la actividad. En pandemia el rito se convirtió en imposible, solo persistió la soledad  del enfermo y de su familia, esa herida se mantiene aún hoy en tanto asignatura pendiente social.

Theodor Adorno nos advertía… “en estas sociedades  los sentimientos quedan excluidos en tanto no son valor de mercado y en especial  “el duelo” que nos aparta del rendimiento y de la producción material, su existencia denuncia que aún no se ha logrado encadenar a el hombre al reino de los fines. Por ello, el duelo y su ceremonia es desfigurado más que cualquier otro cosa y reducido a una formalidad social…”

Para Byng Chul Hang, en su libro La sociedad paliativa, la sola mención en esta sociedad del dolor de una pérdida no tiene lugar porque la productividad no se lo permite. El Codiv es un virus de época, ya que se nutre de vínculos digitales, la pandemia fortaleció la ausencia del vínculo inter-personal y se constituyó en una celebración del individualismo radical. Así como también, la evitación del dolor. En una cultura neoliberal la tristeza que se produce frente a una  ausencia definitiva no es un cauce navegable que conduce al mar, más bien es un callejón sin salida… Lo trágico para Han, “es inevitable para afirmar la vida…”

La sociedad mercantilista nos propone un estar en el mundo anestesiado y apático evitando el dolor y la muerte, asociados  al conflicto y a la ruptura y opuestos a una cultura donde se valoriza lo homogéneo, indoloro y uniforme. Ardua tarea instalar la pérdida y el proceso doloroso de un duelo. Las respuestas y paliativos médicos le permiten a un poder elegante y permisivo obturar la verdad acerca de la finitud de nuestra existencia.

El virus nos regresó a una realidad que tenía por tarea renegar de la idea de la muerte. Fue un catalizador. Nos creíamos a salvo y de un día para otro nos sentimos arrastrados al abismo, quedando en evidencia la violencia que ejercíamos y que continuamos ejerciendo sobre la Naturaleza.

El sistema capitalista se conmocionó pero no se destruyó, como esperaban algunos autores un tanto optimistas, se regeneró en apenas semanas y se adaptó a las circunstancias; en muchos casos con enormes ganancias.

Hemos retornado de la pandemia de un modo extraño y desenfrenado nos alerta Baricco, y ese comportamiento fue incentivado por la necesidad de estimular la economía. Pero… existe una herida en la comunidad y esa herida es la ausencia de los que ya no están.

Huérfanos de guerras los humanos hemos hallado en el virus Codiv el acontecer electrizante de algo que se rompe, se interrumpe y vuelve a empezar y acaba. Todo sigue igual pero más limpio; la virtualidad ha resultado el gran triunfador de esta contienda donándonos la fantasía de la higiene digital, dispositivos que minimizan y evitan el encuentro con el otro, el roce de una piel o la posibilidad de un desencuentro.

El imaginario colectivo doto a este virus de múltiples disfraces, miedos, imágenes más allá de la emergencia sanitaria, algunos pusieron en duda su peligrosidad. Instalar esta epidemia implicó una serie de decisiones reales previas e invocantes sustentadas en conductas autodestructivas. El ser humano convocó al Codiv, lo fue construyendo en una sociedad neoindividualista, tecnológica y consumista y con un manejo de la variable tiempo atípica fuera del registro humano del buen vivir dejando como secuela amplios sectores de la sociedad pauperizados a perpetuidad.

Nuestra supuesta normalidad actual es tranquilizadoramente endémica. Martín Smud la define “como una revuelta en nuestro estómago, la primera vuelta será gratis, en la segunda pasarán cosas, veremos las grietas y las enormes diferencias que se han profundizado entre unos y otros. Nuestra intención será cerrarlas y asegurarnos que cada objeto ocupe el lugar esperado para alojar nuestras acciones, pero ya no nos encontraremos con los mismos rostros que nos orienten; cual un terremoto nadie quedó en lugares parecidos a los que se encontraba antes de virus.”

Hay muchos rostros que ya no están, la vida fue interrumpida a destiempo, se despojó al sujeto de toda narrativa dadora de sentido. Lo medible, lo mensurable arrasó con las prácticas culturales, no había ni tiempo ni lugar; protocolo vs. ceremonia; un lugar quedo incomprensiblemente vacío y solitario.

Para Geofrey Gorer, la persona en duelo tiene la necesidad perentoria de la asistencia del otro y de la comunidad más que en ningún otro momento de su vida. Si esto no sucede, el precio de esa inexistencia necesariamente es la angustia, la desesperación y el desamparo. Se vuelve habitual la desmentida, mecanismo renegatorio que se pone en juego allí donde se presenta algo insoportable, una conmoción en el devenir del sujeto.

Para Freud, en un proceso de duelo la realidad imparte una orden: quitar la libido de sus enlaces con el objeto perdido. Esto no ocurre en forma inmediata; se ejecuta pieza por pieza con un gran gasto de tiempo y de energía de investidura y en ese mientras tanto la existencia del objeto permanece en el registro de lo psíquico…

La recomposición significante que simboliza la pérdida se produce con la ceremonia del duelo. ¿Qué sucede cuando este trabajo de simbolización no puede llevarse a cabo, o cuando se da en aislamiento, sin ritos funerarios que lo acompañen y sin una tramitación social?

Baricco una vez más nos acerca una respuesta posible. Para él la pandemia es afín al amor. Ya que de manera semejante, comienza con un contagio, repentino e inesperado: un descarrilamiento del cuerpo, en su expresión más mínima, una dolorosa oscilación y alrededor de este contagio los enamorados edifican una construcción mítica poblada de procederes, gestos, objetos y conductas.

Cuando el contagio se extingue, la figura mítica resiste como una fortaleza vacía, un proceder sin sentido. Seguir viviendo allí es algo que hacemos  según una lógica melancólica y no desprovista de cierta belleza.

Describe Baricco: rara vez el contagio estalla y la fortaleza se derrumba, incapaz de contener, controlar o desarmar. Y entonces, morimos de amor. La figura mítica de la pandemia persistirá en el tiempo. Quien haya amado, sabrá.

Buenos Aires, 20 de junio de 2022.

*Psicoanalista, escritora.

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