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Amor-odio en la pandemia – Por Rubén Dri

El odio y el amor, el odio contra el amor. Dos sentimientos profundos enfrentados a muerte en nuestra sociedad. Los enemigos del pueblo, de este gobierno nacional y popular, afirma Rubén Dri, no cesan de festejar los infectados y los muertos por Covid-19.

Por Rubén Dri*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Poco a poco, en un tiempo que al principio aparecía como un movimiento calmo, como pidiendo permiso para circular, fue tomando fuerza y velocidad. De Wuhan, una provincia de China, un personaje, no diremos “chico”, sino minúsculo, que avanzó hacia el oeste sembrando la enfermedad, la muerte y, en consecuencia, el pánico en todo el orbe terráqueo.

Ese pequeño personaje no es otra cosa que un “virus” que atesoró el recuerdo de las múltiples experiencias pasadas, en épocas de guerras, y de todo tipo de enfermedades como gripe, neumonía, cólera, la cruel enfermedad que llevó a la tumba al filósofo Hegel cuando recién había cumplido sesenta años.

Ese virus minúsculo al que no vemos pero sufrimos sus mortíferos efectos, apunta al espacio del que se apodera, o sea, a todo el universo terráqueo produciendo una pandemia.

Se trata del peor de los enemigos posibles, o al menos de uno de los peores que se puedan imaginar, porque no se lo ve, no se lo siente como, por ejemplo, se siente el viento. Sabés que está, que te eligió como una de sus víctimas cuando comenzás a sentir los terribles efectos de su invasión.

Ese enemigo pequeño, pequeñísimo, invisible, ya cubre gran parte del universo mundo. Los Estados se preparan para recibirlo, abriendo tumbas y más tumbas. “A priori” nadie está a salvo. Todos estamos amenazados, y, cuando el ser humano se encuentra en esa situación muestra lo que es como ser humano, sin disfraces posibles.

En esos momentos, cuando la cara de la muerte se muestra, aunque sea a través del velo de las defensas que la humanidad ha ido aprendiendo a lo largo de la historia, aparece  lo peor y lo mejor de cada uno.

Los seres humanos somos seres colectivos, múltiplemente relacionados a través de sentimientos de amor, odio, indiferencia, generosidad, competencia, caridad, tacañería, rivalidad, enemistad, amistad. 

 “Vine acá para terminar con los odiadores seriales y para que todos nos unamos. No vengo a instalar un discurso único. Sé que hay diversidad, la celebro y propicio”.  Éstas son afirmaciones de Alberto Fernández en el día de la celebración de la independencia. Resalta el tema del “odio” que “divide” como contraposición al del amor que  “une”, el del “discurso único” como contraposición al  de la “diversidad”. No se necesita reflexionar mucho para captar que el tema central, no nombrado explícitamente, pero totalmente presente, es el de la “grieta”.

La grieta es un fenómeno común que alude a determinadas hendiduras en el terreno, que se producen debido diversos fenómenos. Son clásicas  las hendiduras producidas en terrenos que han experimentado temblores sísmicos.

Aplicado el término a la sociedad, significa la separación, a primera vista imposible de soldar, entre dos partes, entre clases y sectores sociales irreconciliables.  

De hecho, toda sociedad organizada bajo las leyes del capitalismo presenta numerosas rajaduras hegemonizadas por una rajadura central, la “grieta”. No se trata de un fenómeno de la naturaleza, sino de un fenómeno perteneciente al ámbito social, político. Toda sociedad conoce diversas rajaduras, pero no necesariamente “la grieta”.

Las diversas rajaduras de una sociedad no serían más que las contradicciones secundarias que la atraviesan. Es éste un fenómeno al que ninguna sociedad puede escapar, y más que un defecto constituye un rasgo positivo, más aún, necesario. La unión en la diversidad es una propiedad constitutiva de una sociedad que se realiza.

Nuestra sociedad, la sociedad argentina del 2020, ¿es una sociedad que se realiza? ¿O es una sociedad que no sólo se divide en dos, sino que una parte de la “grieta no sólo tiene el mango de la sartén, sino “el mango también”?

¿Qué es lo que divide a la sociedad en dos a través de una grieta cada vez más profunda? La primera mirada se dirige a la composición social y allí hace su aparición con una evidencia que revienta la vista, la división de la sociedad no ya en diversas clases sociales, cosa común en las sociedades capitalistas, y tal vez en otras que no sean estrictamente capitalistas, sino en dos clases o componentes de clases sociales enfrentadas.

Pero inmediatamente se visualiza que esos diversos componentes de clase se aglomeran en dos campos, o ámbitos enfrentados, la oligarquía, por una parte, y el pueblo, por otra; sectores oligárquicos y sectores populares. Son sectores enfrentados objetivamente porque tienen intereses contrapuestos.

A primera vista es fácil ver que el enfrentamiento tiene que ver directamente con los intereses materiales, pero lo que mueve a los seres humanos no es sólo la posesión y el disfrute de los bienes materiales, sino también todo el amplio ámbito de la cultura. De hecho quien goza de los bienes materiales tiene a su mano también los bienes culturales.

En la sociedad no sólo hay patrones y obreros. Hay también profesores, artistas, deportistas, empleados y empleadas, trabajadores domésticas y domésticos, monotributistas y muchos más. Las variedades se multiplican tanto de un lado, el de los capitalistas, de los patrones, de los dueños del capital, como se les llame; y el de los obreros, de los súbditos, de los que sólo tienen su fuerza de trabajo.

¿Qué está pasando en esta sociedad así dividida? ¿Qué tipo de relación se ha establecido entre los habitantes de uno y otro lado de la grieta? Pero, esa grieta no es un invento del macrismo, es una restauración, o mejor, una continuación y profundización de algo que comenzó, pongamos, el 25 de mayo de 1810. De hecho, si buscamos sus raíces tenemos que ir más atrás.

Hasta 1945 la grieta no dejó de profundizarse a lo largo de la historia. Es cierto que con el radicalismo de Yrigoyen el borde popular de la grieta creció tendiendo un puente con el borde oligárquico. Pronto este borde volvió por sus fueros, recuperando la situación y, en consecuencia, restaurando y profundizando la grieta.

Fue en la fecha citada, 1945, y más precisamente, el 17 de octubre de 1945, cuando el borde popular de la grieta creció hasta ensamblar los dos bordes y, así superarla. Lamentablemente la compañera Evita, verdadero motor, junto a Perón del aplanamiento que terminaba con la grieta, logrando el 50 por 50 en relación entre el capitalista y el trabajador, fue atacada por un enemigo implacable, el cáncer.

Fue ése el momento aprovechado por el borde oligárquico para celebrar. “¡Viva el cáncer!” apareció en las paredes de Buenos Aires. Era la manera como se expresaba todo el odio de dicho borde.

Aparece entonces el odio como un personaje central en esta historia. ¿Es la primera vez? No, nuestra historia está marcada por ese personaje, enfrentado al amor. Inmediatamente vienen a la mente Saavedra y Moreno; el Directorio y Artigas, Rivadavia y San Martín, Lavalle y Dorrego, y siguen las duplas en una lucha a muerte.

El cáncer vino a darle una mano al borde oligárquico en su lucha en contra del borde popular, que ya había dejado de ser borde e incluso terraplén, para ser la mejor llanura que se podía soñar, plena de vida, de trabajo, de cultura. Pero el cáncer dijo: “Hasta aquí llegaron”. Si lo vuelven a intentar, ya saben lo que les espera.

Y en efecto, el borde popular lo volvió no sólo a intentar sino también a realizar, y fue con el kirchnerismo, y en lugar de Perón fue Néstor y en lugar de Evita, Cristina. Nuevamente se juntan los bordes de la grieta. Todavía no el 50 y 50 pero cerca, acercándose cada vez más.

Y así como apareció el cáncer para eliminar a Evita, ahora apareció otra enfermedad para sacar de la escena a Néstor y, como el borde popular no dejaba de crecer y de ir sepultando la grieta, la enfermedad ahora se apodera de Cristina para seguir después a Florencia.

Los festejos del borde oligárquico no cesan. Es el odio en su máxima expresión que contraataca con fuerza. “Me duele el odio, nos paraliza” afirmó Alberto Fernández. “El odio y la división nos dejó en el lugar donde nos quedamos”.

El odio y el amor, el odio contra el amor. Dos sentimientos profundos, enfrentados a muerte en nuestra sociedad. Los enemigos del pueblo, de este gobierno nacional y popular, no cesan de festejar los infectados y los muertos por Covid-19.

 

El programa de Diego Leuco estrena su premio por “investigación  periodística” con un gesto miserable – Cronologías – Historia y actualidad  sobre medios de comunicación

 

Diego Leuco, heredero del odio de su padre, contra su voluntad, en un descuido, expresó la alegría que le producía la cantidad de diez mil muertos por el Covid-19. Su manifestación fue como la del amante del fútbol que celebra el ¡gol! Luego, ante la múltiple condena recibida, se disculpó de su festejo, pero ya era tarde. La manifestación de alegría por la cantidad de muertos fue auténtica. No es otra cosa que la manifestación de alegría por la muerte de los “otros”, los del otro borde.

Es el odio que cierra, que enceguece, que no te deja ver nada bueno en el otro, la otra, contrapuesto al amor que abre lo que el odio cierra. “Les hicieron creer”, expresaba Javier González Fraga, al frente del Banco Nación, a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos”.

Es el odio el que mueve a González Fraga, el que no le deja ver que un empleado tiene derecho a gozar de esos bienes. Es el odio el que le cierra el panorama, que le nubla la vista, que no puede ver que el empleado pueda gozar de determinados bienes que, por derecho, por prescripción superior, pertenecerían a una clase y no a otra.

Es el amor el que rompe ese hechizo, el que abre el panorama, el que hace que yo pueda ver que  el “empleado” mediante su sueldo no sólo pueda sino que tenga derecho a comprar su celular y a gozar de tantos otros bienes.

 

Buenos Aires, 7 de septiembre de 2020.

*Filósofo y teólogo

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