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Nosotros, kirchneristas – Por Diego Conno

El politólogo Diego Conno sostiene en este artículo que ante las formas más obtusas de la obediencia política y las formas trascendentales de la crítica, quienes se han reconocido en alguno de los sentidos que la palabra kirchnerismo aloja -igualdad, libertad, derechos, democratización, emancipación, justicia social- deben constituir un pensamiento común que pueda componer una militancia social activa desde la pertenencia al kirchnerismo.

Por Diego Conno*

(para La Tecl@ Eñe)

 

La política siempre implica una disputa por los nombres, por el tiempo y el espacio, que es una disputa por el lugar y la ocasión en que ciertos nombres pueden ser pronunciados por una lengua política. Nos importan aquí dos palabras intensas y complejas del lenguaje político argentino: kirchnerismo y revolución.

En su libro de 1967 Futuro Pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Reinhart Koselleck, luego de reconstruir el largo desarrollo de los usos de la historia magistra vitae de Cicerón, marca su agotamiento a fines del siglo XVIII. Este agotamiento se debe a una transformación del concepto de historia. La vieja visión cíclica de la historia fue reemplazada por la idea moderna de progreso. El pasado dejaba de ser un reservorio de experiencias que permitía a los seres humanos extraer lecciones políticas y morales. A partir de la Revolución Francesa el futuro tenía que inventarse y dejaba de deducirse de acontecimientos pasados. De alguna manera, esta idea de la historia como progreso atraviesa buena parte del siglo XX que, al decir de Arendt, fue un siglo de guerras y revoluciones. 

En un libro de hace un par de años titulado Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria, Enzo Traverso vuelve sobre la fórmula de Cicerón para marcar una nueva mutación del tiempo histórico hacia finales del siglo XX. Según el historiador italiano, el final del siglo XX pareció rehabilitar la vieja fórmula de Cicerón: la democracia liberal -dice Traverso- asumió la forma de una teodicea secular que incorporaba las lecciones del totalitarismo. Pero a diferencia de la historia magistra vitae el pasado desapareció como campo de experiencia y se fundió en un eterno presente sin pasado ni futuro. De este modo, la idea de progreso ha sido reemplazada por un nuevo régimen de historicidad que algunos autores como Francois Hartog llaman presentismo: un presente diluido y expandido que absorbe y disuelve en sí mismo tanto al pasado como al futuro. Esto trajo como consecuencia el surgimiento de la cuestión de la memoria en paralelo con un problema crucial para nuestros modos actuales de pensar la política: el fin de la idea de revolución.

Se dirá que el kirchnerismo no hizo la revolución. Y sin embargo, como muchos de los gobiernos populares de América Latina, ha removido los parantes que sostenían una sociedad injusta y desigual, y ha sido capaz de volver a abrir un horizonte de esperanza y emancipación. En un viejo e importante artículo cuyo título evoca de manera muy sugestiva algunos rasgos de nuestro presente, Un nuevo modelo de pareja política, el filósofo León Rozitchner decía que el kirchnerismo había inaugurado una “nueva genealogía de la historia popular argentina”. Una nueva genealogía popular que se expresa de manera paradigmática en la famosa frase pronunciada por Néstor Kirchner en la ESMA y que muchos seguramente recordaremos como una marca indeleble de nuestra identidad política: “Somos hijos de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo”, como intentando recomponer, dice Rozitchner, una especie de fraternidad perdida. Con este gesto se “abrió el lugar a una justicia que no venía solo del derecho: venía desde ese “otro derecho” que es un orden previo a la ley que la violencia sostiene, engendrado desde el cuerpo amoroso de las Madres, no del cuerpo de Estado y del Padre Terrible. Esa es, desde entonces, nuestra ascendencia política.”

Horacio González recuperó ese importante texto de Rozitchner en su libro Kirchnerismo. Una controversia cultural, en relación a su forma de escritura y de la filosofía como modo de vida. Un modo de vida que, según González, siempre ha sido la de una obra sobre las conciencias emancipadas y las escrituras complejas. Horacio ve en León una especie de modelo de la escritura y la crítica política, una crítica inmanente que se piensa al interior de aquello que critica “mirándolo como habiendo perdido la sensualidad emancipadora al dejarse abarcar por escrituras de sumisión.” Dice Horacio:

“Dentro” de Scheler, discute con Scheler, “dentro” de San Agustín discute, con San Agustín. Todos sus contrincantes -también Perón- son citas injeridas en su propia conciencia de sí textual. Su escrito sobre Cristina Fernández, del mismo modo, es el punto alto de una reflexión sobre la persona dramática del sujeto político. En este caso, como parte de la reconstrucción política a partir de una antropología filosófica del orden afectivo, originado en la sensibilidad femenil política como uno de los tantos focos de ataque a las formas de sumisión social.

Y continúa:

“León tiene que aclarar que no es “kirchnerista”, aclaración que no sería necesaria en otros momentos, porque siente, como sentimos todos, que la filosofía realmente hecha al calor de los nombres de la hora, corre el riesgo de ser una parte menuda de los combates en vez de ser el combate más sutil en condiciones de explicar los demás combates.”  

Creemos nosotros hoy aquí, que ante las formas más obtusas de la obediencia política y las formas trascendentales de la crítica, se deberá constituir una inteligencia colectiva, un pensamiento común o una intelectualidad de masa que pueda componer una militancia social activa. Podríamos llamar a esto con el viejo nombre de filosofía de la praxis. Quizá, por eso mismo, quienes nos hemos reconocido en alguno de los sentidos que la palabra kirchnerismo aloja -igualdad, libertad, derechos, democratización, emancipación, justicia social- el carácter dramático de la coyuntura actual exige de nosotros reconocernos kirchneristas.

Kirchnerismo se vuelve así una especie de cuidado de sí y de otros, un cuidado individual y colectivo, que es un modo de cuidar un nombre propio para volverlo legado común. “Una filosofía hecha al calor de los nombres de la hora”, como decía González, quizá deba ahora sí tomar la ineludible tarea de asumir el riesgo de pronunciar los nombres propios como nombres comunes, porque quizá sea allí, en esa especie de tierra sin promesas donde hoy se despliegan todos los combates.

 

Buenos Aires, 24 de agosto de 2020.

* Politólogo. Investigador y profesor de teoría política en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad Nacional de José C. Paz. Director de la Revista Bordes. Integrante de Comuna Argentina.

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