
Alicia Eguren: La filósofa militante – Por Angelina Uzín Olleros
16 octubre, 2026Hace tiempo la escuela es un depósito de pibes y pibas. Para el autor, puede tener un mejor destino, incluso, puede salvar hasta a la especie.
Por Hernán Sassi*
(para La Tecl@ Eñe)
– Somos como ajenos a la época. […] En este Occidente tan mentado, tan capitalista. […] Chocamos con el pensamiento medio de hoy, con el sentido común. Cada vez más. Y cada vez más rápidamente. […]
– Los católicos debemos aceptar que somos pequeños. Por creyentes, sólo por creyentes somos y vamos a ser cada vez más minoritarios, ajenos, extraños también. Y debemos prepararnos para eso.
Gustavo Ferreyra, «Los peregrinos del fin del mundo».
Entre acueductos colosales, caminos infinitos y delirios como jugar a la batalla naval en el Coliseo, aparece un hippie –más o menos así lo pintan los Monty Python en La vida de Brian– que predica la bienaventuranza de los pobres, las prostitutas y los niños, el amor al prójimo, y el perdón, incluso, para quien nos ofende. Ese hombre, que da a voces valores opuestos al imperio, tiene los días contados.
Según Eusebio de Cesárea en «Historia eclesiástica», fue impiadosa la persecución a sus primeros seguidores. A unos los ataban a un árbol, y colgados de sus extremidades, los dejaban morir de hambre o los chamuscaban a fuego lento. A otros les cortaban, ora la nariz, ora las orejas y, según el humor del centurión, incluso manos y piernas. En su mayoría, los encarcelaban; para entretenerse, los echaban literalmente a las fieras; o los expulsaban, de una vez y para siempre, de las ciudades. También los hacían esclavos, los lapidaban, decapitaban y crucificaban. «No hay una sola casa en que no haya un muerto. Y, ¡ojalá hubiera uno solo en cada casa!»,[1] se lamentaba un testigo al que no recurrió Tácito.
Los persiguen porque no ofrecen sacrificios ni rinden el culto debido, pero más, porque profesan uno que resulta peligroso. En cuevas y laberintos subterráneos los cristianos entierran a sus mártires, honrar sus ritos, y guardan estatuas y tablillas de imágenes de Pedro, de Pablo y de Cristo. Enterado, el imperio ordena la profanación de tumbas. No quiere que los creyentes veneren a sus muertos y el culto se propague.
Pasaron años en que vivieron como parias hasta que edictos permitieron la difusión del cristianismo en plazas, calles y templos. Un día se oficializó la libertad de culto y esa religión fue la de un imperio que llegaba a su fin. Antioquia, Alejandría, Frigia, Palestina, Tiro, Sidón. La fe dejó de estar en las sombras, corrió como reguero de pólvora y se transformó en cosmovisión de Occidente.
No fui a misa –tan solo una vez– en más de treinta años. Nacido y criado en esa fe, movido por Marx, Freud y Perón a otras, no profeso el credo cristiano, aunque acaso lo ejerza sin conciencia. Pero creo, con la fe del carbonero, en que la escuela, una muy distinta a la posmoderna que sostenemos con fervor idiota, será el templo en el que se salvará una especie que acaso no merece ser salvada.
Honrar ritos de la cultura; transmitir tabúes, obligaciones y relatos; guardar imágenes, aprender a hacer algo con las manos y hasta cantar himnos a héroes y heroínas del terruño, serán algunos de los actos de resistencia de «los creyentes [por ahora] cada vez más minoritarios«.
Hoy más que nunca es un acto religioso volver a tener fe en la razón y miedo de la propia sinrazón, volver a creer en la ayuda mutua y en el bien común. Estas son creencias que reúnen lo que está disperso y roto. En medio del nihilismo, de la única fe en pie –la confianza ciega en la tecnología– y de un egoísmo celebrado, lo que haremos en esa nueva catacumba será uno de los actos de fe más poderosos.
Bruna, la protagonista de la novela de Ferreyra, considera que, en el pasado, «hubo fe porque había cultura«, y si había cultura era porque había un «salvaje ululante […] por la verdad, la belleza y el bien«. Si hemos involucionado hasta llegar al chimpancé, Bruna apuesta por el retorno al Sapiens, la vuelta [a ese] «ser fuerte y pensante, [ese] mamífero que amaba la vida e iba mayormente hacia lo desconocido […] desde la posibilidad de la no supervivencia». Con fe de otra época, Bruna confía en que «salvar a alguien [será] salvar al Sapiens«.
Los primeros cristianos nunca pensaron que su credo, con los siglos, sería el de millones. Tampoco los primeros confucianos, budistas, liberales, comunistas, anarquistas y hasta peronistas. Perdidos los credos, si hacemos algo para que la escuela sea, al menos, reservorio de cultura, un espacio para pensar un futuro en común, un lugar vivo y no este cementerio, ¿quién dice que no dejaremos de ser “minoritarios, ajenos, extraños también”?
Mientras, solo hay encíclicas como diques contra los gangsters tecnológicos y de vieja estirpe, diques frente a quienes no tienen miedo ni culpa, y precisamente por eso, los vemos invencibles. Vueltos todos –menos los gángsters– a la esclavitud de la Edad Media y al temor al día final, lo raro es que sean doctores de la Iglesia -vaya distopía– quienes hagan los diques y no los políticos tibios que, lo sepan o no, ya entraron en el camposanto.
Lo que queda del capitalismo, como el imperio romano, un día va a desaparecer. Nada de refugio ni de depósito de pibes. Las escuelas serán las nuevas cuevas de las manos. Como las de Altamira y las de Chauvet, en ellas quedarán vestigios de vida en comunidad. A ellas iremos a ver lo que escribe la tribu de mi escuela. En ellas estará escrito en lienzo blanco el porvenir. A eso se dedicará la escuela. O no será. Y el futuro será solo de los gangsters.[2]
Referencias:
[1] De Cesárea, E. Historia eclesiástica, Buenos Aires, Editorial Nova, 1950, pp. 380.
[2] El texto es parte del próximo libro del autor, Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie.
17 de octubre de 2026.
*Profesor y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».

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