
Nosotras, las desestabilizadas anímicas – Por Sofía Guggiari
13 agosto, 2026«El bar de Tlalpan», la novela de Silvia Maldonado, no se inscribe en el género policial, pero sí juega con él a través del humor en sus múltiples registros de la lengua, desviándose de lo trágico para revelar la pasión y lo oculto detrás de cada trama, de cada personaje.
Por Víctor Ego Ducrot*
(para La Tecl@ Eñe)
La nueva novela de Silvia Maldonado. Sobre ese texto intentaré escribir, pero antes algunas noticias sobre su autora.
Que es su tercera novela tras «El ícono de Dangling» (2007) y «La bienaventuranza» (2009). Recién llega a las librerías. Como las anteriores, fue editada por Paradiso Ediciones, de Américo Cristófalo y Adriana Yoel, sello pionero en los ’90 del movimiento de editoriales independientes; y de culto: entre tantos nombres, su catálogo incluye a Leónidas Lamborguini, David Viñas, Fogwill, Horacio González, Néstor Sánchez, Roberto Raschella, Marina Tsvietáieva y ahora, recuerdo la deslumbrante traducción que hiciera Andrés Ehrenhaus de «Sonetos y Lamento de una amante», de William Shakespeare.
Que ella, Silvia Maldonado, además de novelista es antropóloga y lingüista, egresada durante su exilio de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), de México. Que fue profesora en la UBA. Que el gobierno de Néstor Kirchner la convocó como curadora de Letras en la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería, cargo que desempeñó durante más de 20 años.
No suelo abocarme a reseñas de libros, ni mucho menos me animo, ni me atreveré jamás, a la crítica literaria. Por eso antes de sentarme para lo que estoy ensayando lo hice para leer a algunos de los que sí saben.
Así fue como redescubrí que Ricardo Piglia definió a Philip Marlowe como un crítico literario del bajo fondo, y que el académico marxista estadounidense Fredric Jameson, de la Universidad de Duke, se refirió a la vida y el devenir del detective privado de Raymond Chandler en tanto una suerte de camino que conecta la totalidad del espacio fragmentado.
La novela de Silvia Maldonado no se inscribe en el género policial, pero sí juega con él. No habita el Marlowe de Piglia ni el de Jameson, pero veamos.
En «El ícono de Dangling» un investigador o investigadora, su género no se enuncia, revela quién, cómo y porqué se cometió un crimen en el contexto de un congreso científico, reflexionando sobre el lenguaje y las lenguas, casi desde la llama y el diamante y entre los ecos del debate que Noam Chomsky y Jean Piaget sostuvieron en 1975, en el Abadía de Royaumont, en París.
En «La bienaventuranza», la trama y su intriga asumen la imposibilidad de justicia, y antiguos camaradas de lucha viven la venganza y sus consecuencias como acto de reparación, de insistencia definitiva en el propio ser. Me animo a considerar que, con un guiño al pensamiento inicial de los tiempos modernos, el de Baruch Spinoza
En «El bar de Tlalpan» vuelve el bramido de la perseverancia, pero desde otra perspectiva, la de un complot que se burla sin piedad de la fría malicia forense, tan perversa a veces, y no permite de modo alguno el olvido. Los conjurados que se reunían entre tequilas y esperanzas en aquella cantina encontraron el camino que conecta la totalidad del espacio fragmentado, que no es el de una ciudad desnuda sino el de un territorio de geografías y lenguas
La novela de Silvia Maldonado se descubre como la voz de múltiples voces entrañables que vuelven a reunirse tras años de reconstrucciones dolorosas para salvar no la vida de Ana Filippi, pues su pérdida es irreversible, pero si su memoria, ese paréntesis finito entre el nacimiento y la muerte de cada uno de nosotros.
«Novela coral de voces poderosas, que combinan lo íntimo y lo político, en una trama que avanza como piezas de rompecabezas: pequeñas partes que se entrelazan para darnos al final una imagen luminosa de personajes inolvidables», escribió el novelista Sergio Olguín en la contraportada de «El bar de Tlalpan», un texto que denota fina lectura.
Para el cierre de este intento de reseña quiero detenerme en lo que me animo a calificar de episteme literario en los textos de Silvia Maldonado, presente con especial intensidad en «El bar de Tlalpan»: el humor desde los múltiples registros de la lengua, ese devenir de la palabra con señales que se apartan de lo trágico para revelar la pasión, lo oculto detrás de cada trama, de cada personaje.
En cierto texto crítico sobre «El sonido y la furia» Jorge Luis Borges explicó una vez que William Faulkner aunaba el cuidado impecable de sus tramas y los usos del estilo. Parecería que Silvia Maldonado ha recorrido esa literatura, tanto como nuestros barrocos fundacionales. ¿Sor Juana, Lezama Lima, Carpentier? Quien la entreviste debería preguntarle al respecto.
Ahora sí finaliza esta reseña …
Leyendo «El bar de Tlalpan» pensé mucho en los filos incandescentes del humor que zumba a lo largo de «Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy» (1758), la novela del angloirlandés Laurence Sterne, admirador de Cervantes y tal vez antecedente de James Joyce; y por qué no, aunque sin su errabundia de la palabra, en «El cómico de la lengua» (1974) y luego «Paradiso», en 2007, la de nuestro genial Néstor Sánchez.
15 de agosto de 2026.

*Periodista, escritor y docente universitario. Doctor en Comunicación/Universidad Nacional de La Plata (UNLP)

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