
El Tigre y los riesgos de un nuevo Plan Colombia – Por Iván Ambroggio
12 agosto, 2026Sobre «Fundamentos de la Teoría General» – Volver a Keynes.
Oded Balaban sostiene en este trabajo que en su libro «Volver a Keynes» Axel Kicillof realiza una doble deserción: hacia Keynes y hacia Marx. Keynes no se reconocería en ese fundador de la teoría del valor; Marx no reconocería su crítica en una teoría que hace nacer la ganancia de la escasez. En su objeción Balaban plantea que no mide a Kicillof con una vara ajena, sino con las dos varas que él mismo eligió.
Por Oded Balaban*
(para La Tecl@ Eñe)
La deserción de Keynes
Un proyecto de dos pies
Axel Kicillof dedicó a John Maynard Keynes una sola investigación, que recorre su tesis doctoral (Génesis y estructura de la Teoría General de Lord Keynes, 2005), el libro que la continúa (Fundamentos de la Teoría General, Eudeba, 2007) y su reelaboración posterior (Volver a Keynes, 2012; Siglo XXI, 2024). El objeto es siempre la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de 1936. Contra el consenso de que la Teoría General es un libro confuso e inconsistente, Kicillof sostiene que es un sistema coherente, y su reconstrucción es fiel al texto. No es ahí donde hay que buscarle la falla.
La falla está en el proyecto, y el proyecto tiene dos pies. Por un lado, Kicillof reconstruye a Keynes. Por el otro, no se conforma con el «modelo» de determinación del empleo: quiere llegar a los fundamentos —»develar el origen del interés y de la ganancia» (Kicillof, 2007: 37), las formas económicas fundamentales, «otra economía detrás de la economía» (2007: 14)—. Ese segundo pie no es de Keynes: es de Karl Marx. Es la crítica de la economía política, la búsqueda del origen del excedente detrás de las categorías. Y Kicillof lo sabe y lo reivindica: en el prólogo confiesa que sus intereses «se inclinaban hacia Smith, Ricardo y especialmente hacia Marx» (2007: 13); enseñó Economía Marxista; sus maestros —Pablo Levín, Juan Iñigo Carrera— vienen de esa tradición. Su tesis última es que Keynes converge con la teoría del valor fundada en el trabajo. Kicillof, en suma, lee a Keynes con las herramientas de Marx, y reclama las dos herencias.
Sostengo una sola tesis: Kicillof se para en Keynes y en Marx, y no es fiel a ninguno. No a Keynes, cuyo proyecto traiciona al convertirlo en lo que Keynes se negó a ser —un crítico de la economía política, un teórico del origen de la ganancia—, con lo que pierde al Keynes vivo para un país como la Argentina: el de Raúl Prebisch. Y no a Marx, cuya pregunta adopta —el origen del excedente— pero cuya respuesta rechaza: en lugar del plusvalor, contesta con la escasez de Keynes, un modo de explicar la ganancia por la circulación, que Marx ya había refutado. Es una doble deserción. Keynes no se reconocería en ese fundador de una teoría del valor; Marx no reconocería su crítica en una teoría que hace nacer la ganancia de la escasez.
La crítica que sigue no mide a Kicillof con una vara ajena, sino con las dos varas que él mismo eligió.
Lo que Kicillof hace bien: la reconstrucción de Keynes
Conviene empezar por lo sólido, para que lo que sigue no discuta con una caricatura, sino con la versión más fuerte de su lectura. La reconstrucción que hace Kicillof de la teoría keynesiana del capital y del interés es fiel y precisa.
Kicillof muestra cómo Keynes desmonta la teoría «clásica» —ricardianos y marginalistas, con Alfred Marshall en el centro (2007: 158, n. 7)— del capital y del interés. La teoría clásica hacía descansar el rendimiento del capital en dos atributos presentados como naturales: la productividad y la prospectividad o espera (la abstinencia que merece retribución). Keynes derriba ambos: ni la espera es un sacrificio que deba pagarse, ni los métodos de producción más prolongados son por fuerza más eficientes (2007: 429-441). En su lugar coloca una tesis propia, que Kicillof pone en el centro: el capital rinde porque es escaso, no porque es productivo (2007: 443). La tasa de interés es el «dique» que mantiene esa escasez (2007: 450-451). De ahí la conclusión reformista de Keynes —la eutanasia del rentista—: si se vuelve abundante el capital, su rendimiento se extingue sin violencia (2007: 473). A esto Kicillof suma la escisión de la clase propietaria en empresarios y rentistas (2007: 69-75) y la teoría monetaria del interés: el interés es «la recompensa por desprenderse de la liquidez» (2007: 455). Todo esto es correcto como lectura de Keynes, y hay que concederlo.
La primera deserción: el proyecto que Keynes no tuvo
El problema no está en cómo Kicillof reconstruye el modelo, sino en el papel que le asigna a Keynes. Kicillof convierte a Keynes en un teórico de los fundamentos —del valor, del capital, del origen de la ganancia—. Y ese es, precisamente, el proyecto que Keynes rechazó.
Keynes no quiso fundar una teoría del valor. Su objeto declarado era otro: «la teoría de la ocupación y de la producción como un todo». Por eso eligió como únicas unidades de su sistema las del trabajo y el dinero, esquivando de manera deliberada lo que llamaba las arenas movedizas de la teoría del valor. No buscaba la sustancia del valor detrás de los precios; buscaba explicar el nivel del producto y del empleo. La pregunta de Kicillof —¿cuál es el origen de la ganancia? — no es una pregunta keynesiana: es la pregunta de la economía política clásica y de Marx.
Y Keynes lo sabía, porque conocía esa tradición y la mantuvo a distancia. A Marx lo trató con desdén: lo relegó, junto a Silvio Gesell y el mayor Clifford Hugh Douglas, al «mundo subterráneo» de los herejes de la economía (cap. 23 de la Teoría General), y dedicó más páginas a Gesell que a Marx. Fuera de la Teoría General fue más brusco: rechazaba una doctrina «que erige como su biblia, por encima y más allá de la crítica, un libro de texto económico obsoleto, que sé que es no sólo científicamente erróneo, sino sin interés o aplicación para el mundo moderno» —esa biblia era El Capital— (Keynes, 1988 [1925]: 262).
Aquí conviene aclarar. Kicillof tiene ganchos textuales: en el capítulo 16 Keynes escribe que «simpatiza» con «la doctrina preclásica de que todo es producido por el trabajo», y en el 21 llama «falsa» a la división entre la teoría del valor y la del dinero. Un defensor dirá, con razón, que Keynes rompió con los clásicos. Es cierto. Pero la ruptura de Keynes fue instrumental y acotada: le servía para desnaturalizar el rendimiento del capital y justificar una reforma —la eutanasia del rentista—, no para edificar una crítica de las categorías ni una teoría del origen del excedente. Keynes simpatizó con el valor-trabajo del mismo modo en que se simpatiza de lejos: sin adoptarlo. Kicillof toma esa simpatía y la infla hasta hacer de Keynes lo que Keynes no fue. Esa es la primera deserción: la letra de Keynes, fielmente reconstruida, puesta al servicio de un proyecto —marxiano— que Keynes había repudiado.
La prueba concreta: el Keynes que no vuelve
La primera deserción tiene una prueba que no se discute, y es la más grave tratándose de un economista argentino: la ausencia de Prebisch.
El uso vivo de Keynes para un país como la Argentina no fue una teoría del valor: fue el desarrollismo. Prebisch tomó a Keynes y lo llevó a la periferia —el deterioro de los términos de intercambio, la restricción externa, la industrialización— y de ahí salió la economía estructuralista de la CEPAL, que efectivamente cambió a la Argentina. Ese es el Keynes que importaba acá.
En el libro de Kicillof no está. No hay industria nacional, no hay exportación de manufacturas, no hay términos de intercambio en sentido estructural, no hay restricción externa. Las palabras «industrialización», «CEPAL», «sustitución de importaciones» no figuran en el argumento. Queda fuera, así, toda la literatura que estudió el desarrollo industrial argentino —su auge, su retroceso y sus dilemas—, de Prebisch a Bernardo Kosacoff y Mariana Fuchs (2024). Y Prebisch aparece una sola vez, en la bibliografía, como autor de una Introducción a Keynes: el Prebisch manualista, no el teórico del desarrollo periférico. Un libro titulado Volver a Keynes, escrito en la Argentina, que sepulta a Prebisch en la bibliografía, vuelve a un Keynes vaciado de lo único que lo hacía útil aquí.
Esta es la prueba de la primera deserción: no es que Kicillof lea mal a Keynes, es que vuelve a un Keynes abstracto —el de los «fundamentos»— y abandona al Keynes concreto y desarrollista que fue su legado real para la periferia. La ironía es exacta: es Prebisch quien mostró que no se puede «volver a Keynes» sin más en una economía primario-exportadora, porque la restricción de balance de pagos invalida la aplicación mecánica del manejo keynesiano de la demanda.
Hasta aquí, el primer pie. Kicillof reconstruye con fidelidad la letra de Keynes, pero la pone al servicio de un proyecto que Keynes rechazó —el de una teoría del origen de la ganancia— y, al hacerlo, deja fuera al único Keynes que le sirvió a la Argentina: el de Prebisch. Queda el segundo pie, el que se apoya en Marx. A él dedico la segunda parte.

Segunda parte: La deserción de Marx
En la primera parte mostré la deserción de Keynes: cómo Kicillof lo convierte en el teórico de los fundamentos que él nunca quiso ser. La segunda deserción es simétrica y apunta a Marx. Kicillof adopta la pregunta marxiana —¿cuál es el origen de la ganancia?— pero rehúsa la respuesta de Marx y la reemplaza por la escasez de Keynes, la idea de que el capital rinde por ser escaso y no por ser productivo. Conviene empezar por esa escasez, porque es la pieza donde se juega todo.
La escasez: un peaje, no un fundamento
La escasez, que en Keynes cumplía una función acotada, debe ahora, en Kicillof, sostener el peso de un fundamento. Y no puede.
La escasez es una determinación relativa: algo es escaso siempre respecto de la demanda. Una determinación relativa puede repartir una masa de riqueza dada, pero no puede crearla. Pertenece a la esfera de la circulación —del precio que se aparta del costo—, no a la de la producción. El propio Keynes lo delata con su imagen: el capital rinde como la tierra rinde renta, por ser escaso. Pero la renta no crea riqueza; es un peaje que captura una fracción de la riqueza producida en otra parte. Decir «la ganancia es una renta de escasez» nombra una captura y deja sin nombrar lo capturado y a su productor.
Lo notable es que Kicillof lo ve y lo escribe: la teoría de la escasez «sirve para representar una redistribución del ‘excedente’, pero no puede indicar cuál es su fuente» (2007: 475; 2024: 577); «es incapaz de dar cuenta del origen del excedente» (2007: 487). La ubica, incluso, en el linaje mercantilista de la «ganancia por enajenación» —comprar barato y vender caro— (2007: 474-475). Es el error que la economía política clásica y luego Marx refutaron: la clase capitalista en su conjunto no puede enriquecerse cobrándose de más entre sí.
Aquí las dos varas se cruzan. Como pieza de la reforma keynesiana, la escasez está bien: para eutanasiar al rentista basta con mostrar que su ingreso no es natural. Pero Kicillof no la usa así: la usa como fundamento, como respuesta a la pregunta por el origen de la ganancia. Y para esa pregunta —que es la de Marx— la escasez es un no-responder.
La segunda deserción: la pregunta de Marx sin la respuesta de Marx
Kicillof plantea la pregunta marxiana —el origen del excedente— y luego se niega a darle la respuesta marxiana. Ahí está la segunda deserción.
Un defensor objetará que nada obliga a Kicillof a contestar con el plusvalor: quizá le basta un excedente al modo de Piero Sraffa. La objeción se disuelve con una disyuntiva, y sus dos vías son internas al propio texto.
Primera vía. Kicillof suscribe, con Keynes, que «el trabajo, y solo el trabajo, es la fuente del valor y la riqueza» (2007: 442). Pero si el trabajo es la única fuente del valor, el excedente que el capitalista obtiene por encima del costo, no puede ser otra cosa que trabajo no pagado. El plusvalor no es una exigencia externa: es la consecuencia estricta de la teoría del valor que él mismo adoptó.
Segunda vía. Si se repliega a un excedente siguiendo a Sraffa —un dato físico que la distribución reparte—, entonces el origen queda entre paréntesis por construcción: Sraffa no pregunta de dónde sale el excedente; lo toma como dado y estudia su reparto (Sraffa, §44: 55-56). Con lo cual tampoco alcanza el «fundamento» que prometió.
Por cualquiera de las dos vías, la pretensión de haber llegado al origen de la ganancia queda incumplida. Y esto no es una exigencia mía: es adonde conduce la propia ambición de Kicillof.
¿Cuál era la respuesta que Marx sí da, y que Kicillof reclama y no entrega? El obrero trabaja una jornada; con una parte reproduce el valor de su salario, y el resto —el plustrabajo— no se le paga. La ganancia no nace en el mercado, donde sólo se cambian equivalentes, sino en la producción. Conviene fijar aquí una distinción, porque de ella depende la precisión.[1] Plustrabajo y plusvalor no son lo mismo: el plustrabajo (Mehrarbeit) es la magnitud de trabajo excedente; el plusvalor (Mehrwert), el valor que ese plustrabajo crea y el capitalista se apropia. Marx lo fija:
El segundo período del proceso laboral, que el obrero proyecta más allá de los límites del trabajo necesario, […] no genera ningún valor para él. Genera plusvalor […]. Llamo a esta parte de la jornada laboral tiempo de plustrabajo, y al trabajo gastado en él, plustrabajo. Así como para comprender el valor en general lo decisivo es concebirlo como mero coágulo de tiempo de trabajo, como nada más que trabajo objetivado, para comprender el plusvalor es necesario concebirlo como mero coágulo de tiempo de plustrabajo, como nada más que plustrabajo objetivado. (Marx, 1975 [1867], t. I: 261)
Y ese excedente único se escinde: una parte va al capitalista financiero como interés, otra al capitalista industrial o productor como ganancia empresarial, sin nivel «natural» que lo regule —»no existe una tasa natural del interés» (Marx, 1977 [1894], t. III: 463)—; el capital que devenga interés lleva la lógica al extremo, «D — D’, dinero que genera más dinero», «la forma más enajenada y fetichista» del capital (Marx, 1977 [1894], t. III: 499). Ahí, y sólo ahí, el antagonismo entre capital financiero e industrial deja de ser un contraste institucional y se vuelve la división de un mismo excedente producido en la explotación.
Nada de esto está en Kicillof, y no por desconocimiento: su bibliografía incluye a Paul Mattick (Marx and Keynes), a Isaak Illich Rubin, a Anwar Shaikh, y remite a trabajos propios sobre Marx. Pero no hay plusvalor en el argumento, no hay categoría del capital que devenga interés, no hay una sola cita del Libro III de El Capital —donde Marx desarrolla la escisión de la ganancia entre dos tipos de capitales, el industrial y el financiero—. Es el propio Kicillof quien cierra el libro confesando: «Este libro no contiene una exposición positiva de estas cuestiones teóricas» (2024: 588). Reclamó el manto de Marx y no rindió su prueba.
El detalle terminológico lo confirma: en su argumento Kicillof no emplea «plusvalor» ni «plusvalía», sino los términos neutros «excedente» y «el plus o excedente de valor» (2007: 450) —compatibles con Ricardo, con Sraffa y con la escasez de Keynes—. Nombra el resultado y calla la fuente.
Doble fuego, y un rédito político
La doble deserción tiene un correlato: Kicillof es criticado desde los dos flancos, y por razones opuestas. Mariano Ciafardini —marxista, del propio arco político de Kicillof— objeta no el contenido sino el título: «El título […] lo condena», porque Keynes explicó la etapa industrial, pero es insuficiente para la financiera; «hoy no se puede volver a Keynes» (Ciafardini, La Tecl@ Eñe, 2026). Del otro flanco, Jacques Rueff había atacado a Keynes desde el liberalismo («Las falacias de la Teoría General de Lord Keynes»). Entre uno y otro, Kicillof queda golpeado por izquierda y por derecha: el espejo exacto de un libro que reclama a Marx y a Keynes y no honra a ninguno.
Lo que sigue no se demuestra con el texto; se ofrece como hipótesis. Quedarse en el éter de los «fundamentos» —sin bajar ni al plusvalor ni al desarrollo— tiene un rédito político. La escasez convierte el rendimiento de todo capital en un peaje indistinto y deja al villano cómodamente circunscripto a las finanzas: el villano funcional a un reformismo nacional-popular que enfrenta al «capital productivo» con la especulación. Y —esto es inferencia, no dato— el silencio teórico sobre Prebisch rima con una práctica que, más allá de la retórica industrialista, se apoyó en la renta primaria y no hizo del desarrollo industrial su eje. Y esa desindustrialización no es coyuntural: es de largo plazo —la pérdida de participación y de competitividad de la industria que Kosacoff y Fuchs (2024) documentan desde el fin de la sustitución de importaciones—, y atraviesa gobiernos de distinto signo. La teoría abstracta y la política concreta se sueldan por un título, no por un argumento.
Conclusión: entre dos tumbas
Kicillof hizo lo más difícil: leyó la Teoría General como un sistema y la condujo hasta el umbral de su fundamento. Pero para llegar a ese umbral tuvo que pararse en dos pies que no se sostienen juntos. Le pidió a Keynes que fuera lo que Keynes rechazó ser —un crítico de la economía política, un teórico del origen de la ganancia—; y le pidió a Marx la pregunta, pero no la respuesta, resolviendo el origen del excedente con la escasez que Marx había refutado.
De un lado, Keynes no se reconocería en ese fundador de una teoría del valor, y menos aún en un «regreso a Keynes» que entierra a Prebisch, es decir, al único Keynes que sirvió a la Argentina. Del otro, Marx no reconocería su crítica en una teoría que hace brotar la ganancia de la escasez, esto es, de la circulación, allí donde él demostró que no nace valor alguno. Los dos maestros se revuelven en la tumba, y por razones opuestas.
La escasez, que en Keynes era una ganzúa para abrir una puerta —desnaturalizar el ingreso del rentista—, en Kicillof aspira a ser la llave maestra de todas las cerraduras. Y no lo es. La pregunta por el origen de la ganancia, que el libro abre en su primera página, sigue esperando en la última. Y el Keynes que la Argentina necesitaba —el de Prebisch— sigue esperando afuera.
Bibliografía
Ciafardini, Mariano (2026), «A propósito del libro de Axel Kicillof Volver a Keynes«, La Tecl@ Eñe, 30 de julio de 2026.
Keynes, John Maynard (1988 [1925]), «Breve panorama de Rusia», en Ensayos de persuasión, Barcelona, Crítica [trad. Jordi Pascual].
Keynes, John Maynard (2005 [1936]), Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, Fondo de Cultura Económica.
Kicillof, Axel (2005), Génesis y estructura de la Teoría General de Lord Keynes, tesis doctoral, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires.
Kicillof, Axel (2007), Fundamentos de la Teoría General. Las consecuencias teóricas de Lord Keynes, Buenos Aires, Eudeba.
Kicillof, Axel (2024 [2012]), Volver a Keynes, Buenos Aires, Siglo XXI.
Kosacoff, Bernardo y Fuchs, Mariana (2024), «Argentina: Building New Capabilities and Competitive Advantages in a Challenging Macroeconomic Landscape», en Edmund Amann y Paulo N. Figueiredo (eds.), Innovation, Competitiveness, and Development in Latin America, Oxford, Oxford University Press.
Marx, Karl (1975 [1867]), El capital. Crítica de la economía política, tomo I, México, Siglo XXI [ed. y trad. Pedro Scaron].
Marx, Karl (1977 [1894]), El capital. Crítica de la economía política, libro tercero (tomo III), vol. 7, México, Siglo XXI [ed. Pedro Scaron, trad. León Mames].
Prebisch, Raúl (1947), Introducción a Keynes, México, Fondo de Cultura Económica.
Rueff, Jacques (1988 [1947]), «Las falacias de la Teoría General de Lord Keynes», Revista Libertas, V(9), Buenos Aires, Instituto Universitario ESEADE.
Sraffa, Piero (1966 [1960]), Producción de mercancías por medio de mercancías. Preludio a una crítica de la teoría económica, Barcelona, Oikos-tau.
[1] Cito *El Capital* por la edición crítica de Siglo XXI (edición de Pedro Scaron), que traduce el *Mehrwert* de Marx como «plusvalor» —y no como la «plusvalía» habitual en el Fondo de Cultura Económica—, para evitar la confusión con la «plusvalía» del lenguaje corriente, que designa la revalorización de un bien. En la misma línea, esta edición dice «plustrabajo», «ganancia empresarial» y «el capital que devenga interés».
12 de agosto de 2026.

Profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Haifa. Especialista en epistemología, filosofía política y Hegel. Premio Straniak de Filosofía (1995).

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