
Luchar contra la casta – Por Rafael Bielsa
14 junio, 2026Los Mundiales no significan cortinas de humo. El fútbol no produce éxitos ni fracasos políticos o económicos, aunque los actores de la política crean lo contrario y actúen en consecuencia.
Por Pablo Alabarces*
(para La Tecl@ Eñe)
En 1978, la dictadura decidió que el Mundial le iba a permitir distraer la atención internacional de la represión que todo el mundo conocía, pero además sumar un consenso civil definitivo. No consiguió nada de eso; por el contrario, el terror fue objeto de atención periodística –los medios extranjeros se dedicaron a cubrir las rondas de las Madres de Plaza de Mayo– y el presunto consenso manifestado en los festejos callejeros se había disipado apenas un año después. En 1979, la CGT organizó la primera huelga general contra la dictadura; en 1981, una multitud abucheó al dictador Viola en el estadio de Rosario Central y la hinchada de Nueva Chicago cantaba la Marcha Peronista, mientras otra multitud acompañaba a la CGT a manifestarse en San Cayetano. En 1982, la dictadura estaba a punto de caer, y no fue a causa del fracaso argentino en la Copa del Mundo de España.
En 1986, otra multitud celebró la llegada del seleccionado campeón de México en la Plaza de Mayo, mientras el presidente Alfonsín se mantenía prudentemente en el interior de la Casa de Gobierno. De todos modos, su aparición hubiera sido inútil; en 1987, el radicalismo perdió las elecciones de medio término e inició su caída, que culminó menos de dos años después, anticipadamente, en julio de 1989.
En 2002, el gobernador de la Provincia de Santa Fe, Carlos Reutemann, habría dicho en una reunión de gobernadores con el presidente Duhalde: “Hay que solucionar la cuestión del corralito, porque si nos eliminan del mundial y encima no arreglamos lo del corralito es imprevisible lo que puede pasar en el país”. Es lo que llamé la contra-profecía apocalíptica: la posibilidad de que el estallido social definitivo, ese infierno tan temido por las clases dominantes, arribara de la mano de la derrota mundialista. Como todos sabemos, la caída del gobierno de Duhalde tuvo que ver con la política –especialmente, con la muerte de Santillán y Kosteki–, pero el fracaso futbolístico no produjo ningún efecto que no fuera meramente emotivo (un enorme bajón, uno más).
Las Copas del Mundo se organizan en torno de una ficción perfecta, según la cual unos cuantos señores jóvenes vestidos con colores que remedan las banderas nacionales representan a esas naciones, y proponen que esa representación pone en juego el honor, el orgullo y la felicidad de sus comunidades. Esa fórmula simple ha demostrado ser imbatible, pero con especial eficacia para los países latinoamericanos: para los que alguna vez ganaron la Copa o para los que han competido por ella. No hay ninguno que pueda escapar a esa ficción. En algunos casos, porque el equipo nacional de fútbol es el único símbolo unitario que permite soldar diferencias y distancias geográficas, políticas o sociales –la relación entre costeños y serranos en Ecuador o Colombia, la pluralidad del Brasil casi continental, la diversidad cósmica mexicana. En otros –en otro: en Uruguay–, es el símbolo perfecto de la aparición internacional del paisito, esa irrelevancia geográfica que se transforma en potencia deportiva. Para los argentinos, es la coronación de un relato que nos inventó como fundadores del fútbol latinoamericano, como gestores de un estilo nuevo de juego, deudores de una admiración que, maldito narcisismo, nos merecíamos como nación, como pueblo, como granero del mundo, como futbolistas y como hinchas incomparables. Hay en esos argumentos algo excesivo, sin duda, pero se cruza además con la vieja condición popular del fútbol: el espacio donde los héroes podían ser plebeyos, nacional-populares. Como ya he escrito en demasía, Maradona llevó ese relato hasta su clímax en 1986, y allí nos habíamos quedado paladeando un momento de felicidad desbordante y excesiva, la justa compensación por los años de oprobio, dictadura y guerra.
En 2022, entonces, los millones de personas en las calles salieron a celebrar otro momento excesivo –por desmesurado, no por injusto o inmerecido– de felicidad gratuita. El fútbol tiene eso, también a nivel de nuestros clubes tribales: no nos pide nada más que una inversión de afecto, y a cambio nos puede dar felicidades intensas –y muchas más amarguras. El marketing o la compra de merchindising no es parte inevitable del contrato: podemos invertir afecto sin comprarnos una sola camiseta –legal o trucha–. En 2022, el fútbol nos pagó esa inversión con una felicidad maravillosa, intensísima; y debe ser dicho, también compensatoria. Quiero ser cuidadoso: no hay una relación de causa-efecto, pero una semana antes de la final supimos que la sociedad más rica de América Latina, la sociedad más igualitaria del continente, más justa y democrática, históricamente, tenía un 40% de su población debajo de la línea de pobreza. La felicidad popular, simultáneamente transversal –porque atravesaba las clases, los géneros, las edades, las geografías, las castas– resonaba como una suerte de reclamo: “nos merecemos una”. Permítanme este exceso argumentativo: podríamos ponernos provocativos con nuestras propias elites y recordarles que nuestra felicidad pareció más explosiva por los doce años consecutivos y deplorables de gobiernos de ambos lados de la trinchera que sólo habían conseguido un 40% de ciudadanos pobres. Nuestra felicidad efímera señalaba, a la vez, el fracaso o la traición de nuestras clases dirigentes –políticas, económicas, empresarias–.
Pero todo eso nada tuvo que ver con alguna relación causa-efecto con el mundo político. Nuevamente: un año después, el peronismo gobernante fracasaba tan rotundamente en las urnas como había fracasado en su gestión lastimosa. En 2022, el fútbol –mientras los jugadores de la selección evitaban con cuidado la Casa de Gobierno– había decidido extremar su autonomía y proponer que la patria, una patria de masas y festiva, le pertenecía por completo. Que toda tesis causalista o reflejista era nadería de periodista deportivo entusiasmado o de político miope, o de ambos a la vez.
De eso se trata: el fútbol es autónomo. Su eficacia es emotiva, como dije; representa imaginariamente una nación, sin serlo, y sin que nadie crea realmente en esa asociación. Los Mundiales no significan cortinas de humo, una tesis de un elitismo presuntuoso que siempre afirma que hay otros que pueden ser engañados, pero no nosotros. El fútbol no produce ni éxitos ni fracasos políticos o económicos, aunque los actores de la política, envueltos en su tradicional y perseverante ignorancia, crean lo contrario y actúen en consecuencia.
En resumen: no, Milei no ganará las elecciones de 2027 si Argentina volviera a salir campeón ni dejará de hacerlo si Argentina pierde sucesivamente con Argelia, Austria y Jordania. Disfrutemos el fútbol, si eso es posible –mi intolerancia intelectual frente a esta Copa espantosa y trumpista está a punto de caramelo–, pero sigamos trabajando para echarlo. No confiemos en De Paul. Bueno, menos en él que en ninguno.
Lunes, 15 de junio de 2026.
*Sociólogo y ensayista. Inestigador en CONICET. Profesor Titular Plenario de la UBA. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales-UBA.

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