
Raúl Castro y la guerra psicológica de Washington – Por Iván Ambroggio
11 junio, 2026El Cordobazo no fue obra de un solo partido, gremio u organización. Fue la irrupción de un pueblo entero. Obreros y estudiantes, sí, pero también amas de casa, vecinos, desocupados, militantes clasistas, peronistas, comunistas, radicales y miles sin afiliación. Una marea más ancha que cualquier intento de encerrarla en un relato único. Alberto Nadra, testigo de aquellos días, recupera esa memoria plural para que no la roben.
Por Alberto Nadra*
(para La Tecl@ Eñe)
Hace pocos días, con motivo de un nuevo aniversario del Cordobazo, la historiadora Julia Rosemberg desarrolló una excelente semblanza de esa gesta en el programa de streaming que dirige, entre otros, Pedro Rosemblat.
Basándose en una precisa investigación del destacado académico Javier Trímboli, prematuramente fallecido, Rosemberg presentó testimonios escritos y filmados, describió tres momentos claves de la pueblada y respondió a quienes argumentaron que el Cordobazo había surgido «espontáneamente”, cuando fue meticulosamente organizado, aunque con una inesperada y masiva adhesión popular.
«El Cordobazo fue del pueblo”, se decía con razón entonces. Lo confirmo para evitar que el necesario detalle de los participantes derive en la pretensión de atribuir la gesta a un solo sector social, partido o precursores de alguna organización política por nacer. Ni solo estudiantil ni solo obrero. Tampoco mecánicamente «una situación revolucionaria». Y mucho menos la versión pasteurizada que algunos pretenden imponer.
Lo que está en juego aquí no es un mero ajuste de menciones o de fuentes, sino el sentido mismo del Cordobazo, que no fue la «culminación de la Resistencia Peronista”, como sostienen Elpidio Torres y Lucio Garzón Maceda, sino una sublevación popular de coordenadas más amplias, donde confluyeron peronistas –combativos y ortodoxos–, clasistas, comunistas, radicales y miles de vecinos sin afiliación partidaria.
La parcialidad de una fuente central
Coincido con Rosemberg en que, en esos días, además de la lucha en las calles, se terminó «organiza[ndo] un estado de ánimo» que maduraba en la sociedad. Esta idea surge de un texto de Garzón Maceda, quien, en esos años, era abogado del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), junto a su secretario general Elpidio Torres. Ambos fueron hombres comprometidos con su tiempo, al punto que consideraban que su participación en el Cordobazo había quedado insuficientemente reconocida por la historia. Tanto Trímboli como Rosemberg hacen suya la queja de Torres de no haber sido reconocido como el dirigente de mayor influencia en la pueblada, pese a que, en rigor, la participación de Torres fue ampliamente homenajeada, aun en vida del dirigente, a través de numerosos actos, placas, bustos y hasta un hospital provincial con su nombre. Esta suerte no la tuvo, ni en su vida ni luego de su fallecimiento, el casi ignorado Jorge Canelles, una verdadera cuarta pata del Cordobazo, que suele reducirse a tres, quizás en cierta instancia de anticomunismo.
En ese entonces, Garzón Maceda y Torres se alinearon con la CGT nacional colaboracionista y luego se tornaron ideólogos de un intento de «peronización» del Cordobazo. Con distintos calibres de argumentación y a caballo de su decisiva participación en esos días, describieron a la pueblada dejando en un rol subalterno a los estudiantes y al sindicalismo de izquierda y terminaron derivando en una forzada reducción del Cordobazo a la «culminación de la Resistencia Peronista».
En esa línea, también libraron una batalla permanente para disminuir el papel del lucifuercista Agustín Tosco, de la Federación Universitaria Argentina (FUC), y del gremialismo obrero y estudiantil del Partido Comunista (PC). Esa batalla político-académica llega hasta este siglo, aunque ha estado más presente en los círculos cordobeses, con menos repercusión en Buenos Aires.
Sin embargo, el Cordobazo estuvo lejos de ser solo peronista. Fue producto de un jalón de acuerdos y combates en común, incluida la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre –un símbolo del período– en 1959. Por eso es que considero que el estado de ánimo que se buscó organizar fue mucho más que el ascenso de una identidad partidaria resistente –como señalan Garzón, Trímboli o Rosemberg– sino el del creciente rechazo y movilización contra la dictadura, de la voluntad de participar en iniciativas sociales que la enfrentaran.
La posición del PC, la UCR y Perón
Para que quede más claro el porqué de esta posición, podemos comenzar por analizar las posturas de los principales partidos que participaron en el Cordobazo a partir del golpe de Estado del 28 de junio de 1966.
Esos años coincidieron con parte de mi militancia en la juventud comunista y recuerdo que, en ese entonces, el tan cascoteado PC inmediatamente definió a la dictadura como un instrumento «de los monopolios, cívico-militar corporativo-fascista» y llamó a «impedir que se consolide», como el primer paso de la organización partidaria y social hacia derrocarla. Esta fue la orientación política que nos impulsó a coordinar la resistencia a ella con todos los sectores combativos del país y teniendo en consideración todos los métodos de lucha que impusieran las circunstancias.
Solo con este recordatorio se puede explicar la notoria presencia de dirigentes del PC y la FJC entre las principales puebladas que se dieron entre 1966 y 1973: el Correntinazo (los estudiantes Antonio «Chivo» Moretti, Ungué y Araceli Ferreyra), el Rosariazo (Enrique Gigena, líder de los talleres ferroviarios), el Cordobazo (Jorge Canelles, de UOCRA, Luis Reinaudi, de Prensa, Carlos Scrimini y Francisco «Pancho» Delgado, presidente y secretario general de la FUC, respectivamente), el Choconazo (Antonio Alac, Torres y Olivares, delegados y dirigentes obreros), el Mendozazo (Roberto Vélez, secretario general de la UOCRA) y también en los otros «azos», aunque las crónicas tienden a no mencionarlos.
La posición de la UCR fue diferente. Su dirigencia se “metió bajo la cama” después de la humillación que supuso el derrocamiento de Arturo Illia. Los jóvenes radicales, en cambio, reaccionaron fuertemente. Los hijos de muchas familias tradicionalmente radicales incluso se volcaron a posiciones revolucionarias y varios de ellos confluyeron en el ERP – como Benito Urteaga y Magdalena Nosiglia, la hermana de Enrique «Coty» Nosiglia– o Montoneros, como Sergio Gass, hijo del ex senador Adolfo Gass. Otros no se volcaron por la acción armada, pero asumieron posturas claramente radicalizadas y se sumaron a lo que sería la Juventud Radical, Junta Coordinadora Nacional.
Perón, por su parte, interpretó que el país afrontaba un momento confuso, pero que despertaba expectativas positivas y, por ese motivo, a su movimiento le convenía «desensillar hasta que aclare». Los dirigentes justicialistas Augusto Vandor y José Alonso fueron más allá y participaron de la asunción del dictador Juan Carlos Onganía en nombre de la CGT. En definitiva, promovieron lo que se llamó una «expectativa esperanzada» ante el régimen, con lo cual intentaron frenar cualquier vocación de resistencia.

Tosco, el PC y la unidad en la acción
Si se profundiza en el rol durante el Cordobazo de destacados dirigentes que no eran Elpidio Torres o Garzón Maceda, surge más clara la idea de concebir al Cordobazo como un fenómeno de organización de un estado de ánimo social a través de la influencia y la interacción de diferentes organizaciones, que incluyeron, pero no se limitaron al peronismo.
Uno de esos otros dirigentes es Agustín Tosco, cuya relación con el PC se asentaba en un modo de ver a la clase obrera, la lucha de clases y el movimiento popular, que se denomina sindicalismo de liberación. Con esa mirada fue dirigente de la CGT de los Argentinos en Córdoba, junto con el dirigente de la construcción –y su compañero de estudios marxistas– Jorge Canelles, y otros líderes de sindicatos, Luis Alarcón, Dinfia, o Reyes Martínez, de la Federación de Obreros y Empleados de Correos y Telecomunicaciones (FOECYT).
Este grupo de dirigentes impulsó la unidad popular en la acción antidictatorial, pero, a la vez, conformaron una corriente clasista, desde la cual desarrollaron una relación fuerte y permanente con las alas más combativas del peronismo sindical, principalmente el secretario de la UTA, Atilio López –de las 62 Legalistas–, con quien Tosco desarrolló una gran amistad. Con expresiones diversas, este papel del clasismo se expandió a partir del Cordobazo.
Menciono a este otro grupo de dirigentes porque el paro activo del 29 y el 30 de mayo no hubiera sido posible sin su empuje. De hecho, aunque el conjunto de los sindicatos enfrentaron la decisión del gobierno dictatorial de reemplazar la media jornada de los sábados –el llamado “sábado inglés”– e imponer una jornada completa, Elpidio Torres, al principio, no estaba de acuerdo con esa medida. Siguiendo al «Lobo” Vandor –razón por la que se lo conocía como “Lobito”–, proponía un clásico paro “matero” o “dominguero”; esto es, un paro sin abandono de tareas o movilización.
Dos razones terminaron sumando a Torres a la medida, que derivó en el Cordobazo. Por un lado, la feroz represión a una masiva asamblea de SMATA en el estadio Córdoba Sport Club, el 14 de mayo, caldeó los ánimos entre los delegados y las bases obreras. Estos sectores presionaron crecientemente a Torres para que el paro fuera «activo”. Por otro lado, Tosco tomó la sugerencia de Canelles de hablar con Torres –pese a sus profundas diferencias personales, ideológicas y metodológicas– y le propuso convocar a la jornada de manera unificada desde las dos CGT.
Lamentablemente, la historiografía mayoritaria tiende a no mencionar o minimizar el rol de Tosco y Canelles, el peso de la relación de ambos con Atilio López y, aun, su apertura hacia otros sectores en pos de medidas contundentes. En este sentido, por ejemplo, es incorrecto señalar que la convocatoria a la movilización del 29 de mayo de 1969 la hace «la CGT” –que estaba dirigida por el peronismo ortodoxo, dialoguista con el gobierno–, a secas, ya que la afirmación desconoce el papel de la CGT de los Argentinos, que, como estoy mostrando, tuvo un papel crucial en que existiera una convocatoria conjunta y combativa.
La relevancia de la participación de estos otros dirigentes en el Cordobazo también queda en evidencia si se analizan las condenas que les impusieron los tribunales militares luego de que el Ejército retomara la ciudad. No es casual que Jorge Canelles tuviera la mayor condena, a 10 años, seguido por Agustín Tosco, con 8 años y tres meses. Elpidio Torres y estudiante comunista Miguel Ángel Miró, les siguen recién con 4 años y 8 meses cada uno. Por su parte, aunque no pudieron detener al «Negro” Atilio López –quien fue electo vicegobernador de Córdoba en las elecciones generales de 1973–, la «Triple A” terminó asesinándolo en 1974. Todos los presos políticos fueron liberados después de 8 meses de detención a raíz de las masivas movilizaciones populares por su liberación que surgieron en Córdoba y se extendieron a varios puntos del país.
Finalmente, después de que Elpidio Torres renunciara a la dirección del SMATA en 1971, antes del «Viborazo” o «Segundo Cordobazo”, en 1972, los trabajadores del gremio eligieron, en su lugar, al dirigente de izquierda René Salamanca, quien fue asesinado en el centro clandestino de detención “La Perla” en 1976. Por su parte, cuando la CGT de Córdoba se terminó unificando en abril de 1971, Atilio López –quien tuvo un papel decisivo en esa unificación–fue elegido como secretario general, con Agustín Tosco como secretario adjunto.

La unidad obrero-estudiantil
En cuanto a detalles específicos de la gestación y desarrollo del Cordobazo, vale la pena detenerse en que, en el programa de streaming, se cuestiona la idea de que, a partir del Mayo Francés y, luego, con levantamientos similares en otros puntos del mundo, el sujeto histórico dejó de ser la clase obrera para ceder ese protagonismo a los jóvenes y a los movimientos estudiantiles.
Si bien comparto plenamente la idea de que el movimiento estudiantil no se convirtió en el nuevo sujeto histórico, sí considero que –a través de un proceso que comenzó en las primeras décadas del siglo XX– los jóvenes y los estudiantes fueron sumándose a los reclamos obreros desde sus propias reivindicaciones. De este modo, obreros y estudiantes terminaron por confluir, con una organización conjunta, en las movilizaciones del período.
Fue precisamente en Córdoba que, durante la Reforma Universitaria de junio de 1918, surgieron las primeras consignas de unidad obrero-estudiantil. Con o sin intención, se suele omitir que los reformistas del 18 recibieron el apoyo activo de la CGT provincial –cuyo secretario era Miguel Contreras, uno de los fundadores del PC– y, a su vez, ellos también brindaron se sumaron a huelgas obreras posteriores.
Décadas más tarde, a poco más de un mes del golpe de 1966, los estudiantes comunistas de la Facultad de Medicina de Córdoba –quienes mantenían una fuerte pulseada con el Integralismo (nacionalista-católico y, por momentos gorila, aunque luego volcado al peronismo)– impulsaron la resistencia a la intervención dictatorial. Bajo la dirección de Carlos Scrimini –luego elegido presidente de la FUC en 1968–, tomaron el Hospital de Clínicas y, en ocasiones, todo el Barrio Clínicas, a través de huelgas que se extendieron hasta septiembre. Los estudiantes se volcaron a la lucha aun a costa de perder materias o el año de estudios y enfrentar una brutal represión. De hecho, hirieron de bala al dirigente reformista y de la Federación Juvenil Comunista (FJC) Alberto Cerdá, el 18 de agosto, y asesinaron a Santiago Pampillón el 12 de septiembre.
Acciones como la toma del Clínicas confirman la consigna de que «El Cordobazo nació en 1966”. También muestran la temprana vocación de lucha del estudiantado y el rol que ya venían jugando ante la agresión dictatorial a la Universidad, mucho antes del «Mayo Francés” o el propio “Cordobazo”. De este modo, el movimiento estudiantil acompañó o amplió las luchas obreras.
La «efervescencia previa”: mucho más que «casi no pasaba nada»
Para reforzar el argumento de que el estudiantado no fue un sujeto social significativo en levantamientos como el Cordobazo, también se argumenta que «casi no pasaba nada” hasta el 29 mayo del 69, más que cierta «efervescencia previa”. Sin embargo, hubo mucho más que esa “efervescencia previa”.
Como señalamos, los levantamientos en el barrio Clínicas evidenciaron una creciente maduración ideológica en grupos importantes de estudiantes universitarios que no eran mayoritariamente peronistas.
Por ejemplo, antes del 29 de mayo de 1969, la intervención dictatorial de las universidades violaba la autonomía y el gobierno tripartito (estudiantes, docentes y no docentes) de las casas de estudios, impuso aumentos de las cuotas de hasta el 500% y supuso el cierre de algunos comedores universitarios para estudiantes de escasos recursos. Ante estas medidas, estallaron revueltas en Corrientes, Chaco y Rosario, tras los asesinatos de los estudiantes Cabral, Bello y Blanco, los días 15, 16 y 17 de mayo de ese año.
Tampoco es cierto que el Cordobazo se diferenció de esos otros levantamientos estudiantiles por la intervención del movimiento obrero, ya que los estudiantes venían coordinando y organizando diferentes iniciativas de reivindicación social y antidictatorial con el movimiento obrero combativo y otros sectores sociales, tanto en Córdoba como en otras provincias.
Ya en agosto/septiembre de 1966, en Córdoba, los sindicatos y corrientes gremiales que integraban la CGT de los Argentinos (CGT «A»), como Luz y Fuerza o la FOECYT, apoyaron clara y contundentemente a los estudiantes del Clínicas.
También podemos mencionar a los tres Tucumanazos —el primero, el 14 de mayo de 1969—, que fueron el resultado de la resistencia obrero-estudiantil contra la opresión, el cierre de ingenios azucareros y del comedor universitario. La lucha solidaria de los trabajadores también se produjo en el Correntinazo, el 15 de mayo. En esta oportunidad, dos sindicatos de la CGT regional –los panaderos, dirigidos por el peronista «Patita” Ramírez Barrio y SMATA, dirigido por el comunista Félix López – organizaron ollas populares para los más de mil estudiantes que se habían quedado sin el comedor universitario.
Los estudiantes no solo «se suman»
En este marco de crecimiento, en frecuencia, alcance y organización conjunta, de las luchas antidictatoriales de los estudiantes y sectores obreros combativos antes del Cordobazo, resulta incorrecto afirmar que, cuando el Cordobazo finalmente se concreta, las columnas obreras entran al casco céntrico y los estudiantes “se suman”. Por el contrario, la confluencia de ambos sectores en el casco céntrico fue producto de charlas de organización previa entre Agustín Tosco y Carlos Scrimini.
El dirigente obrero y el estudiantil combinaron puntos de concentración, confluencia entre sus columnas y planes de autodefensa, que aportaron los estudiantes e incluyeron elementos que representaron un verdadero catálogo del ingenio popular. A través del debate en asambleas de cada una de sus facultades, unos diez mil estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba decidieron apoyar el paro y la movilización del 29 y el 30 de mayo, y confluir con los trabajadores en la marcha. No compartieron la decisión las facultades de Arquitectura y Filosofía, cuyos dirigentes desconfiaban, tanto de Torres como de Tosco. Este grupo de estudiantes decidió «marchar a los barrios”, aunque terminaron por dirigirse al centro y sumarse a la pelea luego de que el asesinato del obrero metalúrgico Máximo Mena recrudeciera los enfrentamientos entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad.
Estos hitos de solidaridad mutua y confluencia organizada gestan la elocuente consigna «obreros y estudiantes, unidos adelante”, que recorrió las calles de todo el país y evidenció que se había terminado el dramático divorcio entre estudiantes y obreros, que se había producido después del golpe de 1943.
El «Argentinazo» que no llegó y la fractura que sí llegó
El Cordobazo fue seguido por un ciclo de puebladas que culminaron en la movilización obrera de junio de 1975, cuando miles y miles de trabajadores, organizados en las coordinaciones interfabriles, marcharon a las plazas del país y lograron echar a dos ministros de Isabel Martínez; Celestino Rodrigo, de Economía, y José López Rega, de «Bienestar Social”, y principal animador de la siniestra Alianza Anticomunista Argentina.
«¿Por qué, con ese ascenso y masividad de las luchas, no se llegó al deseado Argentinazo?», preguntaron los conductores del programa a Rosemberg. La historiadora apuntó con criterio a la división que sembraron la dictadura y el poder real para frenar esa ola combativa de «unión en la pluralidad».
La división del campo popular no se produjo en abstracto. Entre 1972 y 1973, el poder real impulsó y logró el contubernio de los partidos burgueses tradicionales y la dictadura para acordar «una salida controlada», que evitara un desenlace «a la plebeya”. Luego, el golpe de 1976 y la sangrienta dictadura posterior completaron ese proceso destructivo a través del exterminio de buena parte de los portadores del espíritu del Cordobazo.
Hoy, algunos sectores intentan pasteurizar al Cordobazo, volverlo una anécdota folclórica o una pieza de museo inofensiva, privada de su potencial y poder de catalizar las transformaciones sociales. Debatamos, expliquemos, recordemos. Evitemos que se roben o desdibujen el Cordobazo quienes, entonces como ahora, querían domesticarlo o adjudicárselo en exclusiva.
El Cordobazo fue del pueblo. Y el pueblo, como aquella vez, sigue siendo más ancho que cualquier intento de encerrarlo en una sola voz.
Viernes, 12 de junio de 2026.
*Político, escritor y periodista.

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