

La aceleración ultraderechista no es solamente reaccionaria, o meramente conservadora, más bien se propone tocar la raíz del ser humano y alterar desde la tecnología los distintos puntos de anclaje que permitían la posibilidad de una comunidad.
Por Jorge Alemán*
(para La Tecl@ Eñe)
La Revolución ha tenido siempre, en tanto acontecimiento histórico, una decidida tendencia hacia la destitución del Amo de turno.
Así ha sido la revolución francesa de la burguesía, y también las marxistas como la bolchevique, la china y la cubana como ejemplos mayores. Si hay un aspecto donde Fukuyama – vía Kojeve – al menos ha tenido razón parcialmente es en la descripción de la época post revolucionaria. Es que nunca se volvió a producir un hecho histórico que constituyera una ruptura, un evento que tuviera el eco de lo que fueron las auténticas revoluciones.
Es esto, precisamente, lo que fue celebrado desde distintos lugares de Occidente: la historia evitaría las rupturas y los antagonismos. Ningún giro histórico volvería a cuestionar al capitalismo en su condición de dominación y explotación.
En todo caso, el error de Fukuyama fue pensar que la realización histórica del capitalismo implicaba necesariamente la presencia estructural de la democracia liberal como su compañía esencial. Para él, tarde o temprano – incluso atravesando cataclismos de distintos tipos -, la historia se realizaría en este estadio superior.
A su vez, las izquierdas no volvieron a encontrar al sujeto histórico, o al pueblo en el caso de los movimientos nacionales y populares, en una posición que hiciera sustentable el proyecto revolucionario. Este proyecto fue chocando con las nuevas estructuras de dominación, las que a través de la técnica y su intervención en la producción de la subjetividad neoliberal,
continuaron viviendo en el interior de un mundo sometido a la repetición de reglas que nunca cambian el sistema.
El problema de la revolución se transformó en el patrimonio intelectual del denominado marxismo occidental, cuyos nombres propios nos han inspirado. No obstante, estamos en presencia de un nuevo tipo de revolución postulada por la ultraderecha.
Hemos ingresado en un tiempo histórico donde vuelve a tomar cuerpo un nuevo proyecto revolucionario de un signo radicalmente distinto. La aceleración ultraderechista neofascista no es solamente reaccionaria, o meramente conservadora, más bien se propone tocar la raíz del ser humano y alterar desde la tecnología los distintos puntos de anclaje que permitían la posibilidad de una comunidad. Esta vez la ultraderecha mundial intenta realizar una revolución donde los puntos de amarre del mundo simbólico que nos regían tienden hacia un debilitamiento sostenido. La voluntad de la revolución ultraderechista es que se cumpla una nueva mutación subjetiva propia de una civilización anclada en su capacidad tecnológica.
No solo se trata de que las comunidades y los propios sujetos queden radicalmente socavados en su compromiso con la existencia, sino que también se apodere del mundo un paisaje de pobreza que ya no se vincule a la política. En el proyecto aceleracionista neofascista, el ser humano debe ir progresivamente conectándose al dispositivo técnico que garantizará las nuevas formas de reproducción capitalista. La condición para que esta operación sea posible es que grandes sectores de la población mundial sean suprimidos, expropiando sus recursos, incluso ocupando sus territorios y dando muerte a sus habitantes, cambiando de este modo su contorno geográfico.
Evidentemente, para que una revolución de este tenor sea posible hace falta la conjunción del Neoliberalismo y del Nihilismo como consumación de la técnica y destrucción de la verdad (Heidegger). Una escala del capitalismo que introduzca un nuevo orden civilizatorio, con el poder de destruir el mundo simbólico de las comunidades, sus legados, mitos y herencias, cuestión que por ahora se insinúa como tendencia. En otros términos, la conclusión del proyecto ultraderechista es que ingresemos a un mundo irreconocible e incomparable con los anteriores. No se puede establecer y garantizar el triunfo de este proyecto ultraderechista pero sí al menos vislumbrarlo para el análisis político. Los nuevos megamillonarios de la técnica y sus filósofos privilegiados dan cuenta pormenorizadamente de este proyecto.
En la Argentina se percibe desde hace tiempo una dificultad mayor, tal vez no para captar el fenómeno, pero sí para asumir la confrontación con el mismo. Aún no se acepta el antagonismo con la ultraderecha como una exigencia que está situada históricamente por encima de cualquier coyuntura interna.
La ultraderecha no es sólo Milei, es un dispositivo internacional cuyos teóricos fundamentales promueven liderazgos mundiales que toman la forma de neoemperadores; se mueven en esa frontera donde no sólo se tiene que separar definitivamente el capitalismo de la democracia, sino también de imponer un contexto donde las barreras neuróticas ya no funcionen y así aparezcan autócratas sin los límites tradicionales.
«Mi único límite es mi moral» afirma Trump, lo que bien traducido es que no tiene otro límite que su propio goce del poder en tanto sujeto capitalista de la guerra.
Queda por verse en qué lugares del mundo se pueden intentar verdaderos frentes donde efectuar una nueva construcción de las representaciones políticas que no privilegien las contradicciones internas que proceden de una tradición que ya ha perdido su fuerza transformadora.
Estas autoridades políticas tienen que cumplir en su estructura con una triple función: realizar la cuidadosa lectura de la situación internacional en la que la fuerza antifascista se inscribe, buscar nuevas conexiones entre los movimientos sociales y territoriales con las lógicas de representación política que asuman los desafíos electorales y hacer surgir un nuevo tipo autoridad política – ni punitiva ni persecutoria, pero sí firme y consistente – que funcione como un límite a las relaciones de poder tecno-fascistas.
Viernes, 15 de mayo de 2026.
*Psicoanalista, escritor y poeta.

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