

La SIDE redactó y publicó en 1978 un libro para frenar la «campaña de desprestigio» internacional. Ahora, sus archivos desclasificados revelan la magnitud del operativo. El testimonio en primera persona de uno de los periodistas que informó al mundo desde Buenos Aires.
Por Alberto Nadra*
(para La Tecl@ Eñe)
Como parte del proceso de desclasificación de archivos históricos de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE), el 21 de abril pasado se dio a conocer una nueva entrega: un archivo digitalizado de 1.419 páginas que incluye 17 documentos. Dentro del material revelado aparece la publicación, en 1978, de un libro escrito por la propia central de inteligencia, en plena dictadura, para denunciar una «campaña de desprestigio» internacional.
Lo más destacado de estas nuevas revelaciones es la comprobación de que fue la propia SIDE la que se encargó de la producción de «Argentina y sus derechos humanos», un libro a través del cual, desde la fachada de la ficticia Asociación Patriótica Argentina, se denunciaba esa campaña. La confección de la obra fue ordenada desde la oficina de “Interior” como parte del denominado «Operativo Editorial».
Un libro para intimidar al mundo
El libro fue escrito en castellano, inglés y francés y contó con una tirada superior a los 20.000 ejemplares. El volumen incluye amenazas explícitas, fotos de las morgues policiales con víctimas desfiguradas de las fuerzas de seguridad, así como intimidaciones a un amplio arco de gobiernos y organizaciones de derechos humanos, tanto en el país como en el extranjero. Son imágenes crudas, sin filtro, con el único fin de impactar al lector, de horrorizarlo. Además, en sus páginas se publicaron las fotos y hasta los domicilios en Buenos Aires de los representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja Rolf Jenny, Teresa Muñoz y Romaine Tissiere, así como también de varios de sus colaboradores.
El material fue destinado principalmente a las embajadas argentinas en el exterior, para advertir a «otras naciones del mundo» sobre «quienes usan el terrorismo para instaurar gobiernos adictos a las ideologías marxistas». Pero también tenía un objetivo interno: intimidar a los corresponsales de diarios y agencias de noticias que desafiaban las prohibiciones de dar cuenta de los crímenes, nombrar a cada una de las organizaciones a las que pertenecían las víctimas y denunciar la «ley de fugas», que disfrazaban de «enfrentamientos».
El texto, según revelan los archivos, también se filtraba deliberadamente entre los corresponsales extranjeros, que “por estar identificados con el marxismo o porque les pagan abundantes dólares, constituyen el medio más eficaz para lograr una rápida y muy amplia difusión de narraciones orientadas a presentar en el exterior una imagen de una Argentina salvaje, sanguinaria, inhumana».

El verdadero terror que el libro intentaba ocultar
Para entender la desesperación de la dictadura al escribir este manual, es necesario recordar cómo era informar desde Buenos Aires en aquellos años. La censura que impuso la Junta Militar era total. Las máquinas de télex de las agencias nacionales, como Télam o Noticias Argentinas (NA), solo difundían la información oficial e ignoraban sistemáticamente las acciones de la creciente resistencia civil, obrera y estudiantil, o el testimonio de las Madres y los organismos de derechos humanos.
En ese contexto, agencias extranjeras como la cubana Prensa Latina se convirtieron en un faro de denuncia contra el genocidio. Yo trabajé en su corresponsalía local en Buenos Aires. Entre abril y junio de 1976, comencé en la oficina 96 del noveno piso del edificio Sáfico, en Corrientes 456 del microcentro porteño. Nos sumergíamos en el horror de elaborar panoramas matutinos y vespertinos con un «balance» de muertes que surgían de los comunicados oficiales, los cuales hablaban de supuestos «abatidos en enfrentamientos». En rigor, era una cruel suma de los militantes político-militares asesinados por los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas.
Aunque la dictadura había prohibido publicar los nombres de las organizaciones político-militares (exigiendo referirse a ellas como «la banda de delincuentes subversivos declarada ilegal en primer lugar» para el ERP, y «en segundo lugar» para Montoneros), desde Prensa Latina nunca acatamos esa orden.
Amenazas concretas, colegas caídos
La represión intentó silenciarnos. Todos los periodistas de la agencia recibíamos amenazas diarias. Interceptaban el hilo del teletipo desde un piso que manejaba la Marina en el Correo Central y nos hacían llegar llamados escalofriantes, en mi caso con las voces de mis compañeros de militancia torturados.
Esa intimidación tuvo consecuencias concretas: sufrimos acciones directas, varios fueron secuestrados, algunos fueron rescatados de sus captores y otros asesinados. En ese contexto de terror, un hito fundamental fue la difusión de la carta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar a través de Prensa Latina, una misión que tuve la oportunidad de llevar a cabo. Fue un acto de resistencia pura, una manera de decirle al mundo que, a pesar de la oscuridad, la verdad y la resistencia popular encontraban un cauce.



La verdad, al fin, desclasifica la mentira
Cuatro décadas después, esos mismos archivos que la dictadura usó para negar y amenazar salen ahora a la luz. El libro «Argentina y sus derechos humanos» ya no es un arma de intimidación sino una prueba documental del terror. Quienes entonces informamos a pesar de todo podemos hoy leer esas páginas como lo que fueron: el retrato invertido de un genocidio que intentaron ocultar bajo la apariencia de un alegato jurídico.
La operación de propaganda que la SIDE diseñó en tres idiomas choca, sin embargo, con un presente inquietante. Mientras estos archivos se desclasifican oficialmente, desde el gobierno de Javier Milei se han multiplicado las declaraciones y gestos que reivindican abiertamente a la dictadura militar, minimizan sus crímenes o hablan de «excesos» dentro de un supuesto «combate contra la subversión». El libro de la SIDE y la desclasificación conviven así en una tensión contradictoria: por un lado, se abre la verdad; por el otro, se intenta rehabilitar a sus autores.
Pero la mentira, por más que se publicara en tres idiomas y con una tirada de 20.000 ejemplares, no pudo contra los hechos entonces ni puede ahora. La verdad, al fin, desclasifica la mentira.
Miércoles, 11 de mayo de 2026.
*Político, escritor y periodista.

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