

Cada foto da cuenta de un momento, y ese instante encierra un mundo: el que se abre cuando ella comienza a narrar. A veces, las fotos como los glaciares montañosos, son surcos de agua guardada entre las rocas; otras, luminoso esplendor del agua cristalizada. Los archivos terrestres son la garantía última del aire que respiramos.
Por María Pia López*
(para La Tecl@ Eñe)
Una mujer sentada frente a una mesa. Decenas o centenares de fotos desparramadas allí. Cada foto es una historia. De una familia. De un amor. De una migración. De un trabajo. De un lugar de residencia. De una fiesta comunitaria. De un acto. Cada foto da cuenta de un momento, pero en ese instante encierra un mundo: el que se abre cuando ella comienza a narrar. Cuentan que el quipu era para los incas un sistema de cuentas: cada hilo tenía un color que refería al tipo de cosas o especies que se contaban, el cereal, las personas, las ovejas. Y cada nudo expresaba una cantidad. Pero también había quipus que anudaban historias, relatos que el quipumayo podía reconocer en el roce con el nudo y empezar a contar. Así, la historia registrada es de cuentas y cuentos. Las fotos funcionan, en Nuestra tierra – allí está la escena que comento – como nudos de un quipu: activación de una memoria oral, fuente de una narrativa, pero también archivo popular.
Fotos que fueron tomadas y guardadas. Que tardaron en ser expuestas ante la cámara de la directora, porque eran más bien el reservorio sensible de una historia vivida como privada, la de los lazos afectivos, la de la trama familiar o amistosa. Pero las fotos ahora mostradas y reproducidas por la cámara de cine funcionan como la interrupción de una negación, la que aparece cuando se considera el archivo del registro de la propiedad, con sus escrituras amañadas o el de la historiografía que de un plumazo borra la composición compleja del mundo indígena para declarar su inexistencia. El archivo, en tanto reserva y acopio, se vuelve zona de disputa.
Parte del esfuerzo de un archivo popular, surgido como privado y convertido en público por la acción de otra cámara, es el de afirmar una existencia, unos modos de vida, una forma de habitar el mundo y estar en la tierra. El Archivo de la Memoria Trans, creado en 2012 por activistas travestis, fue pionero en operar ese pasaje del estar privado de la foto a la composición de un reservorio colectivo que venía a mostrar lo que había sido obligado a florecer en la clandestinidad, esas existencias trans perseguidas y violentadas a lo largo del tiempo. Si a las personas de pueblos originarios se les exige una inmóvil adhesión a los rasgos identitarios, a les desertores de la norma sexo-genérica se los castiga por la fuga respecto de la identidad asignada. La identidad, en uno y otro caso, es tanto la demanda coercitiva de un quieto reconocimiento, como la afirmación política que realizan esos sujetos perseguidos para defender sus derechos. Y aquí no debería entenderse derechos como un artilugio liberal, menos como una concesión, sino como la demanda del reconocimiento de unas formas de vida. El AMT da cuenta de esa tenaz insistencia: la de seguir viviendo.
Pero quiero referirme a otro archivo: el que constituyó Adelina Dematti de Alaye, Madre de Plaza de Mayo, mientras buscaba a su hijo Carlos, detenido-desaparecido. Ella decidió, desde el comienzo de su búsqueda, registrarla. Con fotos y documentos, copia de los escritos presentados, boletas y boletos. Pensaba que cuando Carlos apareciera, podría mostrarle todo lo hecho. Como Chicha Mariani juntó juguetes y muñecas para su nieta Clara Anahí. Pero Chicha murió sin encontrar a Clara y Adelina sin hallar a Carlos. Quedó el archivo extraordinario de esa madre fotógrafa, que iba a todos lados con su cámara y sacaba como podía, a escondidas, para documentar. Dejó las cajas en las que preservó el material, en el Archivo histórico provincial Ricardo Levene. Y cuentan que iba una vez por semana a conversar con las investigadoras y ante cada foto o documento comenzaba a narrar la historia. Ahora todo eso está contado en un libro hermoso llamado «Los martes Adelina», publicado por Ediciones bonaerenses.
Una foto fue tomada el 19 de noviembre de 1982. Aún en dictadura, las Madres realizan una suerte de escrache al presidente de facto Reynaldo Bignone. Irrumpen en un acto en La Plata. Tienen carteles que piden aparición con vida. En un momento, compran todos los globos que tiene un vendedor, atan el cartel a los globos, se ponen los pañuelos blancos en la cabeza y el cartel asciende, con el grito impreso entre globos de colores. Hay una foto sacada por Adelina, se ven un puñado de mujeres con pañuelos, de espaldas, un cartel que se levanta entre globos coloridos. Como la mayoría de sus fotos, son sacadas desde abajo, con un enfoque parcial, el que surge de la camarita escondida entre la ropa o al borde de la cartera. El acto de los globos es extraordinario. Valiente, lúcido, imaginativo. Como tantos que han legado esas mujeres. Pero la foto no es menos extraordinaria. Está narrando un comienzo, una fundación, un instante, que para nosotrxs es eternidad. Me gusta esa escena: miran alrededor, buscan entre lo que circula y existe en ese espacio de paseo lo que permitirá irrumpir, ven al vendedor y los globos dejan de ser el regalo lúdico para las infancias para ser un modo de comunicación, una herramienta política, un hecho subversivo.
En esas fotos dispersas sobre unas mesas, en esas conversaciones que se tejen en un filme, un archivo, un libro que recoge otro archivo, laten unos modos de vivir, un estar en la tierra y entre los cuerpos, una osadía política, que son atacados cotidianamente. Serigrafistas queer pensó marzo con la consigna Memoria, verdad y glaciares, y estas fotos, estos archivos, son parte de nuestros glaciares amenazados, pero también imprescindibles, surgentes, vitales. A veces, como los glaciares montañosos, son surcos de agua guardada entre las rocas; otras, luminoso esplendor del agua cristalizada, pero estos archivos terrestres son la garantía última del aire que respiramos.
Martes, 14 de abril de 2026.
*Socióloga, ensayista, investigadora y docente.

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