

Por Rafael Bielsa*
(para La Tecl@ Eñe)
Aquel fue un tiempo en el que los valores quedaban a un paso de distancia. Leíamos mucho y sin cesar; amábamos fuerte y sin resguardo; conocíamos algo y sin prejuicio. Creíamos que casi todos buscábamos lo mismo, los jóvenes y los trabajadores. Quienes se oponían eran pocos e ignorantes, y estaban confinados a reuniones patronales en clubes donde tenían las membresías más exclusivas.
Sentíamos orgullo por ser lo que éramos, había una cultura de la que formábamos parte colectivamente y un orden que se gestionaba a sí mismo. Éramos piezas de un territorio, pensábamos tupido y con precisión; nadie que estuviera adentro podría dañarnos, nada nuestro podría fortalecer a nuestros adversarios. Estábamos arraigados; creíamos que éramos fuertes y unidos. Había pocas cosas impredecibles y no eludíamos nuestras responsabilidades. Teníamos creencias y rituales que nos vinculaban a los demás, y a todos en un espíritu trascendente: veneración y conducta, dogmas y sacrificios, una fuerza que nos elevaba por encima de las circunstancias. Nuestra manera de olvidar los sufrimientos era recordar nuestros destinos.
Un tiempo breve durante el cual masticábamos con devoción y atrevimiento las ideas de Rodolfo Puiggrós, de Juan José Hernández Arregui, de Roberto Carri. Algunos preferíamos algunas, otros preferían otras, y nadie se iba a la cama por la pasión de sacarles punta. Abríamos los ojos con Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y David Viñas, y los cerrábamos cuando el día ya era añejo. Todavía juegan a los dados en mi memoria los sobrevivientes de Walsh, entre los álamos de Conti y el ciclista de Viñas. Acariciábamos con palabras de Gelman, Urondo y Santoro, y nos salpicaban los trazos de Berni, Alonso y Carpani. La suma de todas las formas fue el espíritu.
Entre esos días de marzo se desplomó el Golpe sobre nosotros y se multiplicó la soledad como mejor compañera. Cada día fuimos menos, y de los que faltaban muchos se habían ido para siempre. En algo andarían dijo la gente, por algo sería, algo habrían hecho, un pospretérito subordinado, pero sin condición. Alfredo Zitarrosa compuso “Adagio en mi país”: “Dice mi padre que un solo traidor / Puede con mil valientes”; en 1976, habían pasado 3 años desde 1973, que entonces eran muchos y hoy no es nada. Además, los golpistas gatillaban códigos sociales de supervivencia, fórmulas del habla cotidiana que legitimaban la represión; allí no sólo había uniformes, también estaban la cruz y las velas, mazorcas de maíz y ruedas dentadas. No te metás, el silencio es salud, el que no debe no teme, no conviene saber demasiado: frases que no arrancaban la vida, aunque no se fueron sin llevarse algo que tampoco volvió.
El aparato propagandístico martillaba que los argentinos eran derechos y humanos; que la Argentina era un país en paz, todo fe, fuerza y esperanza; que achicar el Estado era agrandar la nación; que las sillas, ventiladores y heladeras extranjeros mejoraban la calidad de vida porque el progreso venía de afuera y no de adentro. La política de apertura económica y liberalización comercial cerraba una industria a cambio de una radio sin interferencias y aumentaba el desempleo por una pantalla de televisión sin imagen borrosa y falta de definición. En mitad de aquella noche, los argentinos pensaban como herramientas de alguna eternidad pastosa, como si no fueran ellos mismos, como si ya no estuvieran vivos del modo como lo habían estado. Hoy, los relojes son digitales, pero las decisiones rastrean andanzas analógicas.
Pasaron 50 años. No es que los valores hayan cambiado; solo que para llegar hasta ellos hay que transitar discontinuidades y mediaciones. Suceden a deflagraciones que desconectan los rasgos de secuencia. Lo mismo sucede con la cultura; aquella mujer de Walsh, el cazador americano de Conti, los protagonistas corales de Viñas están, como estuvieron, iguales a sí mismos, pero en el mismo lugar en donde estaban. Para recuperarlos hay que ir hacia atrás. Es necesario hilvanar varias cadenas de mecanismos agregados si se quiere garantizar la subsistencia de aquellas ideas.
El Golpe hizo desaparecer a miles de argentinos; a la cultura que nos construyó la crucificó a los palos del recuerdo. Hoy, las mayorías prefieren las opiniones firmes, que cuajan razonamientos preexistentes. Al no compartirse los relatos, sólo hay opciones a favor o en contra, aprobaciones y deslegitimaciones, un archipiélago de confirmaciones posturales. Por debajo circulan los abandonados y sus complejidades; como las estrellas en las noches nubladas, no se los ve, pero ahí están. Las agendas autoritarias añaden neblina, porque no debaten, sino que erosionan y destrozan.
El paso de los años frotó el duelo por nuestros muertos, quienes nos acompañan desde la memoria. En cambio, no lloramos el tajo con aquellos valores y con aquella cultura. Padecemos lo que pasó, porque ni guardamos el luto ni pueden asistirnos hoy como lo hacían. Son días de disfraces, de apariencias rituales, de taumaturgos urgentes y urgidos, de curanderos en pantuflas y curadores con panfletos. El conocimiento es el padre del carácter y la ignorancia la madre de la adulación.
Se cumplen 50 años de cuando se sumergió a una sociedad en la creencia de que era igual el razonamiento motivado por la cultura que el que nace de la simulación; la hicieron renunciar a la capacidad de pensar críticamente. La temperatura emocional del debate público es tempestuosa y personalizada, el formato reemplazó al argumento, pero la condición humana es tan imperfecta como perseverante.
*Abogado y escritor.

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1 Comment
Excelente testimonio y ensayo de Rafael Bielsa. Sumando su poética y lirismo, ni la verdad ni el dolor ceden, sin embargo, ese lenguaje ayuda a imaginar una oda, pero también un grito, plegaria y alerta. Estado de vigilia y de gracia. Muy bueno ! Gracias