

El individualismo no es una responsabilidad de los individuos, sino que responde a consecuencias estructurales. Lo explican la fragmentación productiva y el avance de los mercados sobre la vida social, el neoliberalismo por arriba, pero también las actitudes del progresismo a la neoliberalización por abajo. Los derechos, si no son universales, ¿son privilegios? Algunas “escenas primarias” ayudan a observar las posibilidades y los escollos en la vida social, una dimensión que pasa de largo en el tamiz de las encuestas.
Por Pedro Karczmarczyk*
(para La Tecl@ Eñe)
Una de las convicciones más extendidas de nuestra época es que atravesamos un tiempo de individualismo agudo, extremo. Habría que comenzar por reconocer que a esta convicción le asiste cierto derecho, puesto que el fenómeno nos sale al cruce a cada minuto en distintas circunstancias de la vida. Incluso en la literatura o en las letras de las canciones populares podemos constatar una proliferación del egotismo. Para cierta forma de pensar que se quiere progresista este acoplamiento entre la creencia y la realidad funciona como una justificación, el mundo se volvió odioso, egoísta, el mundo nos regala una oportunidad para moralizar. Se trataría entonces de criticar al individualismo como valor, predicar otros valores, mejores, como la solidaridad o la fraternidad. Las formas discursivas del progresismo adquieren así una pendiente que las inclina hacia el sermón. Si la estrategia fuera exitosa, mucho de lo que decimos podría tal vez dejarse de lado. Sin embargo, está claro que esta cruzada, que puede tomar la forma moralizadora a la que aludimos, o bien la forma de una defensa declarativa del derecho, no está dando grandes satisfacciones sino, más bien, frustraciones profundas.
Tomemos el caso de las últimas dos elecciones nacionales en las que el libertarianismo de Milei se alzó con la victoria, esto es, el balotaje de 2023 y las más recientes elecciones legislativas de 2025. El fenómeno tiene como trasfondo inmediato lo que parece ser una gran división de la sociedad argentina: grandes contingentes sociales se movilizan para vacacionar en el exterior del país, en una sincronización perfecta con recortes severos a los presupuestos de la discapacidad, de la salud en general, de la cultura, la educación y la ciencia. Por añadidura, para quien proteste, hay palos.
El individualismo está en el fondo de una situación en la que el cortoplacismo da el tono general. La representación de lo colectivo parece haber dejado de lado la idea de un continente o contenedor, cuya figura podríamos encontrar en un barco, en el cual, más allá de las disposiciones diversas de unos y otros es imperioso para todos que la embarcación no se hunda. La interdependencia de unos y otros resulta allí clave. Lo colectivo como continente parece haber sido reemplazado por lo colectivo como accidente. La imagen de lo colectivo que prima en el imaginario social es, si no me equivoco, la de unos flujos colectivos más o menos casuales, como la salida de la cancha o de un recital, es decir, una aglomeración en la que el motivo que la convocaba ya caducó (el partido se jugó, las luces del recital se apagaron) y entonces cada quien quiere salir de la situación tan pronto como pueda. Estas y otras aglomeraciones urbanas más o menos casuales, como los flujos del transporte público (trenes, subtes) o los embotellamientos de tránsito ofrecen una representación odiosa de lo colectivo, como fenómeno accidental y como obstáculo.
Esta mutación en el imaginario social obedece probablemente a que la nación ha dejado de aparecer como ese contenedor, continente o, digamos así, como un cobijo. La imagen del barco, a la que aludimos, ofrece algunas facetas interesantes. La primera es que el barco que navega no se reduce a su materialidad, supone una tripulación coordinada, un próximo puerto, esperanzas, temores. La segunda es su dramatismo: un barco puede hundirse. De inmediato aparecen más facetas de la imagen: botes salvavidas para esa contingencia, chalecos flotadores, algunos tripulantes son buenos nadadores, otros son buenos remando. De esta manera, la imagen del barco permite mapear algunas de las direcciones en las que lo social se ha desarrollado en el último tiempo: barrios cerrados, fragmentación de la salud, de la educación, de la cultura, del transporte público, de la seguridad…
Sin embargo, tal vez la imagen más pregnante y arcaica de la representación de lo colectivo como un continente sea la de una casa. A diferencia del barco, cuyo hundimiento nos lleva a pensar en unidades menores pero sin embargo de la misma naturaleza (los botes al fin y al cabo son continentes), la destrucción de la casa nos fuerza a imaginar una supervivencia sin continentes. La tierra, cuando sostiene la casa que habitamos, puede parecernos pródiga, bella, suscitarnos apego, pero cuando la casa queda reducida a escombros, se la ve de otra manera. Destruida la casa, queda la intemperie, una tierra que ofrece sostén, pero no cobijo. Reducida a su condición de mero sostén, la tierra es, como medio vital, menos imperativa que el agua, pero el alivio no durará mucho, porque una tierra que no ofrece cobijo, que no se puede habitar, queda reducida a suelo, es decir, la destrucción de la casa nos enfrenta con una figura descarnada de la intemperie.
Ya podemos avanzar un poco hacia lo que quiero sugerir en este ensayo, que es algo muy sencillo, casi banal, pero que así y todo, requiere a mi entender ser enunciado y pensado. Acá va: el individualismo con el que nos enfrentamos es sobre todo un resultado de procesos que desembocan en la situación actual, una consecuencia de naufragios y demoliciones.
Avancemos una primera aproximación: es la intemperie la que da por resultado formas de darwinismo social, “¡sálvese quien pueda!”. La fórmula es inexacta, pero no la reclamamos más que como un comienzo. Es un comienzo porque deja algo afuera, sitúa el individualismo por referencia a algo, el barco que se hunde, la vivienda destruida o la nación rota. Y en la medida en que nos reclama entender algo, indica que la tarea práctica con el individualismo no es condenarlo, hacer de él un anatema, sino entenderlo. El enojo y la condena moral frente al individualismo son, al fin y al cabo, una forma más del individualismo, pues quien condena se exceptúa a sí mismo, obtiene una cierta satisfacción de esta autoexclusión, pero esta imputación de responsabilidad supone una premisa asumida con ligereza (“el individualismo es una responsabilidad e los individuos”) que vale la pena revisaron cierto cuidado.
Neoliberalismo
En un interesante artículo aparecido en un libro sobre El neoliberalismo tardío (Buenos Aires, FLACSO, 2017) Eduardo Crespi y Javier Ghibaudi desarrollan un argumento que viene al caso. Como resultado de las transformaciones del capitalismo desde los años sesenta del siglo pasado, asistimos a una fragmentación de la producción conocida como “crisis de la integración vertical” de las unidades productivas. La integración vertical de las unidades productivas llevaba a que las relaciones mercantiles tendieran a reducirse a la venta del producto final. Dicho de otro modo, una misma unidad productiva y administrativa integraba no sólo los diferentes procesos productivos parciales o intermedios que llevan a la producción de un bien, por ejemplo un auto, sino que también incluía departamentos de contabilidad, publicidad, transporte, seguridad, limpieza, etc. La crisis de la integración vertical llevó a que muchas de esas actividades parciales sean ofrecidas por sociedades y contratistas, multiplicando el número de firmas y emprendedores y también el de los intercambios mercantiles.[1]
En consecuencia, allí donde Marx y Engels veían, en el Manifiesto del Partido comunista, que el propio desarrollo del capitalismo produce a sus sepultureros, debido a que el desarrollo de la industria rompe el aislamiento entre los trabajadores entre sí, facilitando su asociación, la fragmentación productiva a la que aludimos revierte este proceso. La ruptura de la integración vertical implica una proliferación de los intercambios mercantiles y una virtual expansión de los mercados en la vida social. Esto cambia, evidentemente, las condiciones estructurales en las que se establece la relación entre producción y política. Las representaciones también cambian, surge lo que algunos han llamado un “nuevo espíritu del capitalismo”. Por arriba, la figura del gerente, ocupada en maximizar la eficacia de una unidad productiva a mediano o largo plazo, es reemplazada por el CEO. En los años cincuenta del siglo pasado la preponderancia de la figura del gerente daba pie a argumentos acerca de una convergencia entre capitalismo y socialismo, debido a la importancia creciente de la planificación, en los cuales, dicho sea al pasar, se basa el peculiar uso de términos como “socialismo” y “comunismo” que exhiben los libertarianos. Con la crisis de la integración vertical la figura del gerente se ve reemplazada por la figura del CEO, que debe asegurar la mayor rentabilidad posible a corto plazo, lo que lleva a que las asignaciones de inversiones de capital estén cada vez más fuertemente mediadas por el mercado financiero. Como consecuencia, surge también una nueva figura del trabajador, distinta de aquella figura clásica del proletario que tiene fuertes estímulos estructurales hacia la acción colectiva, hacia la asociación. La nueva figura del trabajador, llamémoslo “sujeto neoliberal”, remite a individuos que suelen operar en grupos pequeños, o incluso de manera aislada y que en esta medida ven reducidos sus estímulos estructurales a la asociación.
En el contexto de su argumentación, Crespi y Ghibaudi hacen una afirmación sobre esta nueva figura del trabajador que queremos destacar, porque golpea en la línea de flotación de las certezas progresistas: “Este nuevo sujeto es neoliberal incluso antes de interpretar la política o enfrentarse a los medios de comunicación.” (op. cit., p. 33) Con ello se alude a una situación en la cual las condiciones de trabajo no promueven, e incluso desalientan, la idea de que los beneficios individuales estén mediados por la acción colectiva. La leyenda o mito del self-made man tiende a ofrecer un atractivo tanto más potente cuanto que las condiciones estructurales favorecen la competencia, de modo que la autoestima alta y la resiliencia son condiciones, no ya de trayectorias excepcionales (como el mítico desplazamiento de mendigo a millonario) sino de la supervivencia diaria más elemental. Del mismo modo que quien, resbalándose y cayéndose aparatosamente frente a una multitud se levanta rápidamente y se recompone imaginariamente sacando pecho, adoptando el famoso “pechito argentino” con cara de “acá no ha pasado nada”, la nueva figura del trabajador, el “sujeto neoliberal”, debe superar prontamente las inevitables caídas y tropiezos para poder enfrentar el pluriempleo, la competencia con sus compañeros, etc. Lo que queremos indicar cuando decimos que el individualismo no es una responsabilidad de los individuos es que estas actitudes no son, en último término, decisiones individuales, sino respuestas a constricciones estructurales, no satisfacerlas equivale a quedar afuera.
Decíamos más arriba que esta situación es un resultado. El asunto parece estar claro respecto de la naturaleza de los factores que han impulsado la fragmentación productiva y la re-territorialización de las unidades productivas hacia lugares que ofrecían menores tradiciones de lucha, es a fin de cuentas un proceso político, cuyos nombres son neoliberalismo y globalización. David Harvey, en su todavía proteico Breve historia del neoliberalismo y en otros textos identifica con claridad que el vector dirigente de este proceso ha sido la reconstitución del poder de clase de la burguesía, la reconstitución de su capacidad de dominio sobre toda la sociedad.
El argumento podría extenderse, ampliarse, matizarse, pero creo que ya nos ofrece un punto de apoyo para organizar nuestra reflexión. En efecto, la acción de los medios de comunicación, a la que muchas veces se le endilga la parte del león en el crecimiento de las nuevas derechas, no opera, si este argumento es correcto, de la manera en la que clásicamente se concibe a la ideología, esto es, en el sentido de deformar o enmascarar una realidad, si es que vamos a entender por realidad aquello que podemos reconocer por medio de una experiencia individual más o menos generalizable. Por el contrario, la acción de los medios de comunicación más bien parece asentarse sobre un cúmulo de certezas que corresponden bien a la situación en la que los individuos reproducen sus condiciones de vida, ofreciéndoles una confirmación de sus certezas a través de diversas articulaciones discursivas, cuya importancia no desdeñamos, pero cuya eficacia tampoco sobredimensionamos.

Progresismo
¿Se puede tratar de recuperar este argumento en un sentido progresista? Creemos que sí. Pero para ello hay que atender a que la neoliberalización no es sólo un proceso que ocurre por arriba, sino uno que ocurre también por abajo.
En efecto, el neoliberalismo supuso el reemplazo de las formas socioeconómcas existentes hasta entonces. Concretamente, supuso el desmantelamiento del estado de bienestar, allí donde lo había, y ganó nuevos bríos con la caída del bloque soviético. La narrativa corriente tiende a proponer a la crisis del bloque soviético como una confrontación de modelos de la que saldría prístina como conclusión la naturaleza insuperable del capitalismo. Sin embargo, las cosas son un poco más complejas. El neoliberalismo avanzó por arriba primero en la periferia, a partir de los golpes de estado de 1973 en Chile y de 1976 en Argentina, pero en los países centrales avanzó también, y en primer lugar, por abajo. Como consecuencia, entre otros factores, de las luchas anticoloniales y antiimperialistas de mediados del siglo XX, los años sesenta y setentas fueron testigos de grandes flujos de fuerza de trabajo migrante. Ahora bien, esta fuerza de trabajo no fue acogida por las organizaciones históricas de la clase trabajadora de los Estados de bienestar. Está claro que los migrantes representaban una competencia potencial para los trabajadores ya emplazados e integrados en los sindicatos. Pero esta situación es estructural, es la condición de existencia de la clase, de manera que, si no se la resuelve en el presente, se la deberá enfrentar, en perores condiciones, en un futuro no muy distante. Un ejemplo puede servirnos para ilustrar este punto, Étienne Balibar, un importante filósofo francés, suele recordar en distintas entrevistas las tensiones, que finalmente lo llevarían a la ruptura, que tuvo con el Partido comunista francés, de amplia influencia en los sindicatos por entonces, debido a su militancia entre migrantes e indocumentados a fines de los setentas.
Esta imposibilidad de dotarse de una política activa hacia los nuevos sectores de la clase trabajadora introducía una nueva fractura en el seno de una clase trabajadora, que ya se había dividido como consecuencia del “gran regateo” socialdemócrata entre aquellos que confiaban en que un horizonte de creciente igualdad podía obtenerse en el marco del capitalismo y aquellos que conservaban el horizonte anticapitalista o revolucionario.
También en nuestro país hubo un déficit en las políticas que las organizaciones sindicales y políticas vinculadas a la clase trabajadora tuvieron respecto de contingentes de fuerza de trabajo que no se adecuaban a sus categorías e intereses inmediatos, ya sea por ser migrantes o por haber sido expulsados de la estructura productiva debido a su reestructuración. No es un dato menor que las organizaciones que emergieron a raíz de la alta desocupación que acarrearon las reformas del menemismo emergieran a la superficie de la política sobre todo a través de formas de organización autónomas, como la de los piqueteros. Esta autonomía es y era una virtud, pero también es un síntoma. Es un síntoma de que las organizaciones clásicas de la clase trabajadora tuvieron un retraso fatal para comprender que sus intereses van de la mano con los de los trabajadores desocupados o excluidos, que son los que regulan el mercado de trabajo. Si extendemos esta reflexión al conjunto de trabajos realizados hoy bajo formas precarias, cuyas dificultades estructurales para desarrollar una acción colectiva ya hemos señalado, es inevitable reconocer que el problema nos acompaña en la actualidad. Es a nuestro entender, junto con la fragmentación de la producción, una de las pantallas de fondo contra las cuales debe apreciarse el individualismo.
Recapitulemos un poco. Los progresistas somos herederos de la Ilustración. En esa medida tendemos a confiar en la fuerza reveladora de la verdad. La verdad es indice de sí misma y de lo falso, “…como la luz se revela a sí misma y revela a las tinieblas.” decía Spinoza, no sin antes reconocer que el cultivo de la verdad y de la razón está vinculado a la formación de una sociedad donde esas discriminaciones (verdadero-falso) pudieran ser realizadas con la mayor seguridad por el mayor número posible. Dicho esto, podemos indicar que la denuncia de las operaciones de los medios de comunicación es una tarea irrenunciable, pero no es un programa. La tarea es irrenunciable, y debería llevarse adelante, ya que posee alguna eficacia, pero sin “contarse historias” respecto a la misma. Entiéndase bien, no se trata de negar la fuerza del discurso, sino de situarlo. En efecto, en un contexto como el que describimos, para importantes contingentes humanos el individualismo no es una opción, sino una certeza vital indispensable para reproducir sus vidas. Confundir la certeza vital, detrás de la que discernimos un imperativo estructural, y la certeza epistémica es un error común, y muchas veces fatal, en el abordaje de la vida social, al menos desde Dilthey. Los medios de comunicación trabajan sobre esas certezas en términos discursivos. Si al fenómeno lo ubicamos, además, en el contexto de una crisis profunda de la educación pública elemental y media desde los años 1990, y que hasta hoy no se ha revertido, que implica una desposesión simbólica importante, y añadimos además el cambio en la gramática de las comunicaciones, las expectativas sobre la fuerza del puro discurso como arma de conversión ideológica deberían ser moderadas.
¿Esto significa que el progresismo debería dar vuelta la página y abandonar la Ilustración como marco interpretativo y como cantera de inspiraciones? Me parece cuanto menos apresurado. La ilustración es una gran tradición, variopinta. A mi entender, antes que abandonarla hay que considerar que la creencia en el valor transformador de la verdad es solo uno de los elementos del discurso ilustrado. Insisto para que no queden dudas, no se trata de descartarlo, sino de situarlo. En efecto, un vector al menos tan importante como aquel es la arremetida del discurso ilustrado contra la idea de diferencias naturales entre los hombres, de acuerdo a las cuales unos, los nobles, serían distintos por naturaleza, se habla así de “sangre azul”, mientras que otros, los simples, de sangre roja, serían asignados por naturaleza al trabajo manual.
Allí podemos encontrar probablemente una de las herencias más valiosas del iluminismo, la idea de que un derecho, si no es universal, es un privilegio, una prerrogativa. La idea conserva filo analítico y político hoy en día. El problema probablemente radica en lo que supimos y no supimos hacer con ella. Esta idea ilustrada es una herramienta para criticar lo dado y podría ser una herramienta para construir futuro. En todo caso, creo que sirve para pensar una crisis de la democracia cuyas causas no son sólo externas, el autoritarismo y la autocracia o incluso el individualismo, causas que vendrían vaya uno a saber de dónde, sino a partir de causas internas a la propia democracia. Dicho de otra manera, hay un desgaste de la democracia que surge de su propio ejercicio. La Argentina de Milei, el Chile de Kast, el Brasil de Bolsonaro, Vox en España, etc., son fenómenos que surgen en el interior de regímenes que realizan elecciones periódicamente, regímenes democráticos entonces según el uso corriente de la expresión. La cuestión es entender cómo los sistemas democráticos que realizan elecciones periódicas se desgastan o deslegitiman a sí mismos.
El fenómeno es complejo, sin lugar a dudas, pero, como en toda complejidad, también en esta hay nudos, síntomas. A propósito de la elección de Milei se ha hablado mucho de que los trabajadores precarizados que se vuelcan a la ultraderecha escuchan con indiferencia o desdén el discurso progresista que indica que la ultraderecha viene por los derechos del pueblo. Pero si observamos la situación desde la perspectiva que proponemos, entonces resulta que estos jóvenes precarizados, es decir hiperexplotados, tienen un punto a su favor: ellos son parte del pueblo y disfrutan de muy pocos o casi ningún derecho. No se trata de justificar el diagnostico que usualmente se les atribuye: la conveniencia de expandir su propia desgracia. Se trata más bien de intentar comprenderlo. Es evidente que este diagnóstico es una pasión triste, fruto de la impotencia. Pero un proyecto político emancipador, es decir, la construcción de una pasión alegre que aumente nuestra potencia y nuestras capacidades al asociarnos no antagoniza con las pasiones tristes como el agua con el aceite, no plantea una disyunción excluyente, y en consecuencia no puede dejar de reconocer que ahí tienen un punto, y que se trata de un punto ilustrado: un derecho que no es universal es un privilegio.
El contraste entre impotencia y potencia nos llevó a hablar de la tristeza asociada a la impotencia y al individualismo y de la alegría asociada a la potencia de la emancipación. Podemos entonces dar un paso más y hablar del humor social como de una dimensión que, sin poder constatarse estrictamente, marca las situaciones y los devenires. El humor social en tanto virtualidad, remite al tiempo. Ahora bien, en términos políticos el tiempo se denomina proyecto.
La tensa relación entre derechos y universalidad estuvo siempre en el candelero político. Cuando se la dota de un horizonte temporal puede abrirse a un desarrollo controversial, dialéctico. La cuestión clave del momento actual parece ser que se ha desvanecido un horizonte temporal para la misma. Anulado el horizonte temporal, en una situación en la que mañana no puede concebirse sino como una repetición de hoy, la fórmula queda reducida a su función más elemental, la que debería disparar la dialéctica, pero que en ausencia de un horizonte temporal deviene una pura constatación: los derechos existentes no son universales, por lo tanto no son derechos, sino privilegios. Jean Paul Sartre representó en A puerta cerrada la idea del infierno como una habitación cerrada, sin salida, en la que tres personajes estaban condenados a ser mirados eternamente por los otros dos.
La última imagen potente del futuro en el imaginario popular fue la frase alfonsinista según la cual “Con la democracia se come, se educa, se cura, se trabaja”, y habría que reconocer que si dejó de suscitar esperanzas populares no fue por impaciencia, sino porque con la democracia varios de estos ítems se movieron en sentido contrario. El problema con el “posibilismo”, con la actitud que restringe sistemáticamente el campo de acción de la política en función de los factores fácticos de poder o de la correlación de fuerzas, no está tanto en sus efectos en presente, en lo que se dejó de hacer en función de una imagen congelada de lo posible, sino en haber anulado el futuro. El libertarianismo, y antes el menemismo, propusieron a su modo imágenes del futuro, la de una futura argentina potencia que requiere el sacrificio de una generación. La clave de su éxito tal vez resida justamente allí, en la osadía de proponer un relato, relato simplón o incluso una estafa, puesto que enmarca la experiencia presente como presente, la hace aparecer como pasajera, aun si esta se torna más dolorosa.
Volvamos ahora a la arena política. La divisoria de aguas parece ser hoy la discusión sobre el rol del Estado en la sociedad. La decisión a favor o en contra de la “intervención del Estado” no agota la cuestión. El progresismo se ubica naturalmente a favor de la intervención del Estado, pero esta opción no puede evitar estar atravesada por el humor social que subyace a la misma. Una concepción paternalista de los derechos sociales construye la idea de beneficiarios pasivos de la ayuda social, lo que suscita toda una serie de conflictos en el interior de la sociedad. La idea de una interdependencia de lo social, la idea de que la sociedad se construye en base al trabajo de todos, presupone, por el contrario, que los portadores de los derechos lo son en tanto actores sociales, es decir, en función de la contribución real o potencial de cada cual a la sociedad. Mientras la primera puede ser dispersa y errática, la segunda debe por fuerza tener un carácter integral y sistemático.
Escenas primarias
Si este diagnóstico no es erróneo, lo que se sigue es que probablemente la tarea actual del progresismo sea más bien dejarse atravesar por una interpelación que proviene desde sectores importantes del pueblo, incluso si esta interpelación viene en las formas más oscuras, tristes y reactivas. Se trataría de hacer una apuesta tanto por una escucha de lo que hace síntoma en la realidad social como por identificar, abrirse, impulsar y participar en las formas de inventiva popular que intentan dar respuestas a los problemas inauditos que plantea nuestro tiempo.
En su magnífico Todo lo sólido se desvanece en el aire (Buenos Aires, Siglo XXI, 1989), Marshall Berman llamaba la atención sobre distintas situaciones que denomina “escenas primarias de la modernidad”, escenas que surgen en la vida cotidiana concreta pero que encierran una resonancia y una profundidad, que las convierten en símbolos de la vida moderna. Se trata de situaciones que, comprensiblemente, pueden encontrarse en la literatura y que, en su caso, dan cuenta de transformaciones de la sociedad que se expresan con peculiar acritud en la vida de las grandes ciudades. Las “escenas modernas primarias” son “…encuentros en las calles de la ciudad, elevados a la primera intensidad (…) al punto de que expresan posibilidades y escollos, estímulos y atolladeros fundamentales d ella vida moderna.” (p. 236) Así, en el poema “Los ojos de los pobres” (El spleen de París, nº 26) de Baudelaire, la mirada de una familia de harapientos que cae sobre una pareja de enamorados sentados en un flamante café en una de las esquinas de un también flamante bulevar en la París del siglo XIX suscita en la pareja reacciones tan divergentes que dejan entrever que el idilio que los envolvía se ha fracturado para siempre. Él siente que, bajo la nueva luz que lo exhibe ante la “familia de ojos” de los desarrapados, su felicidad es un privilegio de clase. Ella, en cambio, exclama “¡Esa gente me está siendo insoportable con sus ojos tan abiertos como puertas cocheras! ¿Porque no pedís al dueño del café que los haga alejarse?” A partir de allí es imposible imaginar la continuación del idilio.
Otra escena recogida por Berman proviene de la primera novela de Dostoievski, «Pobres gentes», publicada en 1845. Makar Devushkin, el protagonista de la novela es un oficinista, culto y sensible pero pobre. En sus ensueños se cruzan la literatura (escribir un libro) y la Avenida Nevski, la moderna arteria urbana que, como los bulevares de París, propicia el encuentro de clases las sociales, en la que Devushkin podría pasearse como escritor (ser alguien). Pero estos ensueños se ven ensombrecidos por sus zapatos mil veces remendados, Devushkin no puede remediar que aparezcan en sus ensoñaciones, es decir, que en sus sueños irrumpa la mirada de un otro implacable. Berman nos explica algo que convendría tener en cuenta hoy en día: “En la Rusia de la década de 1840 (…) una sociedad que combina unas modernas comunicaciones de masa con unas relaciones sociales feudales, esta promesa es una burla cruel. Los medios de comunicaciones que parecen reunir a las personas -calle e imprenta- solo hacen más dramáticos el abismo entre ellas.” (p. 214)
Toda una generación de intelectuales argentinos encontró en Roberto Arlt una cantera de escenas primarias de nuestra vida común. El análisis de Oscar Masotta del cuento “Las fieras” sigue siendo probablemente fundamental para entender el silencio de las clases populares. Por mi parte, querría concluir con una pequeña escena profundamente artliana. En su tango “¡Qué me van a hablar de amor!” Julio Sosa presenta una figura crepuscular que se dispone a dar un consejo que nadie le reclama acerca en las cosas del amor, donde dice que nada tiene que aprender, pero en realidad, bajo una pátina de suficiencia, este consejo no es más que la expresión de su quebranto. Este personaje, que se autoriza como consejero por ser baquiano de una vida que ha atravesado dando tumbos, le da un giro dramático a la escena dostoievskiana, cuando dice: “comprendo que en la vida, se cuidan los zapatos, andando de rodillas”. Es este andar de rodillas, escamoteado, pero sin embargo alcanzado por la mirada fulminante del otro, sus condiciones y sus consecuencias, lo que habría que escrutar y escuchar, en el pueblo, pero también al interior del progresismo.
Referencias:
[1] Una de las consecuencias de este proceso es una suerte de error de paralaje en las mediciones, ya que actividades que antes eran contadas como actividades industriales, los trabajadores empleados en el departamento contable o de transporte de una fábrica de autos por ejemplo, pasan a ser computados en otra columna.
Viernes, 27 de febrero de 2026.
*Docente UNLP, Investigador en CONICET.

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2 Comments
Interesante análisis. De cualquier manera lo de los derechos que no son universales es por lo menos, para debatir, sino justificación de ignorancia en muchos casos. Gracias.
Gracias por el comentario César. Naturalmente que es para debatir, pero no estoy seguro de entender el sentido de tu observación. El carácter puramente declarativo de muchos derechos y la llegada muy diferente que tienen entre la población en términos de acceso efectivo me parece evidente. En otro sentido, si por justificación de ignorancia se quiere decir que los derechos no rigen porque los portadores no los conocen, es posible que en algunos casos sea cierto, pero en general no alcanza con conocer los derechos, hay que disponer de medios para hacerlos valer, etc. En fin, esto por ahora. Saludos, Pedro