

El gobierno bajo el cual se van a conmemorar los cincuenta años del golpe de 1976, es el de una decidida transformación económica que sabe que para persistir debe ser cultural.
Por María Pía López*
(para La Tecl@ Eñe)
Medio siglo. Al año del golpe del 24 de marzo de 1976, Rodolfo Walsh escribió su “Carta abierta de un escritor a la Junta militar”. Vale la pena releerla, una y otra vez. Narra la crueldad, las torturas sin límite ni tiempo, las desapariciones, los campos de concentración, los enfrentamientos fraguados. Escribe una frase inolvidable: “estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”. Porque todo eso está al servicio de otro crimen: el de transformar la estructura social argentina, despojando de derechos a las clases trabajadoras y condenándolas a la miseria planificada. Leerla, ahora, cuando gobiernan los herederos de ese plan económico y de esa ingeniería de transformación social, es fundamental. Permite advertir que no está en el pasado, sino que late en una actualidad insomne, la de la reforma laboral, la de la privación de derechos, la de la persecución de todo lo que construye lazo social y lógicas cooperativas. Hoy como ayer se trata de modificar el alma, la subjetividad, los modos de vida.
Ya en el período democrático, Fogwill volvió sobre la discusión respecto de cómo interpretar el terrorismo de Estado. En “La herencia cultural del Proceso” sostuvo que la insistencia en denunciar y mostrar los crímenes del poder concentracionario arrojaba un velo de sombras sobre sus beneficiarios. El show del horror impedía pensar en el modo en que la estructura social argentina se había transformado en un desbalance trágico para las clases populares. Pero no sólo se trataba de una cuestión distributiva sino de una modificación de los modos de la acumulación, de la clase empresarial y del lenguaje mismo. Todo eso lo narra, además, la novela «En otro orden de cosas», donde la época aparece como una fuerza organizadora y mandante.
Walsh y Fogwill están pensando, con casi una década de diferencia y muy distintos compromisos políticos, en que la crueldad no es gratuita, que tiene una efectividad y unos beneficiarios muy concretos y que olvidarlo impide comprender la lógica misma de la violencia. Y, agrego, se vincula también a una reducción de las insurgencias a una rebelión desgajada de la lucha de clases. Fogwill está escribiendo en los años del alfonsinismo, cuando es hegemónica la narración del filme La noche de los lápices, en la que la represión se descarga sobre un conjunto de estudiantes secundarios que no son presentades por su militancia orgánica sino por la pelea por el boleto estudiantil. Años en que se discutía la crueldad mostrándola como arbitraria y gratuita.
Ese movimiento lleva a la condena de sus ominosos ejecutores directos y a la complacencia con respecto a los sectores que acompañaron la dictadura desde la sociedad civil, como el empresariado que haría uso de las ventajas del terror: del ingenio Ledesma a la Ford. Pero también de quienes se enriquecieron por la dinámica financiera y la estatización de la deuda privada externa. La imprescindible condena de los ejecutores se acompañó de un silencio, de un olvido, de una elusión. Carlos Blaquier, dueño del ingenio jujeño, responsable del apagón en el que secuestraron y desaparecieron desde obreros al médico del pueblo, murió sin condena. Y si durante un tiempo el expediente en el que se lo intentaba juzgar se movió, fue por la formidable acción del movimiento Tupac Amaru. A fines de 2015, la dirigente Milagro Sala fue encarcelada -prisión que perdura hasta hoy- y el trámite judicial que refería a Blaquier retomó la morosidad habitual. Ahí, en ese contrapunto, se ve la evidencia más clara de un antagonismo que no cesa de aparecer, una y otra vez, de modos dramáticos en la historia argentina. Y que hoy, a cincuenta años del golpe, vemos emerger como revancha clasista y amenazante.
Decirlo así, ¿significa que importa menos el tipo de violencia ejercida, porque lo relevante es el modo en que ella produce tramas económicas, como si estuviéramos, en el agobio del presente, volviendo a una explicación economicista? Más bien se trata de pensar una cierta materialidad: no hay economía que no implique subjetividad, afectos, ideas, modos de hacer. La cuestión es la modificación del alma y eso es una disputa que hace a la economía, a la cultura y a la política.
La división entre esos planos es lo que señalan como problema los textos de Walsh y de Fogwill. Al pensarlos como ajenos se hacía posible juzgar una política mientras se preservaba una cultura y una economía, condenar a los ejecutores y operar livianamente sobre sus consecuencias. Por eso, la herencia cultural es el problema: cultura no es el nombre de un conjunto de representaciones que podamos considerar separadas de las fuerzas materiales, sino aquello que las organiza. La transición democrática se esforzó en esa división, en volver la cuestión sólo política: preservar la institucionalidad de nuevos golpes, evitar la recaída en la criminalidad militar. El kirchnerismo tensó un poco más las cuestiones al traer la pregunta por la reparación de la desigualdad y reponer la atención sobre el antagonismo social. Tuvo dos rostros, uno de continuidad con el alfonsinismo, institucionalista, capaz de pensar la cultura desgajada de la economía; y otro, de resonancia de las luchas sociales que encontraron su síntesis alrededor del 2001.
El gobierno bajo el cual se van a conmemorar los cincuenta años del golpe de 1976, es el de una decidida transformación económica que sabe que para persistir debe ser cultural. En los últimos meses del 2019, Horacio González fue entrevistado por la Agencia Paco Urondo. Ante la pregunta sobre lo que se debía aspirar o esperar de las políticas culturales de un nuevo gobierno, respondió: “La cultura es lo que nos baña, nos identifica, lo que nos hace hablar como hablamos y discutir como discutimos. Por lo tanto, yo diría que no es lo último. La cultura es la estructura secreta de todo lo que se hace, incluso en materia de economía.” Esa idea, la de que la cultura es la estructura secreta de todo, anima la llamada batalla cultural que lleva adelante la ultraderecha. Mientras en el campo de los movimientos y partidos democráticos y populares aparece, no pocas veces, la idea de que lo cultural es superfluo o secundario, las derechas más agresivas saben que las permanencias se juegan en esa dimensión simbólica y material a la vez.
Fogwill cuando habla de herencia cultural del proceso, y González cuando considera la cultura como la estructura secreta incluso de la economía, están señalando esa imbricación materialista, cuya comprensión implicaría no tratar de modo ingenuo los símbolos y las representaciones (porque no dejan de funcionar como arquetipos de formas vitales) ni de pensarlos como reverberación o reflejo de una verdad económica que los preexiste.
A cincuenta años del golpe, cuando gobiernan sus herederos, estamos obligades a pensar en esa dimensión cultural, en las fábricas del alma, en las maceraciones de la sensibilidad. En el modo en el que no se pueden separar los trabajos, las creencias, los afectos, las finanzas, tenemos que pensar esas modificaciones de largo plazo que tuvieron una fecha fundamental el 24 de marzo.
El gobierno de sus herederos combate o desconoce el pacto del Nunca Más sobre el que se estructuró gran parte de la política de las últimas cuatro décadas. No alcanza con responder a ese ataque con una interpretación institucionalista, porque esa dimensión -la de las instituciones del voto y del parlamento- es la que intentan preservar mientras llevan adelante la batalla cultural. Rehacer ese largo camino encontrando los nudos del disciplinamiento social, de la imbricación entre lógicas económicas y subjetivas, de la politización de la vida, quizás nos permita encontrar unos modos de resistir. Nada es pasado. Tampoco las resistencias.
*Socióloga, ensayista, investigadora y docente.

La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Alias de CBU: Lateclaenerevista
1 Comment
Cómo siempre excelente y con precisión quirúrgica Maria Pia!
Pd: acabo de transferirles, me confirman porfis