

La tecnología nos cambia. En las últimas décadas, demasiado. La escuela se resiste a admitirlo. No toda. Las Jornadas de Educación Digital son la excepción.
Por Hernán Sassi*
(para La Tecl@ Eñe)
I.
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.
“Para una versión del I King”, de Jorge Luis Borges
Hasta ayer, la voz de orden había sido “una PC por estudiante”. No quedó gobierno sin acatarla. Hoy cunde el pánico: se prohíbe el celular en aulas más que en calabozos. No es esquizofrenia. Es mareo. Como en casa, en la escuela no sabemos qué hacer con la pantalla, y mucho menos, qué hace ella con nosotros. Perdidos y sin ánimo de encontrar salida. Así estamos.
“La informática no se ocupa de ordenadores, sino de la vida misma”,[1] dijo un gurú de la nueva era. Jirones de pasado, fechas de cumple de seres queridos, nombres de calles y de trayectos ayer recordados y ya perdidos. La pantalla tira y no afloja, deja del cyborg que somos –mitad cibernéticos, mitad orgánicos– un “ser digital” hiperconectado sin atadura a nada ni a nadie.
Organizadas por la Dirección de Tecnología Educativa, en La Plata un foro invita a pensar lo que queda de nosotros a merced del algoritmo. También, lo que hacemos sin morir en el intento. Primer encuentro, el año pasado; hace unos días, a 15 años del inicio del Plan Conectar Igualdad, el segundo.
Las Jornadas de Educación Digital no se parecen ni a encuentros de formación docente ni al congreso de sabihondos ávidos de sumar una línea en el CV. Dedicadas a pensar en serio nuestra esclavitud a las máquinas, pero sobre todo, cuánto podemos hacer con lo que aún no entregamos de humanidad a su merced, son un foro vivo. Como el año pasado a M. Martín y S. Novomisky, decenas de docentes, estudiantes y directivos de escuelas, este año escuchamos, entre otros, a R. Morduchowicz, S. Stura y A. Artopoulus, estudiosos de la Técnica, y de cuánto y cómo cambió los modos de sociabilidad, la percepción del tiempo y del espacio, la capacidad de atención y la memoria, procesos que atraviesan, desde ya, lo que pasa en un aula.
A contrapelo de este siglo sin maestros, en esta jornada aún se confía en la clase magistral, pero también en la transmisión de saberes entre pares. En ese diálogo nos enteramos de que en una escuela rural se juega a la NASA; y en la Pampa húmeda, otra, con uso de herramientas digitales, sueña ser extensión del CONICET. Bibliotecarios se valen de nuevos dispositivos para el acceso a libros, que juntan polvo en anaqueles, pero gracias a la tecnología, están disponibles en el celular. Pibes crean una aplicación para hacer visibles en la red comercios de vecinos de una pequeña localidad, otros incluyen inteligencia artificial para interactuar con próceres de nuestra historia y otros arman robots. Aprenden con la tecnología sin el miedo de las instituciones formativas, donde usamos a tientas la inteligencia artificial, pero la vedamos a estudiantes.
Mientras ese foro enseña a perder inocencia y miedo a la tecnología, en la escuela la grey analógica resiste. Como la hermandad cristiana en el despunte de la Modernidad, nos cuesta aceptar que algo cambió. Es entendible. Un cambio de época no se da todos los días. Nosotros seguimos aferramos a la Pedagogía del oprimido sin saber de estudiantes usuarios descriptos en un libro que decidimos no leer, Pedagogía del aburrido. Nuestro aggiornamiento, en materia de lectura, llegó no más que a los 80, cuando Internet ni estaba en pañales. La verdad es que leemos mucho más que cuando la “caja boba”. Pero leemos de otro modo –de un modo distinto en pantalla que en papel, según confirman especialistas de todo tipo–, del mismo modo acelerado en que vivimos. Tecnofóbicos, y más esclavos que nadie de la tecnología, rehusamos dejar atrás el mundo analógico y pedimos a estudiantes que identifiquen “partes de una noticia”, cuando ese género prácticamente ha desaparecido y no hay diario de papel si la maestra lo reclama en el aula.
Sin aviso, al mundo en que crecimos lo sucedió la “sociedad de la información” que, manirrota, difunde datos valiosos para timbear, comprar, irse de vacaciones, tener sexo y hasta cumplir con la tarea escolar. En este mundo, ajeno a la sociedad del conocimiento previa, la inteligencia artificial brinda mejor información que cualquiera de nosotros; de ahí el temor y la tirria docente.
Antes de intentar hacer algo en el tembladeral, melancoleamos por lo perdido. Y es entendible porque eso que también nos sostenía (familia aliada, Estado presente, burocracia sólida; es decir, un dispositivo escolar como máquina aceitada) se vino abajo. Estas jornadas, grieta entre la visión tecnofóbica y una tecnofilia presente en propios y extraños, sirven para hacer el duelo por lo pedido cuanto para orientarnos en modos actuar.
II.
El mayor cambio que se está produciendo en nuestro mundo es probablemente el impulso de lo vivo hacia la cosificación, y al mismo tiempo, la entrada recíproca de lo mecánico. Ya no tenemos categorías puras de lo vivo contra lo no vivo. [De ahora en más], habrá entidades híbridas que tendrán un pie en ambos mundos a la vez.
“El hombre, el androide y la máquina” (1975) de Philip K. Dick
La era de la informática se abrió con una adopción acrítica. En el país, no hubo distinción ideológica. Se entregaron millones de netbooks a estudiantes en la gestión kirchnerista y kits tecnológicos por escuela con Macri. La derecha continúa su romance con la máquina. En los diseños curriculares a su cargo se admite que “los sistemas educativos del Siglo XXI están signados por importantes y vertiginosas transformaciones”,[2] entre ellas, la tecnológica. Advertidos del cambio, ubican en primer plano contenidos abocados a la “ciudadanía digital”. Pero dado su perfil pro-empresario, proponen una adaptación acrítica a la Técnica, opuesta a cualquier tipo de ciudadanía. Según esta visión, la escuela está para formar operarios de drones (opción estimable de trabajo del entonces Ministro E. Bullrich), ensambadores de robots (de ahí la inclusión de Robótica como materia) y esclavos de la inteligencia artificial (uno de los sueños de Milei).
En una aparente vereda opuesta, la comunidad educativa no acepta que “tiene un pie en ambos mundos” y se refugia en la tecnofobia. A regañadientes incluye contenidos para pensar, o cuanto menos para asumirnos parte del cambio, y apela a entornos virtuales porque no queda otra. Estas jornadas son la excepción que confirma la regla. Son, además, prueba de que tecnofilia y tecnofobia son extremos que se tocan. Del ideal griego a la “tercera posición”, el punto medio es brújula valiosa cuando reina el desconcierto y los extremos no dan en la tecla para una vida saludable.
Como la pionera Mary Shelley y tantos escritores de ciencia ficción, Philip Dick advertía el avance de la máquina sobre un género humano que, en creciente diálogo con “androides”, perdía irreversiblemente rasgos humanos. Hace tiempo que en casa y en la esfera pública no hay ánimo de recuperarlos. La escuela al menos puede servir para eso. Si lo fuera, sería algo más útil que el depósito de pibes y pibas en que la transformamos.
Aún quedan rasgos de humanidad en una escuela permeada por la tecnología. Compartimos relatos de la historia pasada o reciente, de nuestra literatura o de una lejana, pero también de la vida personal de cada quién. Ejercitamos artes, entre ellas, la de escribir a mano. Hacemos homenajes, que muchas veces nos conmueven. Nos miramos cara a cara, escuchamos al otro y aprendemos de su palabra. Todo esto desentona en un mundo regido tanto por máquinas que nos distancian cuanto por un imperativo utilitario que no ponemos en duda, tampoco en las aulas.
Para reivindicar estos actos, y tantos otros que hacen de un aula un lugar único, valdría la pena dejar de ser esclavos de las pantallas y asumirnos, cuanto menos, “híbridos” con algún grado de autonomía. Pero no es solo cuestión de tomar conciencia de nuestra esclavitud y de hacer un “buen uso” de la tecnología solamente. El desafío es mantener viva la sociedad del conocimiento y la cultura del esfuerzo que a ella está unida. Es un desafío ético, más que epistemológico.
Señal de advertencia y manual de uso, estas jornadas, bajo el amparo de la Gobernación de Buenos Aires, son un granito de arena para mirar las cosas de otro modo y actuar.[3] Nadie puede decir que no estamos en autos del desafío que tenemos por delante.
Referencias:
[1] Negroponte, N. Ser digital, Bs. As., Atlántida, 1995.
[2] Diseño Curricular del Profesorado de Primaria de 2018.
[3] El artículo es efecto de nuestra participación, junto a Ailén Brandán, Macarena García, Yanina Bosovich y Milena Guardia Vigano, en la Segunda Jornada de Educación Digital. También forma parte del libro que vengo escribiendo: Mamá, Perón y Sarmiento: Educar en el Apocalipsis zombie.
Domingo, 19 de octubre de 2025.
*Prof. y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».

La Tecl@ Eñe viene sosteniendo desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 al mes ó $10.000 al mes. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Alias de CBU: Lateclaenerevista