Yo acuso, de Roman Polanski

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Yo acuso, de Roman Polanski

En un presente asediado por la creciente y preocupante multiplicación de los discursos de odio, el film más reciente de Roman Polanski busca la enunciación autoral de una minoría para construir el alegato victimizante del “artista maldito” frente al escándalo que lo involucra por delitos sexuales. Con esta clave de lectura, Román Keszler hace una crítica “a contrapelo” de Yo acuso, reflexionando sobre las relaciones entre el autor y la obra y los conflictos entre ética y estética.

Por Román Keszler*

(para La [email protected] Eñe)

Basta el nombre propio en los umbrales del film y, pocos segundos después, el semblante tembloroso del militar degradado; el vaho frío que sale de su boca mientras parten la espada; los símbolos arrancados del uniforme como una amputación sádica; todo el dramatismo y la terrible belleza del escarnio público del Capitán Dreyfus. Con sólo dos elementos que en seguida empiezan a formar una serie de paralelismos, J’accuse, el nuevo retorno de Roman Polanski, lleva a una zona incierta entre el cine y la vida. Desde que ese apellido célebre dejó de ser sólo el dato autoral que legitima un discurso y pasó a significar también la referencia de un escándalo –que incluye una condena por estupro y numerosas acusaciones públicas por abuso sexual– la controversia creció alrededor de la pregunta inagotable por las relaciones entre el autor y la obra. Con la decisión de traer al presente la historia del militar francés de origen judío injustamente degradado por el antisemitismo de la III República, Polanski elige prescindir del amparo que podía encontrar en la autonomía del texto, y va más allá. Consciente de las evocaciones que su nombre propio produce, el auteur explota las resonancias que recorren dos tramas separadas por más de un siglo: aquella zona de su biografía donde esa figura pública de cineasta franco-polaco de raíces judías recibe una sanción judicial y una social, por un lado y, por otro, la acusación fraudulenta por espionaje que humilló a Dreyfus y dividió a la sociedad francesa de fines del siglo XIX y comienzos del XX. El director de El bebé de Rosemary incita continuidades, estimula semejanzas y lejanos o cercanos parecidos, promueve entrecruzamientos –Polanski se inscribe también aquí con un fugaz cameo en la materialidad de su película–. Y lo hace con la forma y la mirada de una narrativa clásica, un revisionismo crítico y una estética de la decadencia. Si la cámara busca un punto de vista donde los hechos asomen desde la imparcialidad de lo neutro, revelando a Dreyfus como víctima de un entramado de intereses políticos y prejuicios racistas, el deterioro y la disfuncionalidad edilicia de las sedes institucionales y de sus funcionarios, componen una figuración cáustica, que denuncia el desinterés de la sociedad francesa finisecular por la verdad y la muestra posesa por esa otredad omnipresente en la cinematografía polanskiana: el Mal en la diversa vastedad de sus rostros, gruñendo, soltando baba y mostrando los dientes. Dreyfus encadenado a su cama en el cruel y solitario confinamiento del fin del mundo en la Isla del Diablo; Dreyfus insultado por una multitud enardecida hasta la sinrazón y escupido en las escaleras que lo llevan a un tribunal amañado; Dreyfus convertido en traidor y estigmatizado sin medida ni límite por testimonios falsos y pruebas engañosas.

Delante de esa sucesión dramática y visual, que produce incómodos ecos entre la ficción y la no-ficción, el espectador se descubre como un protagonista perplejo y sorprendido de un juego de equivalencias que tiende a resignificar las historias enhebradas: la tragedia Dreyfus, la controversia Polanski. La mirada retrospectiva que J’accuse dirije hacia un hito de la historia de Francia revierte, entonces, exculpatoriamente sobre la discutida figura de Polanski. Como un filtro visual de la era digital, el Dreyfus de Polanski muestra una imagen mejorada del cineasta, del ciudadano franco-polaco, del hombre que porta el nombre propio en cuestión… del autor.

En una hora donde los discursos de odio se multiplican, Polanski parece buscar para su pieza más reciente el lugar victimizante de una enunciación colectiva: la de una minoría que grite la exoneración del “artista maldito”, incluyéndolo en siglos de sufrimiento y persecución.

Pero el “mecanismo Polanski” necesita una recepción obediente para lidiar con estas tensiones entre ética y estética… Y –podemos celebrarlo– siempre habrá espectadores para una audiovisión “a contrapelo”.

Buenos Aires, 17 de marzo de 2022.

*Lic. y Prof. en Letras. Guionista y Productor de contenidos. Docente de guion audiovisual e introducción al discurso audiovisual en la Universidad de Palermo. Escribe sobre cine en distintos medios.

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