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Ilustración: Obra de Horacio Zabala

Ilustración: Obra de Horacio Zabala

Los treinta y siete años que llevamos de democracia recuperada fueron de alternancia entre gobiernos peronistas y antiperonistas, sostiene Jorge Halperín en esta nota, y se pregunta si teniendo en cuenta esa suerte de virtual empate partidario, al actual peronismo gobernante le seguirá una vuelta de la coalición de derecha.

Por Jorge Halperín*

(para La [email protected] Eñe)

 

En política hay postulados con tanta eficacia de penetración que colonizan a millones de mentes a pesar de que es muy fácil demostrar su absoluta falsedad. Y un ejemplo contundente es la peregrina frase “Setenta años de decadencia peronista”, tan fácil de desmentir si se piensa que el peronismo estuvo 18 años prohibido en medio de dictaduras y gobiernos ilegítimos, y que los 37 años que llevamos de democracia recuperada fueron de alternancia entre gobiernos peronistas y antiperonistas.

Pero no me propongo en este texto indagar entre verdad y creencia.

Más bien preguntarme si esa suerte de virtual empate partidario, que luce tan firme que incluso los colapsos de gobiernos que han debido anticipar su final no impiden que esas fórmulas regresen otra vez votadas, se proyecta también a estos próximos años veinte del milenio. Al actual peronismo gobernante, ¿le seguirá una vuelta de la coalición de derecha?

Empecemos por observar a los actores protagónicos de hoy: si se examina a los cuatro personajes más importantes de la escena política y se analizan los elementos con que juegan en los escenarios futuros, de inmediato surgen los parecidos y diferencias.

Estoy aludiendo al presidente Alberto Fernández, a la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, al jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires y virtual futuro candidato presidencial, Horacio Rodríguez Larreta, y al ex presidente, Mauricio Macri.

Saltan de inmediato algunas pistas.

Por supuesto que hay otros personajes muy gravitantes, como Patricia Bullrich, Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner, María Eugenia Vidal o Adolfo Cornejo.

Pero los pasos de los primeros cuatro son, hoy por hoy, los más determinantes.

Y una diferencia inicial entre esos cuatro es que tres de ellos, Alberto, Cristina y Larreta, están en gestión, mientras que Macri no. No es un dato menor si le sumamos que, de los cuatro, el único que fue derrotado últimamente fue el ex presidente Macri.

No estar en gestión y haber perdido su reelección son dos tremendos lastres para Macri de cara al futuro. Máxime cuando la mayoría de sus aliados – incluso su brazo derecho, Bullrich – lo están jubilando, dando su ciclo por cumplido.

Eso explica por qué Macri sale a jugar con los tapones de punta contra el gobierno: es crucial para él mantener un perfil alto y no quedar en el camino.

No es poco, para el caso, contar con el 40% de votos en 2019. Y se hace fuerte apelando a su núcleo duro y a la certeza de que en CABA son imbatibles.

Mientras que Rodríguez Larreta ejerce una oposición menos frontal, e, incluso, en algunos momentos ha jugado en medio de la pandemia cierto alineamiento con Alberto. Como disputando el centro del electorado, aunque con una búsqueda de equilibrio: sin dejar de capitalizar con su ninguneo de la vacuna, etc., al núcleo duro de Juntos por el Cambio, que reclama más agresividad.

El desgaste que puede sufrir el gobierno de Alberto Fernández por el daño que la inflación está provocando al bolsillo de los ciudadanos, ¿puede ser capitalizado por la mayor oposición?

No lo parece hasta ahora: está muy fresca la memoria de los desastres de la gestión Macri, y su fuerza política ha perdido votos en manos de la ultraderecha de Milei y Espert.

Como señalamos, los 37 años de democracia fueron de alternancia: el radicalismo, que siguió a la dictadura, debió ser sucedido precipitadamente por el menemismo, al cual siguió el gobierno radical de De la Rúa, que, a su vez, fue sucedido por el peronismo en distintas variantes. Y, a continuación tuvo su turno el kirchnerismo, al cual sucedió Macri, quien a su vez debió abandonar el poder por el triunfo del peronismo unido.

¿El próximo turno presidencial es, entonces, del liberalismo antiperonista? Imposible decirlo cuando ni siquiera podemos asegurar los resultados de los comicios intermedios de este año. Faltan tres años.

Pero debe tenerse en cuenta que la coalición de centro-derecha siempre se potenció y fue votada después de largos gobiernos peronistas (Menem, 10 años; los K, 12 años). Mientras que radicales, y coaliciones de radicales y derechistas nunca pudieron conseguir dos períodos continuados de gobierno, y en dos casos sus gobiernos volaron por el aire sin completar un período.

Más aún, la única fuerza antiperonista que gobernó hasta el último día, la de Macri, debe ese logro no a méritos propios sino en gran parte a la cercanía de comicios y a la autocontención de los movimientos sociales, que, cuando parecía inevitable el estallido a fines de 2019,  proveyeron un colchón de subsistencia a los sectores vulnerables para evitar el colapso, porque siempre son las primeras víctimas.

Ese colchón de subsistencia no se explica por alguna mano suelta de la ministra macrista Stanley, sino por instrumentos como la AUH y la moratoria de las jubilaciones provistas en la presidencia de Cristina, y por la existencia misma de los movimientos de base, que aportaron organización y formas solidarias.

 

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¿Por qué el peronismo ha conseguido en dos ocasiones su reelección, mientras que el radicalismo y la derecha no? La reelección de Menem, cuyos primeros cuatro años de gobierno fueron de alto crecimiento (8% promedio), no llegó, sin embargo, en un momento de auge, pero sí cuando se había logrado alejar el monstruo de la hiperinflación, que tumbó a Alfonsín.

Y la primera elección de Cristina y su reelección, llegaron en medio de la firme recuperación económica y de un momento de alto crecimiento.

En otras palabras, la alternancia de casi cuatro décadas entre gobiernos peronistas y antiperonistas no es un ciclo equilibrado. Se parece más a una sucesión de largos peronismos con accidentados antiperonismos.

Justo es decir que el triunfo de De la Rúa siguió a dos últimos años de profunda recesión de Menem, y la victoria de Macri se consiguió en medio de una nueva depresión de la economía que afectaba a toda América Latina.

El factor económico siempre fue el decisivo, y hasta aquí el peronismo, por sus mejores reflejos pero sobre todo porque no es el partido del ajuste, capeó mejor las cíclicas crisis.

Desde luego que no se puede subestimar el bloque de poder económico, mediático y judicial que abraza a la derecha, y que hace sentir su rigor al gobierno de los Fernández.

Pero ese mismo bloque de poder, de apariencia indestructible, no ha podido blindar a la coalición de derecha, que últimamente apostó todo a minar el capital que consolida el gobierno luego de reequipar el sistema de salud y de gestionar las esperadas vacunas.

Más aún, al politizar y cebar la brecha con un abierto “Me opongo”, la realidad dejó tanto a los “halcones” como a las “palomas” de Juntos por el Cambio en el peor rincón. Y lo hizo de la mano de una publicación que no es precisamente de consumo masivo: la revista científica The Lancet.

Puntos para los Fernández y aviso para la coalición de ultraderecha de que tendrá que afinar sus instrumentos si piensa en 2023 y no quiere sumar aquí nomás, en 2021, nuevas derrotas.

 

Buenos Aires, 9 de febrero de 2021.

*Periodista. Autor de “El fin de la obediencia”.

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