Un abril, un marzo (o la disyuntiva de Alberto) – Por Gustavo Ferreyra

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Un abril, un marzo (o la disyuntiva de Alberto) – Por Gustavo Ferreyra

Abril de 1985, Raúl Alfonsín y el “pueblo inflacionario”. Marzo de 2004, Néstor Kirchner en la exEsma y el reencuentro con el “alto pueblo”. Presente, año 2020, Alberto Fernández y sus citas a Alfonsín y Kirchner. Marzo o abril se imponen siempre como disyuntiva en Latinoamérica. O Néstor Kirchner o Raúl Alfonsín. En Latinoamérica no hay bigamia que valga: la realidad fuerza y denuncia siempre.

Por Gustavo Ferreyra*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Abril, 1985. Escondido en la historia este abril, como si estuviera en un pliegue. Si se le preguntara hoy a cualquier argentino qué hecho trascendente de la historia argentina ocurrió en abril de 1985, sería casi imposible que acertara a balbucear algo. Yo mismo, que estuve ahí, fui incapaz de recordar antes de ir a Internet que fue en el mes de abril, aunque sí recordaba el año. La declaración de la economía de guerra por parte del presidente Alfonsín ante una plaza de mayo repleta. Fue cuando –Alfonsín también- en cierta forma echó a los “jóvenes imberbes” de la plaza. Las columnas del Partido Intransigente, del Partido Comunista y de la Juventud Peronista abandonaron la plaza en medio del discurso. Habían ido ilusionadas justamente con un hecho histórico: la quiebra de la subordinación al FMI, o sea una declaración de guerra a los grandes financistas internacionales. Se encontraron con una declaración de guerra hacia otro sujeto: el pueblo inflacionario. En la Argentina hay alta inflación desde que empezó la lucha distributiva o desde tiempos inmemoriales, ya da casi lo mismo. Pero cuando el gobierno favorece al bajo pueblo (que podría sindicarse en realidad como alto pueblo y así lo voy a hacer en esta nota a partir de esta línea) aparece el pueblo inflacionario. Es el discurso que se impone, la verdad revelada, la culpa que se impone. Cuando gobierna la derecha, la alta inflación surge de la nada misma (pasan cosas, el diablo metió la cola, las variables se dispararon, etc.) Como fuere, Alfonsín se sumó, en el discurso y de hecho, al bando que señalaba al pueblo inflacionario. Se casó con las grandes finanzas. Y empezó, en ese abril, el quiebre entre democracia y alto pueblo (dos tercios de la población). Divorcio que iba a durar hasta un marzo. Casi diecinueve años más tarde.

Marzo, 2004.   Discurso de Néstor Kirchner en la ex Esma. Por muchas razones que sería para mí fatigoso enumerar, reencuentro de un gobierno con el alto pueblo. Un discurso más improvisado, más torpe incluso que el de diecinueve años atrás, pero el encuentro con el alto pueblo hace que las palabras distorsionen, que las emociones quiebren los raciocinios, que la misma astucia política se nuble por momentos. Porque el alto pueblo existe siempre y a la vez existe solo por momentos. El bajo pueblo existe siempre, día a día, momento a momento; se lo escucha en las radios, en la televisión, imprime todos los días casi todos los diarios. El alto pueblo calla, a veces por años. Un marzo, Néstor Kirchner lo sacó a la luz, se reencontró con él y, paradójicamente, el alto pueblo no estaba ahí. Fue el discurso en el que un cónyuge se declara en matrimonio y el otro cónyuge, el alto pueblo, ni siquiera se daba por enterado. En la ex Esma, había un público de personas con ideas de alto pueblo pero que no podían dar el sí por él. El sí del alto pueblo, ¿cuándo llegó? El lector sabrá. ¿El día en que vio a su cónyuge metido en un cajón se dio por enterado?

Hoy Alberto cita constantemente a Néstor Kirchner y a Raúl Alfonsín. Los invoca y los une. Quizá, no esté errado en esa invocación conjunta. “Hará bien”, digo yo, que soy escritor y no político. Mi lema es: “no se puede desde la tribuna decirle qué hacer al director técnico, porque el DT maneja un oficio y tiene una información de los que uno carece”, así de sencillo. Así que…

Pero (ciudadano que al fin opina y que levanta el dedito) no dejo de ver que marzo o abril se imponen siempre como disyuntiva en Latinoamérica. O Néstor Kirchner o Raúl Alfonsín. En Latinoamérica no hay bigamia que valga: la realidad te fuerza y te denuncia siempre. La misma embajada norteamericana te fuerza sí o sí al matrimonio monógamo. La embajada norteamericana no deja a ningún gobernante de estas tierras bígamo o soltero, lo casa con alguien. Al menos, hasta la pandemia ha tenido, más que suficiente, el poder para hacerlo. Y Alberto no va a ser la excepción. Las extrañezas de la historia lo pusieron ahí, en el atrio de la iglesia.

A veces pareciera que la historia es más lógica que un silogismo, a veces pareciera que es más extraña todavía que los seres vivos. Yo mismo, que en el 2003 voté al eterno pingüino y en el 2010 lloré su muerte, no estuve en ese acto en la ex Esma. Estaba en la pileta de ciudad universitaria, refocilándome al sol a pocas cuadras del evento. Canallita pequeño burgués. Sí, pero también las extrañezas de la historia del individuo. Porque sí estuve en la Plaza de mayo aquel abril de 1985, cuando no había votado a Alfonsín y jamás me simpatizó en lo más mínimo. Estuve, joven trotskista yo, en la columna de la Juventud Peronista, y con ella me fui de la Plaza de mayo. Caminaba al lado de un Fairlane desvencijado. Nos íbamos después de un casorio en el que la novia fue otra. Sobre el capot del Fairlane, una mujer joven lo denunciaba por un megáfono: “Ay, ay, ay, ese discurso se lo hizo Alsogaray”, gritaba destempladamente. Iba con unos jeans claros, algo ajados pero que no le sentaban nada mal. Era Patricia Bullrich.

 

Buenos Aires, 23 de agosto de 2020

*Escritor, novelista. Autor de las novelas “La familia”, “Piquito de oro” y “El Amparo”.

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