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TANTEOS EN LA SOMBRA 5 – Rusofobia – Por Noé Jitrik

Se ha impuesto, a partir del enfrentamiento Rusia-Ucrania, la curiosa expresión “rusofobia, según la cual lo que sea ruso, desde Putin para abajo, huele mal.

Por Noé Jitrik*

(para La [email protected] Eñe)

Pareciera que se ha impuesto, a partir del enfrentamiento Rusia-Ucrania, o más bien, NATO-Rusia o, si se extreman las bifurcaciones, Europa-Rusia y, aún más, Estados Unidos-Rusia, la curiosa expresión “rusofobia, según la cual lo que sea ruso, desde Putin para abajo, huele mal, es peligroso, dañino, extraño, ajeno, una monstruosidad en suma, en el que hasta la ensalada rusa caería, así como el Premio Nobel Sajarov, Strawinsky, como parece haber caído Dostoievsky y, ni qué decir, Trotsky, Lenin, Tarkovsky, Gogol, el borsch, la vacuna Sputnik y, por supuesto, el comunismo y los pepinos con yogurt.

Se ha naturalizado de tal modo que no parece haber ninguna restricción en seguir sus consignas en el deporte y en la cultura y seguramente en las finanzas pero ahí, en ese terreno, es más delicado, cuando hay mucho dinero en juego el humor cambia, se hace un poquito más crítico, dinero y estupidez no hacen buen matrimonio. Sería bueno recuperar la sensatez y sacarse de encima esa tonta expresión pero esa tarea es ciclópea, la sensatez es un bien cada día más caro y hay cierto placer en no seguir su rumbo, total los que pelean son otros y quién conoce a los muertos. Sea como fuere, eso hace pensar en las actitudes generalizadas acerca de cómo es la gente de otros países, cuanto más lejanos más proclives a tales generalizaciones aun en un país como la Argentina donde sujetos de lo más diversos han llegado para quedarse y entre todos configurar una identidad. Esto puede considerarse normal si no hay conflicto pero cuando, como es  el caso, estalla, esta tendencia se intensifica hasta llegar a lo grotesco, como ocurre ahora, a la equivocación más crasa.

Debo reconocer, para este tema de la rusofobia, que si bien no se conocía el término, que nació recientemente, pude verificar su alcance en mi propia casa, cuando vivía mi madre: la palabra “ruso” la espantaba, no quería saber nada, implicaba un regreso a un pasado de sufrimiento y de frustración que debía y quería olvidar. Lo interesante es que había nacido y vivido hasta su adolescencia, cuando su familia decidió emigrar a la Argentina, en un oscuro pueblo ucraniano pero, ahí está la cosa, jamás hizo la distinción, todo era ruso por igual. Uno de sus referentes era el nombre de la ciudad más importante de la cercanía, “Katerynoslav”, “Catalina”, o sea la histórica emperatriz que, después de Pedro El Grande, occidentalizó a un país atrasado, de una ruralidad primaria, importante ciudad de Ucrania. En la región dominada por esa ciudad y en todo el territorio de Ucrania, pero también en otros lugares rusos, los naturales del sitio, dirigidos y tolerados por policía, ejército y sucesivos gobiernos zaristas, saturados de alcohol, tenían como práctica favorita, después de embriagarse hasta el delirio y escuchar a fanáticos popes, atacar a los pobres judíos en medio de sus oraciones y masacrarlos pese a que muchos de ellos los conocían y convivían con ellos. Eran los terroríficos “pogromos”, noches negras que aparecían cada tanto. Disipado el alcohol, volvían a sus tareas habituales y lamentaban lo que había pasado, llorarían inclusive según lo que determinaba el “alma rusa”, sobre lo que tanto y tan ferozmente escribió Dostoievsky. Los ucranianos, practicantes del deporte de matar judíos inermes, de fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, bien podrían ser los antecesores de los que recibieron con agrado a los nazis durante la invasión a Rusia: al llegar a esas tierras con sus tanques y cañones los nazis no fueron mal recibidos, se encontraron con que la limpieza étnica no era una novedad que habían aprendido en las vociferaciones hitlerianas sino, ahí, en esas tierras que hoy parecen ser de una república autónoma y que anhela entrar a la NATO, o sea a la ansiosa voluntad de liberarse de sus antiguos vínculos. Nada más natural de los que lograban salvarse de las matanzas que emigrar: la familia de mi madre lo hizo, y no creo que el recuerdo de Ucrania, si viviera, la habría conmocionado tanto como a los diputados de JXC.  

Cuando le digo a la buena J.V. que debe tomar agua me responde, elusiva, que ya lo hizo, o franca, que no lo puede hacer porque “no está acostumbrada”. Lo mismo cuando le quiero hacer probar radicheta o alcauciles, los rechaza con la misma convicción, “no está acostumbrada”. Y si le digo que por qué no empieza a acostumbrarse advierto que no está dispuesta, pareciera que dispone de un arsenal de costumbres del que saca armas para que nada la altere. ¿Es la única? Diría que no pero tampoco me interesa hacer un censo de quienes “están acostumbrados”, debe haber una legión así sea porque esa invocación es una especie de lugar común que se aplica incluso como explicación cuando alguien se enfrenta con alguna dificultad y es torpe para resolverla. Pero, como no es difícil verlo, en realidad es una estratagema o una coraza para que nada ni nadie venga con novedades que impliquen un cambio o abran a una reacción que salga de la rutina, precisamente de lo acostumbrado. De lo que se infiere que la costumbre es soberana, permite hacer o impide hacer, hasta tal punto lo es que en algunos países sustituye a la ley, la consuetudo, aunque en estos casos ha sido forjada en largos procesos y como resultado de arduos conflictos. Pero esa soberanía es más que dudosa, puede ser paralizante en lo que respecta a decisiones de toda índole; suele presentarse junto con una actitud obstinada, el que se aferra a la costumbre se empecina en defender sus fueros y se impermeabiliza, rechaza las variantes e, incluso, la reflexión. En el campo político es el fundamento del conservadorismo que sostiene que lo que se ha hecho debe seguirse haciendo, “estamos acostumbrados” es su fundamento. Quizás no sea caprichoso tomar el tema como interpretante, quizás explique por qué toda propuesta genéricamente de izquierda es rechazada sin ser oída, por qué hay escasas variantes en el mapa electoral, por qué es tan difícil admitir evoluciones y cambios, por qué un sujeto como Macri y sus secuelas pueden tener tantos acólitos, por qué los dañados por la deletérea gestión del macrismo pueden seguirlo apoyando. ¿Será que están acostumbrados a que les peguen? En declaraciones que hizo Gustavo Petro, un precandidato de izquierda colombiano, que me cae bien –mis amigos colombianos lo apoyaron en la elección anterior y supongo que lo apoyarán en la próxima- hay un punto que me llama la atención, me recuerda una breve controversia que tuve, antes de las de diciembre de 2021 en la Argentina, con Leandro Santoro: a mi sugerencia de que debería apelar a la inteligencia tanto como a la sensibilidad me repuso que si hacía eso no lo votaba nadie. Al parecer, Petro está diciendo que si sigue diciendo lo que decía sobre la Iglesia Católica o sobre los empresarios no lo vota nadie. No puedo sino admitirlo: antes de una elección los candidatos, que necesitan votos, los buscan, quién lo puede dudar. Pero esos deseados votos son de millones de personas que, probablemente, escuchan las propuestas y deciden, claro que gran parte prescinde de ese instante de reflexión y tiene, o cree tener, sus razones para poner su papeleta en la urna por A o por B o por nadie. Lo que ahora me llama la atención es, en mis referencias a Petro, que invoca la aquiescencia de sectores muy minoritarios de la sociedad que, parece un hecho, desconfían de él por su pasado o por sus opiniones o por sus propuestas. Es como si no tuviera dudas acerca de que lo que piensan dichos sectores, decide lo que van a votar esos millones que nada tienen que ver con esos sectores. ¿Es una contradicción? Es evidente que por presentarse como prudente y respetuoso con ellos los va a persuadir pero, quizás, no lo puedo afirmar, termina por ser meramente concesivo. Argumenta con un razonamiento que en principio debe ser considerado, que nada podría hacer por los pobres si se le oponen los ricos. Como no ha de ser el único que edulcora su imagen e intenta quitarse las manchas que tanto molestan, no es sorprendente que su cuerpo limpio termine por ser igual al de los que antes lo consideraban contaminado.

Buenos Aires, 16 de marzo de 2022.

*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.

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