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SILBIDOS DE UN VAGO 12 – Vivir bien o sobrevivir – Por Noé Jitrik

¿No será que el “vivir bien” es una ilusión y no un ideal? ¿Y la alternativa? Quizá se trate sólo de vivir, o sobrevivir, como única alternativa cuyo sentido no pasa por la opción sino por el flujo o la corriente entre estos términos.

Por Noé Jitrik*

(para La [email protected] Eñe)

 

La muerte de Juan Forn y, casi enseguida, la de Horacio González, nos ponen a todos los que los hemos querido en una situación de orfandad: estamos un poco más solos de lo que estábamos, no podemos pensar, en el primer momento, cómo seguirá la vida después de que ellos nos abandonaran, lo que esperábamos de ellos, lo que podría haber seguido irradiando de sus talentos. Creo que, al día siguiente de su fuga hacia un más allá de olvido, la cultura argentina será un poco más pobre, penosa sensación, duro sentimiento, insoportable oquedad.

Cuando nace un niño, nadie de los que lo ven emerger de las sombras de un vientre, permanece indiferente, salvo, desde luego, los acostumbrados o los desamorados. Lo miran con asombro, es el milagro de la vida, se sienten arrobados, ya mismo le ven un parecido o empiezan a imaginarlo como persona, niño y joven y adulto posteriormente, como lo es cada uno de los que sienten todo eso. Saben, lo sabe todo ser vivo, que se desarrollará, paso a paso, instante a instante y que ese desarrollo, si nada lo impide, es indetenible. Hasta cierto punto. Mi amigo Cereijido, eximio biólogo, sostenía que una célula, no sé cuál, se reproduce cierta cantidad de veces, no sé cuántas, pero ni una más y, por consecuencia, muere. Ese triste final importa menos que el haber llegado a ese punto, el del desarrollo que, quizás también, se detiene en algún momento y se estabiliza, hasta que empieza la curva descendente. ¡Qué cosas estoy diciendo! ¿Cómo si no se supiera que es así y no hay cristo que lo cambie.

Lo mismo pasa con todos los seres vivos, animales y vegetales, una vez que hay un comienzo vendrá ineluctablemente un desarrollo, a menos que alguna anomalía se interponga y esos seres permanezcan tal como nacieron: en “El tambor de hojalata”, la novela de Gunter Grass, el personaje decide no crecer y lo logra, prodigio de imaginación narrativa, pero todo lo que empieza, o casi todo, está sometido a una ley de desarrollo que, desde luego, puede tener un término; la otra ley es que las cosas se acaban, pero ésa es otra historia. Lo mismo ocurre en la sociedad humana: de pronto algo brota, por ejemplo un deseo de asociación y, a partir de ahí, poco a poco, se va conformando una sociedad y nada detiene su proceso hasta que, cansada o derrotada, fenece. Tal vez la idea de sociedad no fenece pero sí las formas que adopta: una vez que surgió la idea de un rey, por ejemplo, no paró hasta que otra forma que surgía y que, al desarrollarse, liquidó, o limitó, la precedente. Pienso en la idea de democracia: se fue consolidando hasta universalizarse, o casi, pero, una vez que llegó al punto máximo de sus posibilidades, empezó a decaer por dos lados, la izquierda por un lado, el socialismo y/o el comunismo, que mostraron una evolución semejante, no sé si llegaron a su forma máxima y empezaron a decaer, pero para muchos eso es inevitable, y la derecha por el otro. Y a eso quería llegar.

Eso que se conoce como “derecha” existió desde hace tiempo; según quienes han pensado sobre el asunto, aunque no siempre adquirió forma política, se fue haciendo fuerte en la medida en que siempre encarnó el modo en que los ricos y poderosos de la tierra, cuando tenían necesidad de hacerlo, se expresaban y/o se defendían y/o defendían su riqueza con argumentos e instrumentos que, pobres y miserables, se denominaban “la derecha”, como si fuera una opción. Espontánea era esa relación y acaso temerosa de ser fracturada desde dentro, para un rico no hay nada más amenazante que otro rico, o, desde afuera, los pobres cuyo desarrollo es inversamente proporcional a la expresión política que los expresa. No me voy a internar en esa zona porque me obsede otro aspecto de la cuestión, la amenaza.

Cuando un resentido, mediocre, fanático, preconizó eso que se llamó “nazismo” unos años después de que aullara sus grotescas locuras en una cervecería, a muchos razonables, que creían ser los justos de la historia, les pareció que por su insustancialidad lo esperaba la muerte; no ocurrió, fue el “huevo de la serpiente”, como lo metaforizó Bergman en una aterradora película. Fue creciendo, se desarrolló y, fatalmente, terminó por desembocar en una horrible tragedia pero al mismo tiempo, después de millones de cadáveres, lo esperó la muerte a la vuelta de lo que no podía dejar de hacer, enroscarse y querer ahogarlo todo. Pero su espíritu, si podemos llamar espíritu a lo que no podía dejar de destruir, no murió junto con su cuerpo, queda y trata de reaparecer cada tanto, desde la semilla que le entregan las derechas; como imitando al cristianismo de las cavernas piensa que se puede desarrollar y llegar a ser un fascismo que no tiene ese nombre, bola de siniestra nieve que va subiendo por sucesivos y fatales escalones: no sé cómo será en el mundo pero aquí, por ahora, se disfraza de oposición y, si sigue, se podrá desarrollar, el primer asesinado nunca queda en esa cifra, convoca a otros, así fue la historia del apogeo y, por más que haya sido derrotado, como una semilla del mal, puede crecer. No quiero eso, las malas hierbas pueden y deben ser erradicadas, no todos somos la misma cosa. Pero ¿cómo? ¿A partir de lo que escribo?

Y escribo. Y me conmueve ambiguamente que amigos queridos me declaren, con la energía de los antiguos profetas, que no hay nada que analizar ni diferenciar en relación con el drama en el que está sumido el país; no importa que la pandemia desempeñe un papel en ese drama, siempre lo sintieron, siempre sintieron que la política o los políticos, dentro del gobierno o fuera del gobierno, les daban “náuseas”. Respuesta visceral, se puede comprender como se comprende lo que dictan las vísceras pero a la hora de las decisiones propias no es fácil ser coherentes, lo que las víscera dan suelen ser vómitos y con eso qué; se razona, hay claramente pésimos, hay probablemente malos, hay medianamente buenos, se huele traidores, es difícil pensar en apóstoles o en mártires, todos pueden tener probablemente en algún momento lo que se conoce como agachadas, la venalidad y la compra acechan, por poco que se mire no sólo son intrínsecamente corruptos sino que prodigan la corrupción, mientras el pueblo no logra comer una vez por día se toman vacaciones de trabajos que no han hecho, vivir bien a costa del sufrimiento general, todo eso junto genera esas náuseas pero qué hacer cuando hay que decidir. En una novela de Saramago se resuelve con un general y absoluto voto en blanco. ¿Y después?

“Vivir bien” escribo más arriba. En una película de Michael Haneke, El séptimo continente, una familia de clase media, pareja con un niño, vive feliz; ambos ganan bien en sus respectivos trabajos, en los que les prometen mejoras y aumentos, tienen lo que necesitan y algo más y se prometen “vivir bien”, horizonte que enceguece a las clases medias. De pronto, la rutina empieza a silenciarlos y a aburrirlos, qué alternativa podría haber. Planean, o lo formulan, dejar todo e irse al África, donde la gente vive mal para ayudarle a que vivan bien, sintiendo, quizás, sin decirlo, que si lo logran los así redimidos llegarán a sentirse como ellos ahora. En lugar de viajar, sin decir palabra, deciden otro viaje, a la muerte: se suicidan. Patético. Se podría decir que no pudieron resolver la ecuación, vivir bien-alternativas y optaron por lo que la hacía desaparecer. Reflexionar: ¿es una solución o el problema está mal planteado? ¿No será que el “vivir bien” es una ilusión y no un ideal? ¿Y la alternativa? En muchos lugares es la droga y el alcohol, en otros el aturdimiento, pero, sin llegar a la autodestrucción, también parece serlo viajar a lugares exóticos, planear y realizar vacaciones en buenas playas, renovar los colchones o los robots que pican, rallan, calientan, cocinan, cierran y abren, sexo asegurado, buena televisión, optar por todo esto puede no ser fascinante pero peor es no tener tarjeta de crédito ni opción ninguna. Y nosotros, que lo observamos, ¿nos salvamos de la opción  porque observamos y creemos comprender? Si es así para nosotros, ¡no podría ser para todos? Leer, escribir, conversar, decidir, los otros, involucrarse, encaminarse no sé a qué lugar pero a un lugar, que puede ser el que nos ha tocado en suerte, en el que no se trate de vivir bien sino sólo de vivir, o sobrevivir, como quieran, como única alternativa cuyo sentido no pasa por la opción sino por el flujo o la corriente entre estos términos. Y nada de renunciar ni de suicidarse, mucho falta por comprender como para desear vivir bien o suicidarse. 

 

Buenos Aires, 10 de julio de 2021.

*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.

1 Comment

  1. juan chaneton dice:

    A mí me han engañado un rato mis pasiones, pero ese rato ya pasó. Qué hago ahora…? Me escucharán los ángeles si grito…? Ni Góngora ni Rilke ya me bastan, el primero porque no lo conozco y el segundo porque no me basta, no me alcanza, no me sirve … He leído por ahí al Nolano: hay un punto de cruce entre poesía, religión y filosofía, dijo y luego ardió en la pira. Yo me he refugiado, a lo largo de mi vida y con suerte varia, en otro punto de cruce: política, filosofía y literatura. Pero tampoco me basta. Me escucharán los ángeles si grito …? Escribir, dice el maestro. Y claro. Hacemos eso. Y ya es algo. Seguimos adelante. Al fin y al cabo, el sabor del café por las mañanas todavía justifica el despertar de cada día. La Tecla, mientras tanto, ha devenido una especie de familia de numerosa y honorable progenie. A la cabecera de la mesa, vos Noé, maestro, tu escritura …

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