¿Puede el psicoanálisis explicar el odio al peronismo? – Por Sebastián Plut

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¿Puede el psicoanálisis explicar el odio al peronismo? – Por Sebastián Plut

Sebastián Plut propone en este artículo abordar el histórico problema del odio al peronismo desde el psicoanálisis y desde las preguntas que esta ciencia esté en condiciones de encarar y responder. Es desde esta perspectiva, sostiene Plut, que nos preguntamos por las razones de la anatematización del peronismo y, se entenderá entonces, que recurramos a conceptos freudianos específicos en lugar de abrevar en categorías de ciencias que nos son ajenas.

Por Sebastián Plut*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Cuando Freud expuso su estudio sobre las masas planteó dos premisas que conviene recordar. Por un lado, sostuvo que su trabajo era inevitablemente fragmentario, lo cual es un rasgo inherente a toda expresión intelectual. Es decir, solo se ocupará de algunos de los tantos problemas posibles y las explicaciones ofrecidas tendrán un carácter hipotético y, por lo tanto, provisorio. La segunda premisa corresponde al nivel de los interrogantes que se formula, y propone encarar preguntas a las que nuestra ciencia, el psicoanálisis, esté en condiciones de responder.

Trasladadas al tema que nos ocupa, ambas proposiciones tienen importancia ya que no pretendemos encarar más que un pequeño sector del histórico problema del odio al peronismo y, a su vez, nos empuja el afán de aportar complementariedades a los desarrollos que ya se expusieron desde tantas otras disciplinas (como la economía, las ciencias políticas, la sociología o la antropología). Es desde esta perspectiva que nos preguntamos por las razones de la anatematización del peronismo y, se entenderá entonces, que recurramos a conceptos freudianos específicos en lugar de abrevar en categorías de ciencias que nos son ajenas.

En un mundo en el que nos intoxicamos con fake news, con tergiversaciones de la historia y, como diría Ramonet, con el “querer informarnos sin esfuerzo”, podría creerse que al peronismo se lo rechaza por lo que se dice que es y no por lo que es. Sin embargo, y pese a que no resulta posible simplificar la respuesta (se dirá, el peronismo no es una sola cosa), el odio que se le dirige se funda en lo que efectivamente representa. Dicho de otro modo, las falsedades que se viralizan buscan concitar su rechazo pero, sobre todo, procuran encubrir las verdaderas razones de dicho rechazo.

Si se quiere, el reverso de nuestro interrogante sobre el odio al peronismo es la pregunta sobre los atractivos o el bálsamo que presenta el neoliberalismo.

En el cuento “Casa Tomada” Julio Cortázar describe el vínculo entre dos hermanos que viven algo aislados del mundo, y comienzan a sospechar que “ellos”, los otros, avanzan sobre su propiedad. Poco a poco abandonan los cuartos, a los que ya no ingresan, porque “ellos” vienen por todo. Curiosamente, nunca se sabe quiénes son “ellos” y en ningún momento “ellos” aparecen, lo que no impide que el progresivo aumento del temor de los hermanos los lleve a abandonar su vivienda y encerrarse del lado de afuera, en la calle. Entonces, ¿cuáles son las angustias que conducen a ese modo de configurar el “ellos” que hasta resulta preferible terminar en la calle? Nótese, entonces, que agregamos un afecto: ya no se trata solo de odio sino también de angustia.

En Las resistencias contra el psicoanálisis Freud subraya no tanto los desacuerdos intelectuales con sus críticos sino las motivaciones afectivas de la aversión que sentían. Algo similar voy a plantear aquí, esto es, intentaré destacar la razón de las angustias que despierta el peronismo; si se quiere, el porqué de su ominosidad. El argumento que da Freud para escoger esa vía es que no le llamaba la atención el desacuerdo sino el rechazo que en su época despertaba el psicoanálisis.

Si Freud consideró que sus hipótesis sobre la sexualidad estaban en la base del rencor del que era objeto, por mi parte tomo la noción de lo colectivo ya que el peronismo es consustancial a lo colectivo y es un eje central de la diferencia con la doctrina neoliberal.

Comprendemos, entonces, que parte del odio al peronismo se despierta en tanto lo colectivo es una condición que activa ciertas vivencias subjetivas de angustia. Tales vivencias, pues, nos permiten considerar el conflicto que en cada uno se da con las propias tendencias individualistas, la indiferencia y la inclinación a la apatía.

Entonces, ¿qué angustias se despabilan ante las mostraciones colectivas? ¿Qué heridas narcisistas sufre el yo de cada quien ante la impotencia del individualismo?

1 – En las grandes ciudades padecemos a diario el caos de tránsito. Podemos demorar una hora para recorrer 30 cuadras. Si un Gobierno restringiera el uso del vehículo, todos protestaríamos. ¿Por qué? Porque a nadie le gustaría tener que renunciar a la decisión individual de usar su auto como se le antoje. Resulta notable, pues, la queja de tantos ciudadanos ante una manifestación colectiva que corta una calle y, por lo tanto, interfiere en el tránsito, pero nada dirán de aquella decisión individual de utilizar el auto y que absolutamente todos los días nos impide recorrer las calles con mayor tranquilidad. Surge entonces la pregunta: ¿por qué la dificultad para transitar es denunciada en ocasión de una manifestación, pero no ocurre algo similar cuando, diariamente, la decisión singular de cientos de miles de conductores produce igual o mayor entorpecimiento? Para decirlo en otros términos, lo colectivo parece más visible que lo individual.

¿Qué sucede, pues, frente a lo colectivo? ¿Qué efectos produce en los sujetos aislados la presencia visible y sonora de la ligazón social? ¿Es que acaso la libido, como principal factor de cohesión social, contiene una potencia capaz de convocar nuestras angustias? ¿Será, como decía Freud, por su carácter de cantidad no medible, es decir de aquello que está fuera del cálculo?

Hasta aquí lo colectivo es una afrenta a nuestras ilusiones individualistas. Eros y anaké, amor y necesidad, nos ubican ineludiblemente en una compleja red de dependencias.

2 – Freud denunció la visión despectiva sobre las masas que sobresalía en ciertos autores: de las hipótesis de Le Bon, por ejemplo, consideró que no aportaban nada novedoso y que todo lo que planteaba sobre el alma de las masas “en el sentido de su desprecio y vilipendio ya había sido dicho por otros con igual precisión y hostilidad”. De modo similar, sobre McDougall dirá que su juicio “sobre el rendimiento psíquico de una masa simple, no es más amable que el de Le Bon”; y de las hipótesis de Trotter señaló: “solo lamento que no se haya sustraído del todo de las antipatías desencadenadas por la última Gran Guerra”.

¿De dónde surgía este desprecio? ¿Solo de razones ideológicas, por ejemplo ante la Revolución Francesa, tal como señaló Freud? Creo que no. No muchos años antes se conocieron los hallazgos de Pasteur y Koch sobre las infecciones y el contagio. Los descubrimientos de la microbiología quizá abrieron el camino para el estudio de otro tipo de contagio, el contagio psíquico grupal y, paralelamente, muchos percibieron en ello la marca de la irracionalidad. De inmediato, una maldición, recayó sobre toda forma de influencia colectiva en la mente del individuo. Será ya una verdadera tragedia descubrir que no solo no me basto a mí mismo, sino que además puedo ser infectado por las emociones ajenas.

Los psicoanalistas solemos tomar el contagio afectivo en su versión patológica, aunque Freud mencionó otros dos fenómenos relevantes: por un lado, entendió el valor de la identificación por comunidad, y por eso afirmó que “la empatía nace solo de la identificación”. Por otro lado, se refirió a los momentos en que “se produce en una colectividad el fenómeno del entusiasmo, que ha posibilitado los más grandiosos logros de las masas”. El contagio deja de ser así un fenómeno exclusivo de la patología para abarcar también los efectos de la vitalidad contextual.

Acaso se me dirá: “Pero no te olvides que Freud acordaba con Le Bon en cuanto a la falta de racionalidad en la masa”.

 

 

De acuerdo, pero también destacó la conducta ética en la masa: “mientras que en el individuo aislado –dice- la ventaja personal es a menudo el móvil exclusivo, rara vez predomina en las masas”. Entonces cabe preguntarse: ¿De qué modo se ha medido el nivel intelectual y en qué fenómenos particulares de masa se ha observado? ¿Es el rendimiento intelectual un requisito esencial de la participación en la masa? ¿Se trata de una disminución del nivel intelectual o, más bien, de una situación que no exige que las funciones intelectuales se exhiban con notoriedad? ¿Acaso la elevación ética no constituye un valor más significativo que un inespecífico ejercicio de la razón? La siguiente cita de Freud esclarece este punto: “es un hecho que las grandes conquistas del pensamiento, los descubrimientos importantes y la solución de problemas sólo son posibles para el individuo que trabaja solitario. Pero también el alma de las masas es capaz de geniales creaciones espirituales, como lo prueban, en primer lugar, el lenguaje mismo, y además las canciones tradicionales, el folklore, etc. Por otra parte, no se sabe cuánto deben el pensador o el creador literario individuales a la masa dentro de la cual viven”.

3- Sigamos un poco más, pues resulta que además de la limitación de nuestra individualidad y de tener que sobrellevar los efectos de influencias múltiples, Freud nos anunció que la vida en comunidad y la preservación de la cultura exigen la renuncia pulsional, es decir, la limitación de la satisfacción pulsional irrestricta y del narcisismo. También señaló que dicha renuncia –en favor de lo colectivo- deja un resto de furia individual, hostilidad que deviene en un poderoso enemigo de la cultura.

De allí la importancia de la identificación con el semejante que da lugar al sentimiento comunitario y conduce a la sofocación de la hostilidad. Dice Freud: “La justicia social quiere decir que uno se deniega muchas cosas para que también los otros deban renunciar a ellas o, lo que es lo mismo, no puedan exigirlas”.

El neoliberalismo, de hecho, ataca aquello que Freud denominó identificación por comunidad, es decir, aquella identificación que configura un sentimiento de pertenencia. El sujeto neoliberal se posiciona por vía de la negación identitaria y nos dirá “no soy de izquierda ni de derecha” o bien “yo soy apolítico”. Tales son algunas de las manifestaciones verbales que expresan los valores del individualismo y la meritocracia.

El peronismo, entonces, no solo promueve la identificación por comunidad, al comprender al sujeto en marcos colectivos, sino que desnuda la falsedad y la limitación que entraña aquella negación.

4- El mercado, eso que el neoliberalismo cree que es la sociedad, considera que la comunidad es una suma de individuos entre los que se desarrolla una competencia entre iguales. Ese es uno de sus presupuestos básicos. Y aquí Freud nos da una pista cuando examina el origen del derecho y de la comunidad. Dice que consiste en la “unión de muchos débiles y de potencia desigual”. El peronismo, precisamente, pone en evidencia esa desigualdad y, sobre todo, la tendencia neoliberal a naturalizarla.

Esa potencia desigual y esa debilidad es lo que Freud también llama desvalimiento. El peronismo defiende la intervención del Estado, precisamente, para disminuir el desamparo, sobre todo –como suele decirse- de los que “menos tienen”, aunque es necesario indicar algo: el desamparo lo portamos todos, el desvalimiento es una condición humana que nos acompaña hasta la muerte. Por ello, la protección frente al desamparo, frente a los riesgos de la existencia, no finaliza en los llamados “pobres”, sino que también nos comprende a todos, a los que precisan médicos, a los que desean estudiar, a quienes les llegó la hora de jubilarse, a los que desean mirar la televisión, a quienes procuran informarse, a los discapacitados, a quienes pierden el empleo, etc.

Me pregunto, entonces, si el rechazo al peronismo no esconde también la tentativa de desconocer el desvalimiento singular, esa condición propia pero a la que se pretende suponer solo ajena.

5- Ya señalé que afrontamos la limitación de nuestros individualismos, la presencia de los otros en nosotros, la hostilidad por renunciar a la satisfacción irrestricta, la aceptación de nuestro desvalimiento y, agrego ahora, la exigencia de convivir con las diferencias, con el antagonismo irresoluble.

Recordemos que Freud postulaba la irreductibilidad de los antagonismos sociales y que no es el antagonismo la condición de la violencia sino, a la inversa, la violencia se dispara cuando se pretende sofocar los antagonismos.

El neoliberalismo pretende diferenciar y separar de modo absoluto grupos de sujetos, dividiendo excluyentemente entre buenos y malos, entre honestos y corruptos, entre “quienes pagan sus impuestos” y “quienes viven de subsidios”, etc. En cambio, cuando interviene el peronismo lo que se explica es la pugna que se libra en todos los sujetos.

Por eso, vale subrayar que la actitud excluyente no consiste solo en la supresión del otro sino también en la expulsión de un fragmento propio y delegado en lo que se excluye. En la medida en que el neoliberalismo se funda en la antinomia civilización o barbarie, en el rechazo al antagonismo, el odio al peronismo se despierta en tanto éste cuestiona la presunta distancia entre lo ajeno-hostil y lo propio-bueno.

Mientras el neoliberalismo opera sobre la exclusión (la supresión del otro) el peronismo opera sobre la exterioridad a él, a partir de la creación de un espacio diferencial desde el cual provienen demandas. Esta distinción es correlativa de otra, toda vez que mientras el peronismo habilita la expresión del sentimiento de injusticia, el neoliberalismo promueve y explota el silencio sobre los sentimientos de vergüenza y humillación.

6- Sabemos que para Freud los vínculos intersubjetivos constituyen una fuente de sufrimiento, pues las leyes que creamos para su regulación son insuficientes, aunque el mayor problema es que no queremos admitir esa insuficiencia.

Veamos otras dos cosas que dijo Freud. Por un lado, afirmó: “Huelga decir que una cultura que deja insatisfechos a un número tan grande de sus miembros y los empuja a la revuelta no tiene perspectivas de conservarse de manera duradera ni lo merece”. Por otro lado, señaló que “dada la lentitud de las personas que guían la sociedad no suele quedar otro remedio para corregir esas leyes inadecuadas que el de infringirlas a sabiendas”. La primera cita lleva a pensar el destino de las demandas sociales insatisfechas; la segunda, pone en evidencia la insuficiencia de los canales formales (representativos).

La llamada judicialización de la política (más allá de su función para la persecución política, el lawfare) parece sostenerse en una doble ilusión: por un lado, el supuesto de una política sin poder, como si la vida política de un país no fuera una permanente pugna de poder, una constante confrontación de intereses, sino que pudiera desarrollarse como una simple administración de ciertos recursos. Bajo ese espejismo hay quienes se convencen de la posibilidad de un consenso absoluto, cual si fuera verosímil un pacto social omniabarcativo en el que cada quien deponga sus diferencias.

La otra ilusión subyacente es la de una ley que efectivamente pueda recubrir todos los conflictos; o bien, la ilusión de un representante acabado y definitivo de la pulsión. Es la pretensión de un normativismo absoluto en el cual no habría ni posibles interpretaciones divergentes de la ley, ni realidades complejas que revelen su insuficiencia, ni problemas novedosos que conduzcan a su revisión.

Cierre

¿Por qué se rechaza al peronismo? Acaso sea, entre otras tantas razones, por la exigencia de trabajo que entraña lo colectivo. Dicho trabajo consiste en: a) admitir la limitación de nuestras individualidades; b) soportar la angustia de ser contagiados; c) sofocar la hostilidad resultante de la renuncia pulsional; d) asumir nuestro desvalimiento singular; e) ser activos ante la inevitable conflictividad y f) esforzarnos en la producción de leyes a sabiendas de su insuficiencia.

Y para terminar recordemos la milonga “Se dice de mí”, en una de cuyas últimas estrofas Tita Merello cantaba: “Y ocultan de mí… ocultan que yo tengo unos ojos soñadores, además otros primores que producen sensación”.

 

Buenos Aires, 4 de noviembre de 2020.

(*) Doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Autor del libro Pandemia, retórica neoliberal y opinión pública (Ed. Ricardo Vergara).

5 Comments

  1. Graciela valencia dice:

    Excelente análisis!!! Muy claro y exacto!!!

  2. Edgardo dice:

    Un análisis, que me convoca a seguir pensando.

  3. Oscar Abudara Bini dice:

    Exelso compendio de puerilifad. Tesis básica, los psicoanalistas nos autorizamos lamentablemente de a uno. Porque las Instituciones son la representación de algo que NO REPRESENTA al psicoanálisis. Acaso tenemos una institucion que representa al PERONISMO?

  4. Ana Zabala dice:

    Excelente trabajo.
    La observación es algo que tenemos quienes nos dedicamos al Psicoanálisis pero la pluma es un trabajo muy extra en sus asertivas precisas.
    En Sebastián Plut están ambas.

  5. mariana lewkowicz dice:

    Muy interesante!!!
    Solo falto incluir a la Historia entre las disciplinas que aportaron a la explicación del peronismo.

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