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Palabras vaciadas. Palabras expropiadas – Por Estela Grassi

Las expresiones de la principal oposición política, de los discursos de los comunicadores y medios más irresponsables y desaprensivos, y de grupos de manifestantes que exhiben una actitud imperativa frente a medidas de cuidado de la comunidad ante la pandemia, ponen en juego términos que remiten a valores fundamentales como la libertad y la democracia, o bienes culturales valorados como la educación, contrapuesta a la salud pública o el trabajo, puestos en un registro emotivo que los vuelve totalmente abstractos. Es decir, desconectados de la práctica y de su materialidad. Una estrategia que se desarrolla en el terreno del adversario para defender sus propios valores. Así, se neutraliza el debate y se desarma la crítica política, expropiada de sus enunciados más caros, de sus propias palabras.

Por Estela Grassi*

(para La [email protected] Eñe)

 

Las palabras hacen trampa
Nunca creo en lo que nombran las palabras
Las palabras del temblor, del desatino
Las palabras que desvíen el destino
Las palabras son sagradas, buen amigo

Las palabras me hacen falta
Me hacen falta cien millones de palabras

Las palabras hacen trampa
Nunca creo en lo que nombran las palabras
Ahí se esconden muchos tontos importantes

Las palabras me hacen trampa
Nunca creo en lo que dicen tus palabras
Las mías son iguales siempre meten confusión
La tensión entre tus versos y el lenguaje
La tensión entre mis besos y tu amor…

Las palabras son traiciones de alto vuelo.

Las palabras me hacen falta
Me hacen falta cien millones de palabras
….

Mis palabras…las palabras..

Las palabras – 

Fito Páez

 

Desde que los contagios por Covid-19 se dispararon, alcanzando picos que superan el  momento álgido del pasado año 2020 y que llevaron a admitir una segunda ola tan catastrófica como “un tsunami” según el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, los efectores de salud comenzaron a saturarse y sus trabajadores a ser, nuevamente, los héroes y heroínas anónimas a quienes, sin embargo, ya nadie aplaude. En la semana del 5 de abril se vieron largas colas de personas buscando corroborar si sus síntomas eran manifestaciones de la infección por el virus o si el contacto con enfermos los había contagiado aunque no tuvieran fiebre ni dolores. Y las y los agentes de esos servicios debieron extender sus jornadas de trabajo, de por sí agotadoras.

Esas colas contrastaban con las que, hasta ahora, se hacen en los centros de vacunación porque las formaban personas jóvenes, no los adultos mayores ansiosos que luego se fotografían con el “carnet de la primera dosis”. Extrañamente, muchas y muchos se veían conversando a menor distancia de la que se recomienda para evitar los contagios.

Aunque la “segunda ola” era esperada desde hace tiempo y aunque por todos los medios se conocían sus efectos de muertes y padecimientos en aquellas regiones donde ya la transitaron o la estaban transitando, no se encaró una política activa de controles efectivos de las medidas de cuidado. Después de más de un año de pandemia, aunque los datos de infectados, muertos y  vacunados siguieron ocupando a los medios de comunicación,  “la pandemia” había dejado de tener el impacto de lo extraordinario y, como en las largas guerras, el riesgo se disolvió en la cotidianidad.

Pero la “segunda ola” llegó al fin, antes que la suficiente cantidad de vacunas, cuya producción y distribución fueron debidamente depuradas de cualquier vestigio de solidaridad y cooperación internacional para ser, como toda la producción farmacéutica, un recurso más del poder en la geopolítica internacional. Nuevamente, entonces, se impuso qué hacer para controlar la propagación del virus, en un contexto en el que se da la paradoja de un gobierno extremadamente preocupado por las formas republicanas, democráticas y dialoguistas, y una estrategia opositora que aprovecha esa misma preocupación por las formas para presentar cualquier medida de gobierno como un ataque a la libertad, a la república o a la democracia.

Así, las medidas en materia sanitaria, independientemente de su adecuación, corrección, eficacia o conveniencia,  volvieron a convertirse en blanco de esa estrategia por la acción de la principal oposición política, de los discursos de los comunicadores y medios más irresponsables y desaprensivos y de grupos de manifestantes que, aunque poco numerosos, exhiben una actitud imperativa, muy distinta de las formas de manifestación de los sectores sociales más desposeídos que, sumando riesgos a los que son propios de las condiciones de extrema pobreza, demandan por recursos básicos para la sobrevivencia, encolumnados tras agrupaciones cada vez más fragmentadas.

¿Qué pueden tener en común estos movimientos de reacción a las medidas sanitarias con tendencias similares en el mundo o con movidas en la región, más allá de que se inscriban en la historia particular del país, donde la confrontación peronismo-anti peronismo juega o suma un plus a su movilización?

Reacciones similares de derechas, radicales, irreflexivas y vehementemente emocionales se mostraron en Europa (en España, en Francia, en Alemania). Pero también, más cerca y más peligrosas, esas son características del bolsonarismo en nuestra vecindad. Y con Brasil se comparte el hecho de que la elite social y política y los medios de comunicación, aceptaron y contribuyen a hacer sentido común de ese discurso insensato, mezcla de patrioterismo y gestos patoteros, acá representados por Patricia Bullrich, y de misticismo, al estilo de Elisa Carrió. Pero para hacerlo más complicado, envuelto en el celofán del republicanismo y la ilustración y con “la libertad” como bandera.

¿Cómo o por qué pueden abrazarse estas expresiones, a primera vista, irrazonables? Y más allá de los gestos, ¿cuáles son los rasgos que las hacen peligrosas y eficientes, al mismo tiempo? Son preguntas, se puede arriesgar con algún intento de examen, aunque no es fácil desagregar los hilos que traman lo que parece un clima de época global con un estado de cosas y de la política, particular de la sociedad argentina.  

 

La clase  y la ideología

Algunas observaciones para empezar. Entre las principales notas de la versión online del diario La Nación del lunes 19 de abril, está la que informa e ilustra acerca de los abrazos y reclamos por la presencialidad en colegios de algunas localidades del Gran Buenos Aires, después del DNU del Poder Ejecutivo Nacional que dispuso clases virtuales por dos semanas en el AMBA y que la CABA resistió, dejando instalado un conflicto institucional grave, porque un tribunal de justicia local se impuso al Estado federal y luego la Corte Suprema tomó de hecho una medida sanitaria, al fallar a favor de la presencialidad en las escuelas decidida por el gobierno local.

En la nota de referencia se consignan los colegios cuyas autoridades, alumnos y padres los “abraza” reclamando su apertura. Son todos colegios de gestión privada cuyos nombres no tienen que ver con las banderas argentinas que portan las y los manifestantes y con las que luego reclamaron en las puertas de la Quinta de Olivos. Algunos de esos colegios citados son: Colegio Michael Ham (Vicente López), Saint Mary of the Hills School (San Fernando), Florence Nightingale (Acassuso), Saint Gregory’s College (Vicente López) y, un poco más inscripto en la cultura local, aunque sea por los nombres, los colegios San Gabriel (Vicente López) y Santa María (Pilar).  

Protestas y movilizaciones, sabemos, no dejaron de producirse desde el primer momento del final de la llamada Fase 1 de las restricciones sanitarias. Protestas de los movimientos sociales por las tantas necesidades insatisfechas, algunas de educadores y hasta de enfermeras y enfermeros, en demanda del reconocimiento de su estatus de profesionales, cancelado por el Gobierno de CABA. Ni sus contenidos ni sus escenificaciones presentan, en estos casos, ninguna novedad. Son reclamos por derechos sociales, denuncian su conculcación, muestran desigualdades profundas. Y aun cuando violan las medidas sanitarias, no encuentran ni denuncian restricciones a su libertad, a pesar de que la violencia estatal suele ser moneda corriente en sus vidas cotidianas, sea directa o por inacción frente a la inseguridad en sus barrios más o menos precarios, por la presencia de redes de delincuencia cada vez más extendidas, y cuyas víctimas principales son las y los jóvenes.

Son las movilizaciones de otra clase (en sentido sociológico y también de otro tipo) las que constituyen una marca de época. Las que desafían abiertamente las medidas sanitarias y reclaman una libertad que no les falta, que en ningún momento es puesta en juego. Repiten en la calle lo que vociferan los comunicadores que denuncian peligros a la libertad de prensa mientras distribuyen insultos y hacen espectáculos que, a la clase ilustrada cuya libertad y republicanismo dicen defender, debería o se supone que debería, parecerles de extrema ordinariez.

¿Cómo son o qué muestran externamente las movilizaciones de esta clase social? Se mueven en vehículos (gama media-alta para arriba), buena ropa, mujeres rubias, muchas y muchos mayores. Y portan banderas argentinas, únicamente banderas argentinas y pancartas improvisadas; a veces cantan el himno nacional. Los medios les prestan micrófono y cámara (muchos más micrófonos, cámaras, minutos de radio, notas periodísticas on line que a los que vienen de a pié desde los barrios pobres). Las señoras quieren hablar, no muestran ninguna inhibición, están seguras de representar la verdad, de ser la nación, toda la nación, nada más que la nación, expropiada a “la gente” por una banda de corruptos (de “chorros”, suelen vociferar sin mucha delicadeza de clase; por la dictadura, claman otras). Aunque se trate de un gobierno que no vio luz y entró, sino que ganó elecciones libres y limpias. Claro que con los votos de los “vagos, sucios y malos”, choriplaneros, en la versión de “la gente”.  Y tan libres como pueden ser elecciones enmarcadas en campañas plagadas de trolls, denuncias falsas, mentiras y discursos irrelevantes. Lo dijo la señora que esperaba ser atendida en una casa de pastas de Palermo cuando un joven ofrecía vender bolsitas de basura: esos votantes (pobres) son los que “la tienen podrida”, ¿por qué?… “porque nos roban”.

Sabemos con Bourdieu[1] que las ciencias sociales pueden reconstruir la topografía de las clases sociales según los diferentes capitales valiosos que detenten (económico, cultural, simbólico), pero reconoce el mismo autor, y demostró E. P. Thompson[2], que las clases sociales se constituyen en sujetos de la historia en las luchas, en la movilización de símbolos, en la construcción de alguna identidad. “Ganar” en esas luchas es poder instaurar los propios intereses también como de interés general. O disponer de recursos y de medios para imponer intereses particulares en intereses de todos. Lo novedoso en los procesos que se observan desde hace ya algunas décadas, es que esa imposición (hegemonía cultural e ideológica) no parece pretender un orden de dominación en el que sus intereses se impongan a todos,  sino una escisión, un orden acotado y propio, donde aquellos que “tienen podrida” a la señora de Palermo no existen, no son reconocidos ni para imponerles algún interés. Como antes (o peor) de las revoluciones burguesas y liberales, cuando la servidumbre tenía la misma cualidad que los objetos (como se ilustra en la película Ammonite, cuando Charlotte, la joven señora londinense le dice a su amada Mary, turbada ante la presencia de la sirvienta que las ve besarse con pasión, que no se preocupe porque solamente  “es la criada”).

El barrio cerrado, la escuela privada, la salud prepaga son, desde hace tiempo ya, los medios legítimos de pertenencia, extendida ahora al otro lado del río: en Punta del Este no solamente se vacaciona, ahora se va a vivir “en libertad” y lejos de los indeseables hasta que se cumpla la propuesta de Susana Giménez de que “si hay mucha pobreza que la gente vaya al campo (…) a plantar, a tener gallinas en el gallinero”. Sin embargo, faltaba ganar las calles, delimitar un lugar incontaminado (el Obelisco, ya que la Plaza de Mayo la ocupan los “indeseables”, por eso hubo que vallarla), enarbolar los símbolos nacionales apropiados también como distintivos “propios”. La “minoría intensa” de las manifestaciones vocingleras se inscribe en esa disputa de clase, no para imponer sus intereses como de interés de todos, sino simplemente sus intereses como propios. No quiere decir que la imposición sea exitosa e irremediable, sino que ese es el punto. Violencia simbólica en su manifestación más cruda.

Parte de esa disputa es, también, la resistencia a la contribución solidaria dispuesta por una ley del Congreso de la Nación, por parte de algunos de los más ricos de los ricos alcanzados por esa obligación. Para ellos, la contribución es confiscatoria de un patrimonio acumulado gracias al solo mérito, aunque muchas de sus trayectorias no demuestren la mentada capacidad emprendedora que algunos, por cierto, sí ostentan, aunque ésta nunca se habría podido desarrollar en soledad, ni debería volcarse a un puro oportunismo que lucre con las necesidades y los infortunios sociales. El contexto de pandemia profundizó la desigualdad precisamente porque la producción de bienes y servicios indispensables, sectores críticos para que la vida continúe, son y devinieron aún más, en mercancías lucrativas. Los alimentos, las comunicaciones y, en el extremo, las vacunas, exponen la materialidad de esa escisión de la sociedad, en la que esos aportes extraordinarios se comprenden como un gasto injusto para atender “vagos”. Violencia material, en su modalidad más abusiva.

 

 

La ideología y las clases. Las palabras vaciadas

“No me vas a encerrar” dice un señor que participa de una manifestación contra las restricciones impuestas por el DNU del Poder Ejecutivo Nacional a principios de abril. “No creo en el Covid, yo no me vacuno”, levantan sus carteles los libertarios frente a la Casa Rosada. Aunque son unas 100 personas, La Nación online (09-04-2021) difunde numerosas fotos, igual que de los bares de Palermo, con el título de “La noche seguirá”.  “…!que no nos roben el futuro, por favor!” ruega Gastón Bivort, director general del Colegio Santa María, de Pilar ante la disposición de suspender por dos semanas las clases presenciales. “Quiero mi libertad” clama una mujer de mediana edad en su pancarta que levanta por el techo levadizo de su auto, aunque no hay nada ni nadie que la retenga ni la amenace. Una imagen que se repite idéntica el 25 de Mayo.  Las vacunas producen “mutantes epidemiológicos” dice, entonces, un grupo autodenominado “Médicos por la verdad”, y otro afirma que con la Sputnik V se inoculan imanes.

“La democracia está en peligro”, “fenomenal avance de concentración de poder” del presidente, “infectadura”, eran términos de una carta firmada por “intelectuales”, cuando se impusieron las primeras fases del aislamiento social y obligatorio para enfrentar la circulación del virus, tal como ocurría en la mayoría de los países del mundo.

“Uso ilegal del terror sanitario”, se decía por entonces. “Tragedia cultural… anarquía… falta de libertad individual” escribe en su carta una lectora de La Nación el domingo 18 de abril. Una nota corta que, no obstante, diverge de la vacuidad de las consignas anteriores porque es un texto más elaborado en el que afirma que quienes más van a sufrir por esta tragedia son “quienes creen que no trabajar o estudiar es placentero”.

¿Qué características tienen estas expresiones, muchas de las cuales lindan con lo ridículo y son disparatadas, pero que en ocasiones son dichas con gestos adustos por personajes centrales, no marginales de la política o por comunicadores supuestamente premiados? Es el caso de la ex ministra de Seguridad, cuando después de excavar en la Patagonia en busca de contenedores con dinero y de no hallarlos, afirmaba que, sin embargo, había marcas “con forma” de los mismos. O de la dirigente Carrió que, entre otros tantos delirios a los que es dada, aseguraba que Fabricaciones Militares estaba produciendo armas para La Cámpora. O hacían circular que el Papa Francisco guardaba el dinero de la corrupción K en el Vaticano.  Disparates que, sucesivamente, fueron organizando el discurso político y la disputa ideológica: corrupción, república/democracia, libertad.

Lindan con lo ridículo pero ponen en juego términos que remiten a valores fundamentales (la honestidad y la trasparencia en el manejo de la cosa pública, o la libertad y la democracia, tan caras a los y las argentinas, después de la dictadura) o bienes culturales valorados, como la educación, contrapuesta a la salud pública en este momento o el trabajo, según se suceden los acontecimientos, puestos en un registro emotivo que los vuelve totalmente abstractos. Es decir, desconectados de la práctica (de la libertad y de la democracia) y de su materialidad (de las condiciones de la educación o del trabajo realmente existentes. Una estrategia que, en términos de Regine Robin[3], va “sobre el terreno del adversario para defender sus propios valores”. Así, neutralizan el debate y dejan desarmada a la crítica política, expropiada de sus enunciados más caros, de sus propias palabras.

Y también a las ciencias (principalmente las sociales y humanas) que desde hace tiempo ven vaciados los referentes metateóricos de sus argumentaciones y desjerarquizada la información empírica (el ex presidente Macri hizo gala de su menoscabo). El rescate de la ciencia y los científicos (pretendida al inicio por Alberto Fernández, cuando definió a su gestión como un “gobierno de científicos” y cuando asentaba la credibilidad de sus medidas en el equipo de expertos sanitaristas, al iniciarse la pandemia) también se reinscribe en este maremágnum  y en estas disputas por el valor y la veracidad de las palabras, en un estado cultural en el que el tono circunspecto no hace a los datos más verdaderos,  al tiempo que el registro emotivo de la realidad es inmune a los fundamentos empíricos y a los argumentos.

El principal contrincante del presidente, el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, avanza sobre el terreno que Alberto Fernández pretendió como reivindicación de su gobierno: Rodríguez Larreta resiste las medidas dispuestas por la autoridad nacional con sus mismos recursos: “todo lo que decidimos lo hacemos basándonos en datos” enfatiza con gesto grave en cada conferencia de prensa con la que se hace de la última palabra después de la del Presidente.

Si la pandemia es una excusa para concentrar el poder y las restricciones a la circulación, a la presencialidad en las escuelas y para “dominarnos y mantener ignorantes”, aun cuando se saturen los hospitales y haya tantos muertos como si se accidentaran dos aviones colmados de pasajeros cada día, el diálogo deviene imposible. El programa A Dos Voces, del canal TN del 24 de abril constituyó una muestra palpable de esta imposibilidad. El titular de la Unión Argentina de Entidades de Salud y dueño de Swiss Medical Group, Claudio Belocopitt, expuso con la mayor contundencia el estado de los servicios de salud y su saturación. Presentó un panorama desolador si no se fijaban restricciones que corten la circulación del virus, tal como finalmente ocurrió. Realista, insistió en el problema sanitario, incluso en la necesidad de asistir a quienes no puedan trabajar, aunque haya que emitir “papelitos de colores”, fueron sus palabras. Que lo dijera un gran empresario de la medicina prepaga, dueño de la más top de las prestadoras, daba más contundencia al argumento: si se quiere cuidar lo más posible la salud, todo lo demás se subordina, incluso la economía. Luego de los casi 15 minutos de su enfática exposición era imaginable que los demás panelistas tomarían nota de sus datos y argumentos, los registrarían, propondrían caminos de acción. Notablemente, en las intervenciones que siguieron, de una representante de Padres Autoconvocados, de ex funcionarios y de políticos invitados al programa, no se advirtió ningún registro de la presentación de Belocopitt. Lo mismo daba si no hubiera estado en el panel, si no hubiera hecho nadie tan dramático diagnóstico. El problema siguieron siendo las palabras: la libertad en peligro, la educación, olvidada de la mitad de niños pobres que, con o sin presencialidad, tienen el futuro comprometido.

  

Libertad bajo coacción: la palabra expropiada

Fernán Quirós, el ministro casi estrella de la CABA, puso el punto en el lugar exacto desde donde enfocar el problema sanitario, los “comportamientos individuales” y la resistencia de su gobierno: «Los libertarios de mi partido no quieren restricciones», habría dicho (LPO, 07/04/2021). En su entorno relativizaron sus dichos, lo que no importa mucho, porque el comunicado del partido al que pertenece confirmó la resistencia a medidas sanitarias que nada tienen que ver con las “libertades fundamentales” si no fuera porque la libertad (la palabra) está en terreno adversario (volviendo a Robin), dicho esto más allá de los partidos, sino –como digo antes- de la/s clase/s y los alcances de sus visiones del mundo (el mundo de “la gente”).  

«Estamos convencidos de que debemos defender la mayor normalidad posible, que implica garantizar el derecho a la educación, el trabajo y el ejercicio de las libertades fundamentales», dice allí la dirigencia de Juntos por el Cambio no únicamente del PRO, porque las fotos muestran también a dirigentes de la UCR en primer plano. Un partido nacido republicano y devenido libertario. “Larreta desafía el decreto de Alberto y estira el horario nocturno hasta la medianoche”, porque si no, los comensales de los restaurantes “perderían el segundo turno” (LPO, 08-04-21), lo que desde el punto de vista libertario parece ser más riesgoso que el virus. 

Y las palabras que fueron contra la más sangrienta dictadura, son devaluadas, vaciadas y recargadas con pólvora mojada en la contienda. “No te tenemos miedo… Se acabó la paciencia de los mansos. Te metiste con la educación de nuestros hijos. Ni olvido ni perdón (Twit de Pablo Avelluto – 20-4-2021 -8:09 p.m. #ABRANLASESCUELAS). ¿Qué tan valiente necesita ser el ex secretario de Cultura?  Simplemente se expropian las palabras, que se vuelven alardes en un campo sin minas, pero insuflan los pechos de quienes llevan la bandera (nacional y de la educación) como propiedad privada.

Y si San Martín instaba a los pueblos de la América criolla a liberarse del dominio colonial insistiéndoles en que “Seamos libres, lo demás no importa”, la señora rubia que enarbola esa leyenda en la manifestación anticuarentena del 25 de mayo reduce aquella gesta al más puro individualismo, mientras un orador del acto le exige la renuncia al presidente de la Nación y pide a los presentes que dejen de pagar sus impuestos y encabecen una “rebelión fiscal”.  Y en tanto las palabras vaciadas inspiran las bombas en locales partidarios.

 

 

Una visión a-social del mundo

Por cierto, preexisten y coexisten otros riesgos para la vida, para la salud y para la libertad de un amplio conjunto de compatriotas. Son los riesgos que entraña la pobreza, la condición en que viven más del 50% de niñas y niños en este país. Una pobreza alimentada por la desigualdad social que ahora potencia el contexto de pandemia, pero que no llegó con el Covid-19. “Hay hambre en la Argentina” repetía desde antes de asumir el actual Ministro de Desarrollo Social de la Nación. Pero la pobreza creció con la pandemia, en la misma medida que el enriquecimiento obsceno de un grupo (aquí y en el mundo), según surge de reciente información que brinda la revista Forbes, pero no únicamente. Entre ellos hay argentinos que preocupados por las “libertades fundamentales”, que no se quieren perder el segundo turno en los restaurantes y van a la Justicia para no pagar la contribución solidaria o radican sus empresas en Uruguay. Pero claro, si las palabras cambian de sentido porque sus contenidos son parte de la contienda, también hay palabras que se mantienen como tabú. Como  “compatriotas”, en el terreno de las ideologías libertarias y neoliberales.

Aprendimos en la escuela primaria (cuando era común, además de pública y gratuita) la máxima según la cual “los derechos (o la libertad) de cada uno terminan donde comienzan los derechos (y la libertad) de los demás. Una máxima que se sigue hallando hasta en conversaciones corrientes, con los más diversos contenidos porque el problema, siempre, es por el contenido y por los límites. ¿Qué derechos? Derecho de cada uno y cada una a disponer libremente el curso de su vida. Pero, ¿dónde esa disposición encuentra el límite de “los demás”? El problema del lazo entre el “individuo y los demás (una sociedad/una comunidad)” se plantea desde que el individuo se impuso al grupo y desde que la comunidad dejó de ser solamente el grupo “natural” (étnico y/o religioso) y su constitución exigió un esfuerzo de imaginación y un trabajo sin fin de recreación de la pertenencia. La nación, el país o la república (tan mentada y vapuleada en estos tiempos) que el Estado (cada Estado) expresa y representa, es obra humana, proyecto e imaginación política de creación de una comunidad, no obstante, dividida. De ahí los riesgos de fractura si aquel trabajo de recreación no encuentra otro arraigo que la interpelación al localismo (la ciudad, cada provincia) o al solo individuo meritorio y autosuficiente y su (imaginaria) “libertad fundamental” de hacer  la propia voluntad sin límite aunque los demás perezcan.

Los libertarios y los neoliberales creen (son creyentes de un templo secular) que tienen derecho a hacer lo que les venga en gana (y así lo hacen) aunque pongan en riesgo a los demás que se les crucen, y que eso es una libertad fundamental.  No usar tapabocas, participar de fiestas masivas, no guardar el aislamiento preventivo cuando se sospecha la portación del virus, alentar la desobediencia a las restricciones que se disponen para menguar su circulación, son comportamientos del mismo tipo que conducir a alta velocidad y pasarse los semáforos en rojo. Son conductas que conculcan el derecho de los demás a no enfermarse o a usar la calle. Son comportamientos egoístas que coinciden con suponer que la acumulación extrema de riqueza es solo producto del propio mérito.  

¿Está en su naturaleza? No, son comportamientos sociales que arraigan en una ideología que desconoce el entramado de lazos que constituyen una sociedad, más allá de los lazos que trama el capital. Son comportamientos sostenidos en la ignorancia de que la libertad de las personas (de todas) tiene condiciones para ser tal. La primera es la vida, la de desenvolver la propia existencia en condiciones tales que la alejen del hambre y el desamparo. La existencia común (en los dos sentidos: de existencia corriente y de existencia de todos) solo puede desenvolver como común (en comunidad) sobre un piso de reconocimiento que respalde la protección de cada particular ante los avatares diversos. Es ese piso el que ponen reiteradamente en cuestión los libertarios que privilegian una libertad abstracta, y los neoliberales que privilegian su capacidad de acumulación sin límites, tras la que se inclinan los gobernantes que, sin embargo, deberían ser responsables.

»No estamos de acuerdo con restringir la circulación, pero lo haremos’, es un modo de permitirla, de transferir la responsabilidad del gobernante a la decisión individual, entre un conjunto de gentes que da muestras de no registrar al prójimo porque comulgan y reproducen una ideología que solamente reconoce individuos dispuestos a hacer su propia voluntad. 

Por eso la igualdad, por ahora, es otra palabra tabú en el terreno adversario. Merece cuidarse, quedan pocas y, como dice Fito, “hacen falta cien millones de palabras”.

 

Referencias:

[1] Bourdieu, Pierre: “Espacio social y génesis de las clases”. En: Sociología y cultura. Grijalbo, 1990 (1984)

[2] Thompson, Edward P.: Tradición, revuelta y conciencia de clase. Ed. Crítica, Barcelona, 1984.

[3] Robin, Régine: Discurso político y coyuntura. En: Revista Ensambles Primavera 2020, año 7, n.13.

 

Buenos Aires, 1° de junio de 2021.

*Dra. en Antropología. Profesora Consulta de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Investigadora del Instituto Gino Germani.

1 Comment

  1. Claudio Javier Castelli dice:

    ¡Muy bueno! ¡Gracias!

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