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Más allá del neoliberalismo: el Estado social el día después (sexto capítulo) – Por Ricardo Forster

¿Es posible reconstruir, así sin más, el Estado social de base keynesiana como si nada hubiera sucedido en el interior de la sociedad del capitalismo tardío? ¿Se pueden combatir las causas estructurales y profundas que están en el origen de las expansiones virales de las últimas décadas sólo apelando a darle al Estado una dimensión más activa y presente? ¿No estamos, acaso, ante una oportunidad única de ir más a fondo con la propia metafísica del capital? Preguntas que buscan respuestas nada fáciles ni lineales allí donde la crisis de la economía-mundo es mucho más que una nueva redefinición de los modos de acumulación y de concentración de la riqueza por las grandes corporaciones y las plutocracias gobernantes.

Por Ricardo Forster*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Un golpe demoledor al sentido común vigente hasta hace unas pocas semanas. No siempre se puede ser testigo de la implosión de una manera de estar en el mundo, de construir lazos de dominio y sujeción fundados, supuestamente, en una ampliación de la libertad individual. Eso es lo que está pasando aceleradamente entre nosotros mientras el miedo global no disminuye pese a las múltiples intervenciones de los Estados y del aparato científico que promete alcanzar la meta anhelada de una vacuna que nos inmunice ante el covid-19. Por esas paradojas que de vez en cuando también se producen en el interior de la vida histórica, el mismo instrumento tan vilipendiado por la retórica neoliberal, el Estado, se ha convertido en el centro de cualquier posible solución al crecimiento de la pandemia. Antes se exigía menos Estado, menos involucramiento en los asuntos económicos y sociales; ahora se le pide que se haga cargo de la salud y que lo haga de una manera integral rompiendo uno de los artículos de fe del capitalismo “salvaje”: que el acceso a la salud no debiera ser un derecho humano ni conducir a un aumento del gasto que debe ser rigurosamente controlado para alcanzar la meca del equilibrio fiscal. Pero hay algo todavía más perverso en este imperativo del canon neoliberal: la creciente privatización de los servicios de salud, unida a la monumental fuente de ganancias y regalías que constituyen los activos de la industria farmacéutica, son un punto nodal del engranaje del Estado diseñado por los seguidores de Hayek y Friedman. En una sociedad donde se privilegia lo individual y lo patrimonial resulta contradictorio sostener sistemas de salud que se dirijan a lo común y colectivo. En una ideología que resalta el mérito y la toma de riesgo propia del individuo que se lanza a la aventura de realizarse a sí mismo, la salud pública es una piedra en el zapato, una contradicción en los términos porque premia al que carece de méritos o al que no ha hecho nada para alcanzar el éxito, mientras que perjudica a aquellos que se han esforzado por lograr objetivos que no vienen dados ni resultan de lo socialmente dado. “La sociedad no existe, sólo existe el individuo”, sostuvo Margaret Thatcher acentuando, con una síntesis envidiable, el non plus ultra del neoliberalismo. Un mundo de individuos compitiendo entre sí, luchando a brazo partido por ser integrados al pelotón de los triunfadores, aquellos que se pueden pagar un buen tratamiento médico porque lograron, por mérito propio, autoabastecerse sin tener que chupar de la teta de la seguridad pública. En la sociedad del riesgo no puede haber lugar para los débiles o, peor todavía, para los perdedores. El covid-19, su invisibilidad devastadora, puso en cuarentena la autoconfianza del individuo liberal en su capacidad de salvarse a sí mismo sin ayuda del Estado, de lo público y de lo común. Es difícil imaginar que la recomposición de una salud pública que atienda las necesidades del conjunto de la sociedad, y lo haga sin perseguir ganancia alguna, no choque de frente contra todo el andamiaje forjado durante cuatro décadas por el neoliberalismo. Algo no va más. Y en ese no ir más se plantean las preguntas respecto del “día después”, ese momento en el que supuestamente habremos dejado atrás al virus –al menos una vez más pero a la espera de su regreso con nueva virulencia si todo siguiese igual– sin por eso haber superado las causas que favorecieron su expansión planetaria. Quiero decir que la reconstrucción de un sistema de salud público y de acceso universal, que suponga un derecho inalienable y por lo tanto su gratuidad, arrastrará, inexorablemente, al edificio entero del neoliberalismo allí donde éste no puede negociar con su contrario absoluto. El capitalismo de la segunda posguerra se vio obligado a pactar con la clase trabajadora, tuvo que aceptar la arquitectura del Estado de bienestar en medio de una zozobra política y económica que amenazaba su continuidad (o al menos esa era la lectura que las clases dominantes hicieron en aquel contexto atravesado por el temor a la revolución social y al papel activo, en ese desencadenamiento, de la Unión Soviética. El socialismo era más que una palabra gastada y desactivada, era el nombre de una alternativa real al capitalismo, aquello que atemorizaba a las clases dominantes. El neoliberalismo llegó en el momento exacto en el que el mito de la revolución se convirtió en un objeto arqueológico y en el que el capital inició un sistemático proyecto de revanchismo social y de recuperación acelerada de sus tasas de ganancia). El neoliberalismo, su ontología para llamarla así, es antagónica a las implicancias estructurales que suponen reconstruir en la actualidad un Estado social. Un neokeynesianismo progresista (porque lo puede haber de extrema derecha e incluso liberal) constituye un otro impensable para la lógica de la financiarización que domina la época de la ortodoxia neoclásica. De ahí, que resulte difícil, por lo laberíntico, descifrar el camino que se abrirá el día después del final de la pandemia. ¿Es posible reconstruir, así sin más, el Estado social de base keynesiana como si nada hubiera sucedido en el interior de la sociedad del capitalismo tardío? ¿Se pueden combatir las causas estructurales y profundas que están en el origen de las expansiones virales de las últimas décadas sólo apelando a darle al Estado una dimensión más activa y presente? ¿No estamos, acaso, ante una oportunidad única de ir más a fondo con la propia metafísica del capital? Preguntas que buscan a tientas respuestas nada fáciles ni lineales allí donde la crisis de la economía-mundo es mucho más que una nueva redefinición de los modos de acumulación y de concentración de la riqueza por las grandes corporaciones y las plutocracias gobernantes. La vida, la nuestra y la de los no humanos, está definitivamente en juego.

 

El diario El País calificó a Vidal como "la Margaret Thatcher ...

 

Ese catecismo que impregnó el sentido común en las últimas cuatro décadas se ha convertido en letra muerta. Ya nadie lo recita. Ya nadie lo reclama. Ya nadie busca imponerlo, aunque sigan persistiendo los nostálgicos de la libertad absoluta, de la meritocracia y del sálvese quien pueda. Ni siquiera el americanismo más radicalmente libertario ni la ampulosa autosuficiencia de un Trump cada vez más caricatura de sí mismo, hoy pueden sostener argumentos que se los ha llevado el viento huracanado causado por un “bichito” invisible. Décadas de industria cultural y comunicacional, de publicidad subliminar atravesando todo tipo de fronteras reales e imaginarias, han mostrado, de la noche a la mañana, que las certezas y las creencias dominantes han saltado en mil pedazos. Vuelve el Estado. Pero… ¿qué Estado y para qué? ¿Apenas para amortiguar el espanto y las consecuencias catastróficas de la pandemia? ¿Es posible que después del largo calvario todo siga igual? ¿Resisten las sociedades una nueva repetición como en la crisis del 2008? Me apresuro a señalar que tengo mis serias dudas de que, en esta ocasión, haya una habilitación social como la que les permitió a los gobernantes neoliberales rescatar a los bancos con fondos públicos devolviéndoles todas sus supuestas pérdidas a la vez que se profundizaron todas las causas de la crisis de aquel entonces. Quisiera creer que la pandemia, la ominosa sombra que recorre la aldea global, nos está llevando a límites nunca antes vividos, al menos no de este modo y en las condiciones de una sociedad como la nuestra. ¿Alguien puede pensar que la rueda de la fortuna del capitalismo especulativo volverá a echarse a rodar sin que nada la detenga?

Algo conmovedor nos está aconteciendo hasta el punto, eso esperamos, de abrirnos hacia otras dimensiones de la vida social sabiendo, como crudamente se va mostrando en medio de la pandemia, que siempre los más débiles (los pobres, las mujeres, las minorías, los pueblos originarios, los discapacitados/as, los ancianos abandonados por sus hijos en geriátricos convertidos en morideros, los indocumentados/as migrantes, los trabajadores/as informales, los parias del mundo) son los que más expuestos están, los que más sufren y los que menos reciben. Hoy sencillamente se ha vuelto intolerable el abandono de los débiles como consecuencia de un Estado jibarizado por el mercado y sus intereses. Y se vuelve visible e intolerable porque también las clases medias han comprendido que el vaciamiento de lo público, la mercantilización de la salud y la banalización de la seguridad social son los flancos débiles por los que entra con toda libertad el virus matando sin discriminación alguna. ¿Un antes y un después?

Álvaro García Linera, en una reciente conferencia[1], hace una aguda descripción del derrumbe material y simbólico de la globalización neoliberal. Señala que ha fracasado en todos los órdenes y que, suceda lo que suceda, el día después ya no nos encontrará regresando al modelo estatal puesto a disposición de la circulación libre de los capitales especulativos. “Cuánto durará este re-torno al Estado –se pregunta García Linera–, es difícil saberlo. Lo que sí está claro es que por un largo tiempo ni las plataformas globales, ni los medios de comunicación, ni los mercados financieros ni los dueños de las grandes corporaciones tienen la capacidad de articular asociatividad y compromiso moral similar a los Estados. Que esto signifique un regreso a idénticas formas de estado de bienestar o desarrollista de décadas atrás no es posible porque existen unas interdependencias técnico económicas que ya no pueden dar marcha atrás para erigir sociedades autocentradas en el mercado interno y el asalariamiento regular. Pero, sin Estado social preocupado por el cuidado de las condiciones de vida de las poblaciones seguiremos condenados a repetir estos descalabros globales que agrietan brutalmente a las sociedades y las dejan al borde del precipicio histórico.” Este es uno de los polos de su reflexión y de las perspectivas para el día después. La ilusión de regresar al Estado de bienestar como se manifestó en las décadas siguientes a la segunda posguerra chocan de frente con los cambios estructurales y tecnológicos que se vienen desplegando en los últimos tiempos, cambios que han reconfigurado gran parte de las prácticas sociales, económicas y culturales. Resulta ingenuo suponer que se trata de reconstruir el funcionamiento sin más del Estado social sin tomar en cuenta el estadio actual de la valorización capitalista y de las profundas mutaciones que han disparado la agudización de la virtualidad y de la digitalización. La lógica del capitalismo es antagónica a cualquier embridamiento –aunque haya tenido que aceptarlo en algún momento de su travesía histórica cuando no tuvo otra alternativa–, su naturaleza, para llamarla de este modo, lo impulsa a la busca constante de la maximización de la ganancia junto con la expansión ilimitada de la apropiación de recursos que sigan garantizando su rentabilidad.

La astucia del capital ha sido, en otras etapas de su historia, asimilar a sus críticos, volver en insumos propios las formulaciones contrarias, y atravesar las crisis desde un lugar de fortalecimiento aunque haya tenido que pactar en algunos momentos. El Estado de bienestar fue el resultado de ese pacto que forzó al capital a aceptar límites y a otorgarle a los trabajadores una parte antes inimaginable de la distribución de la renta junto con la construcción de esa extraña arquitectura que fue el Estado social. García Linera  no ve un escenario equivalente, pero no por la incertidumbre generada por la incapacidad de la globalización de hacerse cargo de las demandas surgidas con el covid-19 y su transformación en pandemia, sino por problemas estructurales del propio sistema de la economía-mundo. ¿Cómo compatibilizar el núcleo esencialmente egoísta del capital con la trama de solidaridad que supone el acceso gratuito y universal a la salud? ¿Cómo desandar el camino que llevó a la sociedad a su fragmentación y a la desocialización sin desarmar, a su vez, todo el engranaje que lo hizo posible? El virus, a su paso, deja desnudo al sistema. Pero eso no significa que esté muerto. Seremos testigos de su esfuerzo denodado por mantener el status quo, por intentar salir más poderoso de esta crisis como ya lo hizo en otras ocasiones. El capitalismo se alimenta y se expande aprovechando las crisis que genera. Veremos hasta donde nos lleva el covid-19, que murallas rompe y que posibilidades abre para ir más allá de la globalización.

García Linera, a él seguimos leyendo, está convencido que resulta quimérico imaginar un retorno tal cual al modelo de la financiarización globalizadora. En todo caso, ve otros problemas que pasa a destacar en su conferencia y que tocan el corazón de muchas de las preguntas que también me hago en estos días de la cuarentena y a medida que crecen los dispositivos y las plataformas tecnológicas como los grandes “actores” y, por qué no, ganadores de la época. Le devuelvo, entonces, la palabra al ex vicepresidente boliviano: “Ahora, otra de las paradojas del tiempo de bifurcación aleatoria como el actual es el riesgo de un regreso pervertido del Estado bajo la forma de keynesianismos invertidos y de un totalitarismo del big data como novísima tecnología de contención de las clases peligrosas. Si el regreso del Estado es para utilizar dinero público, es decir, de todos, para sostener las tasas de rentabilidad de unos pocos propietarios de grandes corporaciones no estamos ante un Estado social protector, sino patrimonializado por una aristocracia de los negocios, como ya sucedió durante todo el periodo neoliberal que nos ha llevado a este momento de descalabro societal.” ¿Qué duda cabe que uno de los objetivos principales de los poderes reales es no solamente sostener su hegemonía sino ampliar sus mecanismos de dominación a partir de los instrumentos informacionales y digitales utilizados durante la pandemia global? De ahí que la segunda cuestión que preocupa a García Linera es “si el uso del big data es irradiado desde el cuidado médico de la sociedad a la contrainsurgencia social, estaremos ante una nueva fase de la biopolítica devenida ahora en data-política, que de la gestión disciplinaria de la vida en fábricas, centros de reclusión y sistemas de salud pública pasa al control algorítmico de la totalidad de los actos de vida, comenzando por la historia de sus desplazamientos, de sus relaciones, de sus elecciones personales, de sus gustos, de sus pensamientos y hasta de sus probables acciones futuras, convertido ahora en datos de algún algoritmo que “mide” la “peligrosidad” de las personas; hoy peligrosidad médica; mañana peligrosidad cultural; pasado mañana peligrosidad política.”

Hay un cierto contacto entre estas preocupaciones de García Linera, lo que él llama “la data-política” como nueva variante de la biopolítica, y lo que sostiene Byung-Chul Han del predominio del modelo “oriental” como salida tecno-autoritaria también fundada en la expansión del big data y del algoritmo como mecanismos de control social. Lo cierto es que el día después contiene diversas posibilidades y abre interrogantes muy difíciles de anticipar sin caer en miradas pesimistas o, al contrario, en cierta perspectiva bucólica e ingenua que supone que estamos ante una extraordinaria oportunidad para cambiar radical y dramáticamente de formas de vida y de organización de la producción, del trabajo y del consumo, y que pierde de vista la capacidad del sistema para adaptarse y sobrevivir. Creo, o más bien es algo demasiado obvio, que el poder real intentará apropiarse de esta crisis pero que, a su vez, hay corrientes nuevas y profundas en las sociedades que también se agitan y buscarán impedir que la lógica brutal del capitalismo haga lo que sabe hacer: crecer y expandirse aprovechando las crisis. El peligro de ir hacia una sociedad cada vez más panoptizada es más que evidente; del mismo modo que el aislamiento social redefine las relaciones corporales hasta un punto inédito. Nuestros cuerpos se dejan atravesar, para alcanzar cierto contacto con los otros, por las tecnologías digitales y las distintas plataformas de comunicación que hoy reemplazan la imposibilidad de la cercanía corporal. Sus consecuencias están por verse, aunque la generalización en nuestras cotidianidades enclaustradas de la virtualidad tecnológica augura mutaciones insospechadas. Lo que ya era una tendencia global a la colonización de nuestras prácticas por los soportes tecno-digitales hoy se ha convertido en nuestra fuente absoluta de intercambios y de “contactos” con esos otros cuyos cuerpos se sustraen por temor al contagio o, peor todavía, por la proliferación de protocolos de seguridad pública que impiden la cercanía corporal. No hace falta citar a Foucault para comprender que una pandemia como la que estamos sufriendo guarda dentro suyo una radical transformación de usos y costumbres que redefinirán los modos de ser de la sociabilidad, de la circulación del poder y de las prácticas emergentes. Lo que en todo caso está anticipando con preocupación García Linera es la apropiación, por parte del sistema, de esas tecnologías algorítmicas capaces de ampliar los mecanismos de vigilancia –y punición– hasta niveles nunca antes alcanzados. Pero también, junto con esa mirada crítica, aparece, en su visión, la fuerza del común para encontrar caminos alternativos y en condición de antagonizar con el poder real.

 

Los libros de Álvaro García Linera, la mano derecha de Evo Morales

 

Páginas más arriba señalé que no resulta verosímil que las sociedades actuales procesen del mismo modo la crisis del covid-19 que como lo hicieron con la crisis económico-financiera del 2008. Un velo se ha corrido. Los ojos ciudadanos ya no ven lo mismo que veían antes de la pandemia. El Estado adquiere otra fisonomía. La vida y la muerte se estructuran de otro modo junto con el papel de la salud pública. La economía, su absoluta centralidad en el interior del capitalismo, se ha corrido, ya no ocupa ese núcleo irradiador de todos los sentidos del vivir ni se ofrece como la esfera primordial de las relaciones sociales. El virus invisible se coló entre los intersticios del capital, del consumo y de la maximización de la ganancia hasta hacer saltar en mil pedazos el sentido común de la época. Muy pocas son las ocasiones en las experiencias sociales, e incluso individuales, en las que se producen desequilibrios, rupturas y despliegue exponencial de la incertidumbre como la que hoy estamos experimentando. Es un momento único e insólito que puso en suspenso valores, creencias, prácticas sociales, políticas hegemónicas, ideologemas y lenguajes dominantes hasta el punto de que son muchas más las preguntas que aparecen que las respuestas que se ofrecen. La certeza de la infinitud del capitalismo, y todos sus correlatos, se ha derrumbado aunque todavía no seamos capaces de imaginar lo que eso implica de cara al futuro próximo. Intuimos que nada será igual, pero no sabemos si la magnitud de los cambios serán positivos o, al contrario, la profundización de lo peor de un sistema que al irse muriendo nos lastimará aún con mayor fuerza. Ese es, también, el interrogante que se desprende de la conferencia de García Linera; la tensión y la ambigüedad que recorre su discurso, la inquietud que nos devuelve. Y está bien que sea sí. Las respuestas lineales y dogmáticas han sido desacreditadas por el virus. Por suerte.

Lo que ha puesto en evidencia la expansión global del corona virus es que no sólo en las periferias del mundo se multiplica la precarización y la pobreza extrema. Lo que hoy estamos viendo en Estados Unidos son las imágenes de una sociedad profundamente desigual en la que los más débiles están indefensos ante el avance de la pandemia. Con total crudeza lo que desnuda la situación es la implacable lucha de clases que atraviesa al capitalismo contemporáneo, una lucha de clases en la que los más pobres, los indocumentados, los negros y los latinos son los primeros en sufrir los embates del covid-19 sin tener acceso al sistema de salud más desigual de Occidente en el que, paradójicamente y según los galimatías cínicos de las estadísticas, se dice que el gasto en salud es de 10.000 dólares per cápita mientras que en Europa es un poco más de 4000! Lo que no dicen las estadísticas es que apenas los decíles más altos tienen cobertura a través de seguros de salud mientras que los más bajos están abandonados a la mano de Dios. “La novedad de la globalización contemporánea –afirma Maurizio Lazzarato reflexionando sobre las mutaciones que ha venido sufriendo el capitalismo– es que este centro de distribución / periferia, se instala también en el interior de los países del Norte: islas de trabajo estable, asalariado, reconocido, garantizado por derechos y códigos legales (en proceso, sin embargo, de disminución continua) rodeado de océanos de trabajo no remunerado o barato, sin derechos y sin protección social (precarios, mujeres, migrantes). La máquina “centro/periferia” no ha desaparecido. No sólo ha adoptado una forma neocolonial, sino que también ha pasado a formar parte de las economías digitales occidentales”[2]. La raquitización de los sistemas de salud en gran parte de Europa muestran el otro rostro de sociedades opulentas que, sin embargo, fueron precarizando derechos y formas de trabajo hasta el punto de quedar casi indefensas ante el embate del covid-19[3]. Lazzarato muestra que el virus neoliberal ha ido dañando el corazón de la vida social, lo ha hecho con mayor virulencia en la periferia pero también se ha ocupado de despellejar el Estado de bienestar hasta el punto de dejarlo con muy pocos recursos a la hora de enfrentar aquello que de tan anunciado ya nadie le prestaba la atención que se merecía. Es el capitalismo, en su formato financiarizado al extremo, el que deja inermes a los países y, sobre todo, a los más débiles. “El capitalismo contemporáneo –subraya con énfasis Lazzarato– generaliza la guerra contra los vivientes, pero lo hace desde el principio de su historia porque son objeto de su explotación y para explotarlos debe someterlos. La vida de los humanos, como todo el mundo puede ver, debe someterse a la lógica contable que organiza la salud pública y decide quién vive y quién muere. La vida de los no humanos está en las mismas condiciones porque la acumulación de capital es infinita y si lo viviente, con su finitud, constituye un límite a su expansión, el capital se enfrenta a él como todos los demás límites que encuentra, superándolos. Esta superación implica necesariamente la extinción de todas las especies.”

Este es un nudo que debemos desatar para entender mejor el carácter de esta crisis, sus alcances y la extrema gravedad de sus consecuencias si es que somos capaces de revertir esta apropiación que el capitalismo ha hecho y sigue haciendo de lo viviente desde la lógica de su reproducción infinita. La densidad inédita de lo que nos está ocurriendo no deja nada sin tocar y cuestionar. En primer lugar, el colapso de los sistemas de salud ha puesto en evidencia lo que han significado las políticas de desguace de los estados sociales y la rapiña incontrolada de las grandes farmacéuticas; en segundo lugar, muestra la debilidad estructural de la globalización a la hora de magnificar los peligros de expansión viral a partir de las redes interconectadas de comercio –sobre todo de alimentos de origen animal–, de producción just in time y de turismo; en tercer lugar, desnuda la precarización del trabajo tanto en los países periféricos como en los centrales –aunque guardando las distancias brutales que existen entre cualquier sociedad periférica y las del Norte–; en cuarto lugar, pone al descubierto las consecuencias arrasadoras de las actuales formas de industrialización de la naturaleza, en especial la generalización de las macro-granjas donde se hacinan de a miles y miles vacunos, porcinos, bovinos y aviares, hasta el punto de amplificar la fuga de virus de los animales a los humanos junto con el avance de la deforestación y la destrucción de las zonas salvajes; en quinto lugar, la pandemia debilitó hasta casi extinguirlos los lazos de supuesta solidaridad internacional, desmembrando alianzas entre países que parecían sólidas y que, sin embargo, se han convertido en letra muerta como lo es, en primer lugar, la comunidad europea que no ha sabido ni podido, y quizás querido, atacar en común las consecuencias de la pandemia (la Europa latina sobre todo ha recibido de lleno el golpe y los países del norte europeo, encabezados por Alemania, se han desentendido de los pedidos urgentes de construir un fondo solidario); en sexto lugar, lo que se observa es la multiplicación y sofisticación de todo lo que tiene que ver con el mundo on-line, lo digital y las redes sociales no sólo bajo la forma práctica de la comunicación en medio de la cuarentena, sino, más grave y problemático, su conversión potencial en un aparato de control como nunca antes existió y que tiene en el big data un instrumento mefistofélico. Estas son algunas de las cuestiones que nos impactan y que debemos abordar si queremos salirnos del abrazo de oso de un sistema que buscará todas las formas a su alcance para sobrevivir.

 

Referencias:

[1] Álvaro García Linera, “Pánico global y horizonte aleatorio”, conferencia inaugural en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, 30/3/2020.

[2] Maurizio Lazzarato, “¡Es el capitalismo, estúpido!”, Lobo suelto!, 8/4/2020

[3] En una crónica escrita por Alba Sidera encontramos una descripción espeluznante de lo que el autor define como “la masacre que la patronal no quiso evitar” en Bérgamo, en la Lombardía, la región más rica e industrial de Italia. Sidera, en una minuciosa investigación, nos muestra las continuas presiones de las cámaras industriales para impedir que se decretara la cuarentena total y, de ese modo, mantener sus industrias funcionando con todos sus trabajadores y trabajadoras arriesgando cotidianamente sus vidas. Cuando la prensa mundial se preguntaba por qué esa región peninsular había sufrido el impacto mayor del corona virus, fueron pocos, muy pocos, los que describieron la verdad de una manipulación que resultó mortal y que tuvo a los grandes industriales como actores principales de la masacre. Avidez y desprecio a la vida, clasismo exacerbado son sólo algunos de los rasgos de una impiadosa lucha de clases que, en el caso italiano, no se cebó solo sobre los más débiles –las minorías, los sin papeles– sino sobre la clase obrera sindicalizada, mostrando que el avance implacable del capitalismo neoliberal también arremete contra “sus” trabajadores. Cito el comienzo del artículo porque habla por sí mismo: “Hay imágenes que marcan una época, que quedan grabadas en el imaginario colectivo de un país. La que no podrán olvidar en años los italianos es la que fotografiaron los vecinos de Bérgamo desde sus ventanas la noche del 18 de marzo. Setenta camiones militares cruzaron la ciudad en medio de un silencio sepulcral, uno detrás de otro, en una marcha lenta en señal de respeto: transportaban cadáveres. Los llevaban a otras ciudades fuera de Lombardía porque el cementerio, el tanatorio, la iglesia convertida en tanatorio de emergencia y el crematorio en funcionamiento las 24 horas al día ya no daban abasto” (Alba Sidera, “Bérgamo, la masacre que la patronal no quiso evitar”, ctxt contexto y acción, Roma, 10/04/2020). Todo el resto del artículo recorre las inocultables evidencias de la complicidad del empresariado del norte de Italia y gran parte del sistema político que permitió que en Bérgamo se multiplicaran las muertes perfectamente evitables. Lo que hoy, cada día, está sucediendo en Estados Unidos es también evidencia de ese desprecio y de esa lucha de clases que la pandemia pone cruelmente en evidencia. Toda la monumental masa de dinero que Trump volcó supuestamente para combatir al covid-19 fue a parar a las manos de grandes empresas, mientras el sistema de salud está colapsado y no es capaz de atender a los más débiles del eslabón societal.

 

Buenos Aires, 13 de abril de 2020

*Filósofo, profesor y ensayista argentino. Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Forma parte del equipo de académicos e intelectuales que fue nombrado por el Gobierno nacional como asesores del presidente Alberto Fernández.

1 Comment

  1. nora merlin dice:

    «Lo cierto es que el día después contiene diversas posibilidades y abre interrogantes muy difíciles de anticipar» Hay muchas teorías sobre lo que sucederá,
    se disputará políticamente en la cultura y estará determinado y orientado por la correlación de fuerzas. Corremos con ventajas porque a nivel global vemos al «rey desnudo»junto con la construcción de una demanda global de salud como derecho universal, eso significa una bala de muerte al sistema de salud privado y al negocio de los laboratorios

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