

Miguel Gaya sostiene en este artículo que hace tiempo sabemos que Milei no es la causa, sino un síntoma de lo que nos pasa como sociedad, y que este experimento no es el huevo de la serpiente; es una serpiente que está presta a devorarnos.
Por Miguel Gaya*
(para La Tecl@ Eñe)
Las imágenes atroces de Milei, sus penosas performances, su ridícula vestimenta, sus ideas estúpidas y dañinas nos ocupan el tiempo y la furia. No debería ser así. O no debería ser sólo eso.
Sabemos hace tiempo que Milei no es la causa, sino un síntoma de lo que nos pasa. De algún modo, Milei también «nos pasa», pero no «produce» lo que nos pasa. Es una comparsa y un disimulo.
Milei fue construido, afirmamos, y no nos falta razón. Y nos pasamos el tiempo buscando al padre del Golem, y no lo hay. O sí lo hay, y tiene un nombre tan difuso que parece no designar a nadie. El responsable de este monigote, quien lo encontró, mimó, produjo e instaló es el sistema. Un sistema difuso, que no se agota en los nombres que paso a paso lo construyeron.
Se dice que lo construyeron los medios de comunicación, pero se necesitó tanto a la televisión como al conductor del programa; tanto al colega de piso como a quien pagó la pauta. Pero eso explica solo una parte, y nada de su elección y menos de su gobierno.
Quienes lo votaron una y otra vez, y lo seguirán votando, no son los desengañados de ayer. Vienen de la noche de los tiempos, de los pusilánimes, ignorantes y ambiciosos que siempre estuvieron entre nosotros. Son los que en la década infame aceptaban el fraude para que no gane la chusma, los contreras de Perón, los lectores de Gente de la dictadura y los auto hipnotizados por Neustadt y Tinelli; los que se encogieron de hombros mientras se ametrallaba a sus compatriotas en la Plaza o se los arrojaba vivos de los aviones de la muerte, los que rieron las gracias del Turco y reverenciaron la Sacrosanta Convertibilidad. ¿Acaso no los conocen?, ¿acaso no están en la familia? Son los que defecan su voto y esconden la mano.
Pero ellos, con haberlo puesto en el trono, no son los dueños de Milei y mucho menos sus mandantes. No está allí para hacer su voluntad, sino la voluntad de otros. La voluntad del sistema. Son aquellos que han puesto allí a Milei para que baile y se babee hasta la náusea, mientras ellos gobiernan y reducen el gobierno a su antojo y medida.
Hubo un tiempo en que los poderosos tuvieron que hacer la manga ancha. Su manera de ejercer el poder tenía un talón de Aquiles: la legitimación por los votos. Esa democracia fingida, en los hechos un esquema restringido de plutocracia, poco a poco fue horadada y disputada por las masas. Con democracia se educa, se cura y se come, decían. Así lo dice la Constitución, decían como credo laico. La tensión entre un modelo y otro nos llevó el siglo XX, gobiernos populares, dictaduras, y un largo etcétera. Pero hoy y aquí, en este occidente de patio trasero que habitamos, esa manga ancha ya no es necesaria, ya no oculta ni promete.
Ahora, y no solo acá, habitamos el simulacro de la democracia, un escenario y espectáculo degradados donde bailan bajo las luces seres rotos, aplaudidos por millones, mientras tras bambalinas se cuecen las desgracias que habremos de tragar.
El meollo de la cosa, el motor y razón del sistema, está en otra parte. En la acumulación obscena de la riqueza y en la miseria de la mayoría de la población. En que una es condición y consecuencia de la otra, y viceversa. Y ya no se puede, ni se necesita, ni se quiere disimular.
Para seguirle la pista basta ver el desmantelamiento del sistema de derecho que han emprendido, la colonización clasista del sistema de justicia, la perversión del poder legislativo, y la demolición de leyes que regulaban mínimamente la convivencia social.
Y auscultar el júbilo apenas disimulado de los ricos. Cada vez más ricos, cada vez menos, cada vez más desvergonzados.
Que todo esto se haga con la anuencia o la indiferencia de la mayoría de la población, sin que aparezca ni por asomo ese sujeto político llamado ciudadano, debería alertarnos. Allí tenemos de resultado una clase política tan corta de miras que legisla los clavos de su ataúd; una corporación judicial que asume sin maquillaje su condición de gendarme de los poderosos; una prensa adicta al escándalo y la corruptela. Esto nos moldea.
¿Y cuál es el molde que nos espera? Al final tenía razón Milei: vamos a una sociedad de castas. Los poderosos cada vez menos, cada vez más invisibles y aislados. Una comparsa zafia devorando las migajas que se ganan haciendo de gestores y gendarmes. Y el resto, cada vez más numeroso y prescindible. Donde la existencia se define agónicamente como no caer en la indigencia. En la que pertenecer a la casta aceptable siempre es un pase provisorio, pagadero día a día, con el abismo de la pobreza abriéndose a los pies.
Este experimento no es el huevo de la serpiente. Es una serpiente que está presta a devorarnos.
¿Qué respuesta daremos? Fingir demencia, suplicar un lugar que nos niegan, repetir viejas canciones, no parecen haber sido las mejores estrategias. Apostar a que cada dos años vayan y voten diferente a como lo vinieron haciendo, parece un exceso de esperanza. Tampoco parecería conveniente esperar que otros, en otros países, se hagan cargo de sus muertos vivos y se lleven al nuestro.
Tal vez vaya siendo tiempo de otras prácticas, otras estrategias, otras herramientas para ver y modificar lo que tenemos. Pasó antes. No va a dejar de pasar.
*Escritor, poeta y abogado defensor de Derechos Humanos.

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1 Comment
El problema de fondo es que la democracia lleva en su seno el germen de su propia destrucción.