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Izquierdas y derechas – Por Adolfo Adorno

Adolfo Adorno realiza en esta nota una reflexión acerca de los aportes que Atilio Borón hizo en el primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico, organizado por CLACSO, donde el sociólogo y ex secretario de la institución polemiza con los conceptos sobre la pertinencia de las izquierdas y derechas y la reformulación de la categoría Pueblo que Cristina Fernández de Kirchner esbozó durante su exposición en el Foro.

Por Adolfo Adorno*

(para La Tecl@ Eñe)

 

En oportunidad de realizarse en Buenos Aires el primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico, organizado por CLACSO, el sociólogo Atilio Borón  – él mismo ex secretario general de la institución – hizo dos aportes jugosos al evento bajo los títulos: “Pensamiento crítico recargado en Buenos Aires, y las tareas necesarias para pasar a la contraofensiva” y “Pensamiento crítico recargado.2, o sobre la continuada vigencia de la distinción entre derecha e izquierda”.

Me interesa comentar el último, ya que polemiza con ciertos conceptos de Cristina Fernández de Kirchner durante su participación en el mismo Foro.

El discurso de Cristina, en la parte pertinente, expresa:

  1. El neoliberalismo es una construcción política.
  2. (Esta construcción política genera sus propias categorías de pensamiento).
  3. Tenemos que generar las nuestras.
  4. Una de las categorías de pensamiento que debe ser superada es la de izquierda versus derecha (como explicativa del conjunto de los conflictos de la sociedad), porque está perimida.
  5. Debemos reformular la categoría “Pueblo”.

El compañero Borón sostiene la vigencia de aquella dicotomía teórica.

La discusión, que para nada es nueva y sobre todo en la Argentina, tiene carácter teórico en principio, y sin embargo, como todo disenso en el campo de las ideas, puede tener consecuencias políticas, esto es, colaborar a que el Pueblo construya poder o alejarlo de él.

Por ello elijo concentrarme en la asociación que hace Borón entre la propuesta de renovación teórica de Cristina con la de Francis Fukuyama en los 90.

Fukuyama no quedará en la historia de las ideas como un filósofo de lectura obligatoria, sino como un lúcido agente de marketing. Funcionario del Departamento de Estado, su misión consistía en difundir para las elites intelectuales del primer mundo la justificación en el campo de las ideas del fin del mundo bipolar, proceso que ocupó prácticamente todo el siglo XX, desde Yalta hasta la caída de la Unión Soviética como potencia “socialista”. (Perdón por las comillas, pero no tengo más remedio).

Tengo la impresión de que los períodos de restauración conservadora no se caracterizan por la profundidad de su pensamiento, sino todo lo contrario. Por eso, y con el apoyo de los medios masivos de difusión de consignas, un funcionario como Francis saltó a una fama conveniente para él y para quienes le pagaban el sueldo.

Todos sabemos sin embargo que el devenir no se detiene porque lo anuncie un vocero rentado. No ocurrió con Hegel, menos podría este personaje.

En todo caso, la suya será la suerte de los abogados de Alejandro Magno, cuya tarea se reducía a explicar a los pueblos conquistados el porqué de la llegada del emperador. Nadie recuerda sus nombres.

No era pues, el fin de la historia, sino el de la Unión Soviética. No era el fin de las luchas cruentas por el poder mundial, sino el de aquéllas en las que estaba involucrado el Kremlin. No fue el fin de las “ideologías”, sino el supuesto certificado de defunción del marxismo teórico, y su reemplazo por el credo político y económico del Consenso de Washington.

Tampoco fue el fin de la dualidad entre izquierda y derecha en el plano teórico. Es verdad.

Cristina destaca el origen fortuito de la categorización como para recordarnos que nada tuvo que ver el rigor conceptual sino la ubicación física casual de los concurrentes en relación al presidente de la Asamblea en 1789. Esto es historia y no una versión antojadiza.

Si habrá sido poderosa Europa que desde entonces se asoció izquierda con cambio más o menos drástico del status quo y derecha con su conservación. Naturalmente, la distinción – por más ambigua que fuere – se impuso hasta en los pueblos conquistados, es decir, entre nosotros.

El problema se agravó para el mundo civilizado cuando Carlos Marx desnudó de un modo implacable las claves de funcionamiento del joven sistema capitalista, la plusvalía y el rol de la burguesía: el impacto que produjeron sus escritos fue como el de un “fantasma recorriendo Europa”.

Poco faltaría para que “izquierda” se asociara fundamental – sino exclusivamente – a marxismo, con lo cual la falta de rigor del concepto original se solucionaba por advenimiento de un pensador genial – naturalmente europeo – cuyo propósito estaba muy por encima de intrigas semánticas previas.

Ni qué decir que Latinoamérica importó el hallazgo, incluyendo los debates teóricos al interior del marxismo; no sólo las preguntas sino también las respuestas.

Para agregar historicidad a esos debates: sucede la Revolución Rusa, Yalta y la bipolaridad, Cuba pero también China, Praga y luego el eurocomunismo, Argelia, los marxistas franceses y Viet Nam. Los marxismos “nacionales” y los aún internacionalistas. Y finalmente los escombros del muro de Berlín.

“Izquierda” se empezó a asociar no ya con el marxismo, sino con “algún” marxismo.

La intelectualidad europea tuvo expresiones críticas al corpus teórico de la obra de Marx en consonancia con la falta de una homogeneidad en los “socialismos reales” que denotara contundencia universal. No podemos abordar ahora la sustancia de esas críticas, pero vale mencionar que cualquier experiencia política de enfrentamiento con el status quo y con protagonismo popular en Latinoamérica que no reconociera al marxismo como inspiración teórica, era calificada “de derecha” por aquella izquierda. En cambio las críticas al marxismo teórico eran tomadas con un respeto casi reverencial si provenían de un Sartre, de un Lacan o de un Benjamin.

En todo caso, la categoría “izquierda”, que había cobrado un significado absoluto casi por casualidad y devenir históricos, empieza a adquirir una ambigüedad que la experiencia de los pueblos y las naciones no hace más que acentuar.

Si la dualidad izquierda – derecha se aplica a expresiones como el partido demócrata y el republicano en EEUU, la democracia cristiana y la socialdemocracia en Alemania, el PSOE y el PP en España… ¿qué es, pues, la izquierda?

Y esto nos conduce, como no podía ser de otro modo, al Peronismo, un fenómeno único, cuyo desarrollo es observado con mucha atención por la academia la mayor parte de las veces como enigma.

Los movimientos políticos que han encabezado – y siguen protagonizando – procesos de transformación social y de cuestionamiento efectivo del poder, ¿son de derecha o de izquierda?

Me apresuro a afirmar que esa dualidad abstracta no los contiene. Más bien los limita. Y he aquí el desafío teórico que propone Cristina.

Borón comprende a la perfección la lógica del “enemigo” cuando señala que elige como blanco a los gobiernos populares. Ya había sucedido con el primer gobierno peronista, con el tercero de Perón y con los de Néstor y Cristina.

Disiento no obstante con la explicación de esa coherencia. No es el “potencial” lo que los inquieta, sino sus realizaciones. No es la latencia de algo superior que vendrá, sino el esmerilamiento cotidiano de su poder lo que los une ante el peligro.

En otras palabras, no es que el poder de la oligarquía en sus formas actuales se ocupe más del peligro peronista porque algún día puede convertirse en izquierda.

Diría yo por el contrario que su verdadera preocupación es que las expresiones políticas que aún prefieren mantener su “izquierdismo nominal” (la evocación de aquél diagnóstico de Lenin al respecto es pertinente) abandonen su condición purista y se comprometan con el Movimiento Nacional Popular Democrático y Feminista, que sigue siendo el Hecho Maldito de la sociedad neoliberal en nuestra región.

El gran peligro de que no lo asumamos así es que persista la división entre las fuerzas populares. No es ya una cuestión de términos sino un proyecto político.

Creo que en este sentido la de Cristina es una convocatoria inédita desde 1974, con el antecedente de la transversalidad de hecho que intentó Néstor Kirchner: es hora de generar nuestras propias categorías y de reformular etiquetas sospechosamente antiguas.

Sería  una reedición del proceso de nacionalización de las clases medias durante los 60, a una distancia suficiente que nos permita no repetir errores, por sectarismo o por estupidez, si es que hay alguna diferencia.

O vendrán “ellos” a explicarnos por qué somos una colonia.

 

Buenos Aires, 4 de diciembre de 2018

*Abogado. Miembro del equipo de asesores de Emanuel Álvarez Agis (viceministro de Economía) durante 2014 y 2015. Ex docente de la Universidad de la Matanza. Coeditor del blog gatosporliebres.blogspot.com

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