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Infancia y política – Por Roque Farrán

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Ilustración: Maurizio Cattelan

En este artículo Roque Farrán se diferencia de algunas posiciones teórico-políticas actuales al proponer un ejercicio práctico de escritura y pensamiento filosóficos, entendidos como una forma de vida. Farrán enlaza en el mismo gesto de escritura-pensamiento lo político con el cuidado de sí y la infancia, abriendo a nuevos posibles para el pensamiento.

Por Roque Farrán*

(para La [email protected] Eñe)

 

De la infancia recuerdo la lucha constante: siempre estábamos en guerra contra alguien, con otra banda o peleando entre nosotros o defendiendo a alguien del abuso; también los peligros que nos acechaban por todos lados: animales sueltos, adultos sospechosos, enfermedades virulentas, caídas o atropellos. Recuerdo haber tenido tempranamente este pensamiento: los adultos no tienen la más mínima idea de lo que vivimos los niños, se imaginan una infancia idealizada en función de sus preocupaciones mayores, pero ignoran -después lo supe: en realidad lo reprimen- que a cada paso se reactualiza la historia de la humanidad, con todos sus arcaísmos y horrores. Lo verbalicé así mucho más tarde, aunque esa fue la impresión temprana. Por supuesto, también hay momentos deliciosos de la infancia que se imprimen en la memoria afectiva y hacen que volvamos a un lugar donde seguir vivos tenga sentido; solo deseo remarcar ese trasfondo olvidado y reprimido en que emergen nuestras existencias reales, muy lejos de cualquier idealización.

Sería fácil identificar ahora en el proceder embarrado de la campaña política las raíces primitivas de nuestra infancia. Pero nada excusa al sujeto político de su responsabilidad actual, aunque persista en la minoría de edad o reincida en la canallada. La oposición se propone un código de ética con una serie de puntos pueriles que ni vale la pena mencionar, mientras que los asesores comunicacionales le recomiendan al oficialismo algunas obviedades: “no ser agresivos ni salir a la defensiva”; “no argumentar contra noticias falsas porque las refuerza” y “más que hablar de la unidad, mostrar la diversidad en hechos que beneficien a la gente”. No habría necesidad de códigos y consejos ad hoc si se apostara por proponer una forma de vida y, en consecuencia, se mostrara materialmente en cada plano y nivel en juego, con el ejemplo, cómo se desenvolverá lo que se dice. En definitiva, la pulseada entre derecha e izquierda, la llamada “correlación de fuerzas” siempre ha sido un problema inmanente y no de evaluación trascendental u objetiva. Es decir, se resuelve a partir de quiénes son capaces de mostrar que son mejores en todos los planos entrelazados diferencialmente: económico, político, ético y estético, porque definen en actos concretos cómo superar y transformar el estado de cosas actuales.

En ese sentido, mi posición teórico-política no está del lado de quienes llevan y traen conceptos de la filosofía al psicoanálisis para pensar los problemas políticos (o viceversa); tampoco del lado de quienes construyen sus conceptos al margen de la política real (o disocian su propia política de la teoría que cultivan); sino que trato más bien de deslindar una vieja posición, llámese materialista o práctica, hoy más actual que nunca: la filosofía que interpela a cualquiera a ocuparse de sí mismo, sea ciudadano, militante, psicoanalista o científico. La filosofía como forma de vida. Porque lo que hemos perdido entre tantas discusiones vanas, lanzamiento de consignas y señalamientos de la falta del otro, es la raíz práctica de los enunciados tomados como verdades que hacen cuerpo y transforman al sujeto en su ejercicio cotidiano. No hablemos del deseo como potencia o como falta, de fantasmas o agenciamientos, de sobredeterminaciones o desactivaciones en abstracto; hablemos de lo que hacemos efectivamente para que los conceptos nos transformen en la vida real, junto a otros, en ejercicios concretos que afectan el decir, escuchar, leer o escribir: el entrelazamiento singular de esos ejercicios realizados en nombre propio. La vida como prueba constante de transformación, no como coartada y excusa para ser como se es.

¿Qué nos impide leer, hablar, pensar o actuar en nombre propio? En principio, no es una cuestión de saber académico o profesional, he conocido personas que lo pueden hacer sin ninguna erudición, vedetismo o expertise particular; cuestión de sabiduría práctica y honestidad intelectual, antes que nada. Si tuviera que alertar a algún estulto o distraída sobre cuál es el problema de base y cómo empezar a tratarlo, diría dos cosas. Primero, asumir que somos leídos, hablados, pensados y actuados por todas esas palabras, gestos y discursos que nos anteceden y portamos o reproducimos de manera automática. Segundo, no podemos renegar de todo eso, se trata de hacer algo con lo que nos constituye, pues allí residen nuestras herramientas básicas; solo que tenemos que empezar a darlas vuelta, examinarlas, elegirlas, perfeccionarlas y combinarlas según el deseo propio. Recién ahí empieza el verdadero trabajo de conocimiento y crítica junto a otros; antes de eso somos como marionetas pulsadas por resortes significantes y escuchas fantasmas. Es decir, somos como niños jugados por sus peores pulsiones y sin capacidad de juego serio o inventivo.

El decir veraz, la parresia, es una práctica antigua que hemos olvidado entre la corrección política y la agresión inútil. Dos condiciones básicas para que el decir asuma las consecuencias de lo dicho y produzca alguna transformación: (1) que el interlocutor esté dispuesto a escuchar tanto como que quien habla lo haga de manera oportuna, no en cualquier momento o lugar; (2) que ese decir ponga en riesgo el lazo que lo sostiene, sea familiar, de amistad o contractual, hasta el punto que se pueda perder la relación, la posición o la vida misma. Entre tantas muertes cotidianas duele aún más la cobardía moral que hace que no nos transformemos en nuestras prácticas y que la estulticia se exacerbe por todos lados. La escritura también acompaña al decir veraz y le da cuerpo. Por tanto, recuerden escribirles a sus seres queridos mientras estén vivos, e incluso escríbanse a ustedes mismos, después ya no los leerán ni se leerán. Vale recordarlo ante nuestra inveterada idea de inmortalidad o duración indefinida. Escribirse es un acto de constitución en el efímero tiempo que vivimos; no importan allí la infatuación personal ni la inmortalidad imaginada. Si por un instante tocamos la eternidad, en un breve gesto de escritura, es porque nos habremos librado de esas suposiciones del Otro que nos imbecilizan. Añadiría con firmeza estoica: Que la muerte me lleve escribiendo estas líneas y diciendo lo que quiero decir.

 

León Ferrari y La Bondadosa Crueldad | Españoles de Cuba

Ilustración: León Ferrari. La Espera. 1994.

 

Antes de morir, o sea, antes de que se disuelvan nuestras partes extensivas y pasen a formar parte de otras cosas, que a su vez se disolverán, tenemos que llegar a captar nuestra propia esencia bajo la especie de la eternidad. Como dice Deleuze, leyendo a Spinoza: (1) hacernos una idea adecuada de la esencia de nuestro cuerpo en tanto tiene un grado de potencia o intensidad única; (2) conocer el mayor número posible de cosas en su esencia o bajo la perspectiva de la eternidad, captando también su potencia singular; y, asimismo, (3) conocer la naturaleza en su conjunto como lo que produce cada esencia singular y hace que cada una depende de las otras y que, si acaso una sola se destruyera, el conjunto se disolvería. Por eso, en el fondo, el tercer género de conocimiento o la máxima potencia de pensar, se aprehende como un nudo borromeo (al menos es lo que he propuesto en mi lectura de Spinoza y Deleuze): articulación entre lo finito y lo infinito que recomienza siempre en la captación de un tres simultáneo. Esto da su verdadero espesor a la frase “tres son multitud”. Pues, se cree habitualmente que un colectivo es la suma de unos individuales que se integran -en mayor o menor cantidad- con esfuerzo o astucia; pero la verdadera multiplicidad genérica, que no excluye a nadie por principio, emerge cuando el uno se divide en dos y encuentra, al atravesar el vacío que opera entre ellos, el infinito actual. Esta operación básica, que puede parecer demasiado numérica u ontológica, es la raíz de cualquier constitución verdadera, sea política, artística, científica o amorosa. Allí se indistinguen lo individual y lo colectivo, lo infantil y lo adulto, porque todo deviene singular y universal a la vez y cada deseo se articula a los otros para aumentar la potencia de actuar del conjunto.

 

No obstante, hay quienes todavía confunden el aumento de la potencia de obrar, en sentido spinoziano, con la productividad capitalista o la autoexplotación neoliberal. Dos aclaraciones al respecto. Primero, el incremento de la potencia, a diferencia de la ganancia, no tiene ningún fin ni se puede ligar a régimen de cuenta alguno; resulta solo de una composición virtuosa que nos alegra por sí misma y nos libera. Segundo, el modo en que se manifiesta puede ser muy sutil, para nada aparatoso u ostentoso, pues el incremento ocurre en virtud de una causalidad inmanente que nos conecta con el conjunto de la naturaleza; por tanto, la comprensión de cómo se ha generado una minúscula partícula de materia puede ser el motivo del máximo contento; por supuesto, también lo puede ser un movimiento revolucionario que ha encontrado su causa real. Si aún no has encontrado el deseo que te anima, o no has compuesto mínimamente junto a otros en función de lo que aumenta verdaderamente tu potencia de obrar, y crees que todo es fruto del azar o la recompensa o el mérito, entonces es probable que te cueste entender lo que estoy diciendo. Porque incluso la tristeza puede ser causa de alegría, si entendemos cómo ha disminuido nuestra potencia de obrar en relación a eso que no se compone con nuestra naturaleza, o peor: la descompone. La alegría brota del entendimiento y de formar una noción común: pensar en relación con aquello que nos afecta. Puede ser un virus, puede ser un síntoma, puede ser el capitalismo entero. En cualquier caso, quedarse en el registro de cómo nos afecta y nos entristece no basta; hacer de la alegría que emerge de nuestro entendimiento un modo de orientarnos hacia nosotros mismos y la causalidad inmanente que nos conecta al conjunto, nos da la distancia necesaria para no ser afectados todo el tiempo y llevados de un lado al otro como marionetas.

Por otro lado, también hay quienes confunden el sí mismo, tal como se invocaba en la interpelación antigua (en palabras de Sócrates: ¡ocúpense de sí mismos!), con el yo o el individuo superficial que refuerza el neoliberalismo. En primer lugar, hay que distinguir el mandato que ha signado a nuestra cultura occidental, el “conócete a ti mismo” (gnothi seauthon), del ethos más amplio que lo incluye y excede: el “cuidado de sí” (epimeleia heauthou). Este último no se centra solo en el sujeto del conocimiento, sino que remite al sujeto de la acción y su transformación concomitante a través de un plexo relacional que implica ejercicios ascéticos, actitudes, comportamientos, pruebas, saberes y modos diversos de vincularse con los otros y la naturaleza en su conjunto. En segundo lugar, hay que tener presente que el cuidado de sí remite a una cultura muy rica que se desplegó durante al menos mil años y, de manera subterránea, atravesó también nuestra modernidad hasta el presente (Pascal, Montaigne, Goethe, Nietzsche, Heidegger, etc.), tal como nos muestran los estudios de Foucault y Hadot. Cuestiones que nos cuesta entender desde nuestra idea empobrecida del individuo moderno. Al leer a los estoicos, por ejemplo, se tiene la impresión de que nos proponen fórmulas contradictorias: algunas veces desprecian todo y otras aprecian cualquier cosa; se concentran en el instante pero aman la eternidad; interpelan a ocuparse de sí y a la vez atender el servicio público, etc. Esto pasa por nuestro hábito moderno de leer significaciones o efectos de sentido que no nos implican materialmente, es decir, no entendemos los enunciados como preceptos y ejercicios concretos que apuntan todos a lo mismo: constituirnos de un modo tal que no sucumbamos al temor o la esperanza, que alcancemos una imperturbabilidad en la cual el goce de vivir -aun al borde de la muerte y la pérdida constante- sea posible. Leer para meditar y ejercitarse, tanto en la finitud como en la infinitud, en el desprecio de lo valorado excesivamente como en el goce de lo secundario. Y escribir las fórmulas necesarias para que se conviertan en fuerzas y sangre, para que hagan cuerpo y alma de manera activa, y que el momento de morir no sea una gran pérdida; irse liviano de pasiones. Poder decir lo que hay que decir en el momento justo, con el alma a flor de labios, pronta a partir.

En línea con esto último, se me ha ocurrido un nuevo ejercicio espiritual para calmar la ansiedad generalizada y lograr, quizá, la imperturbabilidad necesaria ante lo que viene. Le llamaré el ejercicio de «todas las discusiones posibles». Al modo de la meditación antigua de «todos los males posibles», se trata de saturar la imaginación, no proyectando en angustiada espera que lo peor puede suceder, sino que ya está sucediendo, es más: que todos los males suceden simultáneamente y sin demora. El ejercicio de todas las discusiones posibles consiste de igual manera en imaginar que nos ponemos a tratar ahora todos los puntos en disputa, cada matiz y cada diferencia ideológica en simultáneo, como si fuesen realmente fundamentales para la vida, hasta agotar cualquier capacidad de recepción. En ambos ejercicios se trata de encontrar el punto irreductible y singular que, allende los temores y las paciencias exacerbadas, es lo único que nos permitirá afrontar cualquier colapso y tomar la decisión justa.

Que la infancia sea dicha y la política no sea un juego de niños a los que les dicen qué hacer.

 

Córdoba, 11 de agosto de 2021.

*Filósofo

1 Comment

  1. Claudio Javier Castelli dice:

    ¡Muy bueno, buenísimo!