Horacio González, la paradoja incluyente – Por Fernando Fabris

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Horacio González, la paradoja incluyente – Por Fernando Fabris

Foto: Pedro Pérez. Tiempo Argentino.

Foto: Pedro Pérez. Tiempo Argentino.

Fernando Fabris, licenciado en Psicología, destaca en esta nota el método paradojal de escritura y pensamiento desarrollado por Horacio González que se traduce en la contundencia de una obra imperecedera, y lo recuerda como la persona más profunda e inquietante portadora del corazón más amplio y receptivo que haya conocido.

Por Fernando A. Fabris*

(para La [email protected] Eñe)

 

El cuerpo no aguantó y sin embargo su cabeza enorme y generosa, seguirá pensando. Ante la estación de la muerte, alivia saber que su aporte logró la contundencia de una obra imperecedera. Era el mejor de todos, en un rubro complicado, cuestión que ahora será más fácil reconocer. 

Me duele porque nos quedamos sin el gesto crítico, habilitador y generoso, para el que estaba dotado como ninguna otra persona. La inteligencia más asombrosa y como si todo ello fuera poco, el corazón más abierto y receptivo. 

En un viaje en avión que compartimos hace no tanto, le dije que era la persona que más se parecía a Pichon-Rivière, por su modo de contener a todos en sí mismo, de encarnar a los otros, al “otro generalizado” como diría George H. Mead, padre del Interaccionismo simbólico. Y no decaía en sus intentos, aunque su paciente fuera el más difícil de todos, la Argentina, de la que se ocupaba, con responsabilidad evidente.

Escribió una veintena de libros imprescindibles, tratando los dos últimos -aún no publicados-, la cuestión del humanismo (como revisión crítica y postulación que mira hacia adelante), y otro sobre la violencia, sobre todo esa violencia trágica y odiosa, tan difícilmente evitable.   

Lo conocí personalmente en la Biblioteca Nacional, aunque lo había escuchado antes en una conferencia en la que me había impresionado su modo críptico de hablar, su referencia a hechos muy alejados de la coyuntura, allá por el 2000 o 2001. El encuentro personal, ocurrido unos años más tarde, fue contundente e inmediato. Cometí la estupidez de preguntarle si él era deleuziano, antes de llegar a comprender que era gonzaleano. Años más tarde le comenté algunas ideas sobre lo que consideraba era su método, y me dijo que prefería considerarlo un estilo. En aquel primer encuentro en la Biblioteca comentó que estaba “en la búsqueda de un lenguaje” y pensé -se lo dije-, que me estaba tomando el pelo. Comprobé después, en los prolongados diálogos que tuvimos a partir de esa fecha, que estaba realmente en esa búsqueda.    

Con su apoyo, que brindaba para todo lo que pudiera ser valioso, realizamos varios encuentros en la Biblioteca: el Seminario Pichon-Rivière como autor latinoamericano (2011), que contó con una decena de brillantes expositores cuyos textos fueron después compilados en un libro que lleva ese mismo título (2014). Luego realizamos el ciclo Discípulos de Pichon-Rivière (2012) y Libros e investigaciones de la psicología social (2015) en los cuales participaron otra serie de figuras destacadas. Compartimos un seminario en Chaco, sobre Psicología social y política (2018), en el que tuve el gusto de que me declararan, como a él, visitante ilustre.

Era mi guía – lo seguirá siendo de algún modo- en las instancias finales de Teoría y clínica, una dialéctica de la subjetividad, libro que él seguía con mucho interés. Creo que tenía expectativas de lo que pudiera allí lograrse, como aporte a una psicología, con respecto a la cual se movía, como en todas las ciencias humanas, con comodidad. El método de trabajo era compartir con él algunas conclusiones y hallazgos, que le llevaba impresos, las que repasábamos en conjunto, en prolongadas charlas, en el café Margot. Una de esas conclusiones, trata sobre la relación psicológica entre el pasado, el presente y el futuro, la cual le interesó especialmente. 

Hablaba favorablemente de las investigaciones que, con la colaboración de Silvia Puccini y otros muchos colegas, desarrollamos hace años sobre la subjetividad colectiva y los emergentes psicosociales.

No voy a intentar una valoración de su obra: María Pía López, Eduardo Rinesi o Conrado Yasenza, entre otros de sus discípulos más antiguos y cercanos, lo harán con amplitud y ventaja. O tal vez sus amigos, en el sentido amplio y restringido de la palabra, que deben ser decenas o cientos.  

Sobre el método sí me animo a decir algo, ya que lo suyo era algo más que un estilo. Él lo sintetizaba, en el diálogo de entrecasa, con la palabra paradoja. Y la paradoja, lejos de constituir una pretensión erudita o un ejercicio de distanciamiento, suponía la reconsideración sistemática -una y otra vez-, de lo que podría quedar inadvertido. Aquello relegado a la instancia de “lo secundario”, que al ser desconocido, arriesgaba también el sentido de lo que -se podría coincidir-, era “lo principal”. 

Más que negar la síntesis, como lo hizo el posmodernismo o la dialéctica negativa del estructuralismo -a la que respetaba, sin coincidir–, planteaba los infinitos modos que esta síntesis podía adoptar. En mis términos, la idea de que la síntesis debía ser no la presentación resumida y concluyente de lo que ya se dijo, sino un lugar de síntesis-crecimiento, de concreción-expansión. Y sin omitir el hecho de que siempre, además, esta concreción-expansión, contiene un vacío, que lejos de inhabilitar el conjunto, lo relanza.  Se trata, entonces, del relanzamiento continuo, desde lo no resuelto, desde lo aún pendiente.

Otro gran eje de su obra fue la simultaneidad de planos, contradicciones y relaciones que se corresponden con una espesura no ajena al problema del instante: el nombre, la cifra, el destino, la decisión, el momento. En esto, también era incomparable. En términos pichonianos, el entrelazamiento de lo horizontal y lo vertical, que incluye el “momento” de la operación. Lo concluyente del tiempo tiene su papel, e incluso una manifestación severa. Pero estas características se disipan luego en el devenir, siendo la instancia que produce una y otra cosa, siempre algo incierta, enigmática e inesperada.  

Su defensa del lenguaje, a pesar de la apariencia idealista, era un modo de mantener una tensión productiva entre las ideas y la realidad: eludir las síntesis prematuras y las capturas desesperadas. Mantener la tensión de lo heterogéneo, la copresencia de lo distinto, en la espera del rayo que ilumina. Sabía claramente que lo que cura o enferma son las palabras, pero también los actos, los gestos, los hechos y los contextos. Gestos que pueden tener la forma de la palabra, pero también los modos de la acción, la sensación, el sonido, la imagen y el cuerpo.

Tenía otra virtud más, que fue señalada el día de su declaración como Ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, el estar desde afuera y sin embargo, en el centro. Era exuberante y medido, cercano y preciso. Un ideal casi imposible de alcanzar. Tenía una bondad que se realimentaba de su inteligencia superior, de cuyas claves me considero ignorante, ya que desconozco el procedimiento que las rige.    

Sin embargo, esto no impide darme cuenta que Horacio González es la persona más profunda e inquietante que yo haya conocido, y a la vez, el corazón más amplio y receptivo.  Deja un programa de trabajo enorme, volcado en sus libros, sus artículos, su historia, los cientos de entrevistas que circulan por las redes, que son formatos diversos de una memoria colectiva que lo alberga ahora, de un modo distinto.

 

Buenos Aires, 26 de junio de 2021.

*Licenciado y Dr. en Psicología. Psicólogo social.

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