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El tono – Por Horacio González

Horacio González propone un análisis, a partir de la participación del presidente Alberto Fernández en el programa televisivo Sobredosis de TV, del tono, de la inflexión escénica que los gobernantes dan a sus palabras y definiciones, reflexión que apunta a una discusión que sea válida para dar un salto significativo en nuestras problematizaciones sobre el arte comunicacional.

Por Horacio González*

(para La [email protected] Eñe)

 

Llamo así, el tono, a la inflexión escénica que nuestros gobernantes dan a sus palabras y definiciones. Un enunciado, como sabemos, puede obtener singularidad a través de distintas modulaciones. Si usamos una entonación grave para decir cosas sencillas o tonterías, se produce cierto descompás que toleramos muy bien. Todos sabemos que el tono da una forma de acentuar, que no siempre cuaja muy bien con los signos profundos de lo que se dice. A veces es un verdadero milagro que forma y contenido se adecuen sin que nada sobre. Y no faltan apreciaciones de cuantiosos lingüistas respecto a que lo bueno es que la entonación y el “contenido” que se quiere expresar, muchas veces no coincidan. De tal modo, lo que es grave o gravísimo puede decirse con una carcajada irónica y lo que parecen tropiezos vergonzosos del lenguaje, pueden sugerirnos cuestiones del más alto interés.

Como no somos puristas de la lengua ni de ninguna otra cosa, salvo en los sueños que intentamos descifrar por las mañanas, sorprendidos y desolados por ser soñadores sin la clave de lo que soñamos, no nos quejamos de la discordancia permanente entre significados y significantes, sabedores de que en esas fisuras que dislocan lo dicho del molde en que se lo dice, hay a veces sabiduría, a veces astucia, y casi siempre la nota indispensable de un sentido que hay que dejar flotando quedamente, antes de aplicarlo a una frase lateral, o dicha al pasar, que luego se nos obliga a retirarla por inconveniente.

Lo que vamos a observar respecto a los tonos en uso por el Presidente y si tenemos tiempo también de la Vicepresidenta, apunta a una discusión que sea válida para dar un salto significativo en nuestras problematizaciones sobre el arte comunicacional, ese momento donde se presenta más un tembladeral de interpretaciones que la certeza de que se entiende bien lo que queremos decir, o que lo que queremos decir nos cuenta a nosotros como los mejores expositores, cuando a lo mejor no lo somos. Estamos atentos a la monótona pero perseverante campaña de destruir la relación entre Presidente y Vicepresidenta, respondida con la confianza nuestra de que las diferencias entre ambos están contenidas en un cuadro de lúcida sensatez, que existe precisamente porque no se ocultan las zonas tensas, sino que se van procesando rodeándolas precisamente de otras tensiones, que van mutando a la manera de un diálogo que se fortalece en los momentos en que se encuentran de lleno con la divergencia en sus respectivos tonos y acentuaciones. Por eso, no solo no es inoportuno indagar qué significan las diferentes opciones expresivas de ambas autoridades nacionales -son las que cuentan con nuestro voto-, sino que esa serie de preguntas que pueden formularse cada vez que se escuchan sus palabras, contribuyen a crear nuevos horizontes de debate sobre cómo el país y sus habitantes puedan salir de su angustiosa situación.

Alberto Fernández concurrió días pasados a un programa denominado Sobredosis de TV. Es decir, concurrió a un programa que recoge, un fin de semana, lo que pasó en materia de imágenes en el resto de la televisión y lo ofrece como un montaje que hace dialogar los diferentes tramos capturados por la cinta sin fin de la televisión. El montajista recurre a su racha de horas de imágenes tomadas en general de los programas políticos de la oposición carnívora, y establece un diálogo basado en contrapuntos entre enunciados e imágenes, salidos en general de personajes funambulescos. El de traje oscuro cruzado que paree un miembro de la “Liga Patriótica” años 20, el gordito de la sonrisa de pillo, el hombre mayor medio pelado que pasó por todas las horcas caudinas de todas las patronales, el discípulo de Mariano Grondona, que nos hace olvidar que alguna vez hubo latinazgos en los dominios de la derecha televisiva. He aquí a Majul que se espanta diciendo “el presidente no va a programas que no sean de su gusto” y de inmediato aparece el Presidente en SDTV, en la seguidilla de programas con entrevistadores adversos y sus preguntas equívocas, a las que con paciencia de monje el Presidente responde, con la placidez de un almuerzo sobre la hierba. Sus enojos, interesantes enojos, son susceptibles de ser definidos como propios de un momento, un “episodio puntual”. Cuando se le pasan las imágenes de Lacalle Pou sugiriendo que el “corset” que es el Mercosur para Uruguay, y dejando entrever que Argentina cumple el papel de “lastre”, aparece el Presidente mirándose a sí mismo con actitud afable. Se le pregunta por el episodio. Consistió en un leve enojo, es claro que él no iba a permitir que se trate así al país, con el desprecio de un señorito con ínfulas de “geoestratega de la globalización”, que recibió una respuesta enfadada, aunque medida, del Presidente. El tema es complejo. Bolsonaro fue más cauto, paradoja que también señaló el Presidente. Sin embargo, no daba para ahondar más en el asunto, tan crucial como es.

 

Alberto en C5N: Bolsonaro fue más cuidadoso en su discurso que Lacalle Pou

 

El tema Mercosur se arrastra hace años, es un asunto que podríamos catalogar como grave. El presidente, por supuesto, no iba a trazar un cuadro de preocupación extrema sobre esta cuestión en un programa del sábado a la noche, aparentemente de gran audiencia, donde el clima es distendido y el propósito mostrar a la figura pública presidencial como un hombre cauto, popular, profundo y mediado cuando es necesario por una mayor firmeza institucional. Pero va a la televisión como uno más, un “fan” que le permitieron entrar al estudio. ¿Pero sería enteramente adecuado afirmar que el incidente con el presumido Lacalle “ya está superado”? Mi idea es que en ese programa, y quizás en otro tipo de exposiciones públicas, la respuesta templada y medida es apropiada. No va a ir de programa en programa esparciendo improperios para un tema que se soluciona esgrimiendo argumentos muy pulidos y pensados, con requisitos y exigencias novedosas. Todos sabemos que Alberto Fernández también lo sabe. No obstante, lo que ofrecía en ese programa es que los horizontes de gravedad que se ciernen sobre el país se trataban con cierta levedad. Era la levedad que el programa en sí mismo exigía. ¿Pero entonces no hay que matizarla, refutarla, darla vuelta? O conviene hablar del desempeño del club Platense, que al parecer no fue tan malo. En tal caso, la gravedad del tema quedaba diluida en la charla desafiante del futbolero.

Se trata, como todo televidente conoce, de un programa que en su propio nombre hace una alusión irónica sobre el modo en que se colectan, en forma despatarrada y heterogénea, las imágenes televisivas. Hay una intención crítica hacia los operadores comunicacionales del macrismo -o como se los llame, con una precisión mayor respecto a la tarea que hacen-, se hurga en sus evidentes contradicciones, se marcan las imágenes más desmesuradas repitiéndolas en blanco y negro, como un subrayado que señala el reprobable contrasentido en la que se sumergen, y su verdadero papel de marionetas de un vasto conglomerado de voces que machacan en forma aluvional sobre los cimientos mismos del gobierno. Lo quieren agrietar definitivamente, y allí está Sobredosis de TV -cuya sigla un tanto dificultosa es SDTV-, para dar batalla en los propios términos de los atacantes. Vaciando su imagen y el discurso que las acompaña. En ese sentido, el programa se justifica para un público televisivo desatento, alimentado con los trucos y maleficios que salen del nido de víboras de la corporación televisiva central. Los guiones prefabricados de injurias, las preguntas aparentemente sesudas de Morales Solá que encubren un veneno ancestral mal disimulado o las verónicas de un más ingenioso Pagni, que fluctúa entre reflexiones de una derecha real que tiende a respetar la enorme pluralidad de la vida, y la repentina bajada al mismo estilo de campaña difamatorio que lucen sus colegas más integrados al Master Chef de la degradación política. En ese sentido SDTV cumple un papel pedagógico que continúa al de 6,7, 8, aunque a Fernández éste no le haya agradado, con la diferencia de que, en aquel programa, los montajes eran comentados apelando a la argumentación clásica, y sin evitar el humor, se decidía por reconocer el modo real en que gravitan las palabras en la conciencia pública.

El programa SDTV es una autodefensa política contra un embate que es desigual. Muestra la historicidad de la Televisión, que se jacta de ser flor de un día y que sus imágenes de archivo son siempre intrínsecamente tan verdaderas como olvidables. Alguien tiene que mostrar su funcionamiento falaz, la ideología que encubren, las marcas de poder invisible que alojan, y vive en ellas de modo imperativo. Ese hablar que parece libre, está siempre encarcelado en guiones que salen de una Ciencia de Datos no declarada. De ahí que no criticamos el programa en sí. La cuestión es otra. ¿El presidente debía sentarse en ese estudio a mirar cómo lo insultan y responder por esa vía? Como desvío a este particular tema, eligió decir que estaba sin duda interesado en mirar este panorama laboriosamente entremezclado donde se chocaban en su loco vuelo, el enjambre de voces de la fantochesca programación televisiva antigubernamental.

Es que, o se es Presidente, o se ve Televisión. ¡Las dos cosas juntas! ¡Mmmmm! No obstante, la casa de gobierno está llena de televisores encendidos todos los días; se sabe que esas antenas omnívoras recorren la ciudad con sus móviles, una niña desaparecida, un asaltante menor acribillado por un policía, una gresca brusca a la salida de un boliche con un muerto, cae un ascensor en un edificio público, encalla un gigante transatlántico lleno de mercancías asiáticas en el canal de Suez, todo es vertiginoso, superpuesto y volátil. Alberto Fernández se sorprendió, por ejemplo, con las declaraciones de Macri sobre los parques eólicos. No las había visto. “Ahora sé para qué sirve el viento”, proclamó sin que su rostro se mostrase aun amodorrado. Esa frase salida del galpón más oscuro de la conciencia de un necio, puede tronchar una carrera política. Aquí no es así, un inopinado personaje que hace un cálculo financiero sobre el viento diciendo que “ahora sí que sirve” al mover los molinos, revela una sandez que lo caracteriza y que tiene sus festejantes, más de lo que imaginamos.

Es la concepción del desavisado cultural, forjado en la risotada desenfrenada de quien le interesa un pito pensar la relación con la naturaleza, el origen del viento, su gratuidad poética y su relación con la vida, el movimiento y el pensamiento en general. Claro que como el agua, el fuego y el barro, el viento se convierte en productor de energía, pero, aun así, no es un instrumento de la industria. Lo es en la concepción que tiene Macri, donde el criterio para constituir valores de vida es “si sirve o no sirve”. Esta instrumentalidad es la que se nota en su voz, en sus relaciones personales, en el libro que ha dejado que le escriban porque “también sirve”. Es la concepción del amo, del que chancea con el criado en tono familiar porque así hace notar su forma patriarcal elaborada como los grandes “niños ricos”, tuteando al ascensorista, y como decía Jauretche, como la de aquellos que iban a comprar un pollo a la rotisería y “protegían con su compra” al pobre rotisero. El humor que tiene es desdeñoso, la risa compartida es diferencial, no igualitaria, el trato distendido y plano es una muestra de aristocratismo, por más que sea tosco, nada que ver con Lord Chesterfield.

 

Fernández: «Ni conocían el proyecto de reforma judicial y estaban haciendo un banderazo en contra»

 

Bien, Fernández es lo contrario, suena sincero en su manera de sentirse cómodo en un programa psicodélico donde el montaje de íconos a veces tiene gracia y a veces entra en un tirabuzón confuso donde el montajista se engolosinó con crear la “síntesis de todas las determinaciones”, respecto de lo que se mira en la televisión. Fernández habla de fútbol como seguramente lo hizo siempre, emplea el “nosotros” del hincha de su club, íntimamente ligado a la identidad que motiva su relato, rociado de nombres de jugadores y las jactancias necesarias que todo conversador futbolero recarga sobre sus rivales. Se muestra, además, elogioso del programa al que asiste, se declara fanático de esa modalidad televisiva, declara que la ve, así como expresa su fervor por una conductora que no solo es simpática sino linda, y no solo linda, sino una desenvuelta analista del momento político, superior a las imágenes en revoltijo que se pasan. La familiaridad galante hacia los conductores del programa, por cierto, habla de la disposición presidencial, su afabilidad, su modo ya muy reconocible de tratar los problemas con el volumen que tienen y al mismo tiempo poniéndolos en un cuadro de temperancia y serenidad. Claro que su tono de hombre cordial, dado a los sorprendentes elogios, encumbra a Mindlin al podio de los hombres generosos, ejemplo entre los empresarios, un benefactor. Si sacamos conclusiones indebidas del entusiasmo por Mindlin, corremos el riesgo que algún aula de la Facultad de Derecho lleve su nombre. Se entiende esta mención siempre que no confunda lo caballeresco con el equívoco que implicaría considerarlo un “empresario del proyecto nacional”, centella que no se avizora en el presente momento.

Mi conclusión, ante este cuadro que no sé si describo bien, es que se reconocen los problemas en su nítida gravedad, pero el clima del “piso”, la iluminación del set, los movimientos de cámara, las imágenes recolectadas a lo largo de la semana embutidas en la imagen general del programa, conspiran de un modo extraño con lo que se dice, si lo que se dice trata de ubicar con mayor justeza la amenaza que destila la Liga de todos esos personajes. Ellos son la voz del subsuelo amenazante, la baba maloliente de las napas de inquina enterradas a pocos centímetros de la superficie de las conversaciones y que afloran en símbolos, íconos y cancherismos de los locutores al paso. ¿No sería mejor que no fuera el Presidente en tanto televidente, el que se encargue de desmontar esas pinzas que los arietes corporativos descerrajan contra el gobierno? En fin, los políticos tratan de desprenderse de todo halo de misterio que haya sobre sus figuras. “Son iguales al pueblo que representan”. Tudo bem. Olvidan que un elogio conocido a Yrigoyen consistía en decirle “el hombre del misterio”. Pero no soy yo el que va a discutir con Lacalle, ni a la salida del programa a cenar con Juanchi Zabaleta. En todo el transcurso de este episodio televisivo está presente la pesadez del momento, que se quiere amortiguar con una charla “distendida”. Al pasar, se encienden luces de alarma, pero la atmósfera reinante disipa casi todo. Estamos casi a punto que los presentadores del programa tuteen al presidente colaborando con la evidencia de “que es un igual, un muchacho de aquí a la esquina que de vez en cuando va a la casa Rosada y por eso no puede ver tantas imágenes como las que nosotros le suministramos”.

Todo esto surge en nuestra atención porque no es posible pensar en que debamos disimular la agresividad rampante del neoliberalismo ofuscado que abona una vida popular cuarteada, como el cauce seco de un río, con tácticas de “partisanos de derecha” y comandos nocturnos de rescate de la “Libertad Conculcada”. Así como la Televisión simpática hacia Fernández captura imágenes de la coalición de la derecha conservadora y conversadora, cumpliendo un papel importante en lo que llamaríamos la “desmistificación” de la dominación global que encubre sus tentáculos con un insoportable vocerío, los militantes de la derecha, portadores de esas insaciables chirinadas, también actúan. El coro sombrío de los principales “comunicadores” de los grandes núcleos del poder financiero, los acompañan. El estudio televisivo de la corporación se hace ciudad y la ciudad se hace set, un insultante y provocativo set. Los activistas de la lucha callejera antipopular, capturan métodos de presentación de demandas rellenos de “Grandes Palabras” que a veces se inspiran en simulacros anarco-bullrichianos, un poco porque se mueven en medio del desdén por las precauciones que se le deben a este tiempo agreste, y otro poco, o mucho, porque dicen las cosas en las que creen. “No son errores”, como dijo Fernández en el programa que comentamos. Si dicen que el viento muestra por fin que “sirve para las máquinas eólicas”, es porque “realmente piensan eso”. Se conciben como políticos de la conversión de la naturaleza en mercancía y de la mercancía en política disfrazándose de “presos del sistema”. Ante eso, ¿por qué molestarlo a Fernández, como lo estaríamos haciendo nosotros, con una observación un tanto ácida por su complacencia al asistir a los programas de televisión que confiscan el modo en que hablan los otros, las torpezas con las que hacen tropezar a su lengua y las fórmulas odiosas a las que recurren, a fin de recrear una pedagogía de la percepción popular? Son necesarios estos programas de combate icónico, por llamarlos así. Le gustan al Presidente y eso está bien. Pero el precio de entregarse a ellos puede ser la dilución de la amenaza que se cierne sobre el país, al mismo tiempo que se la muestra con un gozoso montajismo.

 

Cristina Kirchner: "Aunque me guste Nueva York, sé cómo tengo que defender los derechos de los argentinos" | Perfil

 

Dejamos para otra oportunidad una reflexión sobre los tonos de Cristina en el discurso de Las Flores, donde vemos también la misma trama, el mismo asunto, en relación a la creación de ámbitos profundos de discusión y debate, como el señalamiento de la actitud de los Estados Unidos en relación a la deuda -lo cual es obvio-, pero también respecto al apoyo de Inglaterra en la guerra de Malvinas. Esto ya es mucho más complejo e involucra una mirada panorámica, o una razón escénica que abarque una consideración profunda sobre las últimas décadas de historia nacional, revisándose los papeles que no están amarillentos, sobre la acción de una Gran Potencia sobre la dictadura militar, y la situación real en que hoy se encuentra la política sobre el Mar Argentino, la Hidrovía, las Malvinas y la Antártida. Falta ahí el “sujeto histórico”, para emplear esa expresión, que, renovado y reconstituido, puede abordar toda esta problemática, candente, como si saliera del hierro fundido de un alto horno.   

Ahora bien, nos toca juzgar el papel histórico de Estados Unidos desde que empezó su expansión mundial a fines del siglo XIX hasta las actuales exclamaciones que escapan raudamente de la boca desatada de Biden, que si no asalta Capitolios por lo menos los pone ante epítetos deslumbrantes por su saeta rápida de infamias, que demuestran que, en la enredada geopolítica del subibaja de los imperios, también hay que aprender a insultar rápidamente y con vocablos de calibre elevado. ¡Quién diría, Míster Biden! El discurso de Las Flores supone una línea de trabajo, pero la supone en el sentido que estamos diciendo. Hay un tono quizás muy pensado de raíz irónica y muchos implícitos intercambiados con una audiencia propia y entusiasta. No distinguir chascarrillos de posturas políticas enfáticas es lo que está en discusión. ¿Según el tono que usemos, no pierden peso los horizontes de gravedad que se presentan en todo el mundo y hacen trastabillar naciones en su integridad, no solo territorial, sino en el ánimo con el que autodesignan soberanas para jugar sus conflictos internos en el seno de su propia autonomía? Resumo mucho el espíritu con que escribo estas líneas, con preocupación y ánimo colaborativo.

No me disgusta para nada que los funcionarios políticos imaginen que deben adecuarse a un interlocutor genérico y popular, y dejar que su lenguaje se entrometa con las facultades masivas de persuasión que son cada vez más difíciles en un mundo dominado por la crisis del discurso público y el desprestigio de la seriedad argumental. Así como la formalidad hueca no es buena, la severidad sin gracia tampoco es buena, la razón puesta en celdillas congeladas no es buena, la convicción contada cancheramente no es buena. Pero la informalidad que deshace los pilares severos que son necesarios para la persuasión debe estar atenta para cultivar su semblante de masas sin dejar que se oculten los significados más preocupantes de la actual situación. Hoy no sabemos qué son las masas, pero sabemos que está en marcha un negacionismo -para usar ese concepto tan lúgubre-, no solo para aliviar los crímenes de los descendientes del lado más oscuro que mostró la historia contemporánea, sino para negar también que sigue existiendo, como política de la lengua y profundización de la razón política democrática, una herencia histórica, un legado remoto genuinamente humanista y crítico de los poderes. Y ahí hay que evitar “la sobredosis” de montajes dicharacheros que nos dejan más cerca de creernos “sobradores” y “expertos en el manejo de cámaras” que personas comprometidas, que cuando decimos cosas revestidas de enorme gravedad, efectivamente eso debe mostrarse también en el tono con que halamos, el tono con que recibimos las preguntas, el tono -incluso-, con el que nos sentamos en un sillón iluminado por el reflector del set, que busca el mejor perfil. Pero el mejor perfil será siempre el que permita fusionar la escena que convence por su rigurosidad y las palabras que sin perder su gracia y su sentimentalidad, no dejan escapar de la atención de nadie, que hay viento, que hay cenizas en el viento, y que hay que detener la lluvia de fuego que puede esparcirse por doquier.

 

Buenos Aires, 30 de marzo de 2021.

*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional.

3 Comments

  1. Jorge dice:

    zeligniana? podríamos usar ese término recién acuñado? Eso me sugieren estas formas de comunicación, que encima, no son muy eficaces.

    Mis respetos maestro!

    Jorge Talamonti

  2. Gracias Horacio. Tu tono tonifica sin mezclar La Biblia juanto al calefón. El cineasta Truffaut en los sesenta decía que «en treinta años los conductores de televisión serían actores». No buenos, claro, sino impostores. A medio siglo de lo de Truffaut no solamente les protagonistas periodisticos de la televisión se superan escénica y banalmente sino que han ido atrayendo a su àmbito a todos: oligarcas, plebeyos, sindicalistas, referentes sociales, victimas y depravados, vecinos ansiosos por decir que vieron algo que no vieron , etc. Y presidentes. Y en el mismo lodo ( tono) todos y todas entretenidos y burlones. Tu observación Horacio- creo que contenida- nos hace entender que en los medios la desgracia con gracia da rating. Fijate que «6,7,8» ¡ Qué antigua historia! es innombrable y los caraduras hicieron que toda la televisión sea un surtido de «6,7,8» desangelado por copiones. Horacio , el tono que tan bien describís es el de un velorio con chistes
    al lado del muerto, que es la vida. Acordate lo de Isidoro Blaisten: » El humor es la última etapa de la desesperación». ¿Y si es la última?
    Tu tono me tocó. Seguiré pensándolo.
    Chau

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