El Obelisco, la Corte, la Vida – Por Rocco Carbone

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El Obelisco, la Corte, la Vida – Por Rocco Carbone

Foto: NA

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La pandemia arrojó a la realidad política un nuevo movimiento: los libertarios, integrado por las magnas figuras cambiemitas. Uno de sus lugares de reunión es el Obelisco, símbolo de la vida política de la ciudad. Además, los libertarios levantan las banderas de las formas más descarnadas del individualismo capitalista de la vida. El fallo de la Corte Suprema de Justicia defendió el sentido común libertario, tensado entre las restricciones, el cuidado a la vida y las libertades individuales.

Por Rocco Carbone*

(para La [email protected] Eñe)

 

En 2019 le ganamos al macrismo. A partir del 2020 nos empezó a asediar la pandemia. Además del virus, además del Covid en tanto novedad, la pandemia en términos políticos nos reservó otra tipo de novedad: el movimiento de los libertarios. Ese movimiento está integrado por las magnas figuras cambiemitas. Uno de sus lugares de reuniones es el Obelisco. Uno de los grandes símbolos de la vida política de la ciudad. Es un símbolo fálico pero, quizá, sobre todo, es un símbolo de circulación. No es la Plaza de Mayo donde íbamos para quedarnos. Y luego, cuando nos íbamos dejábamos nuestros signos, nuestros restos: las huellas de la politicidad popular. El Obelisco en cambio es tránsito, movilidad, circulación, implica los cuatro puntos cardinales. Implica la apertura de la Argentina hacia el mundo, como le gustaba decir a Macri, puesto que la calle Corrientes desemboca en el río. Y el río, la mal llamada hidrovía, es una especie de desemboque de la Argentina hacia el mundo. Quiero decir que los libertarios han elegido bien su centro de reunión porque la circulación, el tránsito son la negación de las restricciones. Son la negación a esas restricciones cuyo signo profundo es el cuidado de la vida y sobre todo el cuidado de la vida popular. Y hoy la vida es el principal valor a defender.

Además, los libertarios levantan las banderas de las formas más descarnadas del individualismo capitalista de la vida, se apropian de una de las grandes tradiciones de lucha y emancipación: el anarquismo. Cuando en la Argentina decimos anarquismo decimos Di Giovanni, decimos Radovitzky, decimos la Patagonia rebelde, la semana trágica, decimos Osvaldo Bayer, decimos también el nombre de las facturas de las panaderías. Los libertarios al decirse libertarios mancillan esta tradición y mancillan unos de los grandes signos de las luchas populares.

Y cuando los libertarios se juntan, disputan un sentido común tensando entre las restricciones -el cuidado de la vida- y la libre circulación, las libertades individuales, el “que se mueran los que se tengan que morir”. Y ese movimiento no se verifica solo en la Argentina sino también en el mundo globalizado.

En Madrid no ganó Isabel Díaz Ayuso y el PP. Ganó el sentido común de los libertarios. El sentido común de la apertura contra las restricciones del PSOE en el gobierno nacional. En Madrid ha ganado la crueldad. En Colombia esa misma crueldad está desparramada por las calles.

En Madrid además está la terminación nerviosa central de la Fundación Internacional para la Libertad que preside Vargas Llosa y en la que se referencia Macri. Pues bien. si ese sentido común de la crueldad gana aquí, vamos a perder Buenos Aires, vamos a perder la Argentina. Y si va ganando, vamos a perder la tierra como sentido último de la vida.

El fallo de la Corte Suprema de inJusticia defiende el sentido común libertario. Defiende el “que se mueran los que se tengan que morir”. Ese fallo, más allá de su juridicidad, significa un golpe, como dijo José Massoni. Un golpe al cuidado de la vida popular. Es un desafío al gobierno y a las fuerzas populares que configuran del Frente de Todxs. Ese fallo afecta también la autoridad del gobierno nacional. Es un fallo que abre una fisura, que plantea una pregunta dramática en la Argentina: ¿qué poder tiene las competencias para tomar medidas sanitarias en un momento de total excepcionalidad? Y por extensión, ese fallo, plantea otra pregunta, aún más dramática: ¿qué poder tiene competencia para tomar medidas políticas, económicas, sociales, educativas, tecnológicas en un momento de excepcionalidad extrema? Ese actor es el gobierno nacional y el signo de sus políticas debe ser popular, no el FMI.

¿Qué debemos hacer para crear un antagonismo político que nos permita hacer de la Argentina un país en el que la democracia sea democrática -revolucionaria-, para que la vida sea vivible y para que la justicia sea justa? La competencia para amasar respuestas a esta pregunta le corresponde al conjunto de fuerzas populares que pueden frenar la disgregación del Estado e interrumpir el sentido común de la crueldad.

 

Buenos Aires, 9 de mayo de 2021.

*Universidad Nacional de General Sarmiento/CONICET

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