
La traición y las «sucesivas lealtades» – Por Mario Casalla
16 agosto, 2026Un gran revolucionario de la época y además un genio militar. San Martín fue un personaje de vuelo novelesco, sobrio y austero, que rehuía del poder, pero que lo ejercía con rigor. Luis Bruschtein es chozno del general Enrique Martínez, quien acompañó al general en el Ejército de los Andes. Esta nota fue realizada por el autor con algunos apuntes no incluidos en un libro de proxima aparición, el segundo de la saga que Bruschtein está escribiendo.
Por Luis Bruschtein*
(para La Tecl@ Eñe)
Además de un genio militar, San Martin fue un revolucionario que puso su vida al servicio de la enorme utopía que significaba la lucha continental contra uno de los principales imperios de la época.
La memoria de San Martín fue recuperada del olvido por Mitre, que pertenecía al bando de Bernardino Rivadavia, el peor enemigo del Libertador, el que lo acusó de corrupto, pidió su captura y lo declaró prófugo. Hasta esa decisión de Mitre, el prócer más importante, instalado por los unitarios, había sido Rivadavia.
Pero Mitre era consciente de que esa figura no concitaba la unidad con los derrotados federales y recuperó a San Martín de un exilio eterno y un recuerdo borroso. La imagen que construyó para colocarlo en el podio del Padre de la Patria, fue la de un gran estratega que no se había involucrado en la guerra civil. Pero lo despojó de su pensamiento político.
El verdadero San Martín había sido un cuadro revolucionario, dispuesto a dar pelea adonde lo llevara su lucha contra el absolutismo de las viejas monarquías europeas. Negar que el poder de los reyes provenía de Dios, alteraba el orden que había imperado durante siglos en la humanidad, era una ruptura cultural aún más profunda que las revoluciones del siglo XX.
La condición de su familia, que no era rica ni aristocrática, –como la de Carlos María de Alvear– puso un techo a su carrera militar. Pidió la baja como teniente coronel cuando las Juntas españolas empezaban a desaparecer. Había surgido una junta similar del otro lado del océano. El viaje a Buenos Aires, junto con sus compañeros de la Logia Lautaro, fue una forma de continuar la revolución contra las monarquías absolutistas.
La figura contrapuesta fue Rivadavia, el primer tomador de una enorme deuda externa corrupta, con la Baring Brother inglesa, y el que sentó las bases, con su ley de enfiteusis, para el surgimiento de la oligarquía terrateniente. Nada más opuesto a ese San Martin que visualizó que no habría independencia por separado, si no se liberaba el Continente. Y asumió esa tarea colosal.
Su escuela había sido el ejército español. Fue asistente del general Antonio Ramón Ricardo, —un viejo irlandés cuyo verdadero apellido era Richards–, el estratega más brillante de las fuerzas peninsulares. Un reformista ilustrado y recalcitrante, en la mira de la Inquisición. Su linaje y su calidad en la guerra lo protegían. San Martín lo acompañó cuando le ordenaron frenar a las tropas napoleónicas en los Pirineos y con él profundizó sus conocimientos en estrategia y en política. Ricardo combatió con inteligencia y pudo contener a los franceses. Pero desde la corte de Madrid, encapsulada en sus juegos de poder, no enviaban los suministros que necesitaban. Ricardo viajó a la capital y allí lo metieron en tantos enredos que falleció haciendo trámites.
De algo le habrá servido esa experiencia porque cuando San Martin estaba en Mendoza nunca confió en el aprovisionamiento que llegaba de Buenos Aires. Estableció un impuesto a las grandes fortunas para crear fábricas de pólvora, de cañones, de uniformes y de botas. Si los suministros del Ejército de los Andes hubieran dependido de Buenos Aires, quizás nunca se hubiera producido la hazaña sanmartiniana.
Otro de sus maestros fue el general Francisco María Solano Ortiz de Rosas, en Cádiz, otro reformista antiabsolutista. Era gobernador y jefe militar de la plaza, y San Martín, su asistente.
La flota francesa bloqueó el puerto de Cádiz pero Ortiz de Rosas no actuaba. El pueblo, organizado en la Junta de Cádiz, exigió que bombardeara a los buques enemigos. Pero Ortiz de Rosas trató de explicarles que si sus cañones disparaban, corría el riesgo de impactar en los barcos de la flota española que estaba entre el fuerte y los franceses.
La situación no daba para explicaciones, las discusiones subieron de tono y una turbamulta invadió el fuerte. San Martín se interpuso, trató de aclarar los hechos y estuvieron a punto de colgarlo cuando lo confundieron con Ortiz de Rosas, quien sí fue colgado. Es más que probable que San Martín viera allí el daño que producían las guerras internas, en las que siempre se negó a intervenir.
Austero, discreto y de poco hablar, –a diferencia de la verborragia de Alvear–, cuando llegó a Buenos Aires no le dieron mucha importancia. Hasta que con la creación de los Granaderos y el combate de San Lorenzo permitió la recuperación de Montevideo al cortarles las vías de suministros a los realistas.
Cuando se hizo cargo del Ejército del Norte, recordó su experiencia con Ricardo en los Pirineos. Esos caminos montañosos son difíciles de atacar y atravesar, pero fáciles de defender. Retiró el ejército y dejó un grupo guerrillero al mando de Martín Güemes. Y comenzó a organizar la estrategia genial de cruzar los Andes –la segunda cordillera más alta del planeta– y llegar por mar hasta Lima. La hazaña lo convirtió en uno de los militares más famosos y con más prestigio de la época. Durante su exilio recibió ofertas de varias potencias europeas interesadas en aprovechar su experiencia.
No se conocen actitudes racistas por parte de San Martín. Por el contrario, intentó que sus regimientos fueran interraciales, porque al menos la mitad de su ejército era de afroamericanos y originarios. No pudo doblegar el sentido común dominante de la época y debió separar los regimientos, pero en el trato se evidenció que era consciente de la composición multiracial de su ejército.
Y tras vencer a los realistas en Perú, la designación de Monteagudo –un abogado mulato y jacobino– en el cargo político más importante de su gobierno, volvió a mostrar el carácter de San Martín, poco concesivo con las oligarquías locales .
Algunos autores han tratado de presentarlo como agente británico, cuando los que sí actuaron como tal fueron sus adversarios, como Rivadavia y Alvear. San Martín ofreció su sable a Rosas por haber combatido a franceses y británicos en la Vuelta de Obligado. Y en conversaciones con los que había exiliado Lavalle en Montevideo, San Martín les aconsejó que debían regresar a la Argentina para erradicar «al núcleo británico».
El verdadero San Martín, el revolucionario que luchó por la soberanía, la dignidad y la igualdad de los pueblos latinoamericanos, está muy lejos de la figurita despojada que enarbolan dictadores y gobiernos como el Milei, que se ubican históricamente en sus antípodas.
17 de agosto de 2026.

*Periodista.

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