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El largo adiós – Por Martín Kohan

Foto: REUTERS / Alessandro Bianchi

Foto: REUTERS / Alessandro Bianchi

El Papa Francisco declaró que no extraña a la Argentina, que no piensa volver ni de visita, que se va a morir sin haber vuelto. Esta renuncia convoca a Martín Kohan por el gesto radical que representa: el extremo para siempre de todo adiós para siempre.

Por Martín Kohan*

(para La [email protected] Eñe)

 

El Papa dijo, el otro día, que no extrañaba a la Argentina. La frase me impactó, más allá de su significación política de coyuntura. Porque no fue sino con Francisco I, y acaso no podría haber sido sino con él, que advertí esta circunstancia puntual, por lo demás tan obvia: que todo Papa es, antes que nada, un exiliado (a menos que sea italiano, a menos que sea romano, y aun eso hasta cierto punto). No se me ocurrió pensarlo con Juan Pablo II o con Benedicto XVI, porque tengo menos presente la realidad concreta de Polonia o de Alemania; pero se me hizo patente con Francisco I, es decir con el pasaje de Jorge Bergoglio a Francisco I: se desprendía de hecho de Buenos Aires, del subte A, de San Lorenzo de Almagro; se iba, al igual que tantos, por una irresistible propuesta de trabajo, a vivir al exterior (ya sé que el cambio de nombre responde a otras motivaciones, asuntos de religión y reinados, pero no deja de expresar a la vez la conmoción que esta clase de cambios puede llegar a producir en una identidad).

Mis ideas en general no coinciden con las de Bergoglio, ni tampoco con las de Francisco. Pero en la figura emblemática del argentino que añora, que toma mate y desde lejos averigua cómo salió su equipo, algo hay que claramente me interpela. Me remite por ejemplo a José de San Martín en Grand Bourg, a Gardel en Montmartre, me remite al Capitán Beto en el espacio (al pedido escrito de que el corazón “descanse en Buenos Aires”; al temor entonado de “Quién sabe una noche / me encane la muerte / y chau Buenos Aires / no te vuelvo a ver”; a esa cifra consumada de la desolación a distancia: “¿Por qué habré venido hasta aquí / si no puedo más de soledad?”). Una larga tradición de destierros y desterrados, que encuentra en la figura del Papa una manifestación visceral. Porque incluso el caso de Rosas, la expatriación más vehemente de nuestra historia, admitió una reconsideración final, por postrera que fuese, y la América terminó teniendo el polvo de sus huesos.

A un Papa no le cabe ninguna ilusión de regreso (ni siquiera con la renuncia a su puesto), ni tampoco la esperanza póstuma del corazón albergado en su tierra. La visita ocasional es la única alternativa con que cuenta para ver una vez más “cómo habrá cambiado tu calle Corrientes”, “la vieja y el café”. Pero Francisco I, porteño en lontananza, acaba de declarar que no extraña a la Argentina, que no piensa volver ni de visita, que se va a morir sin haber vuelto. Esta renuncia, este desistimiento, me interesan menos por sus implicancias políticas que por el gesto radical que representan: el extremo para siempre de todo adiós para siempre. Ensayado, como es el caso, por un ministro de lo absoluto, por un delegado de trascendencias, provoca en mí una alteración singular de espacios y de tiempos. Porque ese módico más allá, el del océano, se me vuelve más inmenso que aquel otro, el de la vida y la muerte; y esta módica eternidad, la de un adiós definitivo, se me vuelve más duradera que aquella otra, la que se supone que les espera a las almas. Como si el reino de este mundo, tan sabido, pudiese durar más y abarcar más que aquel otro, tan incierto, el de después.

 

Buenos Aires, 6 de febrero de 2021.

*Escritor. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.

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