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Cristina y la percepción del poder – Por Horacio González

La “Ley” ha mutado su llamado a la interpretación por un uso específico tomado de las comedias de la industria cultural de masas, donde el tiempo televisivo al promover la pérdida de todo peso existencial, permite desdecirse, juzga con un menú a la carta y forjar declaraciones fraguadas, que pasan a ser ciertas a pesar de que quien las fraguó confiese haberlo hecho. En este marco conceptual es que Horacio González sostiene que el último discurso de Cristina Kirchner, sin dejar de mencionar el anterior del presidente Alberto Fernández, pertenece a un género que todavía nos hace pensar que es posible desligar el juego institucional, que hay que renovar, de las cárceles conceptuales mediáticas, de simulacro y aturdimiento. Lo que se llamó controles cruzados es apenas un comienzo, aunque quizá tardío.

Por Horacio González*

(para La [email protected] Eñe)

 

Polichinelas

Las sociedades, en sus modelos ideales, son un conjunto de decisiones intermediadas que pasan por diversas instancias hasta que van cobrando forma definitiva, o sea, con pretensión de no ser provisorias. Aspiran a la condición de Ley, numeradita y citada por los que la cumplen o exigen que se cumpla. Unas derogan a otras, el paso del tiempo las afecta. Hay que actualizar y ampliar. Es habitual a los políticos y a la gente que adquiere con facilidad expresiones auspiciosas. “Hay que ampliar derechos”. Un gobierno de leyes es complejo, porque alguien la propone -suele ser el poder ejecutivo o el parlamentario, y cualquiera que sea, se van produciendo reacomodos y agregados que contemplan diversas opiniones que aun si finalmente no fuera vetada por el poder que puede hacerlo, seguramente no será igual al momento que se la propuso, al momento en que emergió aprobada en el debate parlamentario. La Corte Suprema, a su vez, la examinará con un libro esencial supuestamente bajo su mirada, para comprobar que el nuevo instituto legal cabe sin irregularidad ni contradicción en esas eminentes páginas normativas que permanecen aguardando cambios desde 1853.

Acabamos de describir aproximadamente lo que sería un cuadro institucional donde las relaciones entre los diversos ámbitos regulan ciertos equilibrios excepcionales. Donde el presidente puede vetar o enviar decretos de necesidad y urgencia, pero el parlamento tiene a su vez el goce de ciertas excepcionalidades, pues aprueba o desaprueba propuestas fundamentales que envía el presidente y que no deben contender con las condiciones de aprobación que exigen los reglamentos parlamentarios. El Poder judicial es el único que -emanando de decisiones y propuestas del presidente, sumados los acuerdos parlamentarios-, detenta después autonomías que son resistentes a cualquier tipo de indagación en la medida que en nuestro país la Corte se ha convertido en un toque sigiloso de redoblante de juicios normativos, emanados de órganos superiores al que supone que ella misma posee como voz jurídica principal de la nación. Esos “órganos superiores” provienen de una drástica modificación del espacio público surgido en el siglo XVII -comienza la publicación de periódicos, se fortalecen cámaras de representantes-, hasta los días que corren, donde los residuos de individualidad autónoma que quedan los puede suprimir el cajero de Starbucks que nos llama por nuestro nombre, que previamente nos han preguntado. Nuestro café exclusivo, intimista, convive con un mundo donde las viejas instituciones políticas se llaman “Supremas”; les dan la fama, el honor, el cafecito, pero son muñecos articulados por piolines manejados por polichinelas aún más supremos.

Una nación inmersa en las reglas visibles e invisibles de un monólogo infinitamente proliferante, sin sujeto enhebrador y con un funcionamiento abstracto entre la ilusión del hacker y la promesas de la billetera electrónica, entre el hedonismo publicitario y la negación a dejarnos ser felices por nuestra propia iniciativa, es una nación que lucha en inferioridad de condiciones para mantener antiguas formas de soberanía territorial o cultural que no sean tuteladas por una instancia superior que absorbe, unifica, divide, vomita y reabsorbe todos sus elementos, transfigurándose continuamente. ¿Quién, qué nos desafían a que lo veamos y le pongamos nombre a lo que mueve todo el cordaje? Es la voz incólume, la palabra final, el juicio en última instancia de carácter ontológico que transita por los medios de comunicación, que se ramifican en distintas tipos de comunicaciones, incluso creciendo no solo por la llamada conectividad sino por la repartición molecular de segmentos de palabras que vienen de millares de millares de terminales donde uno que duerme reemplaza al que recién se levanta, usuarios muchas veces suscriptos a los diarios con nombre de fantasía, representando la utopía ausente de sí mismo. Y todo eso se categoriza, y en esta división de los átomos, alguno llevará nuestro nombre, pues sabían que deseábamos un café. Suele ocurrir que alguien sea señalado como troll, preventivamente, enredándose entonces toda la madeja de intercambios en serie, pues aunque no lo descartamos, se hace difícil componer comunidades en esos ámbitos. Todos pueden ser trolls y todos pueden demostrar que no lo son.

 

La voz última de lo justo

¿Por qué es un problema el caso de quién da la campanada de la voz Jurídica última, en los temas que sientan precedentes y atraviesan toda elucubración judicial a la espera de la postura y decisión definitiva? Es un tema antiquísimo y a la vez de suma actualidad. El poder no tiene contornos, instituciones ni reglas. Es una señal impalpable que se sorprende de verse creado y urgido de espacio vital. Por eso, aunque es brutal y quiere seguir siéndolo, siente sin sentir, pues el poder es una forma de lo indeliberado, que tiene que aceptar normas, porciones, segmentos y relaciones entre todos esos trozos que se controlan mutuamente y conspiran entre sí. El poder acepta esa fragmentación pues su esencia real, que es conspirativa, se conserva en cada una de las instituciones en que fue repartido. Todo político llega en verdad a la culminación de la comprensión de su tarea cuando percibe que hay una tosquedad del poder en tanto complot, que las instituciones suavizan, pues el mismo poder las requiere ficticiamente apaciguadas, pues si algo conoce, es su temple para el ensañamiento.

Las tramas institucionales conocidas, sean las monarquías, los regímenes comunalistas, las democracias con autoridades presidenciales fuertes, las democracias republicanas ultra condicionadas como las nuestras, los reinados dinásticos, el febril soberano, los obsesivos imperialismos, nunca dejan de tener raspones entre los parlamentos y las monarquías, la monarquía, los príncipes y los papados. Dante escribió la Divina Comedia en medio de uno de estos conflictos, entre güelfos y gibelinos.  Las guerras se efectuaron ya sea por incongruencias en el armazón institucional -dinastías contrapuestas, emperadores y cardenales celosos de sus fueros, príncipes nuevos y antiguos principados, republicanos sociales y monarquías-, mientras se formaban lentamente las instituciones que lograsen superar el conflicto y generar naciones y a la vez nuevos imperios, y caídos estos, otra vez nuevas naciones. El sistema jurídico -sea el de las inquisiciones religiosas, o entidades filosóficas representadas por corrientes de pensamiento o sabios notables reinando en el silencio de sus gabinetes-, se expresaban ya sea en torno al derecho natural como fundador de las instituciones estatales que lo custodiarían sobre la base de que es la pugna de todos contra todos el factor originario que hay que suturar, o el contractualismo , donde es preciso una mediación de un mecanismo de acuerdos entre individuos y un todo que los individuos readquieren como un manto protector que los contiene como entes indivisibles, para a la vez garantizar la naturaleza de lo humano originario, basada en impulsos comunes inescindibles o en el imperio de un impulso posesivo de lucha en favor de cada singularidad.

El problema del origen, mantención, renovación del poder, ya es de por sí una singularidad fenoménica que apenas se le pone límites se crean nuevos poderes que estarán siempre en la inminencia de que se precisen nuevos límites, por lo cual es el poder siempre un acto abierto, que se mueve aparentemente en la irregularidad de un límite que produce incesantes mutaciones, cepas invisibles que parecía imposible dividir y subdividir el poder. Sin embargo, la candidez de Montesquieu vio esta repartición más fácil de la crudeza inestable en que se hallaría siempre el movedizo e indeterminado poder. “No hay libertad, si la potestad de juzgar no está separada de la potestad legislativa y de la ejecutiva”. La Revolución Francesa tuvo su Consejo de los Quinientos y su Consejo de Ancianos como suerte de poder judicial inspirado en la venerable Grecia. Napoleón arrasó con esta representación multitudinaria.

Pero el problema no es la fluctuación que caracteriza permanentemente el ser histórico y político -de modo de no fijarse en ninguna institución que parezca un gobelino que lo asiente en tal o cual cuadro de muy firme textura-, sino la disputa permanente que hay en una sociedad respecto a quien detenta la palabra final, la voz que lo se sanciona como justo en un modo que lo que se imponga, se lo haga con una fuerza objetiva, surgida de la soberanía popular, surgida de elecciones, o por aclamación, o del consejo de guerreros o de sabios, y porque no, del Consejo de los Quinientos antes de la aparición taumatúrgica del Jefe. Alguna legitimidad, de las tantas que estudió la filosofía política, tiene que haber para justificar estas situaciones, puesto que la legitimidad, en su último grado, es la existencia de ella misma demostrada por su propia existencia tautológica. El verdadero secreto del poder es que todas sus formas son legítimas.

 

Seminario de Teoría Constitucional y Filosofía Política.: Justicia y poder político

 

República y complejos supremos de poder

Cuántos presidentes se retiran de sus sufridos mandatos, por más contrapuestos que fueran en su sentido real, admitiendo que el poder les fue escurridizo, que nada indique que con lo que se tiene, mucho es lo que se puede hacer. En 1961, Eisenhower indicó un gobierno que estaba en las sombras del “complejo militar-industrial”. Nada de “controles cruzados”. Cristina Kirchner, en la otra punta, deslizó alguna vez que un presidente tiene más o menos el 25 % del poder. Es cierto que no hay porcentajes de poder. Hay un poder furtivo, pero con sus estamentos bien clavados, que ahora podría llamarse “complejo financiero, comunicacional y jurídico”, que se separan de la “división de poderes”. El poder que se divide es el poder tranquilo, dialoguista, comprensivo. El otro no tiene límites ni los conoce, procede por impulsiones cavernosas, lenguajes cifrados, logias permanentes o de ocasión, sabe lo que hace pero no quiere saberlo, actúa robándole a la justicia la venda que le tapa los ojos.

El poder así llamado no puede no tener legitimidad, pues ésta no es la forma sutil de una creencia teológica, sino el craso realismo de lo que da por existir de forma arbitraria y duradera. Es la democracia la que debe luchar todos los días por el plebiscito de la legitimidad, pues de por sí, ella nace desnuda y a veces, revolucionaria. Lo contrario es u grupo militar que con una proclama ardiente inventa su legitimidad. ¿No vienen a restaurar la moral? Un grupo militar que se hace cargo del poder reuniendo todas las funciones constitucionales, que sustituye por las suyas propias, como ocurrió en la Argentina en 1955, 1966 y 1976, donde la determinación en última instancia era el poder armado, a su vez dividido no por conflictos y competencias republicanas sino por la determinación de las tres armas, de tierra, mar y aire. Cuya “legitimidad” podrían estudiar en un Carl Schmitt, al que no conocían. Con seguir la argucia, estos señores crearon “Consejos de asesoramiento legislativo”, “Estatutos” y “Actas del Proceso de Reorganización Nacional”, y mantuvieron jueces informales o maniquíes aparienciales, mientras el poder final sobre la vida y la muerte estaba sometido al juicio de prebostes clandestinos, tomados de la inspiración que siempre brinda una ya antigua rama de los estados, las acciones sigilosas llamadas “de inteligencia” y los servicios secretos con sus patrullas asesinas que suprimen nombres y cuerpos. El grado cero del poder. Estos tienen “licencia para matar”, siquiera en juicios sumarísimos secretos sino ejecución en el acto ante mera sospecha, lanzamiento masivo de cuerpos al río y matanzas de personas en descampados, sin posibilidad de escapatoria, al contrario del famoso episodio que contó Walsh. De aquella época a esta aumentó la cantidad de sangre y de ilegalidad que podía tolerar el Estado visible, con sus ceremonias de izamiento de la bandera.

 

Pequeña historia de la facultad de juzgar

Para hacer la verdadera historia de la facultad de juzgar en la Argentina hay que tomar, sin dejarse tentar, tanto por los esfuerzos de Vélez Sarsfield de replicar los códigos civiles de países poderosos, y de Alberdi por hacer literatura de avanzada, aunque con un conjunto de injustificables prejuicios raciales e ingenuidades sobre la situación internacional, tan bien escritas como penosas. Hoy tenemos la siguiente situación sobre quien es el poseedor de la palabra final sobre los temas cruciales del dominio de las redes y subredes del funcionamiento del país. Con instituciones totalmente deformadas por lo que llamaremos la acción del poder, que siente como enemiga cualquier ley ajena a su productividad exenta de responsabilidades sociales, no puede ejercerse la vía pública de la administración de justicia. Las únicas que acepta el poder que se pone sus límites, que son sus deseos y su ansia de ser ilimitado, son las leyes que se transportan “debajo de la mesa” a las Cortes y Agencias de Sentido, por más que éstas juren solamente otras leyes, las que son públicas y pertenecen a la constitución que les inspira un profundo escalofrío de ambigüedad. Dicen defenderla y vienen a destruirla.

 

El diario Crítica, La voz del pueblo | Natalio Botana, Aramburu, Agustín P. Justo, argentina, Historia Argentina, Jorge Luis Borges, Yrigoyen, Uriburu, Perón

 

El diario Crítica, un ejemplo

En un período histórico que ya ha cesado, la palabra final de un juicio se disputaba entre las Armas, la Corte y los Medios, pues aún estaba vigente el espacio público con precarias regulaciones con contrapesos y equilibrios cruzados, tal como ahora nostálgicamente se dice. El periodismo pugnaba por la primicia, creía aún en los hechos que suceden “fuera de las redacciones”, pero no necesariamente el orden judicial estaba entrelazado por lazos íntimos y secretos con el orden periodístico. De algún modo lo demuestra Crítica, el gran invento de Natalio Botana, un periodista uruguayo perteneciente a una familia del Partido Blanco -derrotado militarmente a principios del silgo XX-, que actuaba efectivamente con técnicas de guerilla periodística. Con Crítica llega a tocar la fibra profunda de criminalidad yacente en todo grupo apretujado en una gran Metrópolis. Botana iba de la denuncia a los crímenes de la policía -que fraguaban escenas, también las fraguaba Botana-, y mientras buceaba en la idea de una sociedad cuyas cuerdas internas tenían que ser reparadas, se iban integrando al diario los intelectuales y escritores más famosos dela época. Borges dirige en los años 30 el célebre suplemento cultural “Multicolor”, González Tuñón escribe un poema apologético a la máquina impresora recién importada, la Hue, el joven capitán Perón va a buscar los diarios a la sede de la redacción, garantizando el reparto, pues se avecina el Golpe de Uriburu y Crítica es su vocero popular, y La Nueva República de los Irazusta, su columna ideológica. El edifico de Crítica está sobre la Avenida de Mayo, su magnífica fachada Art Decó lo hace uno de los más atractivos de esa Avenida. Hoy lo ocupa una repartición policial.

Crítica entraba en clima de época donde brillaban los signos del ascenso racista mundial, Yrigoyen era un plato apetitoso para un golpe militar, Lugones era su rama literaria, Gálvez, luego arrepentido, ya había trazado líneas programáticas más corporativistas, y antes había promovido la quema de imprentas anarquistas. Durante el yrigoyenismo el ejército había estado activo en las represiones de los conflictos sociales en todo el país, se contaba con una literatura corporativista -el rechazo a los acuerdos petrolíferos con la empresa soviética era el signo “Carrió” de la truculencia del momento-, y estaba en medio de una crisis económica mundial. La palabra “coima” estaba en boca de todos. Incluso Arlt había escrito una aguafuerte mordaz. Como es sabido, la Corte Suprema avalará el Golpe. El diario Crítica, que es zigzagueante y husmea todas las atmósferas políticas, va cambiando de opinión. Quiere englobar todas las atmósferas políticas y comienza a hacerlo como anfitrión de artistas e intelectuales.

Algunos militares y civiles yrigoyenistas intentan varias insurrecciones. La más famosa es la de Paso de los Libres, que cuenta con el poemario épico de entonación gauchesca de uno de sus participantes, el yrigoyenista Jauretche. Botana acoge al muralista mejicano Siqueiros, que había participado de las reuniones culturales de Botana. Su mural Ejercicio plástico, pintado en la residencia en Don Torcuato de Botana y Salvadora Mediana Onrubia, señala un hito fundamental también para el muralismo argentino, pues son muchos los artistas argentinos que colaboraron con él. Ahora está en el Museo del Bicentenario, motivo de un discurso de Cristina ante el presidente mexicano Calderón, que escucha esta historia sin parecer que estaba demasiado enterado de ella. Uno pocos años después, Siqueiros participó del sangriento atentado contra Trotsky, refugiado en Coyoacán, México. Este gran muralista partisano se enrola en las filas de la república española, mientras Botana reorienta su diario apoyando también a los republicanos españoles. Cuando abandona la posición golpista tiene como eje la crítica a Lugones, no a Leopoldo, sino a su hijo Polo, comisario policial encargado de la tortura al militante de izquierda. A página entera, Botana denuncia a Polo.

 

Periodismo acorazado

Como podemos ver, en esta sucinta mención de un puñado de hechos, la gran prensa se inmiscuye en los hechos políticos y jurídicos, pero conserva una posición anterior a ellos, no necesariamente los anticipa ni planifica previamente las acciones. Desde luego, es posible decir, como afirmó la ex presidente Cristina Kirchner, que “antes intervenían militares en los golpes y ahora una coalición de la prensa con la justicia”, pero a estas afirmaciones fundamentales se les pueden hacer algunas puntualizaciones, que acentúan aún más su importancia. Nunca los periódicos, desde en siglo XVII, dejaron de intervenir en las campañas políticas y millares, incluso orientándolas. Daré tres ejemplos que nos competen totalmente. 1806: el diario que salía en Montevideo financiado por la fuerza inglesa de ocupación que había tomado la ciudad ese año, no era un simple boletín. La Estrella el Sur (The Souhtern Star) era un periódico moderno para la época, propagaba la libertad de comercio y de culto, glorificaba a la Almirante Nelson, y combinaba relatos históricos con propaganda comercial. Había poesías de jóvenes montevideanas. Era un órgano militar, pero redactado por civiles y encuadrado en lo que hoy llamaríamos con cierta ligereza la “Batalla cultural” para tomar Buenos Aires.

En la guerra Española-Norteamericana de fin del siglo XIX, final del Imperio español en América, ocurrió la explosión del Acorazado Maine en el Puerto de La Habana, probable maniobra norteamericana, igual que la que se empleó para iniciar la guerra de Vietnam seis décadas después; fue cubierta de inmediato por la cadena Hearst de periódicos, quitando toda duda de que fuera casualidad o autoatentado. Ese episodio, seguramente calculado, precisaba complementarse con la capacidad de brindar una narración coherente, patriótica, sensacionalista de lo sucedido, incitando a la guerra. Todos los hechos se habían producido bajo inducción norteamericana, faltaba que la fábrica retórica hilara los sentimientos populares. La Cadena Hearst sigue actuando en Estado Unidos, con canales de televisión, decenas de diarios digitales, y revistas de todo tipo, con Mecánica Popular, Harper´s Bazaar, Esquire, donde escribieron Truman Capote, Norman Mailer, Scott Fitzgerald y fotografió Man Ray. Gravedad histórica y delicada inocencia de las más relumbrantes escrituras.

Claro que ninguna de ellos tiene que ver con la guerra como no lo tendría que ver algún un artículo de o sobre Ricardo Piglia publicado en la Revista Ñ de Clarín. Un suplemento cultural nada tiene que ver con las políticas de difamación y acciones denigrantes planificadas y revestidas de “aparentes noticias” por el cerebro central del “Multimedio”, pero algún historiador de la antigua escuela de las “mentalidades” francesa, hurgaría incómodas relaciones sin que deje de reinar cierta inocencia, material indispensable de toda historia. Pero aquí tenemos un principio de cómo las viejas normas republicanas de la partición reequilibrada y el control mutuo entre los poderes de estado han quedado sin efecto o librados a su suerte durante todo el siglo XX y hacia adelante. ¿Cuándo sucedió lo que llamaríamos el punto nodal de esa sustitución de la voz en última instancia en una sociedad, antes confiada y basada jurídicamente en la interrelación de la Corte, el Debate Parlamentario y la decisión Presidencial? No es fácil la respuesta pero es necesaria y se puede arriesgar una hipótesis basada en el colapso de un cuerpo institucional que asegura tener sus partes ensambladas equilibradamente -sea concebido como organismo, estructura, o constitución-, y de repente una de las partes, que por comodidad numérica u ociosidad teórica se había desbocado, se la llamó cuarto poder -lo que hubiera aterrorizado a Montesquieu, o a Tocqueville-, sin dejar de reírse por lo bajo de la equívoca denominación de lo que lejos de ser de “cuarta”, adquiría primacía en los usos de imágenes y lenguajes de la vida cotidiana.

 

¿Cuarto poder?

Ese Cuarto Poder, con su facilonga enumeración, tomó a su cargo todos los elementos de juicio, los que ya tenían la crítica literaria, el idolatrisimo moralista, las noticias de turf, las recetas de cocinas y el horóscopo, pero asumió también funciones inquisitoriales que llamó “investigación periodística”, con un sentido diferente, más bien lo contrario, de lo que había hecho Walsh pensando que el escritor desnuda la tramas secretas del Estado, primero con el propósito de asentar un reclamo de justicia que el Estado inhibe, segundo para inscribir un documento perdurable en el tiempo que ligue justicia a escritura. En cambio, cuando aquella investigación ya no era hecha por un individuo solitario que debía cambiar su identidad porque también era perseguido, se llamó “operación periodística” y una que otra corporación -sea judicial, sea mediática, sea empresaria-, la sostenía. Con la revolución de las redes de internet toda comunicación ya nace como una escucha clandestina o una operación de prensa, a pesar de ella misma, pues también contiene principios altruistas, una y otra vez sofocados.

Pero me apercibo ahora que me falta otro ejemplo de los tres que enumeré más arriba, tratándose este caso, ahora, de la gran disputa entre Sarmiento y Alberdi inmediatamente después de la batalla de Caseros (1852). Creo que es la polémica más importante de la historia nacional, que es corta en sí misma pero larga en este tipo de disputas. Los temas allí tratados son muchos, pero interesa uno en particular. ¿Cómo y quién ganó la batalla de Caseros? Como se sabe fue un enfrentamiento con veinticinco mil hombres de cada lado. Urquiza tenía detrás el Ejército Brasilero, bajo la mirada del astuto Duque de Caxias. Un cansado Rosas, tenía una tropa desorganizada, y sin acuerdo entre sus principales generales. La disputa no es sobre esta cuestión, que desveló a rosistas, antirrosistas, nacionalistas y liberales. No, Sarmiento decía que la batalla la ganó la Prensa. Alberdi lo llamaba a la realidad. ¿Cómo despreciar un Ejército activo, mayormente compuesto por gauchos, en nombre de la acción de las letras? ¿No son siempre, en última instancia, las armas? Es que Sarmiento, que desde el comienzo intriga contra Urquiza, dirige el Boletín de Ejército, narra con toda clase de intrigas las acciones militares, adjudicándose triunfos parciales. Para Sarmiento eso era crear “sentido común” en la campaña, adicta a Rosas, sin lo cual el ejército invasor de Buenos Aires no hubiera podido prosperar. La actualidad del debate entre ambos escritores no se puede negar, en su importancia añeja y en su decidida oportunidad. Pocos años después, Alem diría “la batalla la hicimos con la prensa y un fusil”. Se refería al levantamiento cívico militar de 1890, la famosa “Revolución del Parque”. La prensa a la que se refería era el periódico humorístico El Mosquito, que con sus grandes caricaturistas desprestigiaba sistemáticamente al gobierno de Juárez Celman.

 Ciudadano Kane – distintamirada.com

 

El periódico como “organizador colectivo”

Como se percibe, es antiguo el problema. Pero sería adecuado, en una suerte de genealogía vecinal, apreciar cuándo la prensa comenzó a asumir más visiblemente su función judicativa, su función educativa y su función parlamentaria. Para eso hay que dar varios pasos más, que exigen un estudio de pormenores y detalles que aquí no sabríamos comprimir de modo más útil o provechoso. Diremos unas pocas cosas más. Tomando experiencias que antes habían pertenecido a las izquierdas (“el periódico como organizador colectivo” o “como andamio del partido político”) las instituciones que producen escrituras podían disputar con las instituciones con reglamentos escritos. La Radio, partir de los años 30, parecía amenazar menos a la política parlamentaria y de plaza pública, porque en su fondo último, colaboraba y le daba mayor envergadura a algo conocido desde los más lejanos estratos políticos de la antigüedad clásica: el tribuno de la plebe, el encanto de las voces que debían adquirir los distintos tonos de alegatos en el ágora -tal como sucedía en los foros judiciales-, y así, pasados los siglos, triunfaba en la radiofonía un hallazgo: “el amigo invisible”.

Jugando con el misterio de la voz, aun cuando las revistas ilustradas contrapesaban esa invisibilidad satisfaciendo la necesidad de dar a conocer los rostros asociados a esas voces en revistas eufóricamente llamadas Radiolandia, en una de cuyas famosas tapas sale una “estrellita en ascenso” -según la lengua que narraba los avatares de un ídolo-, de nombre Eva Duarte. El filósofo Carlos Astrada saludó la Radio porque permitía volver al Tribuno de la Plebe, a la fenomenología de la voz, y la rivalidad entre la voz y la escritura fue un gran tema filosófico en la segunda mitad del siglo XX. Ya en los años 30 había comenzado a desdibujarse la membrana tan frágil que, pareciendo lo contrario, separaba la noticia efectiva de la invención ficcionalizada de la noticia. Ocurre notoriamente con la transmisión de la radionovela La Guerra de los Mundos con la cual Orson Welles logra quizás involuntariamente, fusionar relato radial y realidad, intuyendo que ese efecto se produciría a pesar de que se advirtió desde el comienzo de la transmisión que se trataba de una ficción. El “radioescucha” quiso sentirse de verdad invadido por marcianos, hecho que aun parece que faltan varios años para que suceda, aunque los medios de comunicación persisten en ese juego, gracias a la Nasa.

Este hecho es una tendencia que se sigue manifestando de diversas formas, ya mucho más despojadas del efecto artístico que procuró Welles, al igual que Ciudadano Kane, el director del periódico que oníricamente trataba de instalar la omnipresencia de la meta ficción periodística en todo el mundo real. Con la Televisión y con las ahora llamadas redes, la fragmentación, la superposición, el recorte, la multiplicidad caótica de montajes, la atemporalidad de las imágenes, el ambiente irreal del “piso”, las pantallas divididas con título en los jubilosamente llamados zócalos, que anulan en muchos casos lo que se escucha, los avisos de último momento, que trituran el tiempo y esa es quizás la función principal de los “medios”-, un desquicio que es el verdadero espectáculo, si se quiere, un formalismo inadvertido. Consiste éste en una inyección tras otra de suero icónico, que pueden contrastar lo que un personaje dijo días pasado, o hace 20 años, con lo que opina hoy, todo lo contrario de la ilación anterior. Este puede ser un momento culminante del juicio por jurados -vieja institución jurídica-, que la televisión representa cuando juzga a los concursos de baile, de gastronomía, “de preguntas y respuestas”, o de interrogatorio a los políticos, que cambian su rol de “diputados” por el de “panelistas” con total felicidad. Las frases son medidas tanto por su tiempo de duración como por la audiencia que generan. La audiencia o “tendencia del tema” no existe de antemano, es un sistema de captaciones capilares, momentáneas y subrepticias, a las que un conocido cómico de antaño sintetizaba en uno de los tantos momentos en que la televisión se burla de sí misma para desnudar su mecanismo y proseguir con más ahínco su faena. Ese recordado personaje usaba la expresión “no toca botón”.

 

No toca botón

No obstante, está previsto tocar el botón, pues el llamado zapping -todo comportamiento fijo y todo intento de burlarlo ya está previsto-, permite que se obtenga una multiplicación de los montajes y los ritos verbales, produciendo el maremagnum con los desfiles de modelos entremezclados de publicidad de latas de conservas y la publicidad de cerveza con modelos entremezclados a un editorial político punzante o vituperante, dentro del régimen de fiscalía acusatoria. La falta de cualquier consistencia ontológica hace que la repetición etérea de arquetipos termine siendo atractiva, porque en el fondo, lo que se está haciendo es juzgando un conjunto muy amplio de hechos, en principio, juzgando a las mismas instituciones de juzgamiento, sean científicas, académicas o judiciales. El sistema es más complejo, al asociarse el periódico (que sigue manteniendo el prestigio no agotado de la escritura), con televisión, internet, redes, radiofonía, en un par de monopolios, con ramificaciones internacionales, y donde “usted también puede ser periodista”. Hay diarios que ponen imágenes para que millares de comentaristas anónimos las injurien, como en los parques de diversiones con el tiro al blanco, o que triunfe una suerte de intimidad que deja de serlo cuando una serie de “feliz cumpleaños” atosiga los mecanismos de recolección de datos. Una suerte de oficio de cartonería digital donde todos los días un caleidoscopio propone nuevos “formatos” que no son otra cosa que un reciclamiento permanente y abismal de residuos.

Como todo esto es un simulacro doble del funcionamiento de las finanzas -el nerviosismo del tiempo futuro- y de la justicia -el juicio instantáneo-, es lógico que las antiguas y húmedas paredes de los sistemas institucionales estén todas penetradas por lo que se va erigiendo en la voz del enjuiciamiento real, que no deja otro remedio a las milenarias institucionales políticas, que se dedican en buena parte de su tiempo a golpearse a sí mismas, que acomodarse a la nueva situación, basando su nuevo poder en la misma medida en que pueden disputar -con el porcentaje que les resta-, los esquemas de verdecito que surgen del formateo visual o de las tendencias dominantes que crea la televisión (que no es una “paleo televisión” como creía Eliseo Verón) desde sus gradas tribunalicias. Claro que hay excepciones, pero nada impide que hoy deban pensare nuevas formas de uso de las herencias y legados de las prácticas en la universidades y escuelas de todo tipo, en especial las de comunicación social. La “Ley” ha mutado su llamado a la interpretación por un uso específico tomado de las comedias de la industria cultural de masas, donde el tiempo televisivo al promover la pérdida de todo peso existencial, permite desdecirse, juzgar con un menú a la carta y forjar declaraciones fraguadas, que pasan a ser ciertas a pesar de que quien las fraguó confiese haberlo hecho.

Hay mucho más para decir de todo esto, que es un abandono al consumo masivo de signos a las instituciones políticas -por más desfallecientes que estén- y la sustitución del juicio arbitrado por argumentos que se abren a la discusión a través de una comicidad denigrante, llamándose a esas prácticas como “Intratables”, “Imperdonables” o “Impertinentes”, según el publicista que se tenga a mano. Lo que ha sido vulnerado por las nuevas tecnologías de información -aun con los nuevos nombres que les infringe, como “economía del comportamiento”, que es lo último que he escuchado-, implica la creación de una sociedad donde lo humano es un factor experimental donde el reemplazo de la política por la ciencia como espectáculo, presenta un panorama desolador.

 

Puntos clave del alegato de Cristina Fernández de Kirchner | Notas

 

El discurso de Cristina

Quedan afectadas al mismo tiempo la política, la ciencia, la vida en común, al arte, la lengua. Contra todo esto, nos parece, se dirigió el discurso de Cristina Kirchner mirando a los ojos a un denominado “Juez Petrone”. En realidad, le estaba mirando los ojos a todos los aparatos de comando de una grave anomalía que afecta la sociedad, el deterioro institucional, la creación de nuevos estados materiales de agresividad sistemática con los restos del antiguo estado, y el ultraje hacia la verdad, que es el profundo acontecimiento que sucede en el interior del lenguaje. El último discurso de Cristina Kirchner, sin dejarse de mencionar el anterior de Alberto Fernández, pertenecen a un género que todavía nos hace pensar que es posible desligar el juego institucional (que hay que renovar) de estas cárceles conceptuales mediáticas, de simulacro y aturdimiento. Lo que se llamó controles cruzados es apenas un comienzo. La mirada fija, el alegato condenatorio a los jueces en las sombras, constituye también una forma de cuestionar el peso inútil del papelerío fraudulento con la gravidez de la voz del tribuno de la plebe, Cristina hablando desde el Monte Aventino del Senado de la República.  

 

Buenos Aires, 8 de marzo de 2021.

*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional.

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