

Conocido como el alma intelectual de la Reforma Universitaria de 1918, Deodoro Roca lo es menos como escritor político involucrado en los dramas y dilemas históricos de los que fue contemporáneo. Su prosa de intervención es una cantera de ideas críticas, de renovada actualidad ante un mundo en el que el imperialismo y el fascismo no son meras cosas del pasado.
Por Diego Tatián*
(para La Tecl@ Eñe)
La explícita rehabilitación de la Doctrina Monroe por parte del presidente de los Estados Unidos como justificación de la agresión a Venezuela y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro, no es un simple anacronismo político. Se trata más bien de una regresión a formas de colonialismo que revelan la fragilidad y la impotencia del derecho internacional para contrarrestar la fuerza de la pura fuerza, y hace uso, nuevamente, de ese recurso geopolítico enunciado por el presidente norteamericano James Monroe hace más de doscientos años. Se abre en América Latina un tiempo de amenaza ubicua y permanente de invasiones militares para el saqueo de recursos, que fue el objeto real de la doctrina Monroe, desde el despojo a México de más de la mitad de su territorio hasta la apropiación del canal de Panamá y la invención de la Guerra del Chaco Boreal entre Paraguay y Bolivia en la que murieron decenas de miles de combatientes de ambos países -una masacre sangrienta motivada en la disputa por el petróleo entre las empresas Standard Oil y Shell.
El imperialismo norteamericano enmascarado en la Doctrina Monroe y su daño para los países de América, fue objeto de una persistente reflexión crítica de Deodoro Roca a lo largo de toda su vida. Su Tesis para obtener el grado de Doctor en Derecho, defendida el 31 de octubre de 1915 (quizá su primer escrito), lleva por título «Monroe – Drago – A. B. C. Reflexiones sobre la política continental», y comienza con un epígrafe de Theodore Roosevelt: “Debemos administrar la hacienda, recaudar las rentas y proveer a los gastos de ciertas repúblicas pródigas, manteniendo al propio tiempo un perfecto orden en su seno”. De manera intermitente pero constante -y se diría que casi obsesiva-, Deodoro vuelve a la crítica de la doctrina Monroe en un conjunto de escritos breves -todos los de él lo eran- durante los años ´20 y ´30 del siglo XX. Algunos de ellos son: “El imperialismo invisible” (1925)[1], “El drama de América” (1928)[2], “Mr. Monroe viaja a sus colonias” (1928), “El imperialismo del petróleo” (1935) o -el más esperanzado de la pronta caducidad de ese instrumento de saqueo- “La levita de bronce” (1936)[3].
Revisar esos textos cien años después resulta impresionante y desalentador. Vuelven a ser actuales por la sórdida evocación reciente de la doctrina que enfrentaban. Se experimenta una sensación de estar parados en el mismo punto, aunque esta vez sin el ánimo de un mundo en disputa en el que la fraternidad de los pueblos y la emancipación del dominio colonial -y otras formas de dominación- es lo que habrá de prosperar inexorablemente por el trabajo de los seres humanos en la historia. El punto es el mismo y no lo es. En un caso, la tarea crítica afronta con valentía una adversidad experimentada como provisoria y se orienta por la convicción de un nacimiento; en el otro, despojado de esa esperanza, el infortunio se acompaña de descreimiento e impotencia -lo que en un texto reciente Giorgio Agamben nombra con las antiguas palabras griegas oligopistos (disminución de la creencia) o directamente apistía (ausencia de toda creencia)[4]. De aquí en más, será tarea del pensamiento y trabajo de la política no sólo la confrontación de la nuda violencia sobre las vidas precarias, sino antes la refundación de un horizonte de sentido no apenas declamativo ni puramente voluntarista, que movilice los corazones y las acciones hacia un mundo menos brutal.
Transcribimos a continuación dos de los escritos de Deodoro Roca antes mencionados, tomados de la edición más reciente de sus textos por la Universidad Nacional de Córdoba en 2009-2012.

Mr. Monroe viaja a sus colonias (1928)[5]
La doctrina de Monroe –esa “impertinencia internacional”, como la llamara Bismarck; ese “estado intolerable”, como la calificara el gran jurista yanqui Whilton– consiste en una supersoberanía que se arrogan los Estados Unidos sobre todo el continente americano.
Es la más hipócrita de las doctrinas imperialistas. El mismo Polk –aquel que inició la marcha imperial para despojar a México– en una de sus fugas cínicas decía: “Ha nacido para tomarse lo que conviene que Europa no se tome”. Para los enunciados de los puritanos plutócratas, devotos de Monroe, América permanece niña. Es un mundo sonrosado, virginal, indefenso, incauto. Y Monroe su tutor. Lo que no impide que la gracia de su juventud enturbie los deseos y viole a su pupila.
El problema de los pueblos latinoamericanos que no quieren caer en los declives de la imperial barraganía –análogo al de la inexperiencia juvenil– consiste en cobrar conciencia de los peligros que los rodea. El imperialismo afila sus garras en los Tratados que, a cambio de empréstitos públicos, autorizan a una potencia extranjera a intervenir en las aduanas y en ciertos conflictos interiores. Es la técnica de esas “violaciones” internacionales. El problema consiste también en evitar que las fuentes vitales de riqueza –la tierra, el subsuelo, los transportes– sean monopolizadas por sindicatos extranjeros; en incitar a la juventud a que siga las carreras especiales de la economía moderna, en redimir la economía del predominio extranjero de tipo imperial organizándola con técnicos y capitales propios. Y para ello es necesario en “nuestra América” otra estructura internacional: construir un mundo de nacionalidades libres e interdependientes. No una anfictionía política, como soñaba Bolívar, sino una anfictionía económica de naciones latinoamericanas, ahorrando en su raíz toda tentación imperialista. Más bien para “Nuestra América” pudo lanzar el gran Jefferson aquel apotegma: “El precio de la libertad es una eterna vigilancia”.
Embriagada por su fácil y peligrosa prosperidad, América no vigila y fía su defensa en el propio milagro de su prosperidad. Entre las extraordinarias revelaciones ofrecidas al mundo por la reciente conferencia de La Habana, se cuenta la resistencia de los Estados Unidos al proyecto de codificación del Derecho Internacional Americano sancionado ad referéndum por la conferencia de Río. Cuando los plenipotenciarios de Versalles salvaron la de Monroe como “doctrina regional”, aludieron a la gran tradición federalista y significaron que los Estados Unidos estarían obligados a reconocer en el internacionalismo regional interamericano un procedimiento colectivo y mutuo de garantías. Jamás un derecho intervencionista, unilateral e individual, para su exclusivo uso. Aludieron en esa reserva a una garantía solidaria de seguridad e inviolabilidad para todas las repúblicas americanas. El pretexto de la resistencia fue “la especialísima organización federal” de los Estados Unidos. La razón cierta y oculta fue la de no ligar a una norma de derecho, mutuo y codificada, su hipócrita libertad de acción en un mundo de infinitas reservas y punto de apoyo a su indispensable expansión imperialista.
La elasticidad de la doctrina Monroe es admirable. Flexible, ondulante, cambiante, ha servido ajustadamente a todas las necesidades de la Unión. Es la columna vertebral de la política americana y la más perfecta ganzúa internacional. Los “14” puntos de Wilson –el demócrata puritano– o los zarpazos de Theodore Roosevelt –esa clásica y magnífica fiera rubia– o ese apacible pescador de caña del “Maryland”, disimulan un mismo e idéntico espíritu.

El imperialismo del petróleo (1935)[6]
Cuando el cañón comenzó a tronar en 1914, el carbón y el hierro dominaban Europa y el mundo. Era un reinado de siglos. La firma de la paz fue también la de su derrota. A Su Majestad el Carbón ha sucedido Su Majestad el Petróleo. Sobre todo, después del invento de Diesel. Vivimos en la era del petróleo y sus esencias conducen nuestro destino. La historia de la próxima generación será la historia de la lucha por el petróleo. Los puntos vitales del mapa político mundial no serán ya París, Nueva York, Londres, Berlín, sino Bakú, Persia, Venezuela, México, Bolivia, Argentina.
El petróleo ha fomentado revoluciones en México, ha derribado presidentes y ha llevado a sus fronteras escuadras y ejércitos enemigos. El petróleo ha actualizado y, en parte, ha “creado” el problema de límites entre Bolivia y sus vecinos, o sea entre la “Standard Oil Company”, Argentina y Paraguay, convirtiendo el Chaco misterioso en una tolvanera. Con luz de petróleo se han alumbrado las últimas contiendas electorales en las provincias del extremo Norte argentino. La doctrina de Monroe –siguiendo la ruta de Hoover– llegará muy pronto, en uno de los barcos petroleros de la Unión, a las costas del Plata. Y llegará con fecha anticipada.
En esa gran lucha de Leviatanes –la “Standard Oil Company” y la “Shell Company”– acaso el episodio más dramático haya sido el librado por la dominación de los petróleos rusos. Rusia es actualmente el punto de mira de todos los petroleros del mundo. Aparte de Rusia, los recursos de Europa –en petróleo– son muy limitados. Los Estados Unidos tienen que importarlo de México para su consumo. No es imposible que antes de diez años los Estados Unidos se vean forzados a importar petróleo de Rusia y Persia. Cuando un hombre está embriagado suelen asomar sus verdaderos instintos. Obra y habla conforme a su más sustanciosa verdad. Lo mismo ocurre con una nación en época de guerra o con los grupos industriales en tiempos de lucha. Durante las conferencias de Génova y La Haya los trusts internacionales del petróleo estaban en abierta pugna por la conquista de los yacimientos rusos. La historia de esas reuniones es la historia de sus intrigas y de sus propósitos. La más ilustrativa es la de Génova. Fue el punto de reunión de todos los petroleros de la tierra. Los reyes del petróleo, grandes y pequeños, se dieron cita en la ciudad italiana. Grandes figuras de la política mundial peroraban y dramatizaban las sesiones. Pero los petroleros mandaban. En La Haya los representantes de las naciones rectoras fueron expertos de segunda o tercera mano. Ni Lloyd George, ni Alphand, ni Cattier, ni ninguno de sus colegas eran conocidos o influyentes. Pero los grandes magnates del petróleo aparecieron en primera fila: sir Henry Detterding, presidente de la Royal Dutch; sir Walter Samuel, presidente de la “Shell”, y una multitud de monarcas menos importantes. El verdadero interés de las reuniones internacionales se desplaza hacia los “expertos” que asesoran a los diplomáticos. Son éstos los verdaderos representantes de las profundas realidades sobre las cuales aquéllas se deslizan. Mientras las grandes figuras internacionales dan el “do” de pecho, en las conferencias, los “tramoyistas” componen la escena del mundo.
En el pequeño simulacro de estos días, compuesto para uso de paraguayos y bolivianos, nada cuentan los Siles o Guggiaris. Son apenas ingredientes de la fiereza ancestral o de la fácil embriaguez del Trópico, disparados como proyectiles por los expertos artilleros de la “Standard Oil”. Bolivia, en cierta ocasión, fue borrada de los mapas ingleses. Los yanquis, más eficaces, la han hecho desaparecer bajo una lluvia de oro. Sus aguas conducen a Yacuiba. El asunto es que en esas aguas no naveguen sino los marinos de la Unión.
Ha sido un hábil simulacro, movido desde “Wall Street”, para experimentar su política futura en ese confín del Continente, empapado de petróleo. El incauto juego de afinidades y repulsiones servirá para corregir viejos y groseros esquemas de la América latina.
Referencias:
[1] Allí escribe con un dejo de ironía: “…en Washington comienza ya a insinuarse que la doctrina de Monroe se opone igualmente a la concesión de yacimientos petrolíferos situados en América, realizada en beneficio de naciones no americanas. Y simultáneamente se abre generosa la espita del capital yanqui y éste se derrama espléndidamente sobre todos los países americanos de habla española –principalmente sobre los que poseen yacimientos petrolíferos– y de pronto los ferrocarriles, las minas, las empresas de transportes, las industrias madres y aun los grandes servicios públicos son absorbidos por el capital yanqui que con un avance incontrarrestable se apodera de la dirección y control de nuestra economía…”.
[2] “Esa cambiante y ondulante misión es el tentáculo de la doctrina Monroe, columna vertebral de la política internacional expansiva de los Estados Unidos. La acción continua de la oficina panamericana es el mal sutil y adecuado instrumento para lograr y legalizar determinadas medidas del sojuzgamiento yanqui”.
[3] “Monroe va dándose cuenta de que su doctrina carece ya de vitalidad y de fuerza. La adhesión al pacto de la Sociedad de las Naciones de parte de todos los países del Continente, ha significado un golpe mortal para la famosa doctrina. No más tutela frente a la libre comunidad de naciones. Tarde o temprano, Monroe tendrá que llevar sus papeles a Ginebra”.
[4] Giorgio Agamben, “Creer y no creer”, en Ficción de la razón, 7/1/ 2026 (https://ficciondelarazon.org/2026/01/07/giorgio-agamben-creer-y-no-creer/)
[5] Deodoro Roca, Obras reunidas IV. Escritos políticos, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, 2012, pp. 110-112.
[6] Deodoro Roca, Obras reunidas IV. Escritos políticos, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, 2012, pp. 113-115.
Sábado, 10 de junio de 2026.
*El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM.

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