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Después de la revelación, antes de la consumación. Las repercusiones – Por Adolfo Adorno

A dos semanas del anuncio de la fórmula Fernández-Fernández, Adolfo Adorno analiza en esta nota las reacciones que la revelación generó en la “Galaxia Cambiemos”. Adorno aborda también las reacciones del colectivo que se conoce como “peronismo antikirchnerista”.

 Por Adolfo Adorno*

(para La [email protected] Eñe)

 

  “Esos son los puntos de partida de toda la conducción política. La información, mediante la cual se puede llegar a la sorpresa, a través de un secreto bien conservado en los planes de acción y en la ejecución de la cosa. Tres aspectos que no debemos olvidar nunca: estar bien informados, mantener el secreto del propio designio y obrar siempre obteniendo el factor sorpresa, que es uno de los principios de valor intrínseco en la conducción. Sorprender al adversario político, siempre produce una utilidad en la conducción; Es un principio absoluto. Eso da siempre ventajas. Nunca es un inconveniente el que nosotros lo sorprendamos, y es siempre un inconveniente el ser sorprendido. Son tres asuntos que no debernos olvidar jamás en toda conducción”.

                                                                                  Juan Domingo Perón, Conducción Política.

 

Durante los fines de semana los despertares ciudadanos suelen ser menos urgentes. Si no hay exigencias del trabajo – para quienes tienen uno – nos dedicamos a homenajear a los afectos, que tanto alivian la angustia generalizada. Hay veces que debemos reparar las consecuencias de la noche anterior, que se traducen en la necesidad de descansos más prolongados.

El sábado 18 de mayo fue distinto.

La noticia despabiló más que unos cuantos litros de café del fuerte.

Ningún analista político “profesional” la previó ni siquiera como hipótesis lejana, aunque aparecerá alguno cuya vanidad sea más fuerte que su honestidad intelectual, que los hay los hay.

Durante las horas y días siguientes, se sucedieron notas, reportajes, opiniones más o menos elaboradas, a partir del denominador común de la conmoción que produce la sorpresa.

Esa conmoción generó repercusiones distintas según dónde estaba parado cada uno en el momento del acontecimiento imprevisto.

A dos semanas de la revelación, repasemos las reacciones en la “Galaxia Cambiemos”.

El Presidente de la Nación, en el tono de arenga de quien revela una verdad inadvertida por el resto, decidió (o alguien decidió por él) ignorar la noticia ante vecinos de Villa Pueyrredón, pero reconvino a la sociedad respecto de la “autodestrucción que implicaría volver al pasado”.

Su jefe de gabinete Marcos Peña afirmó con la firmeza que le otorgan sus sólidas convicciones que  “en Cambiemos no dependemos de las maniobras de los adversarios”. Y que “para nosotros no cambia nada”.

La diputada Elisa Carrió calificó la fórmula como un fenómeno similar a “Jack el Destripador”, que “garantizaba la impunidad” y que si esa fórmula ganara “somos Venezuela”.

El titular del Sistema de Medios del gobierno, Hernán Lombardi, diagnosticó que la fórmula Alberto-Cristina es un caso de “bifurcación del poder”, rememorando el ejemplo de Cámpora y Perón en 1973 y vaticinando que “termina en catástrofe”, como aquella experiencia histórica culminó en la dictadura de Videla.

Por último, el inefable Jaime Durán Barba, en un insólito alarde de generosidad como consultor, le advierte al peronismo que la fórmula “resta más de lo que suma” y que es un error estratégico que aleja a la oposición de un triunfo electoral.

Hay otras menos relevantes pero en la misma línea argumentativa, si así se puede calificar esta serie de expresiones de una emocionalidad descontrolada.

Las declaraciones de los principales cuadros de Cambiemos intentaron dar cuenta del hecho nuevo en el contexto de la mayor debilidad política del gobierno de Mauricio Macri, en medio de una crisis al interior de su fuerza con pronóstico reservado y de un estado de ánimo de creciente hartazgo y angustia no sólo de los sectores sociales más perjudicados por las políticas oficiales sino de la ciudadanía toda, salvo aquel sector obnubilado por el odio antiperonista, que siempre fue una “minoría intensa”.

 

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La crisis interna de Cambiemos es de conocimiento público, e incluye nada menos que la discusión abierta acerca de si el presidente es el candidato adecuado para que la identidad política sobreviva.

En semejante escenario, la noticia operó como un meteorito, produciendo desconcierto y terror: no hay aún una respuesta política por parte del oficialismo, y, cuanto más se demore, la credibilidad de sus discursos se reducirá a la mínima expresión que les pueda deparar un marketing de supervivencia, y sólo vendrá la diáspora.

No es un vaticinio, pero sí un escenario posible.

El mismo desconcierto revelan las opiniones de los analistas de ciertos fondos de inversión extranjeros (esos que deciden cuándo hay que comprar activos argentinos o deshacerse de ellos) que trabajaron frenéticamente durante aquél fin de semana.

Quiero detenerme ahora en las reacciones del colectivo que se conoce como “peronismo antikirchnerista”:

El ex presidente Eduardo Duhalde, extendió un manto de comprensión paternal ante la torpeza de un hijo díscolo que adopta “una decisión política errónea”, comparable a la quema del cajón de Herminio Iglesias, y advierte que Lavagna ganará votos con ella.

Sin intención alguna, es análoga a la opinión de Durán Barba, aunque con otra afectividad: Lavagna es el candidato preferido de Duhalde. El ex gobernador justicialista y el consultor estrella deberían estar alegres por el “error no forzado” del adversario, pero más bien transmitieron decepción.

Julio Bárbaro, en caliente, directamente cuestionó la integridad moral de Alberto Fernández. No voy a detenerme en este caso.

La sorpresa cuanto más inesperada produce reflejos más instintivos y las más de las veces menos elegantes.

Es interesante que el (pre)candidato Roberto Lavagna haya elegido enfocarse en la necesidad de fortalecer una opción de “centro progresista” como respuesta al acontecimiento, sin calificar la fórmula más que como “expresión de uno de los lados de la grieta” que había que superar.

 

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Entre Lavagna y lo que se conoce como “Alternativa Federal” hay una identidad político electoral en plena discusión: la de la tercera fuerza, su alcance, sus límites y sus candidatos.

La búsqueda parte del discurso común acerca de la necesidad de superar “la grieta”.

La “Grieta” es una construcción abstracta, caprichosa y equívoca. Pero es útil para captar  la atención – y el voto – del ciudadano desencantado.

La sustancia misma de la tercera vía depende de que la ciudadanía crea que existe esa grieta como origen de todos los males. Originalmente una creación discursiva del aparato macrista de propaganda, los terceristas federales y alternativistas les robaron el concepto para acumular dosis de sentido que de otro modo deberían justificar con un proyecto político más sólido que la mera declaración de ser distintos del otro.

En este territorio del supuesto medio, los únicos que tienen votos son Schiaretti y Massa.

Con matices, ambos saludaron la fórmula de Unidad Ciudadana con el respeto debido por el ejercicio de la democracia, pero ninguno se ha manifestado dispuesto a concurrir a las PASO en el mismo espacio que Alberto y Cristina para dirimir representatividad, como si no compartieran todos el mismo objetivo.

Si bien falta un buen trecho para el 22 de junio, que dos expresiones genuinas del peronismo como el Frente Renovador y el peronismo cordobés se comporten como si no compartieran el mismo objetivo con el peronismo finalmente mayoritario, es el principio de una enorme frustración para millones de argentinos que aún esperan gestos de grandeza.

Existe otra posibilidad sombría: que estén inhibidos de consolidar la unidad por compromisos inconfesables o por vanidad personal. Si así fuera, la Patria se los demandará, tarde o temprano.

Si gracias a una defección semejante las fuerzas populares se debilitaran, no habrá nación sino ruinas.

Sergio Massa aún tiene la palabra final.

 

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La respuesta de la mayoría de los gobernadores y de los más conspicuos dirigentes gremiales y sociales ha sido la esperable: “es por acá, muchachos, sumen más…Pero háganlo: el dilema es de ustedes, los dirigentes políticos”.

 Felipe Solá y Agustin Rossi abdicaron de inmediato. Daniel Scioli aún medita.

Existe un último ámbito cuya reacción es clave: el universo de los miles y miles de militantes que todos los días hacen testimonio de su compromiso donde nadie los ve.

A la inmensa mayoría de ellos los mueve el amor, y no el afán de figurar.

“Un militante es alguien que encontró una verdad que lo trasciende” decía José Pablo Feinmann en 1985.

La propuesta no agota la “ontología del militante” casi treinta años después, pero me parece un buen principio. Deberemos profundizar esta investigación.

Néstor y Cristina han sido para todos los militantes, y en especial para los y las más jóvenes – quienes encarnan la trascendencia intergeneracional del peronismo – una inspiración para el amor.

El antiperonismo jamás comprenderá esto.

En algunos ámbitos de la militancia se recibió la novedad con el alivio de quienes resuelven una incertidumbre ya demasiado molesta. 

En otros, se la recibió con cierta resignación, como si “hubiéramos entregado la dama”.

Me atrevo a usar una comparación futbolística: sería lo mismo que preocuparse porque Messi vaya por el carril derecho, por el del medio o por el izquierdo, cuando todos sabemos que puede jugar en toda la cancha.

No hay precepto que indique que la administración del Estado, uno de los resortes del Poder, no pueda llevarse a cabo incluso colegiadamente, por más tradición presidencialista que arrastremos.

El mundo es un escenario de cambios vertiginosos, y los poderes fácticos que los pueblos deben enfrentar tienen una eficacia inusitada.

El desafío es enorme como para inhibir la propia creatividad.

Nuestros jóvenes saben mucho de esto, y tendrán mucho que decir y – sobre todo – que hacer.

La misión de la militancia es más que nunca la de la persuasión y la construcción de puentes, como dice Francisco, aún en medio del agobio de los medios hegemónicos y su capacidad de diseñar subjetividad. Y en esta reconstrucción nadie sobra.

Entre las repercusiones y análisis posteriores se ha recurrido al enfoque ajedrecístico.

Se ha dicho que la jugada implicó “patear el tablero”, lo que supondría en realidad dejar de jugar.

Sin embargo, implica generar un acontecimiento y continuar jugando. No es un acto de mera insolencia, sino uno de inusitada lucidez.

Y también se ha dicho que fue una “jugada magistral”.

Coincido.

Con el agregado de que en el ajedrez las jugadas magistrales contemplan una sucesión de movidas, a partir de la inicial que nadie esperaba.

La partida continúa.

Habrá que esperar, mientras militamos la esperanza.

 

Buenos Aires, 3 de junio de 2019

*Abogado. Miembro del equipo de asesores en el viceministerio de economía durante 2014 y 2015. Ex docente de la Universidad de la Matanza. Coeditor del blog gatosporliebres.blogspot.com