Capitalismo vs Capitalismo. Todos neoliberales – Por José Luis Lanao

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Capitalismo vs Capitalismo. Todos neoliberales – Por José Luis Lanao

Navegamos por la nube convertidos en protectores del capital global y de sus dueños. Hay capas enteras de la sociedad que se han adherido totalmente no ya a la ideología neoliberal, sino a la forma de vida neoliberal.

 Por José Luis Lanao*

(para La [email protected] Eñe)

           “La vida pasa como un ratón de campo, sin agitar la hierba” Ezra Pound.

Nuestro verdadero equipaje son las emociones, las ideas, lo que sabemos, lo que hemos leído, soñado, deseado, nuestras pasiones, nuestros sentimientos y también los placeres que nos hemos otorgado. Lugares apacibles donde refugiarse. Pero la obligación universal de perseguir la “felicidad” se ha convertido en la causa de todas nuestras desdichas. Somos tan “felices” navegando por  el laberinto virtual de la postmodernidad que con frecuencia debemos recurrir a la tristeza pasada porque la del presente ofrece un suministro escaso. La ironía desnuda el complejo de Polícrates, la infelicidad de ser feliz.

Un Nerón neoliberal  ha decidido pegarle fuego a la tierra y sentarse a verlo desde el sofá. Ese sofá desde donde contemplamos el mundo. Tal vez ese Nerón gigante esté compuesto de pedacitos de usted, de mí, de nosotros. De todos y de nadie. Ese Nadie enorme e inmanejable que nos mira desde el espejo y nos reconoce.

Habitamos un mundo donde los “esclavos” toman por realidad lo que solo son sombras: la enorme caverna de Platón más Google. Ese admirable ejercicio de ensimismamiento centrado en lo superfluo, en la autosatisfacción de deseos y en la mercadotecnia del yo.

Hoy navegamos por la nube convertidos en protectores del capital global y de sus dueños. Hay capas enteras de la sociedad que se han adherido totalmente no ya a la ideología neoliberal, sino a la forma de vida neoliberal. Con las consecuencias propias de esta vorágine de la economía de la atención y la extracción de datos. La globalización que había amanecido con la visión extracorpórea de la tierra navegando por el espacio, se convirtió aquí abajo en un mundo sin fronteras donde el modelo neoliberal ya no encontró obstáculos para moverse a sus anchas, sin complejo, sin otra cosa que hacer que haciendo pobres.

Esta globalización no deja espacio a las reformas estructurales ni a las políticas económicas que tratan de corregir el aumento espectacular de la desigualdad. Las reformas verdaderamente estructurales son solo las que incorporan devaluaciones salariales y reducciones del gasto social. No hay redistribución del capital al trabajo, ni de los ricos a los pobres.

El capitalismo ha tenido muy diversas encarnaduras. Desde su aparición inicial, como capitalismo familiar, hasta la versión dominante de hoy de capitalismo financiero radical. Ha recorrido un largo camino en que su hito principal ha sido el antagonismo entre capitalismo renano (alemán) y capitalismo anglosajón, y su proceso de fundamentalización en el que ha desembocado: un capitalismo uniforme de corte integrista neoliberal. Este enfrentamiento entre capitalismo contra  capitalismo pierde en parte su naturaleza con la finalización del siglo XX -con  la caída del muro de Berlín- según la definición de Hobsbawm. La economía social de mercado -soziale marktwirtschaft- que constituía el eje central del primero apuntaba al progreso de la sociedad como motor inseparable de la creación de riqueza, a la ética social y al derecho internacional. El modelo renano sirvió de base para el modelo europeo de consolidación. Una concepción anclada en el espíritu comunitario que generaba un fuerte sentimiento de pertenencia colectiva. Con la globalización y la revolución conservadora de Reagan/Thatcher el capitalismo anglosajón devino en el paraíso de la desregulación y la innovación financiera, Desde entonces no ha parado el debilitamiento del Estado de Bienestar bajo la premisa de que todo “es susceptible de ser privatizado”. Se perpetuó la elevación del individuo-accionista a la condición de titular de poder, y la sustitución, en parte, de los bancos por la Bolsa como fuente de financiación de las grandes corporaciones multinacionales. Esto degeneró en una febril especulación financiera y enormes casos de corrupción empresarial: Enron, Siemens, Parmalat, la burbuja tecno del año 2000, etc… Una nueva “modernidad” económica se consolidó a partir de desregulaciones, privatizaciones, menos impuestos, y el poder magnético de posibles mercados eficientes por encima de todas las cosas. Hoy la elusión de impuestos se ha disparado por la cada vez más sofisticada ingeniería fiscal que ha crecido con la globalización. Multinacionales, paraísos fiscales y territorios de baja tributación son los ganadores de este modelo, generando una carrera a la baja en el impuesto de sociedades, erosionando las bases imponibles. Ante la competencia de jurisdicciones de baja tributación el resto de países redujeron impuestos para atraer negocios: el tipo medio de sociedades en la OCDE cayó del 32,2% al 23%, entre 2000 y 2020.

Esta sensación de extrañamiento de lo real podría servir para inaugurar nuevas vías de repensar nuestro lugar en el mundo. Preguntarse qué nos ha conducido hasta aquí y cómo seguir adelante. Se necesita un proyecto colectivo y participativo destinado a aportar una mayor transferencia de recursos sobre la evolución de las desigualdades de renta y de riqueza.

El “Gran Confinamiento”, asociado a la devastadora crisis de 2008, ha provocado  una brutal desigualdad. Entre las dos crisis se han incorporado al ejército de pobres (aquellos que viven con menos de 3,20 dólares al día)  alrededor de 600 millones de personas, según la Organización Mundial del Trabajo. Las conclusiones del tradicional estudio Global Wealth Report de Credit Suisse, recientemente hechos públicos, son igualmente impactantes. En la parte alta de la sociedad el número de ultrarricos (que cuentan con una riqueza superior a los 100 millones de dólares) se elevó durante el último año de confinamiento un 24%: 40.000 ciudadanos entraron a formar parte de la élite. En la parte baja, la mitad de los adultos del mundo disponen de una riqueza anual inferior a los 10.000 dólares. “En vez de abolir a los ricos, deberíamos abolir a los pobres” decía Bernard Shaw. 

Durante la “guerra fría” del capitalismo contra capitalismo se coló un nuevo modelo. Un imperialismo apantallado, un feudalismo de alta tecnología, de pensamiento único, que lo uniforma todo: el capitalismo de vigilancia. Las grandes tecnológicas han liquidado la libertad de mercado y la competencia. Un escabroso e indomable imperio “gansteril”  que convierte en necesario lo innecesario, y que no solo garantiza la continuidad del sistema, sino que logra moldear conciencias para el consumo de cosas que no se necesitan, pero se cree necesitar. El capitalismo clásico explotaba a los asalariados; el neocapitalismo explota a los consumidores: es preciso que las mayorías acumulen cosas para que las minorías acumulen capital. Ingenioso. Al final, todos neoliberales. 

No hay que irse a las espaldas de la tierra para comprobar la violencia de la pobreza extrema. En la esquina de tu barrio hay un hombre arrodillado con los brazos en cruz, y un plato limosnero a sus pies reclamando la parte que le corresponde del mundo. Sabe que alguien se ha quedado con su parte. La reclama.

Hoy todo lo que te dice el mercado al oído es para acostarse contigo. El capitalismo de vigilancia se ha metido en tu cama. Descansa en tu celular, el que dejas todas las noches debajo de tu almohada.

Logroño, España, 26 de marzo de 2022.

*Periodista. Colabora en Página/12, Revista Haroldo y El Litoral de Santa Fe. Ex periodista de “El Correo”, Grupo Vocento y Cadena Cope en España. Jugador de Vélez Sarfield y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.

1 Comment

  1. Jorge dice:

    («Hoy todo lo que te dice el mercado al oído es para acostarse contigo. El capitalismo de vigilancia se ha metido en tu cama. Descansa en tu celular, el que dejas todas las noches debajo de tu almohada.»)

    Exacto! el único derrame esperable,es el de semen en tu espalda.

    Saludos
    Jorge