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Cambio cultural o cultura del cambio: la enajenación del discurso sobre la otredad – Por Angelina Uzín Olleros

El presidente convoca a un “cambio cultural” que consiste en reemplazar de la escena social al sujeto político por individuos desolados. La figura presidencial saludando al vacío es la postal del presente provocada por el arco político gobernante.

El presidente convoca a un “cambio cultural” que consiste en reemplazar de la escena social al sujeto político por individuos desolados. La figura presidencial saludando al vacío es la postal del presente provocada por el arco político gobernante.

 Por Angelina Uzín Olleros*

(para La Tecl@ Eñe)

 

“Cambiemos” representa un proyecto donde “el cambio” se aleja de las políticas culturales que propiciaron los gobiernos del FPV desde el 2003 hasta el 2015. El espacio público pasó de ser el lugar de festejos y reclamos a ser vallado, custodiado y vigilado por las diferentes fuerzas de seguridad para replegar a los ciudadanos a un espacio doméstico y familiar. El actual jefe de gabinete afirmó: basta de escenificaciones, que la gente conmemore las fechas patrias en su casa… palabras más palabras menos.

El presidente también convoca a un “cambio cultural” que consiste en desplazar al sujeto de derecho y al sujeto político de la escena social, para reemplazarlo por individuos desolados. La figura presidencial saludando al vacío es la postal del presente provocada por el arco político gobernante. Sin embargo, el cambio no es portador de una novedad, sino de un retorno a la concepción neoliberal de los años ’90 resucitada y resignificada por estos primeros años de gestión.

Fue a comienzos de la década de los ’90 que se profundizó el debate acerca del “tamaño del estado” del que nuestro país no fue ajeno; el achicamiento del estado vino de la mano de una agudización en los mecanismos de exclusión que dejaban en manos de entes privados los servicios (que antes eran considerados derechos) y aquellos que podían pagar el bienestar en sus vidas particulares eran clientes dentro de un sistema que abandonaba a grandes sectores de la sociedad apoyado en el imaginario posmoderno del fin de los relatos y los horizontes sin certezas. Los únicos que eran portadores de las verdades (del mercado) eran el Banco Mundial y el FMI.

En definitiva todo este panorama de “desolación” a finales del siglo XX según Dardo Scavino, era el de un individuo que había perdido los lazos solidarios en una sociedad fragmentada que dejó -como consecuencia del proceso de despolitización que venía ocurriendo- el paradigma del “que se vayan todos”. La retirada de la política había sustituido la figura del ciudadano por  el impersonal “la gente” y más tarde por la presencia del “vecino”. Los sujetos devenidos en individuos solos y a la espera del retorno del estado de derecho tenían como prioridad la emergencia económica, pero era necesario (y siempre lo será) el regreso de la política desde una cultura de inclusión y arraigo.

El sujeto de derecho, el ciudadano, debe encontrarse habitando una cultura que es también política  a través de una política que ponga en marcha un proyecto cultural, que tenga como destinatarios a todos y no solamente a un sector o a una élite. Esta relación entre política y cultura, lejos de ser una ocasión ingenua en el mundo simbólico resulta ser el lugar estratégico de las políticas de Estado en las que una cultura transmite u omite herencias y rituales propios de todo grupo humano. Para UNESCO las políticas culturales son consideradas como un conjunto de operaciones, principios, prácticas y procedimientos de gestión administrativa y presupuestaria, las mismas sirven como base para la acción cultural de un gobierno.

Para implementar estas políticas culturales se requiere la existencia de un espacio especializado de acción cultural, la creación de infraestructura, el establecimiento de normativas y medios de financiamiento, la planificación de programas y actividades, la selección de funcionarios que lleven adelante las acciones que requiere una política cultural determinada. No se trata de acciones aisladas sino de intervenciones estratégicas sometidas a monitoreo, evaluación y seguimiento, esto permite definir las metas y modificar los cursos de acción en el marco de políticas de Estado.

García Canclini (1987) concibe a las políticas culturales como: «(…) el conjunto de intervenciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los grupos comunitarios organizados a fin de orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o de transformación social». Dicha transformación social es posible si el Estado propicia un giro cultural que oriente las prácticas hacia lo comunitario, afiance los lazos sociales y facilite la convivencia en el disenso con debates serios y profundos sobre las historias institucionales reconociendo a todos los ciudadanos y ciudadanas como sujetos de derecho. Las políticas culturales están estrechamente vinculadas con acciones que comprenden a la cultura como “…todo lo que el ser humano realiza…” en un ejercicio democrático que atiende a los problemas sociales con la visión amplia en relación a la memoria de los pueblos y sus contrastes.

Durante siglos se consideraba a la cultura como el goce estético de la nobleza y luego de la burguesía. Los artistas trabajaban para sus mecenas, o habitaban la marginalidad porque no respondían a los modelos existentes en su época. A comienzos del siglo XX de la mano del modo de producción capitalista el arte formó parte del mercado y se subastaba a precios muy altos para el patrimonio de unos pocos que podían pagarlo. Pero el arte, en general, es una parte de la cultura, y en definitiva no queda exento de contenido ideológico, o de vehículo de prejuicios estigmatizantes sobre los que no pueden acceder a ese universo.

Los productos culturales abarcan a todas las actividades humanas, y son mucho más que eso, son expresiones de los sentimientos y los pensamientos de una comunidad; que esas expresiones puedan habitar el espacio público, salir de los espacios cerrados (galerías, teatros,  auditorios) para el encuentro de muchos sujetos que hoy festejan en los mismos lugares que durante muchas décadas quedaron reservados solamente para la protesta y la denuncia de la injusticia social, es un objetivo noble y necesario para reconstruir los lazos.

Desde la creación de la polis griega, existen al menos tres escenarios públicos: el teatro, la asamblea y el mercado. La coexistencia de esos espacios ha generado formas de representación y de intercambio en los que los ciudadanos intercambian arte, ideales políticos y mercancías. En gran medida son las políticas culturales las que expresan la necesidad de convivencia en esas representaciones y en esos intercambios.

Gobernar es también gestionar, pero no puede haber gestión sin ideas políticas, y esas ideas deben exponerse en una praxis. El que gobierna, gestiona, pero por sobre todas las cosas gobierna mirando a la sociedad, a la comunidad, en un mundo común que une y separa, pero no debe excluir. Por estas razones, un proyecto político, que se expresa en una multiplicidad de proyectos porque precisamente es en sí mismo la expresión de la diversidad en la que existimos, debe exponer su visión sobre lo cultural; porque en esa mirada dice a quiénes va a tener en cuenta.

Abrir las expresiones culturales a la multiplicidad, es abrir un mundo cultural que expone rostros y vivencias diferentes y que une lo que antes estaba separado. Son muchos los ejemplos de esta afirmación, con qué instrumentos se interpreta el Himno Nacional es uno de los más notables; y quiénes son los artistas que lo interpretarán también es un dato para tener en cuenta. Que nuestro himno pueda reunir a artistas de diferentes procedencias y de diferentes culturas musicales es la expresión más sublime de la inclusión. La metáfora musical es muy enriquecedora para pensar las políticas culturales, porque la música reúne, convoca desde lo más bello de la condición humana.

En uno de sus diálogos, Lisis, Platón habla del amor como “philía” (amistad), de ahí deriva el término familia, es el amor a los amigos cercanos, a los descendientes, a los familiares. La philía hace posible el sentimiento de fraternidad, de él procede también la palabra “filarmónica”, en una orquesta diferentes instrumentos se unen para expresar una sola melodía. Aristóteles el gran discípulo de Platón enlazó el concepto de amistad a la política, la polis era el lugar de los amigos. Pero a diferencia de los antiguos griegos hoy podemos pensar una polis que convoque a los que políticas desafortunadas han separado, esto significa una polis donde todos somos ciudadanos, donde la patria es el otro.

 

Entre Ríos, 25 de junio de 2018

*Dra en Ciencias Sociales . Máster en Filosofía. Docente en UADER y UNR. Escritora.

@AngelinaUzinO

angelinauzinolleros.com

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