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Avellaneda. Parir con rabia la esperanza – Por Conrado Yasenza

A 20 años del asesinato de Darío y Maxi.

Por Conrado Yasenza*

(para La [email protected] Eñe)

“Quiso ser justo y cuando el hambre no tuvo respuesta / Recogió piedras para acompañar las palabras -y las palabras fueron más limpias y más sonoras- Y cortó las calles, las rutas y los puentes / para no cortar el dulce hilo de la vida”

Fragmento de Pasión por la justicia, de Vicente Zito Lema.

Ya el mundo conoce lo sucedido en Avellaneda, la primera ciudad hacia el sur del conurbano bonaerense , una fría tarde de miércoles hacia finales del mes de junio del 2002. Ya las imágenes horrendas de sangre y muerte han hecho su recorrido en la historia de la represión sin que podamos olvidar ese ominoso titular de Clarín: “La crisis causó dos nuevos muertos”. Siempre es compleja la trama que se teje entre medios de comunicación y política. En aquellos días de junio de 2002 el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde, junto a su ministro de seguridad, dio aviso de lo por venir una semana antes de la masacre de Avellaneda. Hasta se puede decir que la información emitida desde el gobierno fue una clara provocación, sentó las condiciones de posibilidad para que se organizara la feroz y criminal caza de seres humanos. Porque lo que ocurrió fue exactamente eso: una cacería. El cazador esperó con frialdad y paciencia a sus víctimas hacia la bajada del puente Pueyrredón. De un lado, todas las fuerzas de seguridad dispuestas para salvaguardar el orden institucional y la integridad material de los vecinos de Avellaneda; del otro, el país que se había caído del mapa luego de la crisis de 2001, miles de ex trabajadores que jamás accedieron hasta el día de hoy a un trabajo; madres e hijos, jóvenes, todos ellos contenidos en diferentes agrupaciones piqueteras, reclamando trabajo y dignidad para enfrentar la vida.

Hasta aquel trágico miércoles, ya se habían desarrollado cientos de marchas piqueteras en el país. Ya habían sido reprimidas con muertos en Cutral-Có, en Tartagal. Las imágenes habían realizado su periplo informativo. Escandalizaron un tiempo, ocuparon horas de TV y radio; fueron escritas miles de palabras y editadas otra buena cantidad de fotos. Pero la información pasó, decayó en interés y se dejó, finalmente, de hablar de las muertes por represión. El episodio de junio ocurrió más cerca de la Capital Federal, en un momento político en el que había que darle a la élite económica local una información precisa y contundente: más allá de las señales de ajuste económico que vertían sal sobre la sangría abierta del país, se disciplinaría, sí o sí, socialmente la Nación.
Así es que se gestó un numeroso dispositivo represivo – y se lo anunció – que garantizaría la feroz cacería que ordenara y pusiera en caja definitivamente a las urbes exaltadas. Información y órdenes fueron impartidas casi simultáneamente. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: formaciones policiales y de gendarmería, escudos, cascos, bastones, balas de goma, gases, Itakas y balas de plomo, ofrecieron al régimen criminal del poder y el dinero, los cuerpos de dos jóvenes militantes de agrupaciones de desocupados. Imperdonable atrevimiento para el poder: desocupados organizados con el objetivo de defender su derecho a existir y vivir. Dos cuerpos se sacrificaron en el habitual ritual brindado al rey de la impunidad. Eso que llamamos Poder.
Hoy sabemos con total claridad de qué hablamos cuando hablamos de poder: Grupos económicos concentrados, medios hegemónicos de comunicación que son también grupos económicos, partidos políticos que ofician de portavoces de ese poder y de sus políticas económicas y el Partido Judicial. Poder e información.

En el hall de la estación de trenes de Avellaneda, hoy Estación Darío y Maxi, la  valentía de camarógrafos y fotógrafos permitió el acceso a las imágenes dolorosas de la masacre, pero el poder comunicacional siguió obrando: las primeras noticias daban cuenta de enfrentamientos entre bandas internas de piqueteros porque, como declaró el comisario de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Alfredo Luis Fanchiotti, “ellos son así, siempre se matan entre sí.” El poder político dio carta blanca a estas afirmaciones hasta que las irrefutables secuencias fotográficas y fílmicas evidenciaron lo que fue la crónica de dos muertes anunciadas. Entonces se sucedieron renuncias, pases a disponibilidad, procesamientos y encarcelamientos, y la designación de un nuevo ministro de seguridad interior. Hasta se supo que el matutino de mayor tirada en el país, dispuso hacer públicas las fotos después de producidos los procesamientos y renunciamientos; esas fotos que daban testimonio de lo que quiso ocultarse: la cacería y matanza planificadas
Es decir, más de lo mismo. Nuevamente miles de palabras escritas, cientos de horas de televisión y un maniqueísmo comunicacional perverso. Rápidamente se indagó sobre la vida de Santillán y Kosteki. Se trazó un perfil de sus vidas. Vimos imágenes de cómo vivía Santillán, oímos su voz en audios radiales y se dijo que siempre mueren los mejores. ¡Qué nivel de hipocresía! Cuando meses antes de ser asesinado, Darío Santillán hablaba con la prensa, gran parte de ella y de la población repudiaban el accionar piquetero por violento, por cortar las calles, por molestar, por negros de mierda, por delincuentes, por usar pasamontañas y pañuelos en sus rostros. Seguro que Maxi y Darío fueron de lo mejor, pero me sigo preguntando hoy por el lugar que como sociedad le damos a los hombres y mujeres que todavía no tienen un trabajo registrado y que siguen luchando a través de la organización popular por su dignidad, por su derecho a la vida y el trabajo, aunque en este momento la discusión política se haya desvirtuado centrándose en la administración de los planes de ayuda social, con  un claro desconocimiento de gran parte de la política del universo de trabajadores de la economía popular.

No creo que a veinte años de la Masacre de Avellaneda la percepción social sobre los piqueteros, hoy movimientos sociales, haya variado en relación a la caracterización que de ellos se realiza desde los medios de comunicación y también desde fracciones políticas. Molesta la muchedumbre “antisocial y violenta”, la turbamulta insumisa que atenta contra una democracia que fracasa en sus respuestas. Por otro lado, ¿puede llamarse a este Estado, minado de asesinos que son puestos en libertad, o beneficiados con salidas transitorias o prisiones domiciliarias mediante artilugios leguleyos , como un Estado plenamente democrático? ¿Es posible aceptar sin más la idea de Democracia cuando a diario asistimos al doloroso banquete de los desposeídos que rasgan bolsas de basura buceando en ellas algo que comer? ¿Existe Democracia para los niños que comen sólo en comedores o escuelas? ¿Y para los que mueren de hambre y frío sin siquiera saber por qué mueren? ¿No es algo vergonzoso calificar de Estado democrático a este sistema regido por los reyes de la acumulación de riquezas materiales sin límite alguno? Más aún cuando se exhibe con impudicia y crueldad la ausencia total de humanidad en quienes se jactan de aumentar los precios todos los días sin que el Estado haga nada, salvo convocarlos a dialogar.
Las muertes de Maxi y Darío se reactualizan en esa declinación humana. La lucha de los movimientos sociales sigue vigente porque la crisis civilizatoria a la que asistimos así lo demanda.

El retorno del Fondo Monetario Internacional a través del fraudulento préstamo tomado por el ex presidente Mauricio Macri y la transición hacia nadie sabe qué otro círculo infernal que los nuevos planes de ajuste auguran, no harán otra cosa que incrementar el hambre, la bronca, la angustia y la muerte en un país que no para de desangrarse desde hace ya muchísimo tiempo – sangre del pobre.
Por ello la rebelión es inconclusa y permanente. Vive en la memoria de Maxi y Darío como un río de justicia que lleva agua a pesar de la dramática bajante social. El fuego de las armas asesinas sega vidas pero no doblega el piquete que en sus manos sostiene al que tiene sed de dignidad.
Habrá que repensar seriamente y desde el compromiso que cada cual deba asumir, cómo refundar el país sin que esto implique más Santillanes y Kostekis. Una nueva ética humanista que enfrente el modo de expropiación económica y cultural al que está sometido el país, quizá represente la más urgente expresión de justicia.
De no ser así, estaremos comprometidos para siempre con la más horrenda de las sonrisas: la de las hienas.

Avellaneda, 26 de junio de 2022.

*Periodista. Docente en UNDAV

2 Comments

  1. Luisa+Vivanco dice:

    Un texto claro, que despierta la memoria de lo que pasó y sigue ocurriendo, cada día, cada noche dónde vemos familias con niños durmiendo en la calle. Niños, entrando a los depósitos de basura, buscando comida….

  2. Sara Berlfein dice:

    🤬🤬🤬🤬😢😢😢😢tanta impotencia !!