Apostillas (inmediatas) al discurso de Alberto Fernández – Por Sebastián Plut

Agamben, el coronavirus y el capricho teórico – Por Jorge Alemán
2 marzo, 2020
Adiós Patria Mía – Por Luis Bruschtein
3 marzo, 2020

Apostillas (inmediatas) al discurso de Alberto Fernández – Por Sebastián Plut

Sebastián Plut reflexiona en este artículo sobre el discurso del presidente Alberto Fernández ante la Asamblea Legislativa, a partir de una precisión que indicó el Presidente al referirse al grave problema de la deuda externa que contiene dos tipos de dependencia: la económica y la intelectual.

 Por Sebastián Plut*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Una reflexión breve es lo que intentaré aquí a pocas horas del discurso de Alberto Fernández ante la Asamblea Legislativa. Sin duda, las impresiones provocadas podrán variar con las sucesivas evocaciones de dicho discurso, por el trabajo que el pensamiento logra con el pasar del tiempo y, también, con los hechos que sigan de aquí en más.

El Presidente de la Nación ofreció algunas definiciones de lo que se da en llamar la agenda de gobierno y, asimismo, propuso marcos generales necesarios, por ejemplo, sobre el valor de la palabra, del discurso genuino, para una verdadera democracia.

Otro aspecto central de su perspectiva, creo, estuvo dado por una frase que reiteró: comenzar por los últimos para llegar a todos. Esto es, nada que se asemeje a la falaz e indigna teoría del derrame.

Para ese mismo propósito Alberto Fernández recuperó, una vez más, el sintagma Nunca más, que ya no apunta solo a los delitos de lesa humanidad sino también al sobreendeudamiento neoliberal, cuyas consecuencias fueron bien descriptas por Eugenio Zaffaroni como genocidio por goteo.

En esto no habrá debate, al menos para quienes intentamos una intersubjetividad sostenida en la palabra genuina: la magnitud del endeudamiento creado por el Macrismo es una tragedia humana y, probablemente, el mayor problema que hoy debe afrontar el gobierno de Alberto Fernández.

Es en este punto que deseo centrar mi acotada reflexión y, sobre todo, partir de una precisión que, lúcidamente, indicó el Presidente Fernández. En efecto, al referirse al problema de la deuda externa distinguió la gravedad de dos tipos de dependencia: la económica y la intelectual.

¿En qué consiste, entonces, depender intelectualmente de una deuda?

Muchos ya hemos escrito sobre este problema. Economistas, sociólogos y psicoanalistas, entre otros, hemos observado cómo el neoliberalismo consiste en la producción maquinal de deudores, de sujetos que pretenden conquistar por esa vía de la deuda un precario sentimiento de estar vivos, de no tener carencias, incluso, la ilusión de una pertenencia. También sabemos que tras esas pobres ilusiones solo hay un proyecto mortífero.

Lo que quizá no se haya descripto tan acabadamente es cuál es el reverso del deudor, cuál es el ideal del deudor. En todo caso, pese a que se ha dicho bastante sobre los fondos buitres, sobre las ingentes ganancias de quienes especulan, es posible que aun no hayamos comprendido del todo el alcance que tiene el personaje complementario del deudor, el acreedor.

Algunas ilustraciones

I- Hace unos 30 años yo era “prestador” (terapeuta) para una empresa de medicina prepaga. Recuerdo una mujer que llegó a la consulta y al preguntarle sobre los motivos que la traían, afirmó: “mi prepaga me lo cubre, así que yo voy a usar todo lo que me dé”. No lo podría decir con certeza, pero intuyo que ningún sujeto que utilice el sistema público de salud o de alguna Obra Social sostenga aquella posición.

II- Un Director, también de una empresa de medicina prepaga, me preguntó en una ocasión por qué pensaba yo que los pacientes que concurrían al sanatorio en el cual él trabajaba siempre manifestaban quejas. Le sugerí que se fije si en los mostradores de acceso, o en la guardia, se “ofrecían” a los usuarios formularios que preguntaban sobre el nivel de satisfacción con el servicio, incitándolos de ese modo a reclamar.

III. Cuando durante el Gobierno Kirchnerista se distribuyeron millones de computadoras, los críticos decían: “los chicos las usan para jugar”, cual si esos niños no debieran usar la tecnología para lo mismo que la usan quienes las tienen porque sus padres las pudieron comprar. Nada muy diferente escuchamos estos días a propósito de la tarjeta Alimentar.

IV- Entre las objeciones a la ley de interrupción voluntaria del embarazo, es decir, a la cobertura estatal del aborto seguro, legal y gratuito, están quienes vociferan que el Estado no tiene por qué pagar los descuidos sexuales de las mujeres. Objeción curiosa pues muchísimos problemas de salud, y que son atendidos día a día, son por los descuidos que cometemos en nuestra alimentación, en nuestros ritmos de vida, etc.

V- Una de las tantas frases que ha quedado como símbolo de quienes se manifiestan en contra de los gobiernos populares es “Yo pago mis impuestos”, expresión que, pese a su inconsistencia, se pretende como argumento válido y sólido para refutar la política de protección social del Estado.

¿Qué tienen en común estas anécdotas?

El drama del goce deudor, además del arruinamiento de su economía, es la sustitución de la lógica del derecho por la lógica del privilegio. Para quien abona la pasión deudora están los que tienen derechos y los que (¿naturalmente?) no los tienen, y los primeros, claro está, son los que pueden pagar. Los que pueden pagar son los que tienen y los que se endeudan.

El deudor, entonces, es el que aspira a ser un acreedor, éste es su ideal.

El deudor es aquel al que se le hace creer que tendrá un poder o que merece algo y que, por lo tanto, podrá reclamar o quejarse.

La justicia social, decía Freud, exige una restricción del narcisismo, acota el egoísmo. Por eso mismo, quienes se sienten injuriados cuando deben deponer su individualismo reclaman, también según Freud, por las “afrentas a nuestro narcisismo, a nuestro amor propio”.

El sujeto deudor que aspira a acreedor supone que carece de algo que le es propio y le ha sido sustraído. El mercado nos dice “usted puede” (en artificial apelación a la potencialidad), alimenta nuestro egoísmo al tiempo que nos endeuda, y luego reclamamos como acreedores de aquello sobre lo cual creíamos tener una posibilidad o derecho. La vivencia de injusticia es la conclusión necesaria de aquello que el deudor creía poder y que disfraza la impotencia del egoísmo. El derecho que reclama el mercado es el del egoísmo del mercader, se funda en él y lo ceba, con lo cual crea una sociedad de acreedores. Lo vivido como injusto es no haber podido satisfacer mi egoísmo cuando me hicieron creer en su potencia.

Freud describió al derecho como poder de la comunidad, como unión de muchos débiles y de potencia desigual para enfrentar el despotismo del más fuerte. Así, mientras la justicia social procura expresar aquellas debilidades y desigualdades que están en la base del derecho, el endeudamiento solo entroniza la lógica de los privilegios, alimentada aun por ciudadanos que, día a día, tienen menos.

Finalicemos con una cita de William Shakespeare, de El mercader de Venecia, que describe y sintetiza magistralmente lo que aquí me propuse desarrollar: “Primero me enseñasteis a mendigar, y ahora me enseñáis cómo se responde a un mendigo”.

 

2 de marzo de 2020

 (*) Doctor en Psicología. Psicoanalista. Autor de los libros El malestar en la cultura neoliberal (Ed. Letra Viva) y Escenas del Neoliber-Abismo (Ed. Ricardo Vergara).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *