
En campos de batalla cuyas reglas son dominadas por un «malo» o «enemigo», el «izquierdista» o el «populista» tienen todo para perder, aunque sea inevitable recurrir a las redes sociales. Quizás es deseable «invertir» el imaginario, en lugar de esforzarse en rebatir argumentos inútilmente.
Por Christian Ferrer*
(para La Tecl@ Eñe)
Desde siempre la gente gusta de mascaradas y competencias de fuerza –de las riñas, en general, y en todas sus formas–. Por ejemplo, y según esta crónica (“¿A Caballito o en la Boca?”) publicada a mitad del siglo XX en una revista porteña de fácil lectura, se detalla una de esas veladas: “El éxito que se esperaba consagró en otra gran barriada porteña –la Boca– el deporte del momento: el Vale Todo. La elevada concurrencia de público está demostrando que los gigantes internacionales constituyen una verdadera atracción, pero los aficionados de Caballito sostienen que ellos forman mayoría sobre los de la Boca, y, en tal sentido, se ha encarado una polémica cuyo resultado tendrá expresión valedera sobre las recaudaciones que se registren en estas semanas. Se puede asegurar que tanto al estadio de Boca Juniors como al de Ferrocarril Oeste asistirán millares de personas. La llegada de nuevos luchadores hace más interesante el campeonato internacional que organiza la Federación Metropolitana de Deportes. Las figuras más destacadas son el ʽTerror Rusoʼ Taranovsky, quien, cumplida la suspensión que le fue aplicada por su genio irascible y su brutalidad, se dispone a conquistar el aplauso del público poniendo en juego su toma secreta, con la cual piensa dejar sobre la lona a sus futuros adversarios, por ejemplo, a King Kong, Tarzán, Richard ʽEl Gorilaʼ, así como a Katuno y a Bull-Dog, por citar algunos atletas. En los estadios de Boca y de Ferro los gigantes del varonil deporte que nos ocupa ya están realizando sus sensacionales cotejos. Las damas forman vanguardias en el ring-side y ellas inclinan sus preferencias por los más técnicos y limpios, pues entienden que la fuerza no debe estar reñida con la caballerosidad. De ahí que cuando actúa Taranovsky ovacionan a los rivales, estimulándolos para que derroten al Terror Ruso, especialista en recursos violentos, aunque él se justifica y les dice: ʽPero señoras, es que aquí vale todoʼ”. Esto declaró el Terror Ruso a la revista Ahora el día 7 de diciembre de 1948.
Ya en la Antigüedad el pancracio –“todos los poderes”–, desde el 700 antes de Cristo al menos, era deporte con rango olímpico y contienda favorita de los auditorios de entonces. Patadas y piquetes de ojos, rotura de dedos y puntapiés en las ingles, amén de panzazos y zancadillas, nada estaba contraindicado si de cosechar laureles se trataba. Después de todo, merced a las artes del pancracio fue que Teseo había conseguido ultimar al Minotauro en su guarida y de ese modo liberar a la ciudad-estado de Atenas de su histórica subordinación a los cretenses. Casi que no había habido hazaña mayor. El que más poder de todos los pancrasiastas demostraba en las Olimpiadas era considerado Pantocrátor, apodo que más adelante designaría únicamente a Dios todopoderoso. Una versión algo esmerilada de esa magna pugna es llamada “lucha libre”, si bien durante buena parte del siglo XX se le decía “vale-todo”. Se trataba de enfrentamientos habituales y populares, y era de rigor, entre luchadores, el recurso al pseudónimo rimbombante o estrepitoso, pues para algo el auditorio abonaba su entrada –para bramar–. Y, al igual que los artistas de los circos ambulantes, las tropas del vale-todo daban vueltas por el mundo –“tours de force”– para dicha y asombro de cardúmenes urbanos. Los tipos caracterológicos –el elenco– no eran unívocos ni análogos: siempre uno hacía de malo en tanto otro la jugaba de Adonis membrudo y a un tercero le tocaba ser el barbudo poco agraciado –moralmente hablando, también–, y claro, también estaba el que provenía de algún bajo fondo, el tipo de lugar que, si visitado por curiosos, era a riesgo de serles sustraídas sus posesiones materiales.
Han transcurrido milenios, pero el pancracio es –not dead–, sino resucitado, primero como vale todo, o bien “catch-as-can-can”, espectáculo de empíricas demostraciones físicas exageradas más que veraces, por más que en alguna ocasión fueron libradas, sobre el cuadrilátero y entre sus cuerdas, guerras más frías (típicamente: “Superman” versus “Iván”). Pero una vez dejados atrás los tiempos de la Boca y Caballito, ahora las parcialidades, atiborradas de nuevas tecnologías –siempre son “nuevas”–, desplazan sus luchas “libres” hacia otros escenarios, esta vez de función continuada y transmisión a distancia, dado que el tecnoanimal evolucionó a emisor y receptor a la vez –pieza a ser cobrada por algún francotirador, y viceversa–. Las maniobras siguen siendo arteras y no está interdicto el golpe bajo, pero a fin de cuentas el único que sale lastimado es el ego y sus maestrías para autojustificarse por medio de slogans, divisas y lemas, o sea opiniones, las que aparentemente seguirían teniendo alguna relevancia. La idea actual es que los interlocutores se dediquen a ensañarse entre sí, pues, si se dejan de lado el patrullaje policial subrepticio, la pérdida de tiempo y la predisposición a celebrarse a uno mismo, reluce blanco sobre negro el gran cabaret de las retóricas enérgicas y tajantes, una puesta en escena sobre redes en vez de entre cuerdas.
A tales encontronazos, brevísimos a veces, se les dice “guerras culturales”, como antes, desde el siglo XIX, “batallas de ideas”. Su consistencia es, mayormente, la densidad hueca, pero es lo que hay, un can-can de trompos de la lengua lanzados al ruedo, siendo, tales giros, en su conjunto, comercio provechoso para las cabezas parlantes de la vida digital, lo que es decir el estilo de vida neurótica del recluido, o recogido, enchufado desde su cubil. Aquí no hay lugar para la queja, pues las reglas del juego son inclusivas –es tiempo compartido entre todos–, si bien con tanto brote de yerba mala el mate termina lleno de infelices ilusiones –nada grave, “small changes”, pequeñas ideologías–. No obstante, el que se solaza dentro de su pavo monopolio –bloquear, cancelar, o no hacerlo, esa es la cuestión– y el que muerde el cebo y queda tendido en falsa escuadra, mucho se necesitan, como el odio inmortal y el amor imposible. Lo cierto es que, con dos, ya hay equipo, y el teatro antidisturbios –abierto en las cuatro estaciones– para la siembra de cizaña y necedad, que son el combustible para seguir participando en tanto otros fumigadores, pertrechados en serio, descienden sobre el terreno para el golpe de mano real.
Ahora bien, en campos de lidia instalados por multitrillonarios que ponen las reglas y el manual de instrucciones, y donde hay ganadores seguros –los dados están cargados– y demasiado perdedor, no puede suponer un espadachín jacobino que no terminará jadeando arriba del ring, la cara llena de teclas, y además abducidos sus datos en profusión, revés paradojal inevitable cuando se hace apertura del telón de todos los días en vez de no hacérselo. El titiritero existe y da el golpe de manivela al dispositivo de movimiento perpetuo. Nada de esto es ignorado y nadie queda exceptuado del deber de encolar megáfonos a las yemas de sus dedos –trajín que es forma de vida–, deviniendo así en blanco móvil, buscado activo o inactivo, rastreable en todo caso, y todo para poco, pues en tierra firme el consenso sobre la estabilidad esencial, de facto, de la distancia entre poderosos y no-poderosos, queda confirmado. Ese es el dato duro, por más que las placas tectónicas de la geopolítica se desplacen de aquí para allá o de que alguna apostilla llame un poco la atención antes de ser succionada por el monstruo del olvido rotativo. En un contexto tal, los supuestos desobedientes se arriesgan a rebatir con respuestas chapuceras, o a predicar entre sordos, o, más habitualmente, a volverse el espejo del otro. ¿Hacer abandono del campo de batalla –entonces–? No necesariamente y tampoco es la idea, pero conviene desentenderse de toda esperanza cuando se hace ingreso a estas autopistas señalizadas, y una vez padecidas las picaduras de mosquitos hay que saber partir hacia otro campo de batalla, más favorable.
Al ser el poder de cada cual lo que están en medición, en ese orbe de todos contra todos, o de todos contra uno, no hay efectividad posible para ideas presuntamente justicieras. Hay sí, nuevos rounds de pulseadas de frases ingeniosas y epítetos airados, pero el género, en última instancia, remite a la comedia, enfatizándose la jugarreta, el retruécano y la onomatopeya del estallido de la bombita de agua, excepción hecha de la desinformación, que es otra manera de dar forma, o sea de informar. Eso siempre estuvo a la vista, incluso cuando imperaba la moda de la venda en los ojos. Sin duda que alguna serpentina de la retórica –astuta, rebuscada o bien ampulosa– es necesaria para afianzar el propio poder, pero, al fin y al cabo, la posición de fuerza –pura y dura– hace de las cadenas de razonamientos recurso prescindible. Y si bien es cierto que en épocas álgidas los ideales –y los ideólogos, esos lanzadores de cargas de profundidad y asimismo expertos en descargos o excusas– han cumplido funciones estratégicas (liberar el comercio, ocupar espacios, internacionalizar globos de aire, alentar oleadas de hombres y mujeres-banzai, aliarse para el progreso, incluso ser transdigital), lo han hecho en calidad de auxiliares a priori o a posteriori de cañoneos, invasiones, “regime changes” y otras detonaciones por el estilo. Las palabras son espoletas –habla la granada–, o bien son, las palabras, lágrimas de cocodrilos que certifican las defunciones ocasionadas por las minas antipersonales. La polémica –el arte de ganar una discusión– suele anteceder al combate –“pólemos”– de verdad. Así también un boomerang –puede recaer sobre la propia cabeza–. Pero bien, estas tareas de menor entidad –titeos y retiteos– funcionan a modo de consuelos, tal como en otros tiempos la imprenta se dedicó a catapultar tratados y contratratados de efímera gloria.
La cuestión, para los interesados en política y mucho más en la supervivencia, es que repercutir siempre sobre la misma tecla no permite salir del laberinto. Sólo si el orden de la imaginación es dado vuelta –y no “recuperado” o bien “renovado” o bien “otro”– es cuando el guardián pone candado al recitado de oraciones –todo gobierno retiene la potestad de “apagar”, dentro de sus fronteras, la red informática mundial– o manda abofetear a dos o tres, en caso de no preferir entregar personalmente cucardas al narcisismo básico o inflado de sus contendientes. Igual, a la casta de la parole –a veces le toca ser paria–. No todo dura para siempre. Resta quedar a la espera de la buena suerte, en caso de comparecer hecha una venus caótica y sañuda, con al menos un pecho al aire –el recorte de género ha sido moda alguna vez–. Pero justamente eso, la libertad despechugada, desorienta a las masas, ya que ha devenido, algo liberalmente, en el lema del poder en sí mismo, que la adapta a sus conveniencias de ocasión –incluyendo exhibición de obras cismáticas y circulación de solicitadas en pro o en contra–. En fin, demasiados sujetos posteando predicados. Pero cumplir, tanto plurales como singulares, con el contrato subjetivo –“mi” cuerpo, “mi cuenta”, “mi” decisión, “mi” voto, “mi” propiedad, “mi” deseo, miss & mister “yo”–, condena a los pronombres personales a seguir siendo minicomponentes orgánicos de una gran máquina de desfalco cuyos dueños van arrancando las hojas del calendario de principio a fin de nuestras preciosas e irrecuperables vidas.
Martes, 13 de enero de 2026.
*Sociólogo y ensayista. Profesor de filosofía de la técnica y pensamiento contemporáneo en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Alias de CBU: Lateclaenerevista