
Hasta aquí llegaste – Por Felipe Solá
7 noviembre, 2026El presidente estadounidense Donald Trump termina el año de la peor manera: queda convertido en un «súper» pato rengo, sin posibilidad de reelección, con un Congreso cuya composición le será adversa y con fuertes desequilibrios económicos que pueden derivar en una crisis. Tanto en Estados Unidos como en Brasil y en la Argentina, lo que fracasa es un proyecto que prometía salvar a Occidente y a su periferia latinoamericana del declive, pero que termina acelerando ese proceso.
Por Gabriel Merino*
(para La Tecl@ Eñe)
Las elecciones de medio término en Estados Unidos fueron el último mazazo para Donald Trump, en un año que termina de la peor manera para el presidente estadounidense. Con su triunfo en 2024, el magnate neoyorquino volvía a encabezar una reacción occidental nacionalista neoconservadora destinada a revertir el declive de Estados Unidos y del propio «Occidente». Los resultados, sin embargo, van en sentido contrario. Como George W. Bush en 2006, Trump queda convertido en un «súper» pato rengo: sin posibilidad de reelección, con un Congreso que se le vuelve en contra y fuertes desequilibrios económicos que pueden derivar en una crisis.
Pero estas derrotas no son solamente electorales. Expresan los límites de un proyecto de restauración hegemónica que, en su intento por revertir el declive estadounidense, termina acelerándolo. Desde la guerra comercial contra China hasta la intervención militar en Medio Oriente, pasando por las dificultades para disciplinar a América Latina, la política de fuerza de Washington encuentra resistencias y produce contradicciones que erosionan sus propias bases de poder.
China: la segunda guerra comercial que no salió bien
El primer fracaso tiene que ver con una tendencia sistémica y resulta clave para entender el resto: Trump no pudo imponerse en su segunda versión de la guerra comercial y tecnológica contra China. El objetivo era contener su ascenso, frenar su desarrollo tecnológico y revertir el declive relativo estadounidense. Los números muestran un resultado muy diferente. Las exportaciones del gigante asiático crecen este año a un ritmo del 25% interanual en dólares (!), impulsadas por los envíos de alta tecnología, que ya representan el 29% del total y explican el 54% del crecimiento exportador. El superávit comercial chino se encamina a superar el récord de 1,2 billones de dólares del año pasado, a contramano de las pretensiones de Washington.
Ese superávit es la contracara de los enormes déficits estadounidenses, que le permiten a EE.UU. evitar un ajuste estructural y sostenerse como principal economía del mundo en términos nominales, aunque cada vez más lejos de China en términos reales. Se trata de un esquema sostenido por una profunda financiarización que golpea a la producción y genera una economía cada vez más cara para las familias. Así se explica la aparente paradoja de una economía cuyos indicadores macroeconómicos pueden mostrar fortaleza mientras se deterioran las condiciones materiales de vida de amplias mayorías trabajadoras. Es un fenómeno que se profundiza desde 2008: Wall Street vuela, pero el costo de vida real se vuelve cada vez más difícil de sostener, sobre una estructura de desigualdad creciente.
Aquí aparece el contraste entre dos modelos de desarrollo: las economías financiarizadas del Norte Global, centradas en buena medida en sostener las superganancias de Wall Street, y una economía orientada al desarrollo productivo-industrial. La reducción sistemática de los precios industriales en China, especialmente en los sectores de alta tecnología, es resultado de las ventajas competitivas construidas por su modelo de desarrollo de socialismo de mercado, en plena revolución tecnoproductiva.
Un nuevo «momento Ford» aparece del otro lado del Pacífico: un salto de productividad, escala y capacidad industrial que transforma las condiciones de producción y competencia a nivel mundial. Los intentos por contener el ascenso chino no sólo fracasaron, sino que terminaron acelerándolo y fortaleciendo su autonomía tecnológica.
Irán, la inflación y los costos de la sobreextensión imperial
El segundo fracaso es estratégico. La guerra contra Irán no revirtió el declive relativo de Estados Unidos; por el contrario, contribuyó a acelerarlo. Una de sus consecuencias geopolíticas más importantes es el notorio debilitamiento de la posición estadounidense en el Golfo Pérsico. La guerra y la inflación son, además, dos cuestiones estrechamente relacionadas que ayudan a explicar la derrota de Trump y del Partido Republicano en las elecciones de medio término.
Hay aquí un paralelo revelador con 2016. En aquel momento, sectores de la central sindical AFL-CIO explicaban su ruptura con la conducción demócrata y su acercamiento al trumpismo por el hartazgo frente a la pérdida de puestos de trabajo en nombre de la política exterior. Los acuerdos comerciales globalistas, en particular el TPP, eran identificados como parte del problema. Hoy reaparece un fenómeno similar: el malestar por el aumento del costo de vida, impulsado por la guerra contra Irán y su impacto sobre los combustibles, los fertilizantes y los alimentos.
En ambos casos aparecen los crecientes costos internos de la política exterior estadounidense. Es un problema clásico de sobreextensión imperial: sostener el dominio global empieza a erosionar las bases económicas y sociales que lo hacen posible. La paradoja es que Trump, que había capitalizado el creciente rechazo a los costos domésticos de las «guerras eternas», terminó licuando aceleradamente su propio poder al impulsar una nueva guerra cuyos costos recaen sobre las mayorías estadounidenses.
A ello se suman otros reveses. Trump no logró terminar la guerra en Ucrania, que enfrenta a Rusia con la OTAN y donde se observa una fuerte disputa no sólo dentro del Occidente geopolítico, sino también en el propio esquema de poder de su gobierno. En Israel, el bloque de Netanyahu, su principal aliado, perdió su mayoría para gobernar y la oposición aparece con posibilidades de conformar una alternativa. Además, resulta sintomático que, en plena jornada electoral, Trump anunciara que pondría fin a la ayuda estadounidense de 4.000 millones de dólares anuales a Tel Aviv. Fue una decisión claramente electoralista, cuya concreción está por verse, pero que expresa un cambio significativo: el creciente rechazo social y político a financiar y respaldar la estrategia militar israelí orientada a construir un Gran Israel, que supone avanzar sobre los territorios palestinos y parte de Siria y el sur del Líbano, sin importar los costos humanos.
Mientras tanto, durante la presidencia de Trump, el BRICS+ profundizó su expansión como expresión de un nuevo mapa del poder mundial, relativamente multipolar, con protagonismo de las potencias emergentes y una atracción creciente sobre el Sur Global. La tendencia resulta contradictoria con la pretensión de Washington de reconstruir un orden internacional jerárquico bajo su conducción.
La batalla cultural: de las identidades a las mayorías
Trump también perdió en el terreno que el trumpismo y las fuerzas de la reacción occidental neoconservadora («derechas») eligieron como propio: la llamada batalla cultural, bandera central de los cruzados del siglo XXI. Los resultados electorales expresan un avance de fuerzas políticas y figuras que representan identidades históricamente marginadas. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, un musulmán del estado de Michigan, el médico Abdul El-Sayed, llegará al Senado. Keisha Bottoms será la primera mujer negra en gobernar Georgia, y Gina Hinojosa, de ascendencia mexicana, se convirtió en la primera latina en gobernar Texas, un estado históricamente conservador. Deb Haaland será en Nuevo México la primera mujer indígena gobernadora del país, y Chris Pappas, en New Hampshire, el primer hombre abiertamente gay en llegar al Senado.
Lo novedoso, sin embargo, no es solamente la dimensión identitaria de estos resultados, sino su articulación con una política de mayorías y con las necesidades materiales de la población. No se trata simplemente de un triunfo del globalismo o del multiculturalismo liberal, ni de una reedición de la agenda del liberalismo woke. Aparece, en cambio, una articulación más amplia, en la que las demandas de distintos sectores sociales y minorias se entrelazan y re-significan con preocupaciones económicas y materiales de las mayorías populares. Es una disputa por el sentido de la representación popular que el trumpismo no logró monopolizar, mostrando su carácter de expresión de un conjunto de fracuras, más que un nuevo proyecto hegemónico.

Brasil: demasiado grande para caber en un patio trasero
La otra gran derrota se produjo en Brasil. «Brasil es demasiado grande para caber en el patio trasero de nadie», había dicho Lula, que acaba de ser reelecto frente a Flávio Bolsonaro, un representante directo del trumpismo en el «hemisferio Occidental». La soberanía fue la bandera central de la campaña y su triunfo supone un revés para la pretensión estadounidense de dominio neocolonial sobre el continente. Se trata de una derrota clave para el corolario Trump de la Doctrina Monroe, que pretende imponer por la fuerza la consigna de «América para los (Norte)americanos». Brasil es el principal país de América Latina en territorio, población y economía, y su posición marca límites concretos a la capacidad de Washington para disciplinar a la región.
Allí, la subordinación externa —la lógica de «colonia sí, patria no»— encontró resistencias incluso en sectores conservadores que no quieren resignar la condición de potencia emergente. La autonomía nacional no es solamente una bandera de los sectores populares: también expresa intereses de las propias élites brasileñas, que buscan preservar márgenes de decisión y capacidad de proyección internacional.
En este sentido, la disputa por la soberanía se articula directamente con la cuestión del desarrollo. Impedir un proceso de periferialización y sostener un proyecto nacional supone preservar instrumentos económicos, tecnológicos y estratégicos propios. Esto incluye defender el sistema público y soberano de pagos PIX; proteger las tierras raras y los recursos naturales; mantener las inversiones chinas en infraestructura, industria y tecnología; profundizar el plan de reindustrialización Nueva Industria Brasil; y desarrollar capacidades propias en inteligencia artificial, semiconductores y soberanía digital.
No se trata de cuestiones aisladas, sino de distintas dimensiones de una misma disputa: quién controla los recursos, las infraestructuras, las tecnologías y los instrumentos financieros que definen las posibilidades de desarrollo de una nación. Brasil muestra que, incluso en un escenario de fuerte asimetría de poder, la pretensión de convertir a América Latina en un espacio de subordinación automática encuentra límites políticos, económicos y geopolíticos, articulados con una profunda reacción popular.
Un proyecto que acelera lo que dice combatir
En Argentina se discute cómo afecta la derrota de Trump al gobierno de Milei en términos económicos. El impacto es bastante evidente si se considera que el Tesoro estadounidense se convirtió en uno de los principales soportes de un modelo económico insostenible. Pero la cuestión central es política. Lo que perdió en Estados Unidos y en Brasil, y lo que fracasa en la Argentina, es un mismo proyecto político, del que el gobierno de Milei forma parte de manera subordinada. Un proyecto que prometía salvar a Occidente y a su periferia latinoamericana del declive, pero que termina acelerando ese mismo proceso.
El trumpismo y las fuerzas de la reacción occindetal neoconservadora no representan un nuevo proyecto hegemónico. Son, por el contrario, la expresión de profundas fracturas económicas y sociales y de la polarización política de un imperio en declive relativo, que se expresan en sus periferias inmediatas. Su promesa de restauración choca con límites estructurales: la competencia de China, los costos económicos y sociales de la sobreextensión imperial, la resistencia de potencias emergentes y de fuerzas sociales a los procesos de subordinación y periferialización, y la creciente dificultad para sostener consensos internos.
La política imperial que debía revertir el declive relativo —y el agotamiento de su ciclo hegemónico— termina profundizándolo. Y las fuerzas que se presentan como las salvadoras de Occidente no hacen más que acelerar la crisis que dicen combatir.
8 de noviembre de 2026.

*Analista de política internacional. Sociólogo y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Investigador del CONICET y profesor de la UNLP y de otras instituciones de grado y postgrado.

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